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Historia corta

Volver a Casa

Por Phillip Vargas, Thomas Cunningham

Lucian se sentó en la cima de la colina, bajo la sombra de una gran higuera, y echó un vistazo al valle que estaba abajo. Sus manos descansaban sobre sus pistolas reliquia. Sus dedos acariciaban el trabajo en metal con pátina de bronce. La Niebla Negra circulaba a través de las verdes tierras bajas, consumiendo todo lo que cruzaba a su paso. El Harrowing había tocado tierra en la isla unas cuantas horas antes.

Lore

Lucian Lucian se sentó en la cima de la colina, bajo la sombra de una gran higuera, y echó un vistazo al valle que estaba abajo. Sus manos descansaban sobre sus pistolas reliquia. Sus dedos acariciaban el trabajo en metal con pátina de bronce. La Niebla Negra circulaba a través de las verdes tierras bajas, consumiendo todo lo que cruzaba a su paso. El Harrowing había tocado tierra en la isla unas cuantas horas antes.

La luz de incontables antorchas se mecía en la oscuridad. Las nubes de niebla errante envolvían el terreno. Uno por uno, los incendios menguaban y se extinguían; estaban demasiado lejos como para poder escuchar los gritos de los moribundos.

Una luz se mantuvo firme. Su pálido brillo verde flotaba sin esfuerzo a través de la Niebla Negra, como si no le afectara. Las llamas corruptas de espíritus infames. Al avistarlas, el corazón de Lucian se aceleró y un calor inquieto inundó su cuerpo.

Descendió de la colina apresuradamente, luchando contra la falta de agarre de la grava suelta hasta que llegó a la cuenca. Un cuerpo yacía en los pastizales. Sus brazos estaban fuertemente asidos a sus hombros, sus ojos bien abiertos: canicas negras que miraban una noche sin luna. Él pasó de largo y continuó con su búsqueda.

Fue el quinto cuerpo el que lo hizo detenerse. Los rasgos del viejo estaban alterados por una mueca de dolor. Su ropa desgarrada. La carne se desprendía de su cuerpo. Las heridas de la guadaña eran inconfundibles para una mirada experta.

Lucian cambió el rumbo y siguió el camino de cadáveres hasta llegar a la base de una pendiente escarpada. Comenzó a escalar, abriéndose paso entre los espesos matorrales. Los gritos alcanzaron sus oídos antes de llegar al punto más alto de la cima.

La Niebla Negra se esparcía a lo largo del claro. Se enturbiaba y cambiaba mientras las figuras deformes se movían entre la neblina densa. Una multitud de isleños aterrados se apresuró hacia un acantilado escarpado, optando por la amarga promesa de escape que brindaba el océano. La niebla los sepultó a todos. Sombras delirantes descendían sobre las pobres almas, añadiendo los lamentos de los moribundos al coro profano que rugía consigo.

Apuntó sus pistolas a la masa emergente. La niebla escupió una horda de demonios chillones y se abalanzó contra él con cuchillas espectrales y fauces llenas de dientes puntiagudos.

Disparó una ráfaga de luz purificadora, inmolando a los espíritus condenados. La explosión lo hizo retroceder un paso y el tacón de su bota se encontró con el borde del despeñadero. Aventuró una mirada sobre su hombro. Abajo, los mares tempestuosos chocaban contra la rocosa orilla en la oscuridad.

Una risa cortó con los lamentos de incontables almas. Se dio la vuelta y mantuvo las armas dirigidas a la niebla que se avecinaba. Un faro brilló dentro del oleaje enfurecido.

Lucian enfundó una de sus pistolas y buscó dentro de su abrigo de cuero. Encontró la granada de barro y la sacó. La coraza del tamaño de un puño tenía un sello de seguridad sobre su superficie dura: era momento de corroborar si el viejo armero de Aguasturbias estaba en lo correcto.

Lanzó la bomba en un amplio arco y, cuando llegó a su cúspide, abrió fuego. La granada explotó en una nube de polvo plateado. El polvo se arremolinó y permaneció suspendido en el aire. Creó una burbuja resplandeciente de quietud en medio de la neblina letal que repelió a la Niebla Negra.

Thresh Thresh estaba parado dentro de la apertura, cerniéndose sobre una mujer joven. Ella se retorcía agónicamente mientras los ganchos encadenados se hundían en su carne, arrancando el alma del cuerpo. El Carcelero Implacable levantó su antigua linterna cuando comenzó a brillar. La forma sin vida de la mujer se desplomó sobre el suelo y la reliquia aceptó a su nueva prisionera.

El espectro volteó a ver a Lucian y sonrió. —Te extrañamos en Helia y pensamos que habías perdido el gusto por la derrota, cazador de las sombras—.

Thresh golpeteó la linterna. Esta irradió como si estuviera respondiendo a su llamado.

—Mira cómo brilla su alma ante tu llegada—, dijo Thresh. —Tu promesa le ofrece un breve descanso de la miseria—.

La mirada de Lucian se concentró en la linterna. El polvo plateado se dispersó del capullo de luz protectora que emanaba de la prisión forjada en hierro. Tomó sus pistolas, a la espera.

—Oh, pero los fracasos vienen con un costo—, rio Thresh. —Hacen de su agonía algo mucho más dulce. Todas esas esperanzas se estrellan como un infante contra las rocas—.

La mente de Lucian lo llevó a recordar su último enfrentamiento, pero apartó ese pensamiento.

—¿Sabes cuál es su miedo más oscuro?—, preguntó Thresh. —Sufrir hasta el fin de los tiempos, contigo a su lado—.

La luz de la linterna varió; la tonalidad verde pálido comenzó a menguar. Él sintió cómo ella lo alcanzaba y lo abrazaba en esa forma cálida e intangible reservada para los espíritus y los recuerdos.

Lucian...

Su corazón se llenaba de cariño con el sonido de su voz. Thresh tenía razón. Senna Senna podía sentirlo cada vez que se aproximaba. Su cercanía había crecido con cada encuentro, como si desafiara al Carcelero Implacable y sus tormentos. Se habían percibido el uno al otro desde el momento en el que él puso un pie sobre la isla.

La linterna se estremeció en las manos de Thresh. Espirales brillantes de luz se arremolinaron dentro de la reliquia; forcejeaban y se expandían contra el contenedor. Thresh observó la perturbación e hizo una mueca. Lucian apuntó sus armas a la tempestad que se formaba ahí dentro. La burbuja protectora de luz de la linterna comenzó a flaquear.

Ahora, mi amor...

Lucian disparó.

Rayos de luz enceguecedora atravesaron la débil defensa e impactaron en la reliquia de hierro. La linterna se balanceó violentamente en su cadena. Por primera vez, su fuego purificador había golpeado la antigua prisión.

Thresh rugió con rabia, apartando la linterna.

Enredaderas nocivas de la Niebla Negra explotaron dentro del contenedor, sobrepasando los espirales de luz. Las penumbras nebulosas se tragaron toda señal de su amada, junto con las demás almas que luchaban por su liberación. Fue despedazada mientras gritaba y la oscuridad se esparcía dentro de la linterna.

—¡No!—, gritó Lucian, en coro. —¡Déjala ir!—.

Thresh rio. Emitió un aullido cruel y burlón mientras Senna gemía en agonía.

Las pistolas de Lucian apuntaron a Thresh. Concentró toda su furia en las armas reliquia y disparó un torrente de fuego.

Los disparos envolvieron al Carcelero Implacable e incendiaron su forma espectral en una ráfaga purificadora. Lucian se abalanzó y disparó una segunda descarga, pero los tiros fueron neutralizados por una capa de oscuridad que emergió de la linterna.

Las llamas que consumían a Thresh se apagaron, aplacadas por la energía oscura. Sonrió y sostuvo la linterna en alto, como si fuera un premio a reclamar.

Lucian sintió una opresión en el pecho. Los disparos que habían perforado las defensas de la linterna habían sido inútiles. A su alrededor, el polvo plateado caía sobre el suelo. Las enredaderas de la Niebla Negra se filtraron en el vacío protector creado por la granada y la apertura comenzó a cerrarse. El momento había pasado y su amada permanecía encarcelada.

Resignado, levantó una de sus pistolas y se lanzó a la carga.

Algo borroso, como un látigo, chocó contra Lucian. El gancho encadenado lo lanzó volando al claro. Cayó sobre el suelo, rodando sobre la grava dura hasta que la tierra dio paso al vacío y el océano se precipitó a su encuentro.

Comienza con la risa. Las cadenas se arrastran sobre la piedra. Resuenan en medio de la espesa niebla. Siempre se da la vuelta demasiado lento. Las pistolas disparándose para encontrarse con el brillo. La ráfaga nunca estalla. No tiene oportunidad. Ella está ahí, de pie. Entre él y el gancho.

La confusión se apodera de sus ojos. Una negrura profunda. Ahora ella grita. Su cuerpo entero se contorsiona. Cae al suelo. Sus días se escapan. El grito desgarrador en su cabeza. Le ruega que corra.

Lucian se incorporó y tocó su costado. El dolor se esparcía por sus costillas. Volvió a sentarse sobre el catre e inhaló unas cuantas bocanadas entrecortadas. Al mirar las vigas de madera y el techo enyesado, se preguntó dónde estaba.

Los gritos de Senna retumbaban en su mente. Le había fallado, una vez más. Y ahora tendría que comenzar de nuevo.

Bajo las apretadas vendas que rodeaban sus costillas, encontró oscuros moretones. El área era suave al tacto.

Unas hojas empapadas en ungüento reposaban sobre su pecho. Las retiró y descubrió que debajo de ellas había lesiones ennegrecidas en donde el gancho encadenado tocó su carne.

Giró sobre su costado y se apoyó en su codo para sentarse. La luz del sol entraba a través de las rendijas de una persiana, revelando un gran cofre de madera ubicado en una esquina sombría en la habitación. Sobre él había un altar religioso lleno de flores del día anterior y una tortuga tallada en alabastro. Su abrigo de cuero y su chaleco estaban doblados sobre una pequeña mesa junto a su catre. Las pistolas reliquia estaban sobre su ropa.

La mano temblorosa de Lucian tomó las armas. Primero, revisó la pistola de ella, escudriñando la piedra labrada y el trabajo de metalistería en bronce, tal y como ella le había enseñado hace años. Sus dedos encontraron una grieta profunda horadada en la piedra. Un regalo de sus días en Jonia. Sonrió y continuó con su propia pistola. La carcasa metálica del arma cedió levemente ante el tacto. El daño era reciente y necesitaría repararse pronto.

Se incorporó gruñendo mientras enfundaba sus armas. Después, colocó sus manos sobre las empuñaduras para sentir su altura e inclinación. Las pistolas estaban ligeramente torcidas. Las reajustó y revisó nuevamente. Satisfecho, tomó su chaleco y deslizó sus brazos por sus mangas. Hizo lo mismo con su larga levita.

Se acercó a la ventana y abrió las persianas de madera. Los rayos del sol entraron desde afuera, junto con los débiles sonidos de un llanto suave. A través del estrecho ángulo de la ventana solo podían vislumbrarse un riachuelo sinuoso y un matorral. Era de día y el Harrowing se había marchado.

Thresh debería estar a muchas leguas de distancia.

Lucian tenía que recuperar su embarcación y comenzar con la cacería, una vez más. Con la mirada, revisó el cuarto por última vez y se dirigió a la puerta.

Una docena de cuerpos yacía sobre el suelo afuera de la casa.

Una joven estaba sentada entre los muertos, limpiando gentilmente el cuerpo de un anciano con un paño. Miró a Lucian; sus ojos con forma de almendra eran dulces y estaban hinchados.

—No deberías haberte levantado—, dijo ella.

—Estoy bien. ¿Fuiste tú quien me vendó?—.

Ella asintió. —Soy Mira—, dijo. —Te encontramos cerca de la caleta—.

—¿Hace cuánto tiempo?—.

—Justo después del amanecer, mientras buscaba a mi padre—.

Miró al anciano que estaba a sus pies.

Ella negó con la cabeza, revelando un dejo de frustración en su mirada.

—No es él—, dijo ella. —Debería estar buscándolo, pero no contamos con suficientes personas—.

Tomó un paño limpio. —Si te sientes mejor, podrías ayudarnos—.

Lucian observó a los muertos. Yacían sobre camas de hojas de palma recién cortadas. Algunos de ellos aún tenían los ojos abiertos: canicas negras que miraban hacia la nada.

Se dio la vuelta. —Deberían hacerlo sus familiares—.

Parecía como si ella quisiera decir algo más, pero un estruendo emergió desde el otro extremo de la aldea. Una multitud se congregó alrededor de una carreta tirada por un buey, cargada con más cuerpos. Mira observó a los recién llegados por un momento y después se apresuró hacia ellos.

Lucian los siguió a la distancia mientras las personas se acercaban desde diferentes puntos de la aldea. Se movían a través del camino empedrado a su propio ritmo, algunos con mayor entusiasmo que otros.

La multitud de sobrevivientes se amontonó alrededor de un joven. Él sostenía un pesado bastón y hablaba con gestos intermitentes. —¡No pueden hacer esto! ¡No tienen ningún derecho!—, gritaba mientras golpeaba el suelo con su báculo.

—¿Qué ocurrió?—, preguntó Mira.

—¡Los Naktu están quemando los cuerpos!—.

El enojo se esparció entre la multitud, sumándose a la protesta del joven. Pero otros aldeanos se mostraron angustiados.

—¿Quiénes son ellos?—, preguntó Lucian.

—Adoradores del fuego—, respondió Mira —del borde oeste de la isla—.

—Ellos quemarán su espíritu—, clamó un anciano. —No dejarán nada para los ancestros—. Lucian podía ver el miedo en los ojos de Mira.

Ella se precipitó a la carreta, buscando desesperadamente entre la pila de cadáveres. Había algunas ancianas entre los muertos, pero la mayoría eran hombres jóvenes y niños. Su padre no estaba ahí. Se apartó, su rostro palideció.

El anciano sollozó afligidamente y se tomó la cabeza con las manos. Mira se acercó a él y lo abrazó. Susurró algo en su oído que, al parecer, lo tranquilizó.

Luego, miró a los aldeanos. —Necesitamos encontrar a los nuestros—, dijo. —¿Dónde más podemos buscar?—.

Lucian vio cómo la multitud se ponía de acuerdo. Se propusieron y refutaron numerosas sugerencias. Había demasiados desaparecidos y pocos sobrevivientes. Mira se quedó en silencio. Su rostro revelaba su desesperación.

Él dio un paso al frente. —Sé dónde podrían encontrar más—.

A la luz del día, la solitaria colina permanecía en silencio. La desgarradora tormenta ya había pasado. Lo único que quedaba eran los muertos, esparcidos entre los sauces y la maleza.

Mira y su gente se dispersaron a lo largo del risco y caminaron entre los caídos. Los aldeanos pronto comenzaron a toparse con sus amigos y seres queridos. El joven con el bastón se agachó junto a una mujer con el cuerpo boca abajo, contra la grava. Su furia se escurrió hasta convertirse en tristeza.

Lucian observó a Mira. Ella se acuclilló junto al cuerpo de una anciana y susurró algo en su oído. Tal vez era una plegaria. Lucian no podía asegurarlo.

Ella lo observó. —No está aquí—, dijo.

Él miró a lo largo del campo de cadáveres. Sintió un peso opresor en el pecho. Ella los habría salvado, o al menos lo habría intentado. Su terca bondad no le permitía abandonar a los necesitados.

Mira se puso de pie. —Debería llevarla a casa—, dijo.

Lucian se agachó y levantó a la anciana con cuidado. En sus brazos, era delicada y frágil. La cargó hasta la carreta y la colocó suavemente sobre la cama de hojas que cubría las tablas de madera. Se quedó ahí por un momento. Después, fue a ayudar a los demás.

Trabajaron hasta pasado el mediodía. Fueron tantos los muertos que reunieron que, por momentos, parecía que se caerían de la carreta. Lucian y Mira cargaron el último cuerpo mientras varios aldeanos los ataban con cuerdas.

Lucian dio un paso atrás y palpó su costado: el dolor se diseminaba hacia su espalda baja. Se había esforzado en exceso. Aunque no había sido suficiente. Exhausto, se sentó cerca del borde del acantilado y miró el mar. Había sido una jornada extenuante bajo el sol de la mañana.

—¿Cómo están tus costillas?—.

—Están bien—.

Mira se sentó a su lado y le dio una jarra de agua.

—No queda mucha—, dijo él, sintiendo su peso al tomarla.

—La necesitas más que yo—.

Bajó la cantimplora, se puso de pie y se quitó su pesado abrigo de cuero. La brisa del océano refrescó su piel. Se sentó nuevamente, tomó un lento sorbo de agua y tapó la cantimplora vacía.

Mira observó el océano y no dijo nada por un largo rato. A la distancia, un grupo de tortugas marinas subió a la superficie en busca de aire y volvió a sumergirse en las profundidades.

—¿Viste lo que les ocurrió?—, preguntó ella.

—Ya había terminado cuando los encontré—.

Mira observó las pistolas de Lucian. —Pero, ¿lo has visto antes?—.

Lucian asintió.

—Cómo...—.

—No hay nada que yo pueda decirte que te ayude a encontrar a tu padre—.

Mira estuvo de acuerdo y bajó la cabeza.

Lucian miró cómo las olas se estrellaban contra las rocas allá abajo, las aguas subiendo con cada flujo y reflujo. La marea alta llegaría pronto a su máximo nivel y él podría zarpar. Le devolvió la cantimplora a Mira, se levantó de nuevo y se puso el abrigo.

—¿Cuál es la ruta más rápida para llegar a los muelles?—.

Mira señaló la ladera oeste de la colina y pudo ver a un grupo de hombres acercándose. Usaban túnicas negras y seguían a un sacerdote, quien sostenía una maza de madera con una piedra de obsidiana atada con una cuerda.

—Quédate aquí—, dijo Mira.

Lucian la siguió, permaneciendo unos cuantos pasos detrás, sin decir ni una sola palabra.

El joven con el bastón avanzó hasta encontrarse con el grupo de hombres. Otros aldeanos se sumaron a él e impidieron el paso del grupo recién llegado.

—Están en el lado este del río—, dijo él.

—Vinimos a alumbrar un camino para los muertos—, dijo el sacerdote.

—Esas no son nuestras tradiciones—, dijo Mira, al acercarse al grupo.

El sacerdote rio. —Y, cuando se levanten, ¿quién los combatirá? ¿Tú?—.

El joven agarró su báculo. —¿Piensas que permitiré que quemes a mi esposa, comecenizas—?, dijo, escupiendo sus palabras.

El sacerdote frunció el ceño y miró a sus hombres. Lucian observó de reojo cómo el hombre frotaba las puntas de sus dedos contra la pesada maza, una inconsciente evidencia delatora. El hombre estaba ansioso por atacar.

Lucian dio un paso al frente. —Los muertos no se levantarán—, dijo. —No si son puestos a descansar correctamente—.

El sacerdote miró con detenimiento a Lucian.

A cambio, Lucian inclinó levemente su cabeza. Y, en ese momento, con un solo movimiento, cambió su postura, abrió su abrigo de cuero y colocó la mano sobre la empuñadura de su pistola.

El sacerdote observó las armas reliquia y, después, miró a Lucian a los ojos.

Él correspondió la mirada y esperó el momento. Incluso deseó que ocurriera pronto.

Mira se interpuso entre ambos, alzando los brazos.

—Alto—, dijo. —No causemos más miseria—.

Miró al sacerdote Naktu y a los suyos. —Una isla. Dos pueblos. Siempre ha sido así. Solo queremos enterrar a nuestros muertos de acuerdo con nuestras tradiciones—.

Todos miraron al sacerdote, pero este seguía con los ojos fijos en Lucian mientras reflexionaba sobre las palabras de Mira. Todos esperaron su respuesta.

—Pueden llevarse a sus muertos—, dijo. —Al este del río—.

La multitud se replegó, excepto Lucian y el sacerdote Naktu. Permanecieron cara a cara, esperando el primer movimiento.

—Las personas deben enterrar a sus muertos como les parezca conveniente—, dijo Lucian.

—Necesitamos encontrarlos primero y no podemos hacerlo si estamos peleando—, dijo Mira.

Lucian guardó silencio. Las puntas de sus dedos acariciaban el bronce de su pistola.

Con gentileza, Mira posó su mano sobre el hombro de Lucian. —Por favor, eres un invitado aquí—.

Lucian asintió. —Está bien. Sus muertos. Su decisión—, dijo, retirando las manos de su pistola. —¿El camino oeste hacia los muelles?—.

—Sí—, dijo ella, suspirando. Era como si quisiera decir algo más, pero simplemente bajó su cabeza.

—Espero que encuentres a tu padre—, dijo él, antes de dar la vuelta y marcharse.

Los muelles se encontraban en una caleta resguardada. Una solitaria flotilla de embarcaciones se mecía suavemente en el agua. La goleta de Lucian estaba atracada al fondo, entre naves colmadas de cargamentos y redes llenas de peces pudriéndose.

Caminó a lo largo del embarcadero y escuchó cómo incontables escarabajos se escabullían tras devorar la pesca pútrida que estaba en el arrastrero junto a su embarcación. Era su tercer bote; los dos primeros los perdió debido a su falta de experiencia. Aprender a navegar había sido complicado, pero era mucho más sencillo que convencer a los capitanes de los barcos para que persiguieran la Niebla Negra.

Abordó la goleta y fue bajo cubierta para revisar sus provisiones. Del estante se había caído un rastreador de estrellas, pero fuera de eso, todo parecía estar en orden. Colocó el instrumento de nueva cuenta en su sitio y se sentó sobre su litera.

Mapas y tablas de todas las esquinas del mundo recubrían las paredes y el techo. En ellos era posible leer anotaciones sobre las profundidades de las aguas, las corrientes de rápidos y las características de los fondos marinos.

Llevaba meses rastreando a el Harrowing. Su última excursión comenzó en Raikkon y lo llevó al sur, a Sudaro. Ese encuentro lo forzó a atravesar el vasto océano, pero fue en vano, puesto que perdió de vista a la Niebla Negra en la costa de esas islas malditas. Los vientos del este lo llevaron al Delta Sinuoso, en donde por fin alcanzó la tormenta.

Con una tachuela sobre el mapa, marcó una de las numerosas islas del delta. Después, le ató un pedazo de cordel y lo vinculó con el marcador que estaba en las Islas de la Sombra. Ese mismo clavo estaba atado a otro pedazo de cordel que guiaba hacia el norte, hacia Sudaro, en Jonia. Había docenas de marcadores en los mapas, que creaban un tapiz de los últimos años.

Lucian miró los mapas, tratando de desentrañar un patrón, pero lo único que podía ver eran sus fracasos esparcidos por todo Valoran. Pensó en todas las veces que trató de salvarla y por qué nunca lo lograba. Su garganta se cerraba al recordar a Thresh y su furia malgastada.

Los gritos de Senna resonaban en su mente.

Cerró los ojos y contuvo la abrumadora desolación, hasta que lo único que pudo escuchar fue el sonido de su propio corazón. Decidido, volvió a los mapas y comenzó a trabajar.

Aún quedaba una pizca de arena en el reloj cuando terminó de planear su nueva ruta y estuvo listo para partir. Sus tiempos mejoraban, pero las medidas exactas aún le eran difíciles de calcular. La Niebla Negra no obedecía al viento.

Se levantó de su litera y ajustó el vendaje de sus costillas. El dolor que sentía antes ahora solo era una leve molestia. Satisfecho, regresó a cubierta y comenzó a desatar la driza de la vela mayor. Un movimiento en la orilla llamó su atención.

Mira estaba examinando la playa.

Observó cómo levantó una gran calabaza, la agitó un par de veces y la lanzó de nueva cuenta a la arena. Volteó adonde él estaba y lo vio. Él simplemente asintió con la cabeza y siguió trabajando. Tras un momento, ella comenzó a caminar hacia el bote, recogiendo otra cáscara de la playa mientras se acercaba.

—Son frutas de calasa—, dijo, mientras la arrojaba una a Lucian.

Él la agitó y se percató del ruido del néctar que llevaba dentro.

—Mi padre siempre traía un cargamento cuando volvía de Venaru. Estas no tienen más de un día—.

—¿Dónde está el resto de tu gente?—.

—La gran mayoría volvió a casa para preparar a sus muertos—, dijo. —Otros se dirigieron a las cuevas de barro y a la laguna, pero mi padre ya debía haber estado aquí cuando llegó la tormenta—.

—¿Está el bote de tu padre en los muelles?—, preguntó él, devolviéndole la cáscara.

Ella negó con su cabeza y miró el agua. Un manojo de embarcaciones volcadas y mástiles hundidos sobresalían como señalamientos acuáticos en medio de las aguas superficiales de la dársena.

—Tal vez tu padre nunca llegó a la orilla—.

Mira observó la fruta calasa que tenía en la mano. —Encontramos a otra capitana, arrastrada hasta la playa. Fue imposible localizar su bote—.

Lucian revisó la orilla; faltaban varias horas para que la marea alta llegara a su punto más elevado. Dio unas cuantas vueltas a la driza para asegurarla bien.

—Muéstrame—, dijo él.

Mira lo guio a través de la orilla. Siguieron el borde sinuoso de la caleta, más allá de un banco rocoso de arena y se detuvieron cerca de un arrecife de corales.

—Fue aquí donde la encontramos—.

Lucian examinó la arena y solo pudo encontrar pedazos de caracolas y corales. Revisó el agua, en busca de un naufragio. El tranquilo mar se prolongaba a lo largo del horizonte.

—¿Él venía de Venaru?—.

—Los dos, comerciaban en sus mercados—.

—La tormenta llegó desde el este. Eso podría explicar por qué ella terminó aquí—, dijo Lucian. —¿Tu padre solía atracar antes o después de la otra capitana?—.

—Después—, dijo ella, mientras la resignación aparecía en sus ojos.

Perdió su mirada en el océano y respiró hondo antes de estremecerse trémulamente.

—Debió haber estado allá afuera solo—, dijo ella.

Bajó su cabeza y permaneció de pie ahí por un largo rato, observando cómo el agua rozaba sus sandalias.

—¿Y si fue arrastrado a la orilla?—, preguntó ella.

Mira alzó su cabeza y miró hacia el oeste. La orilla continuaba por un trecho antes de desaparecer más allá de la curvatura de la isla. La respuesta a su pregunta podía encontrarse en las profundidades del territorio Naktu.

Avanzaron hacia el oeste, a través de dunas cubiertas de pasto e inmensos arcos marinos tallados por el agua del mar y el tiempo. Pronto, la orilla se tornó rocosa e inaccesible, forzándolos a trepar una pendiente volcánica y avanzar sobre el risco que da al océano. Más hacia el sur, un monolito de piedra emergía del agua hacia el cielo; era el Pilar de los Lamentos, el punto más alto de la isla de Venaru.

Mira examinó la orilla en busca de señales del bote de su padre. Señaló una colonia de leones marinos muertos dispersos sobre las rocas, abajo. Las gaviotas volaban con prisa, devorando los cadáveres hinchados. Lucian asintió y continuó el recorrido en silencio.

El dúo descendió de la cima del peñasco para llegar a un barranco. Un río cruzaba el estrecho valle y desembocaba en el mar. Era la frontera natural entre los dos pueblos de la isla.

Mira atravesó el río sin pronunciar ni una sola palabra.

Escalaron la siguiente colina. Mira subió la pendiente con facilidad, serpenteando entre la espesa maleza, mientras que Lucian se fue rezagando. La leve molestia de sus costillas se esparcía con cada paso. Las vendas se habían aflojado y lo obligaron a detenerse a la mitad del ascenso. Apretó los vendajes y se dobló de dolor. Su respiración se tornó grave y profunda.

Pudo ver cómo Mira llegaba a la cima. Ella protegió sus ojos del sol y miró la orilla por completo. Después, se detuvo. Puso su mano sobre su boca y dio un paso hacia atrás.

Lucian revolvió la grava suelta mientras buscaba algún tipo de sujeción en las ramas gruesas y enredaderas de los matorrales para subir. Alcanzó a Mira en la cresta y miró por el borde. Había un mástil roto encallado entre las rocas que estaban debajo. Los restos de su vela se azotaban con el viento.

Él buscó más allá de los escombros: su mirada fue guiada desde la revuelta orilla hasta un grupo de bancos de arena; también cruzó una cadena de islotes áridos, hasta que por fin se detuvo en una serie de grandes acantilados a la distancia. Una parvada de gaviotas daba vueltas por la orilla.

El cuerpo yacía sobre un peñasco de roca volcánica. El fuerte oleaje se estrellaba contra la orilla escarpada, amenazando con arrastrarlo hacia el mar. Un descenso traicionero por una pendiente casi vertical era su única esperanza.

—Se aproxima la marea alta—, dijo él.

Mira no respondió. Ella solo observaba a su padre.

Lucian se acercó y la tomó por el brazo. —Mira—, dijo.

Ella se estremeció. Parpadeaba como si estuviera despertando de un estado de conmoción.

—Enredaderas de tola—, dijo. —Podemos usarlas para tejer una cuerda y una camilla—.

Él la miró y entendió por primera vez la profundidad de su convicción. Lucian respiró hondo y la siguió.

Recolectaron una pila de enredaderas pesadas de los matorrales que salpicaban la cumbre. Lucian trenzó las gruesas hebras para hacer una cuerda, mientras que las hábiles manos de Mira tejieron una camilla para cargar el cuerpo.

Lucian amarró la cuerda a un árbol cercano para probar su resistencia. Funcionaba. Satisfecho, lanzó la cuerda y la camilla a un lado.

—Yo bajaré—, dijo él.

—Debería hacerlo yo. Llevo muchos años escalando—.

—Sé cómo escalar—.

—Te estaba costando trabajo mantener el paso—.

—Estaré bien—.

Ella negó con la cabeza, frustrada. Sus orejas y sus mejillas se tornaron rojas.

—Es demasiado peso—, dijo ella. —Puedo guiar la camilla. Mantenerla fuera de las rocas. Pero te necesito a ti para que lo jales hacia arriba—.

Lucian miró hacia abajo, revisando el cuerpo. Sus hombros eran anchos y sus extremidades gruesas, resultado de los años de enfrentarse al mar. Quince piedras de peso muerto. Asintió y le entregó la cuerda a la joven.

Ella se movió hacía la orilla del precipicio y, lentamente, retrocedió del borde. Tras probar la cuerda una última vez, los dedos de sus pies se soltaron del borde. Miró sobre su hombro, respiró con calma y se posicionó del lado opuesto.

Lucian observaba ansiosamente cómo Mira descendía por la cuerda poco a poco, aunque a paso firme, hasta que llegó a un punto de apoyo. Tras recobrar el aliento, miró sobre su hombro, encontró su siguiente objetivo y repitió el proceso.

Lo hizo una y otra vez hasta llegar a una saliente amplia, a un tercio del descenso por el acantilado. El viento había comenzado a soplar, trayendo consigo el fresco aire marino. Mira estiró sus brazos y los sacudió para soltar los músculos. Después, volteó hacia arriba para ver a Lucian e indicarle que todo marchaba bien.

Descansada, tomó de nueva cuenta la cuerda y revisó el terreno en busca de otra cornisa. Tras un rato, miró de nuevo hacia arriba y negó con la cabeza. No había más agarraderas seguras abajo. —Puedo jalarte de vuelta—.

—Aún no—.

Mira examinó la pared de roca que estaba a su derecha. Señaló una plataforma estrecha que se encontraba a unos metros de distancia. Para alcanzarla, tendría que moverse de forma lateral. Lucian asintió; después, miró las aguas poco profundas y las afiladas rocas que yacían debajo.

Sintió un vuelco en el estómago mientras ella amarraba la cuerda alrededor de su antebrazo. Después, sin dudarlo, tomó impulso y saltó a la plataforma.

Mira se balanceó a través de la pared de roca y aterrizó sobre la cornisa. El barro y la roca se desmoronaron bajo sus pies. Su cuerpo se inclinó hacia un lado, tambaleándose en la orilla, y luego cayó.

Lucian vio cómo Mira se deslizaba por la cuerda, pateando en busca de agarre. Uno de sus pies se atoró en el barro e hizo que diera una voltereta boca abajo. Sus brazos se agitaban y se enmarañaban en las enredaderas, evitando caer con una parada traqueteada. Gimió del dolor.

La cuerda se había desenredado y la joven rebotaba contra las rocas y hacia el agua.

Lucian se incorporó rápidamente y tomó la cuerda. Buscaba con desesperación un camino para bajar, pero, en ese momento, Mira emergió a la superficie.

Luchó contra el oleaje, pateando y aferrándose a la escarpada orilla. Exhausta, se desplomó sobre las rocas. Su pecho subía y bajaba, rápidamente.

—¡Ya voy!—.

Mira alzó su mano temblorosa y lo saludó.

Poco a poco, su respiración se regularizó y pudo sentarse. Miró el cuerpo de su padre por un largo tiempo. Extendió su mano. Acarició suavemente su cabello. Después, le dio la vuelta, apoyó su cabeza contra su pecho y lloró.

Lucian desvió la mirada, perdido en sus propios recuerdos, sabiendo que ella podría quedarse ahí por siempre, anclada a la desolación.

Posteriormente, ella se puso de pie y fue por la camilla. Lucian observaba cómo ella hacía a un lado el pesar abrumador y se transformaba en una hija diligente. Era la única manera de prepararse para la rotundidad de la muerte. Suavemente, apartó a un lado el cuerpo, colocó debajo de este la camilla de enredaderas y lo rodó hasta su sitio. Una vez que quedó asegurado a la camilla, dio la señal para que lo elevaran.

Lucian tomó la cuerda y jaló, subiendo el cuerpo mientras Mira escalaba a la par, guiando la camilla y evitando que se golpeara contra las rocas. Debido al gran esfuerzo, no pasó mucho tiempo para que la leve molestia en su costado comenzara a agudizarse.

Con cada jalón de cuerda, el dolor empeoraba. Se esparcía desde el costado por todo el cuerpo, hasta que sus brazos temblorosos no pudieron más y la cuerda se resbaló. Se aferró a las enredaderas y las ató alrededor de un muñón seco.

—¿Está todo bien?—.

—Sí... espera—, dijo él, jadeando.

El dolor se sosegó. Miró sobre el borde. La camilla pendía a la mitad del acantilado. Mira esperaba cerca, a horcajadas entre dos salientes rocosas de la pared del acantilado.

Lucian desató la cuerda y trabajó lenta y deliberadamente, agarrándose con cada tirón antes de que sus manos siguieran recorriendo las enredaderas y jalando nuevamente. Como si fuera un remero, reguló su ritmo y consiguió un progreso estable.

Sus costillas se convulsionaron y su agarre falló.

Mira gritó.

Lucian peleó por aire mientras la cuerda se escapaba de sus manos. Agarró las ásperas enredaderas, las cuales quemaron su carne hasta que pudo afianzar su sujeción. El peso muerto lo arrastró algunos metros hacia el borde.

Pateó, excavando dos zanjas idénticas mientras los tacones de sus botas se clavaban sobre el barro suave y se deslizaban hasta detenerse. Sus temblorosos brazos forcejearon contra el peso. Jaló hasta que las articulaciones de sus hombros amenazaron con dislocarse. Pero la camilla se rehusaba a desplazarse.

El dolor en sus costillas estalló, causando otro espasmo. Apretó la cuerda de enredaderas y miró de izquierda a derecha, buscando algo, lo que fuera, en donde atar la cuerda. No había nada, salvo él.

Miró al mar mientras sus manos comenzaban a acalambrarse. Su amada estaba encarcelada en algún lugar más allá del horizonte. Si su viaje terminaba aquí, no cumpliría con su promesa. El precio era demasiado alto.

Lucian negó con la cabeza y aflojó su agarre. La cuerda se deslizó un par de centímetros.

Tan pronto como lo hizo, sintió cómo algo se apretaba en su pecho. Ella nunca soltaría la cuerda. Su terquedad la habría mantenido fiel a la joven mujer que estaba abajo. Especialmente después de todo lo que había arriesgado para encontrar a su padre.

Desesperado y con nada más que dar, Lucian enredó la cuerda en su antebrazo, en el preciso momento en el que su agarre flaqueó. Las enredaderas se apretaron como una trampa alrededor de un conejo y lo empujaron hacia delante. Trató de frenarse con sus talones una vez más, pero fue en vano. El peso del muerto lo estaba arrastrando a una caída.

Una mano ensangrentada se elevó desde abajo y se aferró al borde del acantilado. Un momento después, Mira se arrastró hacia arriba, rodando a un costado de Lucian y tirando de la cuerda. Juntos, jalaron hasta que el cuerpo llegó a la cima.

Vieron las hogueras poco tiempo después de que oscureció. Lucian y Mira llevaron a cuestas la camilla a través de la cresta del acantilado, observando docenas de piras rugir con vitalidad en el valle subyacente.

El par se detuvo para descansar bajo la sombra de una higuera. Lucian se sentó y examinó sus costillas amoratadas; luego, ajustó las vendas recién colocadas. Mira observó las llamas. Dejó escapar una exhalación agitada y secó las lágrimas de sus ojos.

—Tus manos—, dijo Lucian.

Ella miró sus palmas vendadas. Una mancha carmín traspasó el vendaje.

—Están bien—.

—Están sangrando de nuevo. Déjame ver—.

Extendió sus manos mientras Lucian desenvolvía sus vendas con cuidado. Las quemaduras de la cuerda en sus palmas estaban pringosas con sangre. Se puso tenso y sintió rabia por todo el sufrimiento que Mira y su pueblo habían soportado.

Retiró la tapa de su botella de agua y lavó la piel suelta donde habían estallado las ampollas. Después, cortó un pedazo limpio de tela y volvió a vendar las heridas.

—Queman el cuerpo y el espíritu. No queda nada—, dijo ella, mirando con firmeza las piras a la distancia.

Lucian no comprendía sus creencias, pero entendía las promesas a los muertos.

—Debemos seguir—, dijo él.

Cada uno tomó un pedazo de cuerda y la balancearon sobre sus hombros. Cargaron al unísono, movilizando la pesada camilla, y se pusieron en marcha. La grava crujía bajo sus pies mientras subían arduamente la pendiente.

Escucharon los cánticos antes de llegar a la cresta.

Lucian le indicó a Mira que se agachara y la guio hacia un matorral. El arbusto espeso los ocultó mientras observaban el valle, en donde descubrieron a un grupo de Naktu reunidos cerca del río.

Estaban de pie, ocultos bajo las sombras de un árbol, pero Lucian reconoció al sacerdote. El hombre alzó su pesada maza y la piedra de obsidiana comenzó a pulsar con una brillante luz bermellón. El pálido brillo reveló un cuerpo tirado en el pasto, junto a la orilla. Estalló en llamas.

El cántico de los Naktu se hizo más fuerte mientras la pira ardía con mayor intensidad. El sacerdote bajó su báculo y la luz de la piedra menguó. El grupo se quedó en silencio.

Lucian sacó sus pistolas.

—¿Qué estás haciendo?—, preguntó Mira.

—Terminando con esto—.

Ella negó con su cabeza. —Ya está hecho—.

La miró y comenzó a avanzar. Ella lo tomó del brazo.

—¿Por qué?—, dijo, sus ojos le imploraban. —Incluso si los mataras a todos, esas personas seguirían siendo ceniza—.

Los Naktu avanzaron por la ribera y se congregaron alrededor de otro cuerpo.

—Están al este del río—, dijo él.

—¡Sé dónde están!—, respondió ella, con voz fuerte y desafiante. Dio un paso atrás y alzó sus brazos. —¿Crees que yo no quiero hacer algo al respecto? ¡Son mi gente!—.

Miró la camilla que contenía a su padre. Las lágrimas se agolparon en sus ojos.

—Pero, no puedo...—, dijo, con una voz quebrada. —Necesito llevar a mi padre a casa. Él es todo lo que importa. No los Naktu ni lo que han hecho. Solo él—.

Mira no esperó su respuesta. Se agachó para recoger las cuerdas de la camilla y las puso sobre sus hombros. Inclinándose hacia delante, forcejeó contra el peso, tratando de avanzar con el cuerpo. Por fin, la camilla se despegó de la grava y lentamente comenzó a jalarla, sola.

Los cánticos de los Naktu recomenzaron.

Él miró a los hombres mientras se reunían alrededor de otro cuerpo. El sacerdote alzó su báculo y encendió la pira. La furia se apoderó de Lucian, pero las palabras de Mira retumbaban en su cabeza. El enojo decayó lentamente. Lo único que quedó fue una resignación triste. Enfundó sus armas y alcanzó a Mira.

Mira y Lucian llegaron a la aldea después de la medianoche. Los susurros y las miradas persistentes los siguieron mientras se aproximaban a la casa vacía. Exhaustos, desataron las cuerdas de la camilla y se sentaron afuera de la puerta. Las antorchas ardían adentro de algunas casas cercanas, pero la mayoría de ellas permanecía en silencio y en la penumbra.

—Deberíamos llevarlo adentro—, dijo Mira.

Despejaron el cuarto de enfrente y postraron el cuerpo sobre una cama de hojas de palma. Mira vertió agua en una olla, la colocó sobre unos hierros y encendió el fuego. El calor inundó la habitación.

Mira se sentó en el suelo junto a su padre.

—Papá, él es Lucian—, dijo. —Me ayudó a traerte a casa—.

Su estómago se estremeció al escuchar esas palabras. Había titubeado en el acantilado. Fue la determinación de Mira lo que los mantuvo fieles en su propósito para llevarlo hasta el final.

Ella desabotonó con ternura los botones hechos de caracolas marinas de la túnica de su padre y retiró la prenda raída y gastada. Estalló en llanto. Sus brazos y su pecho estaban cubiertos de heridas ennegrecidas. Con una mano temblorosa, trató de quitarle el resto de la indumentaria. Pero se detuvo en seco; sus ojos brillantes y distantes.

—¿Puedo...?—, preguntó Lucian.

—Por favor—, susurró ella.

Él asintió y miró el cuerpo. Los últimos momentos de vida del hombre quedaron grabados en su carne. Daban cuenta de horrores inefables y de su agónico final.

Una catarata de recuerdos amenazó con ahogarlo en pena. Hizo a un lado esos pensamientos y se concentró en el escaso consuelo que podía brindar.

Lucian le quitó las botas al hombre y desató el cordón de sus pantalones. Trató de sacárselos, pero el agua del mar había tensado el cuero. Sacó una daga de su abrigo. Mira asintió. Cortó las costuras tejidas de la pierna y retiró la prenda cortada.

Mira sacó la olla del fuego y añadió aceite de alcanfor al agua. Una fragancia dulce emanó del vapor.

Limpiaron el cuerpo con paños de lino, retirando suavemente la suciedad, la sal y todas las impurezas propias de los muertos. Mira sostuvo la mano de su padre, limpiando con mucha devoción debajo de sus uñas. Una vez que terminaron, ella abrazó a su padre con ternura. Sus ojos brillaban desbordándose de amor y pesar.

Mira se puso de pie y fue a la habitación contigua, de la cual regresó con un broche de cabello plateado, decorado con ágata y coral. Colocó el broche entre las manos de su padre y las cruzó sobre su pecho.

—Era de mi madre. Ella se lo dio el día de su compromiso—.

Lucian miró el arma reliquia en su funda izquierda. La pistola de ella, con un trabajo de metalistería en bronce más elegante e intrincado que el de su propia arma.

—Ella murió antes de mi primer verano—, dijo ella. —Él temía que hubieran pasado demasiados años. Había envejecido y tenía miedo de que ella no lo fuera a reconocer cuando llegara su hora—.

Mira se estremeció y una risa nostálgica se escapó de sus labios. —Siempre pensé que era algo tonto—, dijo ella; sonreía a través de sus ojos. —Por supuesto que ella lo reconocerá y lo guiará a casa—.

Él pensó en las innumerables almas encarceladas por la Niebla Negra. Su padre posiblemente estaría en este momento entre ellas, atormentado y sufriendo. No tenía el corazón para decirle la verdad.

—Mantuviste tu fe. Eso es lo único que importa—, dijo él.

Mira permaneció en silencio por un largo rato antes de hablar.

—¿Por eso persigues la niebla? ¿Para cumplir una promesa?—.

Él acomodó su cuerpo y se reclinó. —Me quitó todo—.

—¿Entonces lo que buscas es la venganza?—.

Lucian miró el fuego. —Es diferente cuando lo ves...—, respondió.

Mira observó a su padre.

Ambos permanecieron en un profundo silencio, absortos en sus propios pensamientos. El fuego crujía en la chimenea y quebraba esa quietud. Mira habló primero.

—Yo no estuve allí. No sé cómo fue para él, para ninguno de ellos—, dijo con voz suave y trémula. —Pero la venganza no los traerá de vuelta—.

Secó sus ojos y concentró su atención en su padre.

La mirada de Lucian se enfocó en sus manos. Reposaban sobre sus pistolas. Las puntas de sus dedos acariciaban el bronce martillado.

Pensó en todas aquellas veces en que había tratado de salvarla y en todas las razones por las que había fracasado. Durante todos estos años, creyó que había superado la venganza, pero las palabras aún rondaban su mente.

La risa de Thresh resonaba en su mente, ahogando todo lo demás... incluso la voz de ella.

Cerró sus ojos y repitió silenciosamente los mantras que había aprendido hacía mucho tiempo. Extirpa lo que no quieres. Solo quédate con la piedra... Extirpa lo que no quieres. Solo quédate con la piedra...

El ritual no surtió efecto ni para silenciar la risa ni para calmar sus manos. Presionó sus dedos contra las pistolas hasta sentir dolor; lo único que podía escuchar era el latido de su propio corazón.

Los recuerdos se desplegaron. Desde aquel día en el que la perdió, hacía tantos años, hasta su último intento fallido. Se agolparon en su mente como destellos cegadores y rugidos ensordecedores. Su corazón se aceleró. Luchó por tomar aire mientras atestiguaba cada grito desgarrador, cada risa sádica y cada carga llena de furia. El patrón que había buscado finalmente se aclaró en su mente.

Mientras veía la verdad, una pesadumbre oprimía su pecho. Su furia le permitía aferrarse a ella. Mantenía viva su memoria sin hundirlo en un pozo sin fondo de desolación. Abandonar esa furia era una manifestación de su infidelidad. Y, no obstante, era la furia la que le impedía dejar que su amada descansara. Le había prometido la paz, pero lo único que había hecho era causarle más miseria.

Le fallaba desde el día en que ella murió.

Lucian vio el funeral desde la cubierta de su barco. Mira y los suyos habían transportado a sus muertos sobre palanquines hechos con caparazones de tortuga tallados. Los cuerpos estaban envueltos con firmeza en lino blanco. Fueron enterrados al amanecer en una profunda fosa comunal junto a la orilla arenosa.

—Renacerán y regresarán al mar en donde sus ancestros los guiarán a casa—, había dicho Mira.

Lucian se preparó para zarpar. Desató la driza y jaló la línea, izando la vela mayor. La tela subió por el mástil y se desenrolló con el viento. Estaba enganchando la línea cuando vio a Mira acercarse. La saludó.

—Fue una buena ceremonia—, dijo él.

—Gracias—, respondió. —Por todo—.

Lucian asintió y miró hacia el tranquilo océano a lo largo del horizonte.

—¿Seguirás cazando la niebla?—, le preguntó.

Él negó con su cabeza. —Voy a enterrar a mis muertos—.

Mira le ofreció una tenue sonrisa. —Tal vez, cuando termines con ello, puedas regresar. Aquí hay un lugar para ti—.

—Puede ser—, respondió él, pero no lo creía.

Lucian la observó mientras regresaba hacia la orilla. Se detuvo para recoger una calabaza madura, la agitó un par de veces y siguió andando, con la fruta en la mano. Una vez que llegó a la línea de los árboles, en donde estaba el camino que la llevaría de vuelta a la aldea, se dio la vuelta y lo saludó.

Lucian respondió al saludo, sabiendo que nunca más regresaría.

Las Islas de la Sombra serían el último tramo de su viaje. No necesitaba otra tachuela ni otro cordel más. Extirparía su rabia y mantendría su promesa. Lo único que importaba era que ella pudiera descansar. En su corazón, él sabía que esa sería su última acción. Esperaba poder escuchar su voz una última vez.

Si era verdaderamente afortunado, ella estaría ahí para guiarlo a casa.

Referencias

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