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Historia corta

Una Merecida Propina

Por Laura Michet

En la cima de las montañas que separan Demacia del Fréljord, no hay muchos trabajos que paguen con monedas.

Lore

En la cima de las montañas que separan Demacia Crest icon.png Demacia del Freljord Crest icon.png Fréljord, no hay muchos trabajos que paguen con monedas. Algunos pagan con pieles; otros, con hogazas de pan duro... Pero la hermanita de Aegil había nacido con una enfermedad. La familia necesitaba dinero para mantenerla bien alimentada y para comprarle medicinas.

Así que el padre de Aegil hizo un trato con su hermano, Jasper. Aegil trabajaría en la posada de Jasper en el paso de la montaña, vendiendo cerveza a los comerciantes de paso.

—Trabaja duro, ¿de acuerdo?—, le había dicho a Aegil su madre. —Por tu hermana—.

Una noche, una temporada después de que Aegil hubiera comenzado a trabajar para Jasper, una multitud de clientes llegó justo cuando la posada estaba cerrando. Era extraño que los viajantes llegaran tan tarde después del anochecer en invierno.

Jasper se asomó por la ventana. —No los conozco—, dijo, jugando nerviosamente con su salvaje barba negra.

La puerta se abrió de par en par, y un grupo de hombres desgreñados irrumpió en la posada, limpiándose la nieve de las botas y las capas. Se sentaron en los bancos, y un anciano con una capa con ribetes de terciopelo se acercó a la barra.

—Buenas noches—, dijo con un acento de la Gran Ciudad. —Nuestro socio comercial llegará en unos minutos. ¿Qué tienen para ofrecer?—.

El tío Jasper señaló vagamente la lista de bebidas que colgaba detrás de la barra. Había doce cervezas allí: una selección impresionante para esta parte de las afueras de Demacia. Uno por uno, los guardias ordenaron la cerveza más barata: Forsyn Roja. Aegil jamás había probado otra cerveza, pero incluso él sabía que no era buena. Por eso era tan barata.

Aegil fue deprisa al cuarto trasero donde almacenaban los barriles de cerveza para servir las bebidas. Mientras la hedionda bebida formaba espuma en los vasos, se preguntó cuánta propina dejarían estos clientes. ¿Recibiría una gran propia de parte del líder, u once pequeñas propinas, una de cada uno? Se le aceleró el corazón.

Entonces Aegil escuchó unos fuertes pasos provenientes del camino de afuera. La puerta se abrió con un chirrido... y la siguiente pisada hizo crujir las tablas del suelo.

Aegil empujó el carrito de las bebidas hasta el salón principal. El recién llegado era el hombre más grande que jamás hubiera visto. Su cabeza rozaba las vigas del techo. Sus extremidades eran puro músculo, gruesas como troncos de árboles, y su cara estaba cubierta de una hirsuta barba roja. Las espeluznantes cicatrices que surcaban sus amplios flancos parecían atestiguar que de verdad había sido parte de las espantosas batallas de las que tanto alardeaban los clientes borrachos de Jasper.

El hombre con la capa de terciopelo levantó la mano en dirección al extraño. —¿Supongo que tú eres Gragas Gragas?—, preguntó.

Gragas no respondió. Sus ojos estaban fijos en la lista de bebidas que colgaba detrás de la barra.

—¿Tú eres Gragas? ¿El cervecero?—, repitió el comerciante con impaciencia.

Gragas giró sus enormes hombros y le lanzó al anciano una mirada colérica. Con una voz tan potente que le recordó a Aegil a un antiguo dios que hablaba desde las profundidades de la nieve, el recién llegado gruñó: —Pediré un trago—.

El aire en la habitación se sentía como cuando se avecina una tormenta. Aegil comenzó a repartir las cervezas. Le temblaban las manos.

—¿Qué tal es esa 'Flores-Karsten'?—, Gragas le preguntó a Jasper, señalando la lista. —¿Qué tipo de flor es esa?—.

—Es solo el nombre del fabricante—, respondió Jasper. —No tiene ninguna flor. Lo lamento—.

—Mmmm—, meditó Gragas.

Aegil le dio el último vaso al viejo comerciante, y luego se quedó allí parado, esperando pacientemente su propina... pero el comerciante lo ignoró. Su reluciente mirada estaba fija en el gigante recién llegado... como los ojos de un zorro antes de atacar.

—Probaré... la Dorada Porter—, anunció Gragas. —Escuché que es muy buena—. Jasper se escabulló a la parte trasera para servirla, y Gragas se sentó de un porrazo en la mesa. —Bueno, ¿qué tienes para mí?—, preguntó.

El viejo comerciante comenzó a hurgar en los pliegues de su enorme abrigo. —Me enteré de que estás buscando mercancía shurimana—, dijo. —Granos de llanuras aluviales. Flores de cactus'”.

—Estoy... interesado—, dijo Gragas.

El comerciante notó la presencia de Aegil. —Vete, muchacho—, masculló.

Aegil se quedó paralizado. ¿No hay propina?

—Dije vete—, espetó el comerciante. Todos los guardias se rieron.

Con lágrimas en los ojos, Aegil corrió al cuarto donde estaban los barriles, detrás de la barra. Jasper estaba allí, caminando en círculos y tironeando nerviosamente de su barba.

—Maldito sea ese hombre—, escupió Jasper. —¿La Dorada Porter? ¡No tengo ni un poco!—.

—¿Se nos terminó?—.

—¡Nunca la tuvimos! No puedo darme el lujo de tener ninguna de esas cervezas raras. Están en la lista para impresionar a la gente. Casi nadie las ordena... ¡son muy costosas! Y cuando alguien lo hace, ¡tan solo mezclo algunas! ¡Nadie se da cuenta!—.

Para Aegil, eso parecía robo. —Deberías decírselo al grandote—, dijo.

Jasper soltó una carcajada. —¿Por qué? No le hace mal a nadie. ¡Tengo un negocio que mantener, muchacho! Un vaso de la Porter equivale a una semana de ganancias en la posada—. Jasper se irguió y sacó pecho. —No se dará cuenta—.

Jasper descolgó una jarra enorme de uno de los ganchos de la pared y comenzó a llenarla con la Forsyn... luego la Eigen Ale... luego la Flores-Karsten.

Mientras esa turbia y espumosa mezcla llegaba al borde de la jarra, Aegil se dio cuenta de que él tendría que llevarle a Gragas la bebida mezclada. Un frío le recorrió la espalda como un viento nocturno recorre la nieve. Cuando Jasper le puso la jarra en ambas manos extendidas, casi se cae.

—¡Mantente serio!—, ordenó Jasper.

Aegil pensó en su hermana. Pensó en monedas tintineando en su palma. Luego, cruzó tambaleando el salón vacío de la posada, luchando para mantener la jarra erguida.

La voz retumbante de Gragas llenaba la habitación. —... La receta en la que estoy trabajando ya tiene un sabor muy picante. Necesito algo para compensar—.

Mientras Aegil se acercaba a la mesa, el comerciante se inclinó hacia adelante. —Así que... Vamos a hacer negocios—.

—Sí—, gruñó Gragas. —Verdaderos negocios—.

El comerciante metió la mano dentro de su abrigo y extrajo una caja fuerte del tamaño de la palma de la mano, bañada en oro con joyas relucientes.

La caja resplandeciente era el objeto más valioso que Aegil había visto en toda su vida: probablemente valía cien veces más que la cerveza olorosa de Jasper. Estar parado a su lado se sentía como si estuviera al lado del sol.

—Lágrimas de Azir—, dijo el comerciante. —Una antigua especia ancestral. Trituradas a partir de las hierbas sepulcrales que solo se hallan en las ruinas del Disco Solar. Los Emperadores del Sol la usaban para condimentar su hidromiel—.

—¿En serio...?—, preguntó Gragas.

—Cuando me enteré de tu misión de... ¡elaborar la mejor cerveza del mundo! Bueno, me puse a buscar las Lágrimas de inmediato. ¡Lo que tuve que hacer para conseguirlas! La especia vale una fortuna, pero sabía que te interesaría—.

Gragas asintió lentamente con la cabeza, pensativo. Aegil de pronto se dio cuenta de que si había alguien capaz de reconocer una bebida falsa, sería un maestro cervecero con la misión de elaborar la cerveza perfecta. Se estiró para tomar la jarra, pensando una excusa con desesperación...

Pero fue demasiado lento. Gragas notó la presencia de Aegil, y de la cerveza que descansaba cerca de su codo. —Gracias, muchacho—, dijo, y tomó él mismo la jarra.

Bebió un gran sorbo... y de inmediato Aegil vio cómo su ceño poblado se fruncía. Sus fosas nasales se contrajeron. Su bigote se curvó para revelar el atisbo de una mueca. Su mirada cruzó la habitación... y se posó en Jasper.

Aegil sentía que iba a derretirse. ¡Sabe que lo estamos engañando!

Pero el maestro cervecero no dio muestras de su descontento. En cambio, Gragas extendió la mano hacia la caja adornada con joyas.

—Déjame ver—, pidió. —Muéstrame tus especias perfectas—.

El comerciante le entregó la caja. Gragas levantó la tapa y olfateó el interior.

Y de nuevo, sus fosas nasales se contrajeron. Ese agudo sentido del olfato había detectado otro aroma que le molestaba.

Aegil sintió que su corazón se detenía. Ellos también lo están engañando. ¡Es un FRAUDE!

Una falsificación era perdonable. ¿Pero dos? ¿En la misma noche? Poco probable. Gragas miró a Aegil, solo por un momento.

Fue advertencia suficiente. Aegil se apartó de la mesa de inmediato, como una liebre que salta hacia la seguridad de la arboleda.

Luego Gragas se puso de pie. Volcó la mesa mientras se levantaba, y, al mismo tiempo, cada uno de los guardias sacó hachas dentadas del interior de sus capas.

Gragas tan solo sacó sus puños.

Aegil solo vio fragmentos de la pelea resultante. Vio al comerciante correr hacia la barra... y luego a Gragas siguiéndolo a grandes zancadas. Hubo un ruido como de una explosión. Jasper profirió un grito agudo y se escabulló directamente por la puerta principal. Luego, los barriles rodaron por el suelo en dirección a los guardias, una avalancha estruendosa que salpicaba cerveza y espuma por todos lados. Los tumbó a todos... excepto a uno que se escondió detrás de una mesa, y luego se puso de pie, listo para lanzar su hacha...

Pero Gragas gruñó, un barril voló por la habitación y el guardia simplemente desapareció. Igual que la mitad de la pared del fondo. Aegil oyó el grito ahogado del guardia perderse por la ladera de la montaña.

El muchacho salió gateando de abajo de una mesa y vio a Gragas volcando el contenido gris y polvoriento de la brillante caja sobre el comerciante que gemía a sus pies.

—Polvo de momia—, bramó. —¡Ten un poco de respeto!—.

Luego, notó la presencia de Aegil. Frunció el entrecejo. —Muchacho—, llamó. Su voz retumbante hizo temblar los pedazos de vidrio roto en el suelo. —¡Ven aquí!—.

Con cautela, Aegil se acercó. Pensó en su hermana. Se preguntó si podría correr más rápido que un barril rodante.

—Dile al posadero que la próxima vez le ponga menos Forsyn—, dijo Gragas.

Luego Aegil vio la caja fuerte en la mano estirada del maestro cervecero. Una sonrisa enorme surcaba su tupida barba colorada.

—Tu propina—.

Referencias

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