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Historia corta

Una Buena Muerte

Por Matthew Dunn

Magga estaba a punto de morir por decimocuarta vez. Había mordido una manzana podrida… de nuevo. Como siempre, al ingerir la pútrida carne se había infectado de sombra carroñera. La actriz realizó cada uno de los torpes movimientos que precedían a su muerte mientras proclamaba sus últimas palabras para todos los presentes.

Lore

Magga estaba a punto de morir por decimocuarta vez. Había mordido una manzana podrida… de nuevo. Como siempre, al ingerir la pútrida carne se había infectado de sombra carroñera. La actriz realizó cada uno de los torpes movimientos que precedían a su muerte mientras proclamaba sus últimas palabras para todos los presentes.

—Oh, cuán portentoso es el sueño de la vida. Hasta ahora, ay demasiado tarde, abro los ojos a sus infinitos esplendores —gimió.

En medio de una bocanada de humo y polvo brillante, los Kindred Kindred hicieron su gran entrada. Conforme a la tradición, el papel del mítico personaje era interpretado por un solo actor, quien cubría su rostro con dos máscaras colocadas opuestamente. Se acercó a Magga, mirándola con la faz blanca de la Lamb's Mask profileicon.png Oveja.

—¡Decid! ¿Alguien ha pedido la más aguda de mis flechas? Acércate, niña, deja que la calidez de tu corazón se pierda en el abrazo frío del olvido.

Magga se rehusó, como lo había hecho las trece veces anteriores. Si algún matiz había tenido su interpretación, lo había opacado la fuerza atronadora de sus chillidos. A la señal acordada, la Oveja dio un giro para revelar su segundo rostro: la máscara del Wolf's Mask profileicon.png Lobo.

—¡Nada podrás hacer para postergar tu inevitable final! —gruñó el Lobo.

—¡Soy solo una pobre doncella! Por favor, dejad que mi llanto lastimero recaiga sobre vuestros oídos.

El público parecía hipnotizado por los sucesos dramáticos representados por los Mecánicos de Orfelo. Con la doble amenaza de la peste y la guerra en boca de todos los habitantes de los protectorados a la redonda, las obras que trataban la muerte causaban furor.

Denji, el actor que interpretaba a la Oveja y el Lobo, se abalanzó sobre la joven actriz con cierta torpeza mostrando sus colmillos de madera. Magga le ofreció el cuello. Al sentir la cercanía del mordisco, activó el artilugio que llevaba cosido al cuello de la blusa. Unas serpentinas rojas se desplegaron en medio del entusiasmo del público. Era justo por lo que habían pagado.

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Para cuando los mecánicos regresaron a su carreta y partieron rumbo a Arroyoaguja, no había ya una sola estrella en el cielo. En su lugar, un manto de gruesas nubes cubría por entero el firmamento.

En Arroyoaguja encontrarían un público agradecido, volvió a explicarles Illusian, el dueño de la compañía y autor único de las obras que representaban, mientras caminaba entre ellos, embriagado por sus propias palabras... y por el vino que Parr les había sacado a los lugareños.

En el correr de la noche, los miembros de la compañía se enfrascaron en una discusión. Tria y Denji arremetieron contra el dramaturgo reclamándole la calidad de sus argumentos, pues siempre caían en una estructura bastante predecible: la tragedia golpea a la doncella, la muerte encuentra a la doncella, la muerte se lleva a la doncella. Illusian argüía que las historias complicadas le restaban fuerza a las escenas de muerte bien ejecutadas.

Magga, la más joven del grupo, guardaba silencio a pesar de coincidir con el diagnóstico de Tria y Denji. Sabía bien que, de no haberse topado con la carreta de la compañía ambulante, habría terminado en algún lugar mucho más miserable. Para su suerte, los mecánicos habían perdido recientemente a varios de actores a causa de la obsesión de Illusian por mantener el control total sobre la dirección artística de la compañía. Debido a esta actitud, y a su evidente mediocridad, había solo unas cuantas caras a elegir en las representaciones. Fue por ello precisamente que los Mecánicos de Orfelo se decidieron a contratar a Magga, y para que muriera en todas las obras que representaran en el futuro próximo. A pesar de ello, la muchacha estaba muy agradecida.

Illusian estaba aún reponiéndose de las palabras de Denji y Tria cuando ordenó a Parr, el conductor de la carreta, que se detuvieran para hacer campamento. El ebrio dramaturgo aprovechó los privilegios de su condición para pasar la noche junto a la carreta. Y luego arrojó el resto de los camastros sobre la hierba, a poca distancia.

—Que los actores malagradecidos duerman en el bosque —espetó Illusian—. Esperemos que aprovechen la ocasión para aprender unos cuantos modales.

El resto de la compañía encendió una fogata y comenzó a intercambiar relatos. Denji y Tria se quedaron dormidos abrazados mientras se susurraban posibles nombres para la criatura que pronto traerían al mundo. Habían estado hablando sobre el día que la compañía ambulante pararía por Jandela, el sitio perfecto para abandonar aquella vida de vagabundeo, establecerse y criar a un hijo.

Magga se pegó a la fogata para que los crujidos y chisporroteos ahogaran el ruido de las turbadoras demostraciones de afecto de sus compañeros.

Pero el sueño se negó a acudir. La joven daba vueltas y vueltas en el lecho, sin poder sacarse de la cabeza las miradas que le dirigía el público mientras manaban las serpentinas de sangre de su cuello. La muerte de una hermosa doncella, fruto de su propia ingenuidad, era lo máximo que podía ofrecer el talento teatral de Illusian, pero el público sentía adoración por los espectáculos grotescos.

Finalmente decidió abandonar el saco de dormir y salir de paseo por el bosque para aplacar la inquietud de su mente.

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En la oscuridad de la noche, Magga llegó hasta un montículo con unos túmulos en la base. Aunque no entendía las inscripciones, sus dedos recorrieron el conocido trazo de las máscaras gemelas de los Kindred. Era un lugar consagrado a la muerte, un antiguo cementerio.

Sintió un escalofrío en la nuca que le hizo levantar la mirada. No estaba sola. Magga comprendió al instante lo que veía, pues cada noche se encontraba frente a una burda recreación de ellos mismos. Pero el pobre Denji nunca habría podido ni soñar con inspirar un pavor como el que se apoderó entonces de Magga. Ante sus ojos, posada sobre un arco desgastado por el tiempo, se encontraba la mismísima Oveja, y junto a ella su fiel compañero, el Lobo.

—Escucho un corazón palpitante —dijo el Lobo, con centellantes ojos negros de avidez—. ¿Puedo tomarlo?

—Tal vez —respondió la Oveja—. Percibo su miedo. Habla, hermosa criatura. Dinos tu nombre.

—Quisiera saber primero el suyo —alcanzó a decir la muchacha dando un paso hacia atrás. Su torpe huida sin embargo fue cortada en seco por el Lobo, cuya respiración sentía Magga a sus espaldas.

—Tenemos muchos nombres —le susurró el Lobo al oído.

—En el oeste, yo soy Ina y él Ani —dijo la Oveja—. En el este, yo soy Hadya y él Lobyo. En todas partes, sin embargo, somos los Kindred. Yo siempre soy la Oveja para el Lobo y él siempre es el Lobo para la Oveja.

El Lobo se puso de pie y olisqueó el aire.

—Está jugando a un juego muy aburrido —dijo el Lobo—. Vamos a jugar a otra cosa, un juego de persecuciones, carreras y mordiscos.

—No está jugando, querido Lobo —dijo la Oveja—. Está aterrada y ha perdido su propio nombre. Se le esconde detrás de los labios, temiendo salir. No te preocupes, querida niña, yo lo he encontrado. Te conocemos, al igual que tú nos conoces, Magga.

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—P-por favor —balbució Magga—. Hoy no es una buena noche para...

La lengua rosada del Lobo asomó por el costado de su boca, seguida un instante después por una risotada.

—Todas las noches son buenas para cazar —dijo riéndose.

—Y los días—añadió la Oveja—. Con luz es más fácil dar en el blanco.

—¡Es una noche sin luna! —exclamó Magga. Hizo lo que le había enseñado Illusian: grandes ademanes para que hasta los espectadores del fondo pudieran ver sus movimientos—. Se esconde detrás de un manto de nubes, lejos de mis ojos y los de ustedes. Sin luna, ¿qué sería lo último que vería?

—Nosotros sí vemos la luna —respondió la Oveja mientras acariciaba su mítico arco—. Siempre está ahí.

—¡Pero no hay estrellas! —replicó Magga de nuevo, aunque esta vez con gestos más parcos y voz más queda—. Falta el centelleo de ese joyero de diamantes en medio de la negrura de medianoche. ¿Qué mejor marco se podría pedir para encontrarse con el Lobo y la Oveja?

—La criatura-Magga ha cambiado de juego —dijo el Lobo con un gruñido—. Este se llama balbucear.

Dejó de moverse y ladeó la cabeza. Volvió el hocico hacia Magga y continuó: —¿No podemos jugar a cazar a la criatura-Magga y hacerla pedacitos? —y subrayó sus palabras con una sonora dentellada.

—Vamos a preguntarle —dijo la Oveja—. ¿Magga, prefieres la cacería cacería del Lobo o mi flecha flecha?

Magga estaba temblando. Sus ojos volaban de un lado a otro, tratando de absorber hasta el último detalle del mundo que la rodeaba. No era un sitio tan malo para morir. Había hierba. Había árboles. El antiquísimo acueducto. La quietud del aire...

—Prefiero la flecha de la Oveja —dijo con la mirada clavada en la áspera corteza de los árboles—. Me imaginaré que voy a trepar a las ramas más altas, como cuando era niña. Solo que esta vez no me detendré. ¿Ir contigo es algo así?

—No —respondió la Oveja—, pero es un lindo pensamiento. No temas, doncella, solo nos estábamos divirtiendo. Esta noche eres tú quien ha acudido a nosotros y no nosotros a ti.

—No puedo perseguir a la criatura-Magga —dijo el Lobo con un resabio de decepción en la voz—. Pero hay más criaturas cerca. Criaturas que están maduras para la cacería y las dentelladas. Deprisa, Oveja. Tengo hambre.

—Por ahora, debes saber que tu interpretación nos ha complacido y seguiremos disfrutando de ella hasta el día en que volvamos a vernos.

Pasó por delante de Magga y se perdió en el bosque. La sombría bestia desapareció entre los campos de hierba alta. Magga volvió de nuevo la mirada hacia el viejo túmulo. La Oveja había desaparecido.

La actriz huyó corriendo.

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Al volver al campamento lo encontró destrozado. La carreta, a la que apenas había comenzado a llamar hogar, había sido saqueada y reducida a cenizas. Los restos del vestuario y el atrezo estaban esparcidos por todo el campamento.

Encontró el cuerpo de Denji cerca de donde se había echado a dormir. Había muerto tratando de proteger a Tria, cuyo cadáver estaba a su lado. A juzgar por los rastros de sangre, no habían tenido una muerte lenta. Se habían arrastrado el uno hacia el otro y sus dedos se habían entrelazado una última vez antes de morir.

Magga vio que Illusian había logrado acabar con dos de los bandidos antes de que lo quemaran vivo en la carreta, junto con Parr.

Lo único que seguía intacto eran las máscaras del Lobo y la Oveja de Denji. Las tomó y las sostuvo un rato. Se llevó la máscara de la Oveja al rostro, y fue entonces que escuchó la voz del Lobo:

—Persigamos a la criatura-Magga.

La doncella corrió todo el camino hasta Arroyoaguja sin mirar atrás una sola vez.

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La Ronda Dorada estaba a reventar por un mar de ojos centelleantes, clavados con expectación en el telón de terciopelo. El rey se encontraba en el teatro, en compañía de su reina y de toda la corte, esperando con impaciencia el comienzo de la obra. Al levantarse el negro telón y aparecer los actores se hizo el silencio.

Magga se encontraba en el vestidor que había bajo el escenario, sentada. Oyó cómo cesaban las voces mientras se miraba en el espejo. El lustre de la juventud había desertado de sus ojos hacía años, sin dejarle otra cosa que un largo trazo de plata en el cabello.

—¡Señora! —dijo el tramoyista—. Aún no se ha vestido.

—No, criatura —dijo Magga—. Siempre me visto en el último momento.

—Pues ese último momento ya está aquí —dijo el joven mientras levantaba las dos últimas piezas de su vestuario: las máscaras de la Oveja y el Lobo, como en los tiempos de los Mecánicos de Orfelo..

—Que tenga usted suerte esta noche —añadió.

Magga se preparó para salir al escenario. Se puso la máscara sobre el rostro. El viejo escalofrío del túmulo volvió a recorrer su columna. Le dio la bienvenida... como siempre.

Cautivó al público deslizándose por el escenario como una auténtica encarnación de los gráciles movimientos de la Oveja. Los fascinó con su recreación del juguetón salvajismo del Lobo. Como una personificación de las muertes gemelas, alivió el sufrimiento de sus compañeros o les desgarró la garganta, hasta conseguir que el público se pusiera en pie y prorrumpiera en estruendosos aplausos.

Era cierto. Nada gusta más al público que una buena muerte y la de Magga los dejó fascinados.

Hasta el rey y la reina se levantaron para rendirle el tributo de sus alabanzas.

Pero Magga no oyó los aplausos ni presenció las ovaciones. No sintió el escenario bajo sus pies ni las manos de sus compañeros tomando las suyas cuando se inclinaron. Solo notó el lanzazo del dolor en el pecho.

Y cuando Magga volteó hacia el público, todas las caras eran o de oveja o de lobo.

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Referencias

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