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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Una Noche Tranquila

Por Graham McNeill

El fuego crujía sin cesar y esparcía un brillo cálido por todo el claro del bosque. Tristana estaba recostada con su cabeza reposando en su mochila mientras veía la estela de un cometa en el cielo estrellado. Las luces tintineaban muy hermosas a través del manto de hojas de abedul y roble. A los humanos les gusta nombrar a los patrones en las estrellas; ella había visto unos en un viejo libro del laboratorio de Heimerdinger, pero decidió que sería más divertido darles su propio nombre.

Lore

El fuego crujía sin cesar y esparcía un brillo cálido por todo el claro del bosque. Tristana estaba recostada con su cabeza reposando en su mochila mientras veía la estela de un cometa en el cielo estrellado. Las luces tintineaban muy hermosas a través del manto de hojas de abedul y roble. A los humanos les gusta nombrar a los patrones en las estrellas; ella había visto unos en un viejo libro del laboratorio de Heimerdinger, pero decidió que sería más divertido darles su propio nombre.

—Tú serás El Tejón Gruñón—, dijo mientras apuntaba hacia un grupo de estrellas. —Y tú puedes ser El astuto camaleón. Sí, son nombres mucho mejores que El Guerrero o El Defensor . Además, ya ni puedo imaginarlos—.

Su estómago gruñó y se puso de pie. El hambre seguía siendo algo que la tomaba por sorpresa, aun cuando ya se había aventurado más allá de la Ciudad de Bandle que cualquier otro de los suyos. Un par de pescados empalados se rostizaban deliciosamente sobre las llamas y el olor que despedían le hacía agua la boca. Les disparó en el arroyo hacia el oeste del campamento con un solo tiro fríamente calculado de su cañón. Nada mal para un tirador, si tuviera que decidirlo ella. ¡Lástima que no había nadie ahí para verlo! Se agachó y le dio unas palmadas al armazón de madera dracónica pulida de su fino cañón artesanal, un arma que cualquier observador podría decir que era muy grande para alguien de su diminuto tamaño como para poder cargarlo, amén de dispararlo.

—Deja a Teemo con sus lindas cerbatanas, ¿eh, Boomer?—, le dijo a su cañón. —Yo me quedaré con algo con un poco más de poder, gracias—.

El fuego ardía en medio de un círculo de rocas con llamas cerúleas gracias a una pizca de su polvo especial que había esparcido sobre la leña antes de encenderlo. Ella sabía lo poco que necesitaba usar después de usarlo por primera vez en las Tierras Altas, cosa que le costó su perfecto par de cejas. A veces le era difícil recordar que las cosas eran distintas en el mundo humano comparado con casa.

Cuando vio que el pescado estaba listo, deslizó uno del asador hacia un plato de madera que sacó de su mochila. Desenvolvió un cuchillo y un cubierto dorados de una hoja de sueños y cortó el pescado en trozos. Puede que esté de misión, pero eso no significa que deba comer como toda una salvaje. Tomó un bocado de pescado y lo enrolló en su boca mientras lo saboreaba y relamía sus labios con satisfacción. La comida de Mortal era normalmente insípida comparada con la gama de sabores a los que estaba acostumbrada, pero el pescado en esta parte del mundo, Ionia Crest icon.png Jonia, no era tan malo, según escuchó. Quizás era que la magia llenaba cada elemento de este paisaje lo que los hacía extra deliciosos.

Tristana escuchó el crujido de una rama. Una de las muchas que esparció alrededor de su campamento. El sonido y el tipo de rama le decía exactamente desde qué tan lejos estaban los humanos y hacia qué dirección se dirigían.

Se aclaró la voz y dijo: —Tengo otro pescado, si tienen hambre—.

Un hombre y una mujer emergieron del bosque frente a ella. Ambos eran altos, delgados, movían las manos inquietas y tenían una mirada fría. No se veían amistosos, pero apenas estaba aprendiendo a leer las expresiones humanas, y aprendió que siempre debía ser cortés. Los lenguajes de los humanos son tan poco sofisticados que siempre hacían que ella se preguntara cómo lograban comunicarse del todo.

El hombre dio un paso adelante, y dijo: —Muchas gracias, anciana, pero no tenemos hambre—.

—¿Anciana?—, dijo Tristana con una sonrisa burlona pero indignada. —¡Si apenas soy una pequeña niña!—

El hombre parpadeó y ella vio que lo que estaba en su mirada era posiblemente confusión.

—La vieja bruja está loca—, dijo la mujer mientras la veía de reojo, como si no supiera qué es. Lo que sea que fuera, no era su verdadera forma...

—¿En verdad no quieren algo de pescado?—, preguntó Tristana mientras comía otro bocado. —Está bastante delicioso—.

—Estamos seguros—, le confirmó el hombre. —Pero aceptaremos cualquier moneda que pueda compartir. Además de esa arma tuya. Imagino que haría buen dinero en las subastas—.

—¿Quieres vender a mi Boomer?—, dijo Tristana mientras sentía movimiento de algún lado. —No creo que eso sea posible, ¿eh?—.

—¿No? Estás sola y nosotros somos dos—, dijo el hombre. —Y somos más grandes que tú—.

—El tamaño no lo es todo—, dijo Tristana. —Y ustedes son cuatro. ¿Por qué no les dicen a sus amigos los ladrones que salgan? Tal vez tienen hambre—.

La mujer sacudió la cabeza. —Ya te dijo, estamos solos—.

—Ay, vamos—, dijo Tristana. —¿Qué clase de agente sería si no supiera que tienen otros dos amigos en los arbustos apuntándome en este momento? Vinieron del norte y se separaron cien metros antes de llegar. Hay un hombre gordo a mi izquierda y otro con una muleta a mi derecha—.

—Tienes buenos oídos para ser tan vieja—, respondió el hombre. —Ya te dije que no estoy vieja—, dijo Tristana. —De hecho, soy bastante joven para un yordle—.

La boca del hombre se quedó boquiabierta de asombro, como si algo de ella se hubiera vuelto aparente en ese momento.

¡Al fin! Una expresión que ni ella tuvo problemas en descifrar.

Tristana se agachó y dio una vuelta para esquivar un par de flechas negras que provenían de los arbustos. Volaron sobre ella sin causar ni un rasguño mientras ella tomaba a Boomer y cargaba un proyectil. Disparó hacia los arbustos y su recompensa fue un grito de dolor.

—¡Lárguense!—, gritó mientras saltaba a terreno alto hacia el árbol más cercano. Tristana aterrizó en una rama a la mitad del tronco. Otra flecha voló hacia ella, la cual aterrizó en la corteza a unos centímetros de su cabeza.

—Vaya, eres bastante rápido para ser humano—, dijo mientras cargaba el cañón con más munición. Saltó hacia otra rama mientras el arquero salía de los arbustos —el gordo— lo cual lo hizo un blanco muy fácil. Tristana saltaba de árbol en árbol y dio otros dos disparos. Ambos tiros le dieron al hombre en sus carnosas piernas, y este cayó gimiendo de dolor mientras la flecha se perdía en el aire.

—Ay, no seas un bebito llorón—, reía ella. —¡Apenas y te di un rasguño!—

Tristana cayó cerca de su fogata mientras que los dos primeros humanos que había visto se dirigían hacia ella con espadas desenvainadas. Puede que fueran rápidos para ser humanos, pero, para ella, se movían como torpes gigantes.

—¡Hora de acabar con esto!—, gritó Tristana mientras descargaba el resto del cañón en una poderosa explosión poderosa explosión hacia el suelo. Dio un grito fuerte y salvaje mientras volaba sobre sus cabezas. Incluso mientras estaba en el aire, ya recargaba las siguientes municiones. Se impulsó desde el tronco de un árbol y dio una pirueta hacia el suelo.

Cayó justo detrás de los bandidos con una carcajada.

—¡Bum! ¡Bum!—

Tristana dio dos disparos, y ambos humanos cayeron de dolor luego de recibir impactos en su parte trasera. La mujer cayó de cara mientras su trasero ardía con pólvora. Logró ponerse de pie y huyó hacia los arbustos con su trasero en llamas. El hombre se retorcía en el suelo y trataba de alejarse mientras Tristana cargaba otra munición.

Hacía unos gestos extraños con las manos, como si fueran una especie de protección mágica.

—No eres una anciana—, dijo él.

—Es lo que les dije desde un principio—, respondió Tristana.

El hombre abrió su boca para responder, pero antes de que pudiera hablar, la flecha que se había perdido en el cielo cayó de vuelta hacia el suelo. Se clavó sobre el pecho del hombre, y este sucumbió con una mirada de intenso dolor.

Los otros dos bandidos trataban de huir tan rápido como sus extremidades heridas les permitían. Los dejó ir con una sonrisa mientras guardaba sus cosas antes de apagar el fuego.

—Solo trataba de cenar y tener una noche tranquila—, se dijo a sí misma. —Aunque, ¡supongo que ahora que hay cuatro bandidos que no molestarán a nadie pronto, no estuvo tan mal!—

Tristana colgó a Boomer sobre su hombro y partió una vez más mientras silbaba una alegre tonada y buscaba más estrellas que bautizar.

Referencias

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