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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Un Hambre Diferente

Por Ian St. Martin

Tras besar a mi esposa y colocar mi lanza contra mi hombro, me uní a mis compañeros y dejamos la aldea atrás. La mañana era nueva, el amanecer se estiraba a través de los bosques espesos de Tokogol mientras los seis caminábamos hacia el mirador a través de un deteriorado camino de barro. Viajábamos ligero, puesto que nuestra vigilia solo duraría hasta la siguiente luna antes de que otro grupo de lanceros nos reemplazara. Tokogol compartía fronteras con Noxus, y su creciente beligerancia había incitado a los lugartenientes a asegurarse de que todas las lanzas estuvieran afiladas.

Lore

Tras besar a mi esposa y colocar mi lanza contra mi hombro, me uní a mis compañeros y dejamos la aldea atrás. La mañana era nueva, el amanecer se estiraba a través de los bosques espesos de Tokogol mientras los seis caminábamos hacia el mirador a través de un deteriorado camino de barro. Viajábamos ligero, puesto que nuestra vigilia solo duraría hasta la siguiente luna antes de que otro grupo de lanceros nos reemplazara. Tokogol compartía fronteras con Noxus, y su creciente beligerancia había incitado a los lugartenientes a asegurarse de que todas las lanzas estuvieran afiladas.

Nuestro viaje era breve y sin contratiempos, el sueño de todo soldado. Luego de un recorrido de medio día, vislumbramos el puesto y vimos encenderse la señal de fuego, dándonos la bienvenida con una delgada columna de humo blanco. Mis compañeros estaban de buenos ánimos; la charla fluida entre hermanos y vecinos unidos. Si bien nuestro deber consistía en vigilar la frontera en busca de cualquier señal de guerra, en Tokogol era un pensamiento distante.

Cuando llegamos, encontramos abiertas y desatrancadas las puertas de la estacada, mas no rotas ni forzadas. Un sentimiento raro nos recorrió, como un escalofrío bailando sobre nuestras espinas dorsales. Lo veía en los otros, tal como lo sentía en mí.

Formamos un diminuto muro de escudos, dos hileras de tres hombres, y entramos a la estacada esperando encontrar asesinatos, la ruina y la destrucción, con señales visibles de Noxus para nosotros.

Pero no encontramos nada de eso.

Lo que descubrimos fue la imagen de un puesto de avanzada que no era diferente a ningún otro. Los fuegos se habían reducido a brasas bajo ollas que seguían llenas. Colgaban ropas que se estaban secando, y las linternas seguían en los postes, tal como la noche anterior. Alarmados y confundidos, nos miramos los unos a los otros. Fue como si nuestros compañeros hubieran simplemente desaparecido.

—¿Qué pudo haber sucedido aquí?—, susurró Bel. Nuestro muro se enderezó y quebró al inspeccionar el puesto en busca de cualquier señal de vida.

—¿Tal vez los capturaron?—, preguntó Ulryk.

Me acerqué a un muro de la estacada. Una de las cintas de la madera estaba más quemada que el tono promedio. Me acerqué hacia ella y al rozarla con las puntas de mis dedos se desmoronó, develando un cráter de madera lisa debajo. Los otros encontraron marcas similares a lo largo del campo, aunque nadie podía comprender cómo es que habían surgido.

Un grito nos orilló a adoptar la postura del guerrero. —¡Vengan rápido!—.

Era Afron. Corrimos hacia él y lo encontramos de pie frente a un cuerpo.

—Es Halryn—, dijo, mirándonos. —El hijo del curtidor—.

El joven estaba pálido y yacía en posición fetal en el suelo. No vimos ninguna señal de batalla en él, ni sangre ni heridas.

Saqué mi cuchillo. Acuclillado, llevé la hoja del cuchillo bajo la nariz de Halryn. Hacía frío; soplos de aire superficiales empañaron el acero con un ritmo lento y forzado.

—Sigue vivo—, dije, tomándolo del hombro. Nos sobresaltamos en cuanto lo giré sobre su espalda.

Los ojos de Halryn estaban abiertos, pero no había nada ahí. De lo que pudimos deducir, estaba consciente, pero su ojo derecho solo miraba hacia el cielo, carente de luz.

Pero no fue por eso que retrocedimos.

—Por todos los cielos—, suspiró Ulryk. Afron escupió para apartar el mal y nos unimos a él.

En donde estaba el ojo izquierdo de Halryn solo quedaba un oscuro agujero. A lo largo de mi vida había visto demasiadas batallas como para desconocer los indicios de una lanza o una espada, pero ningún arma que yo conociera podría haber infligido esa herida. Era demasiado limpia y precisa para el desordenado frenesí de la batalla. El rostro del chico no develaba ninguna señal de dolor a causa de la horrible herida.

—¿Qué pudo haberle hecho esto?— Reclamó Bel. —¿Alguna bestia? ¿Una plaga?—.

Nos estremecimos de solo pensarlo. —No—, Caer frunció el ceño mientras su mano se perdía en el saco de hierbas y emplastos que llevaba en la cintura. —No hay señales de infección. Esto no fue una enfermedad—.

—Encuentren a los otros—, ordenó Bel. —Ahora—.

Los encontramos, uno por uno. Eran hombres a quienes conocíamos, miembros de nuestra aldea que vendían pescado y martillaban acero. Todos tenían la misma herida en su ojo izquierdo, todos ellos reducidos al mismo estado catatónico. Mientras más serenos parecían, más horripilante era todo.

Afron recurrió a Bel. —¿Qué hacemos?—.

—Debemos hacer un llamado de advertencia—, dijo Ulryk.

—¿De qué?—, preguntó Caer. —No sabemos qué es lo que está ocurriendo aquí—.

Discutieron. Las voces colisionaban y se superponían. Además de esto, percibí el olor de humo en el aire.

—Esperen—.

Los demás se detuvieron y me miraron. Tragué saliva.

—Si todos están en este estado—, señalé hacia la señal de fuego detrás de nosotros —entonces quién encendió el far...—.

Ulryk estaba en el aire antes de que supiéramos qué estaba sucediendo. Una luz cegadora se robó mi vista, pero vislumbré una forma gigante y oscura a contraluz. Juramentos, plegarias y maldiciones provenientes de los labios de mis compañeros llenaron el aire. Fueron silenciados por un crujido como un látigo, seguido de un chillido abrumador y burbujeante.

Una vez que pude ver de nuevo, estaba en el suelo.

Miré hacia abajo y vi que mis piernas estaban separadas, rotas. Los otros guerreros, mis hermanos y amigos, estaban recostados mirando hacia el cielo.

Solo escuché otra voz, por lo que volteé hacia allá. Solo pude ver a Aforn, un joven de apenas dieciséis años, luchando bajo el monstruo. Bañado por una penetrante luz violeta, se retorció de dolor cuando una de sus extremidades se hundió en su cráneo, atravesando su ojo. Sus gritos se detuvieron una vez que fue reducido a una simple cáscara, como todos los demás.

Entonces, el monstruo dirigió su siniestra mirada en mi dirección.

En un instante, se avecinaba hacia mí. Miré su ojo, hinchado y solitario, y percibí un hambre más allá de lo imaginable. Un hambre no de carne, sino de algo mucho más profundo. Mi alma se balanceaba al borde del abismo, mientras su despiadada hambre me jalaba...

No.

Yo soy Hennis Kydarn, guerrero y lancero de Tokogol. Me negué a satisfacerlo con mis gritos, incluso cuando su tentáculo se clavó en mi ojo. No había dolor...

...mientras trabajo. El análisis puede infligir dolor físico, en caso de que lo desee, pero eso no es un asunto crítico aquí. He aprendido mucho acerca del dolor y sus usos.

Esta información es preciada, así como todo el conocimiento. Un asentamiento, interacciones, castas. Una hembra particular de una especie y su descendencia... Este se resiste a que los analice, pero es algo fácil de vencer.

Con nada más por consumir, viajo aquí para diseminar lo que recolecté.

La grieta debajo mío es un conducto para que la información pase hacia el reino verdadero. Las criaturas que habitan este mundo llaman a nuestro dominio El Vacío. La curiosa poesía que tejen estas entidades... una curiosidad que da cuenta de qué tan lejos está mi tarea de su meta.

Un universo de conocimiento me rodea, de gran poder y de tierras distantes, y lo recolectaré todo. Ofrezco ahora esta información, así como el resto que vendrá.

Aceptar.

Consumir.

Aprender.

Referencias

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