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Historia corta • Lectura de 6 minutos

Un Intercambio Justo

Por Rayla Heide

Ahri se oculta tras un disfraz, pero esta adivina tiene su propio secreto. ¿Qué es lo que esconden?

Lore

El mercado olía a incienso quemado y col podrida.

Ahri envolvió sus nueve colas con su capa y jugueteó con sus piedras solares idénticas para distraerse del hedor, haciéndolas rodar entre los dedos y golpeándolas una con la otra. Las dos tenían la forma de una llama ardiente, pero estaban talladas de tal manera que sus bordes afilados encajaban, formando un orbe liso. Tenía las piedras doradas desde que podía recordar, pero desconocía su origen.

A pesar de que Ahri se encontraba en un entorno nuevo, se sentía reconfortada por la magia latente que zumbaba a su alrededor. Pasó por un puesto con docenas de canastillas tejidas, llenas hasta el borde de rocas lustradas, caparazones incrustados con leyendas de una tribu marítima, dados para apostar tallados en huesos y otros objetos curiosos. Nada se parecía al estilo de las piedras esculpidas de Ahri.

—¿Te gustaría una gema del mismo azul que los cielos?—, preguntó el comerciante de barba gris. —Por ti, intercambiaría una bagatela cerúlea por el costo de una sola pluma de cuervo llorón, o tal vez una semilla de árbol jubji. Soy flexible—.

Ahri le sonrió, pero negó con la cabeza y continuó atravesando el mercado, con las piedras solares en las manos. Caminó por un puesto cubierto de vegetales anaranjados con púas, un niño vendiendo fruta que cambiaba de color según el tiempo y al menos tres vendedores ambulantes agitando recipientes de incienso, que afirmaban haber descubierto la forma más profunda de meditación.

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—¡Adivinaciones! ¡Venga a ver qué le depara el futuro!—, gritaba una joven mujer con ojos lavanda y mandíbula suave. —Averigüe de quién se enamorará o cómo evitar la mala suerte con una pizca de raíz de bardana. O si prefiere encomendar su futuro a los dioses, contestaré preguntas de su pasado. Aunque le recomiendo que averigüe si corre el riesgo de morir por envenenamiento—.

Un vastaya alto con orejas de felino estaba a punto de morder un pastel especiado. Se detuvo y observó alarmado a la adivina.

—Por cierto, la respuesta es no. Para ti es gratis—, dijo la mujer, haciendo una reverencia hacia él, antes de dirigirse a Ahri. —Ahora, usted aparenta haber tenido un oscuro y misterioso pasado. O al menos algunas historias dignas de contarse. ¿Alguna pregunta urgente que quiera hacerme, señorita?—.

Debajo de capas espesas de incienso, Ahri notó el perfume a pelaje húmedo y cuero especiado proveniente del cuello de la mujer.

—Gracias, pero no—, contestó. —Estoy mirando qué encuentro—.

—Me temo que no hallarás más piedras ymelo en este mercado—, dijo la mujer, asintiendo hacia las piedras solares de Ahri. —Como las que posees—.

Ahri sintió un escalofrío en la nuca y se acercó a la mujer. No permitiría que la emoción se apoderara de ella. —¿Las reconoce? ¿De dónde provienen?—.

La mujer observó a Ahri.

—Son ymelos, según creo—, contestó la mujer. —Nunca vi un par con mis propios ojos. Él talló solo unos cuantos en su tiempo y la mayoría de los juegos se perdieron en la guerra. Son bastante inusuales—.

Ahri se acercaba más con cada palabra.

—Por cierto, soy Hirin—, dijo la mujer.

—¿Sabe dónde podría encontrar a ese artesano?—, preguntó Ahri.

Hirin rio. —No tengo idea. Pero si entras, te diré lo que sé—.

Ahri se ajustó la capa sobre los hombros y, ansiosa, siguió a la adivina, atravesando su puesto hacia una casa rodante decorada con pieles de animales.

—¿Té?—, preguntó Hirin. —Lo preparé esta mañana—.

Sirvió dos tazas de un líquido color vino ciruela y tomó una para sí. El té sabía a corteza de roble amarga, encubierta por una porción empalagosa de miel. Hirin extendió la mano para tocar las piedras, pero Ahri las mantuvo con ella.

—Tengo la impresión de que estas son especiales para ti—, dijo la adivina con una sonrisa mordaz. —No te preocupes, no me interesa vender piedras solares robadas. Es malo para la reputación de una mujer—.

—¿Puede decirme de dónde provienen?—, preguntó Ahri, entregándolas cautelosamente.

Hirin las sostuvo hacia la luz.

—Son hermosas—, dijo. —No sé cómo encajan de forma tan perfecta. Nunca he visto algo así—.

Ahri permaneció en silencio. Estaba inmóvil por la curiosidad y no quitaba la vista de la mujer.

—La leyenda dice que el escultor conocido como Ymelo coleccionó huevos de lagarto fosilizados durante cientos y cientos de años que talló en formas complejas. Estos antiguos lagartos vivieron mucho antes de que el Mar Ghetu se convirtiera en un desierto y solo quedaran de ellos huesos petrificados y polvo—.

Hirin tosió y Ahri detectó una nota amarga en su aliento, como si hubiera estado bebiendo vinagre.

—Las piedras ymelo están diseñadas como pequeñas piezas que encajan en esculturas más grandes—, continuó.

La mujer balanceó las piezas doradas frente al rostro de Ahri.

—Así como tu pasado te dejó más preguntas que respuestas, estas piedras tal vez tengan más piezas que, combinadas, crean una nueva forma. Quién sabe en qué te convertirás cuando averigües tu historia. Con las piezas faltantes, tal vez descubras más de lo que te gustaría—.

—Esas son palabras encantadoras—, murmuró Ahri, observando a la mujer.

Tras un momento de silencio, Hirin soltó una risita. —Algunos hilos de verdad, otros de mi propia invención. El tejido de una adivinadora debe ser impecable—.

La mujer extrajo un cuchillo de cazador de un gabinete.

—Tejo lo suficiente de lo que deseas para hacer que te quedes—, dijo la mujer. —Hasta que el té relaja tus músculos, claro—.

Un gruñido escapó de los labios de Ahri. Destrozaría a esta mujer. Intentó abalanzársele encima, pero sus extremidades no respondieron. Estaba inmóvil en su lugar.

—Oh, no hay necesidad de eso. Solo necesito una cola. Es muy útil para una gran variedad de pociones, verás, y es extremadamente valiosa. O al menos eso creo. Nunca había visto a una vastaya con colas de zorro. El té paraliza cualquier dolor, así como tu... movilidad—.

Hirin envolvió con un vendaje una de las colas de Ahri. Ella intentó resistirse, pero no podía moverse.

—Despertarás mañana, ¡como nueva!—, dijo la mujer. —Bueno, con una cola menos. ¿Realmente usas las nueve?—.

Ahri cerró los ojos e invocó las reservas de magia que la rodeaban. El ambiente tenía bastantes para usar, pero estaba demasiado debilitada por el té para atraerlas. En lugar de eso, se adentró en la mente de Hirin, que era más maleable, y empujó.

Ahri abrió los ojos y clavó su mirada en la de Hirin. Los ojos de la adivina adquirieron un color más profundo.

—Hirin—, dijo la vastaya. —Acércate. Quiero ver el rostro de quien me engañó—.

—Claro, señora mía—, contestó Hirin, embelesada. La voz de la mujer sonaba vacía, como si viniera del fondo de un pozo.

Se inclinó hasta que su rostro quedó a pocos centímetros de distancia. Ahri inhaló para atraer las esencias de la vida de la mujer, desde su aliento.

...Hirin era una niña pequeña escondida, hambrienta y atemorizada, debajo de un puesto del mercado. Dos hombres discutían por encima, la buscaban. No tenía más que cofres vacíos que mostrarles por sus días de trabajo...

Ahri continuó drenando la vida de Hirin, probando memorias de emociones puras. Eran enriquecedoras en la boca de Ahri, y disfrutaba el sabor único de cada emoción.

...Hirin predijo el futuro de un doctor hechicero envuelto en mantos y recibió un centavo por su trabajo. Utilizó esa moneda para comprar un pedazo de pan, que devoró en segundos...

...En una turbia taberna, un grupo ruidoso jugaba a las cartas. Un hombre con cejas similares a alas de mariposa apostó una piedra dorada ymelo, mientras Hirin observaba desde las sombras...

...Hirin siguió a Ahri desde que entró al mercado. Una de sus colas de zorro se había asomado por debajo de la capa. Atrajo a la vastaya hasta su remolque...

Suficiente.

Ahri se detuvo. La cabeza le daba vueltas con vigor renovado. Con cada memoria que había robado de Hirin, sentía que recuperaba rápidamente la energía de sus músculos debilitados, libres del veneno.

Fortalecida una vez más, agitó las extremidades con cuidado y flexionó las colas. Sintió cosquillas.

Hirin estaba con los ojos bien abiertos y aturdida, todavía viva. Sería ella quien despertaría mañana, como nueva, con algunas memorias menos que no extrañaría.

Ahora que conocía algo de la vida de la mujer, la ira de Ahri se había esfumado. Acarició apenas la mejilla de la adivina, después envolvió sus hombros con la capa y salió al soleado mercado.

Hirin no la recordaría a ella ni a su encuentro. Pero Ahri dejó el mercado con un nombre que buscar, Ymelo, y la imagen del hombre con cejas en forma de ala quedó grabada en su mente.

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Referencias

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