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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Un Viejo Amigo

Por John O'Bryan

Ryze estaba tan nervioso que apenas sentía el intenso frío. En comparación con la pesada carga del mago, el clima inmisericorde del Fréljord apenas surtía efecto en él. Tampoco se amedrentó ante el aullido distante de un trol de hielo hambriento. Él estaba ahí porque tenía trabajo que hacer. No era algo que disfrutara, pero sabía que aquello tenía que hacerse y que no podía evitarlo.

Lore

Ryze Ryze estaba tan nervioso que apenas sentía el intenso frío. En comparación con la pesada carga del mago, el clima inmisericorde del Fréljord apenas surtía efecto en él. Tampoco se amedrentó ante el aullido distante de un trol de hielo hambriento. Él estaba ahí porque tenía trabajo que hacer. No era algo que disfrutara, pero sabía que aquello tenía que hacerse y que no podía evitarlo.

Al acercarse a las puertas pudo oír el sonido de las capas de pelaje rozando la madera del suelo, señal de que los guerreros de la tribu iban hacia allí para inspeccionarlo. En apenas unos segundos, pudo verlos en la parte superior de las puertas, con sus lanzas apuntando hacia abajo y listas para matar si el invitado resultaba ser no deseado.

—He venido a ver a Yago—, dijo Ryze, y su piel violeta quedó al descubierto cuando se quitó la capucha. —Es urgente—.

Los guerreros, de expresión estoica, se mostraron sorprendidos por un instante al reconocer al Mago Rúnico. Fue entonces que todos descendieron y trabajaron al unísono para abrir las pesadas puertas. En aquel lugar la afluencia de visitantes no era muy alta, y los que iban solían terminar clavados en picas para disuadir al resto. Ryze, sin embargo, contaba con una reputación que le daba acceso incluso a las regiones más hostiles de Runaterra.

Por lo menos durante unos minutos si no surge ningún problema, pensó.

Al pasar entre todas aquellas filas de personas cuyas caras castigadas por el viento parecían juzgarlo, mantuvo una expresión neutra que ocultaba cualquier duda. Un niño que no debía tener más de cinco años se quedó mirando a Ryze boquiabierto, y se separó de su madre valientemente para mirarlo más de cerca.

—¿Eres un brujo?—, preguntó el niño.

—Algo así—, respondió Ryze casi sin mirarlo, y siguió su camino.

Encontró el camino hacia la parte trasera de la fortificación. Se sorprendió al comprobar que la aldea apenas había cambiado desde la última vez que la había visitado, y de eso hacía varios años. Se dirigió hacia la inconfundible bóveda de hielo cristalino. El brillo azur de la estructura destacaba en aquel entorno apagado de tierra y madera.

Siempre fue un hombre sabio. A lo mejor coopera, pensó Ryze, pero se preparó para lo que pudiera pasar.

En el interior había un mago de escarcha anciano vertiendo vino sobre el plato de un altar. Se giró para contemplar cómo se acercaba Ryze, y por su expresión parecía que lo juzgaba. Ryze sintió cómo su corazón se encogía. Tras un momento, el hombre sonrió y abrazó a Ryze como si fuera un hermano.

—Estás muy delgado—, aseguró el mago. —Deberías comer más—.

—Tú deberías comer menos—, respondió Ryze, haciendo alusión a la curva de la panza de Yago.

Los dos amigos rieron largo rato, como si nunca se hubieran separado. Ryze, poco a poco, comenzó a bajar la guardia. Había muy pocas personas en el mundo que él considerara sus amigos, y era reconfortante para su alma hablar con uno de ellos. Ryze y Yago se pasaron la hora siguiente recordando tiempos pasados, comiendo y poniéndose al día. Ryze había olvidado lo bueno que era conversar con otro ser humano. Podría pasarse un par de semanas fácilmente con él, bebiendo vino y compartiendo historias de triunfos y derrotas.

—¿Y qué te trae tan adentro del Fréljord?—, preguntó finalmente Yago.

De repente, Ryze volvió a la realidad. Recordó rápidamente las palabras que había preparado cuidadosamente para cuando la conversación llegara a ese punto. Le contó la historia de sus días en Shurima. Había ido para investigar una tribu nómada que, de la noche a la mañana, había conseguido riquezas y tierras, casi un pequeño reino. Al inspeccionarlos, Ryze descubrió que tenían una Runa Geogénica en su poder. Se resistieron, y...

Ryze bajó la voz para no desentonar con el silencio de la estancia. Le explicó que, a veces, hay que hacer cosas horribles para que el mundo permanezca intacto. A veces, es necesario que pase algo horrible para evitar un cataclismo.

—Deben ser guardadas a buen recaudo—, dijo Ryze, llegando por fin al tema principal—. —Todas—.

Yago asintió gravemente, y la complicidad que habían compartido se desvaneció al instante.

—¿Nos la quitarías aun sabiendo que es lo único que mantiene alejados a los troles?—, preguntó Yago.

—Sabías que pasaría—, dijo Ryze, no dejándole alternativa. —Lo has sabido todos estos años—.

—Danos más tiempo. Esta primavera nos dirigiremos al sur. ¿Cómo sobreviviríamos al invierno?—

—Ya me has dicho eso antes—, dijo Ryze fríamente.

Le tomó por sorpresa que Yago le agarrara las manos e insistiera en su súplica.

—Hay varios niños con nosotros. Y tres o cuatro de nuestras mujeres están embarazadas. ¿Nos condenarías a todos?—, preguntó Yago con desesperación.

—¿Cuántas personas vivís en esta aldea?—, preguntó Ryze.

—Noventa y dos—, respondió Yago.

—¿Y cuántos habitantes tiene el mundo?—

Yago se quedó callado.

—Ya no puede esperar más. Fuerzas oscuras se están preparando para hacerse con ella. Cuando me vaya hoy, tiene que venir conmigo—, exigió Ryze.

—Solo la quieres para ti—, lo acusó súbitamente Yago con furia.

Ryze miró a Yago a los ojos, vio que aquel rostro era el de un desalmado, y ya no pudo reconocer al hombre que había conocido. Ryze trató de explicarle que, mucho tiempo atrás, había aprendido a no usar las Runas, y que el precio de usarlas siempre era demasiado alto. Pero aquel hombre había perdido la cordura y ya no se podía razonar con él.

De repente, Ryze cayó al suelo y se retorció de dolor. Alzó la vista y vio a Yago en postura de lanzamiento de hechizos. En sus dedos chisporroteaba un poder que ningún mortal debería poseer. Cuando Ryze comprendió lo que estaba pasando, inmovilizó al mago de escarcha con un anillo anillo de poder arcano, y eso le dio justo el tiempo necesario para ponerse en pie.

Ryze y Yago se enfrentaron entonces en un choque de poderes que el mundo llevaba mucho tiempo sin ver. Yago abrasó la piel de Ryze con lo que parecía la fuerza de veinte soles. El Mago Rúnico contraatacó con una serie de potentes proyectiles proyectiles arcanos. Tras un enfrentamiento que pareció durar horas, los poderes combinados de los dos atacantes terminaron abriendo una brecha en el templo y la gruesa bóveda de hielo se desplomó sobre ellos.

Ryze, herido gravemente, se arrastró a duras penas para salir de los escombros y consiguió ponerse de rodillas. Si bien algo borroso, pudo ver cómo Yago, maltrecho, intentaba abrir una caja fuerte que había desenterrado. Por el brillo del anhelo en sus ojos, Ryze supo perfectamente qué había en su interior y qué pasaría cuando lo tuviera.

Ryze había agotado toda su energía mágica, así que saltó sobre su viejo amigo y le pasó el cinturón por el cuello, dispuesto a estrangularlo. No sintió nada; el hombre por el que había sentido amor unos minutos antes ahora solo era una tarea que debía ser completada. Yago peleó con fuerza, agitando las piernas en busca de un punto de apoyo. Y finalmente murió.

Ryze cogió la llave del collar de Yago y abrió la caja. Extrajo la Runa Geogénica, que latía y emitía un poderoso brillo sobrenatural de color anaranjado. Enrolló la Runa utilizando un pedazo de la capa de su camarada caído, la colocó con cuidado en su morral y salió como pudo del templo, dando un suspiro apenado por la pérdida de su amigo.

El Mago Rúnico se dirigió hacia las puertas de la aldea, y vio las mismas caras castigadas por el viento que lo habían visto llegar. Los miró de soslayo, temiendo un ataque por su parte, pero ningún aldeano se movió ni intentó detenerlo. Ya no parecían defensores feroces; eran personas aturdidas que estaban a punto de enfrentarse a su fin. Miraban a Ryze con desamparo e indefensión.

—¿Qué vamos a hacer?—, preguntó la abuela, con el niño todavía agarrado al pelaje de su capa.

—Yo me iría—, respondió Ryze.

Sabía que, si se quedaban, los troles bajarían a la aldea por la noche y no dejarían a nadie con vida. Y tras los muros de la aldea acechaban peligros todavía peores.

—¿No podemos ir contigo?—, preguntó el niño.

Ryze se detuvo un momento. Una parte de él, un vestigio de compasión irracional en su interior, le gritaba: Acompáñalos. Protégelos. Olvídate del resto del mundo.

Pero sabía que no podía. Ryze emprendió su fatigosa marcha por la nieve freljordiana, y prefirió no mirar a las caras que estaba dejando atrás. Al fin y al cabo, eran las caras de los muertos, y debía centrarse en los que sí que podía salvar.

Referencias

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