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Historia corta

Un Festín Digno de un Rey

Por Graham McNeill

Una figura corpulenta caminaba a través del cañón con la nieve hasta la cintura. Avanzaba lentamente cuesta arriba con un paso decidido que parecía desafiar a la ventisca.

Lore

Una figura corpulenta caminaba a través del cañón con la nieve hasta la cintura. Avanzaba lentamente cuesta arriba con un paso decidido que parecía desafiar a la ventisca. Dejaba tras de sí una zanja profunda y, con cada paso, sus pesados pies con garras hacían pedazos la piedra lutita oculta bajo la nieve. Los fuertes vientos hacían ondear su capa hecha de retazos de pieles, por lo que la figura la ajustó mejor alrededor de su cuerpo.

Incluso entre los troles, Trundle Trundle era gigantesco: sus músculos como rocas sobresalían debajo de su gruesa piel azul que tenía la textura del cuero cuando se lo expone al sol del desierto. Trundle nunca había visto un desierto, pero sabía lo que era.

La Bruja de Hielo Bruja de Hielo le había hablado de un lugar más allá de las montañas del sur donde el sol te quemaba la piel y la nieve era como pedacitos de roca áspera que se meten hasta en la entrepierna y no se derriten.

A Trundle eso le parecía un poco exagerado; además, ¿qué sentido tiene una nieve que no se derrite?

Llevaba colgado sobre uno de sus gigantescos hombros un costal de cuero, repleto de cadáveres de elnüks, drüvasks, cerdos salvajes y torpes cabras montesas. Habían pasado más días de los que podía contar con las manos desde que salió de su cueva. La carne comenzaba a despedir un delicioso hedor fétido y la sangre adentro del costal se había congelado y vuelto negra y sólida.

Imponentes acantilados de hielo se alzaban a ambos lados, azules como olas del océano que se habían congelado de repente en su lugar. Tal vez fue así. Trundle no lo sabía. La Bruja de Hielo le habló de un lejano tiempo pasado, en el que la magia ocasionaba todo tipo de desventuras, así que tal vez estaba caminando en este momento a través de un océano ondulante en la cima del mundo. Le gustaba la idea y se preguntaba si, estando tan al norte, se encontraría con algunos esqueletos de monstruos marinos.

Monstruos marinos en el hielo, sí, esa sería una buena historia para contar a su regreso. No importaba que no fuera verdad. La mayoría de los troles no tenían mucho cerebro que digamos y creerían casi cualquier cosa que él les dijera.

Dejó de pensar tanto.

Iba a necesitar sus mejores pensamientos más adelante.

Este no era su territorio: había más maneras de morir de las que podía contar, y eso que él podía contar mucho más que cualquier otro trol que conociera.

Podía caer en una grieta, se lo podía tragar un guiverno de hielo o podía terminar hervido en uno de los calderos de las tribus de troles salvajes que vivían por esta región. Más grandes que la mayoría de los otros troles, no tenían el sentido común de saber que necesitaban un rey que se encargara de las cosas, y los títulos les importaban tanto como la flatulencia de un elnük.

Le arrancarían los brazos y las piernas para comérselos como un bocadillo si intentaba hacerse el importante.

Esto hacía que la importancia de este viaje fuera aún más extraña, porque había escuchado historias de un trol gigantesco llamado Yettu, quien recorría las tribus de troles y afirmaba que él era el rey de los troles. Trundle tuvo que estrellar varias cabezas cuando algunos troles arrogantes que habían escuchado esas historias comenzaron a decir tonterías. Eran sinsentidos como: si cualquiera podía autoproclamarse rey, ¿entonces por qué le daban la porción más grande de comida a Trundle y por qué debían hacerle caso?

Ciertamente, había que ocuparse de este Yettu antes de que las cosas se salieran de control.

Solo porque a él se le había ocurrido recientemente convertirse en rey como Grubgrack y los otros señores trol antiguos, ¡eso no significaba que cualquiera pudiera pensar así!

Los cabellos ásperos en la nuca de Trundle se erizaron, como si lo estuvieran observando.

Todavía no podía verlos, pero sí olía el hedor de sus cuerpos fétidos escondidos más adelante en la nieve. Cualquier trol que se hiciera llamar rey no duraba mucho si no podía percibir cuando se iba a derramar sangre.

Siguió caminando con normalidad, como quien sale una mañana a vaciar la vejiga. Simuló un gran bostezo colmilludo mientras inspeccionaba los bancos de nieve abultados que tenía más adelante.

Era difícil ver algo a través de la ventisca arremolinada y los fuertes vientos.

Allí, avistó dos bultos de nieve que eran un poco muy grandes y regulares para ser naturales.

Además, vio un pie que se asomaba de uno de los bultos y un mechón de pelo que salía del otro.

Trundle esbozó una gran sonrisa desdentada y sacudió la escarcha de su desaliñada melena rojiza.

Luego, metió la mano bajo su capa mugrosa para tomar la empuñadura congelada de su garrote de guerra y lo desenganchó del cinturón. Avanzó asegurándose de que pareciera que estaba luchando contra el viento feroz y la nieve copiosa.

Un par de dedos largos de uñas largas y amarillentas se asomaron a través de la nieve en el bulto a su izquierda. Los dedos volvieron a meterse en el bulto y, en su lugar, aparecieron un par de ojos amarillos que lo miraban.

Trundle esperó a estar a un garrotazo de distancia del bulto para sacar a Hueso Gélido. De inmediato, la temperatura bajó y un frío helado inundó sus manos a medida que el hielo eterno congelaba el aire a su alrededor. El garrote consistía en un enorme pedazo de Hielo Puro con una empuñadura de piedra de obsidiana. Nunca le había fallado en la batalla.

Los ojos dentro del bulto se abrieron con sorpresa cuando Trundle saltó por los aires y clavó su garrote gigantesco en la nieve con un crujido satisfactorio.

Un trol con piel verdosa como un árbol cubierto de musgo se levantó tambaleándose de su escondite, con la parte trasera de su cabeza convertida en un profundo cráter. Blandió su espada de piedra contra Trundle, pero su ceño fruncido y su mirada bizca indicaban que estaba tratando de decidir si estaba muerto o no.

—Me parezco que estoy muerto—, dijo el trol.

—Me parece que sí—, respondió Trundle y el trol se desplomó en la nieve.

El segundo atacante dio un salto con un grito desgarrador, mientras levantaba un gigantesco garrote de piedra sobre su cabeza y lo dejaba caer en el lugar donde había estado parado Trundle unos segundos antes. Parecía confundido al no encontrar un trol muerto en el extremo de su arma. En el tiempo que tardó en darse cuenta de que el único trol muerto era su compañero, Trundle envolvió con su puño carnoso la garganta del trol.

Lo levantó por los aires. Era una cosa mediana con el pellejo amarronado cubierto de bultos deformes y mechones de pelo áspero que brotaban de sus axilas y entrepierna.

—¡Muy bien, bribón!—, dijo Trundle alegremente.

—Deberías estar muerto—, balbuceó el trol. —Quería golpearte con mío garrote—.

—Me di cuenta—, dijo Trundle, apretando el cuello del trol hasta que su rostro se puso de un lindo color violeta. —Pero estoy vivo, y parece que tú y tu amigo llevan las de perder, ¿verdad?—

Trundle soltó al trol, que cayó a la nieve respirando entrecortadamente.

—Este es el territorio del rey Yettu—, jadeó el trol. —¿A qué vienes?—

Trundle sostenía a Hueso Gélido cerca del rostro del trol, que gruñía de dolor por la cercanía de su poder helado.

—Me llamo Trundle, el Rey de los Troles, y quiero que me lleves ante Yettu—, exclamó.

El trol de piel amarronada se llamaba Sligu y llevó a Trundle a través de la ventisca hasta un conjunto de puntos en un glaciar que parecían entradas de cuevas. Sligu no era el trol más conversador, pero después de un par de golpecitos alentadores de Hueso Gélido, descubrió que tenía muchas cosas para decir.

Trundle sabía que los troles no eran muy imaginativos, así que cuando Sligu describió a Yettu como una montaña con ojos, un luchador con puños como peñascos y una barriga profunda como un barranco, comenzó a hacerse una idea de lo que enfrentaría.

—¿Cómo consigue que lo consideren un rey?—, preguntó Trundle.

—Escuchó que tú hacerte llamar rey y que todos te daban la mejor comida primero—, contestó Sligu. —Tan pronto como escuchó eso, ¡empezó rey esto y rey aquello todo el tiempo!—

—Pensaba que a ustedes, los troles del norte, no les gustaban los títulos—.

—No nos gustan, pero Yettu dijo que si era suficiente para un trol sureño y de la región cálida como tú, también él podría ser rey. Y después de que mató a todos los líderes de las tribus uvver que decían que él no era ningún rey, no parecer buena idea contradecirlo—.

—¿Los mató a todos?—

—Sí, le sacó la cabeza al jefe de los Comepiedras de un solo golpe—, dijo Sligu. —Salió volando hasta el otro valle—.

—Nada mal—, exclamó Trundle, preguntándose cuán lejos podría él golpear una cabeza.

—Y después ahuyentó a los troles del Glaciar Cueva de Hielo y se quedó allí—.

—¿Cómo hizo eso?—

—Comió un montón de hongos y estiércol de elnük, después bloqueó la entrada a la cueva y soltó un gran rompetraseros por el orificio de ventilación—.

—Qué astuto—, replicó Trundle. —Asqueroso, pero astuto—.

—Y después se comió al trol más grande de los Suelos Nocturnos de las rodillas para arriba—.

—¿Por qué de las rodillas para arriba?—, preguntó Trundle. —Si los pies son buenos para la salud—.

Sligu se encogió de hombros y un pequeño roedor asomó su cabeza de la densa maraña de pelaje de su nuca con un chillido molesto. —No sé. Me parecer que dijo algo sobre que eran muy apestosos. Dijo que ni un mugroso los tocaría—.

—Buenos y crujientes son los pies—, dijo Trundle, echando una mirada a los de Sligu. Anchos y planos, justo como le gustaban, con unas buenas uñas crocantes.

—Mi prefiero los dedos de las manos, pero gustar los pies también—, afirmó Sligu. Trundle empujó al trol con la punta de Hueso Gélido para que prosiguiera.

—Me estabas contando acerca de Yettu—.

—Ah, cierto que estaba—, continuó Sligu. —Bueno, escuchó hablar de la gran horda de troles que tienes, y quiso también una para él. Alguien decirle que solo un rey podía tener un ejército, así que decidió convertirse en rey—.

—¿Tiene una corona?—

—¿Qué es una corona?—, preguntó Sligu.

—Es como un sombrero puntiagudo que muestra a todos que eres el rey—.

—¿Un sombrero hace eso? ¿Es mágico?—

—Creo que algunos lo son—, respondió Trundle.

—Entonces sí, tiene una corona—.

—¿Dónde la consiguió?—

—Nos dijo que la sacó de las entrañas de un guiverno de hielo al que atravesó como si fuera un gran túnel fétido, pero mi amigo Regi dice que parece que la hizo con dientos y cuernos que encontró en una pila de excrementos—.

Con o sin pila de excrementos, ahora Trundle quería echarle un vistazo a esa corona. ¡No podía permitir que un aspirante a rey anduviera diciendo que era mejor que él solo porque tenía una corona más grande!

—¿Cuánto falta para llegar a la cueva de Yettu?—

Sligu señaló con un dedo torcido hacia un glaciar azul brillante al final del cañón que parecía estar tallado toscamente para parecerse a una gigantesca cabeza de trol. Ese rostro gigante de hielo era la segunda cosa más grande que Trundle había visto en su vida, con ojos enormes que parecían brillantes y astutos, labios gruesos y colmillos que sobresalían debajo de una nariz gigante con verrugas.

—¿Ese es Yettu?—, preguntó Trundle, intentando no sonar impresionado.

Sligu asintió.

—Sí, pero no lograron captar bien su nariz—.

Una serie de caminos de piedra sinuosos y andamios de huesos conformaban un peligroso sendero que subía por la ladera empinada del glaciar.

—Bien, andando—, dijo Trundle.

El sol se escondía ya detrás del glaciar cuando Trundle y Sligu llegaron a la entrada de la cueva de Yettu. La entrada se encontraba en uno de los orificios nasales de la cabeza tallada y el agua que goteaba de las estalactitas del interior tenía un peculiar color verduzco.

Un par de troles salvajes montaban guardia; llevaban hachas de hueso gigantes y lo único que vestían eran unos cascos hechos con calaveras huecas de drüvask.

Eran grandes, eso estaba claro, con la piel anaranjada y pelos enmarañados que sobresalían de las cuencas vacías de los ojos de los animales muertos. Ambos eran más grandes que Sligu; seguramente, Trundle pensó, éste fue elegido como centinela por ser más delgado y escurridizo que el resto.

Si ellos eran así de grandes, ¿cuán gigante podría ser Yettu?

—¿Quién está allé?—, preguntó uno de los guardias.

—Soy yo, Sligu—.

—¿Cuál Sligu?—

—Tu hermano, cabeza de estiércol—.

—Ah, ese Sligu—, replicó el guardia. —¿Por qué no dijiste eso? ¿Qué quieres?—

Sligu sacudió un pulgar amarillento en dirección a Trundle

—Este venido a ver a Yettu—.

—Nadie ve a Yettu—, declaró el segundo guardia, sus ojos pequeños y redondos como dos pedazos de carbón.

—Querrá verme—, repuso Trundle.

—¿Me? ¿Quién es Me?—, preguntó el segundo guardia. —¿Eres tú?—

Trundle intentó seguir la lógica del guardia, pero se rindió cuando le empezó a doler la cabeza.

—Soy Trundle—, dijo. —Trundle, el Rey de los Troles—.

—He oído sobre ti—, dijo el hermano de Sligu. —No eres de aquí—.

—Eres uno inteligente—, dijo Trundle.

El trol sacudió la cabeza y agitó su hacha señalando al guardia de ojos pequeños.

—Él inteligente—.

Trundle golpeó en la cabeza al guardia inteligente de ojos pequeños con Hueso Gélido y se volvió hacia el hermano de Sligu. El trol contempló la masa brillante de Hielo Puro en que se había convertido su compañero de guardia. Trundle casi podía escuchar las tuercas de su cerebro girando mientras sus ojos iban del garrote a su dueño y viceversa.

Como sabía que el proceso mental de un trol puede ser bastante lento, Trundle descolgó el enorme costal de su hombro y lo abrió frente al hermano de Sligu. Un hedor irresistible a carne agusanada y sangre podrida y coagulada emergió del interior.

El trol se relamió los labios. Gruesos hilos de saliva amarrilla cayeron por sus colmillos sobresalientes.

Trundle metió la mano en el costal, sacó un trozo de carne chorreante y se lo entregó.

—Pueden entrar—, dijo el hermano de Sligu con una sonrisa hambrienta.

Resultó ser que el hermano de Sligu también se llamaba Sligu, por lo que a Trundle se le ocurrió la brillante idea de llamarlos Sligu Grande y Sligu Pequeño. Hasta el guardia que había golpeado en la cabeza podría diferenciarlos ahora, si olvidaba que estaba muerto y se levantaba.

Sligu Grande lo llevó a las profundidades del glaciar, una red brillante de túneles lisos tallados en el hielo profundo. Ningún trol había construido estos corredores, pero había algo en ellos que le dejaba ver a Trundle que no eran naturales. Tuvo una sensación fascinante y mágica mientras los transitaba, la misma que había tenido cuando se adentró en el laberinto congelado detrás del palacio de la Bruja de Hielo.

Pasaron por cuevas con techos puntiagudos de hielo repletas de troles de todos los tamaños y formas. Trundle se dio cuenta de que casi todos esos tamaños y formas iban de muy grandes hasta colosales.

Perdió la cuenta rápidamente de cuántos troles vio.

—Ustedes los troles del norte son muy numerosos—, dijo.

Sligu Grande asintió. —Muchos monstruos por aquí. Quieren comer troles. Solo troles grandes viven—.

Trundle inspeccionó más de cerca a Sligu Pequeño, preguntándose cómo él había sido capaz de sobrevivir. Supuso que era más inteligente que el resto. Entre los troles eso no era mucho, pero la inteligencia era un rasgo que un trol astuto como Trundle podía reconocer.

Tal vez se llevaría a Sligu Pequeño de vuelta con él. No era bueno dejar a troles inteligentes solos por mucho tiempo. Tal vez Sligu solo era pequeño, pero tarde o temprano se le ocurrirían grandes ideas.

Finalmente, Sligu Grande los condujo a una gigantesca cueva en lo más profundo del corazón del glaciar. Un rayo de luz de luna se filtraba en la caverna a través de un orificio en el techo y hacía que las imponentes paredes de hielo resplandecieran entre luces danzantes y figuras fantasmagóricas. A Trundle le pareció bonito, hasta que recordó cómo Yettu se había ganado esas cuevas e intentó no imaginarse su trasero verrugoso pegado a ese orificio, derramando el contenido brumoso de sus tripas.

—Los troles grandes pasan el rato aquí con el rey—, dijo Sligu Grande.

En efecto, un montón de troles realmente grandes estaban reunidos alrededor de una gigantesca roca azul cubierta de musgo viscoso y lo que parecía ser una mata de césped de la taiga.

Pero no era una roca.

Era un trol y de alguna manera pareció aún más grande cuando se dio vuelta al captar el olor que provenía del costal de Trundle.

Yettu medía casi el doble que Trundle. Sus brazos eran larguiruchos como troncos de árboles, mientras que sus piernas eran aún más gruesas. Su cabeza parecía un peñasco que hubiera rodado desde la cima de una montaña, atrapando todo el musgo congelado y el tojo en su camino, antes de aterrizar sobre un peñasco todavía más grande. Llevaba enfundado en uno de los pliegues de su pecho un cuchillo de hoja negra hecho con la piedra lisa de las laderas humeantes de una montaña de fuego.

Miraba a Trundle como una manada de lobos colmillofríos mira a un elnük robusto con una pata coja.

Trundle había pensado golpear la cabeza de Yettu con Hueso Gélido cuando estuviera cara a cara con él. Pero al mirar la gigantesca cabeza del trol del norte, lo pensó mejor. Entre el cráneo de Yettu y el Hielo Puro de Hueso Gélido, Trundle no estaba seguro de cuál vencería.

Hora de un nuevo plan...

—Tienes carne—, exclamó Yettu con una voz áspera y retumbante.

—Tengo carne—, replicó Trundle, mientras metía la mano en el costal y sacaba los restos hediondos de un carnero de montaña de cuernos curvos. Yettu abrió los ojos y le arrebató el cadáver de las manos para metérselo entero en la boca.

Yettu se limpió la barbilla llena de sangre y grasa y eructó.

—¿Eres Trundle?—, preguntó. —El que dice que él es rey de los troles?—

—Sí—.

Yettu se estiró y levantó la capa hecha con retazos de pieles de Trundle.

—¿Esta región del norte es muy fría para ti, trolsito?—, dijo Yettu y los troles a su alrededor se echaron a reír, con una risa que parecía una avalancha en cámara lenta.

Trundle se encogió de hombros.

—El Rey de los Troles debe verse bien, ¿no? ¿Supongo que eres Yettu?—

—¿Quién más podría ser? ¿Ves a otros troles usando una corona?—

Trundle miró con detenimiento la gran masa de musgo en la cabeza de Yettu. Se percató de que el tejido alrededor de esa maraña de arbustos espinosos y hielo eran varios huesos sangrientos de animales, cuernos y astas.

Parecía una nube de tormenta invertida que lanzaba rayos de huesos de vuelta al cielo.

—Así que eso es una corona—, dijo.

Yettu asintió y se acercó a Trundle.

—No eres tan grande—, dijo Yettu, mientras palmeaba con un dedo grueso el cabello rojizo y apelmazado de Trundle. —Escuché que tú ser el trol más grande. Que te rascabas la cabeza con el cielo y bebías mares—.

—Esa es buena. Les dije a los troles que contaran esa historia adonde fueran—, respondió Trundle. —¿Escuchaste la historia sobre cómo usé el árbol más alto del Gran Bosque Verde como un palillo? ¿O la que cuenta cómo me comí un mamut para el desayuno y luego usé su cráneo para darme un baño?—

—¿Qué es baño?—

—Es cuando... No importa—, dijo Trundle. —¿O la que dice que brinqué sobre las montañas del sur de un solo salto para luchar contra el Gigante Piedrablanca? ¿Que le quebré la cola con mi rodilla y me lo llevé a casa para que cavara el mar interno de Rakelstake? Esa es mi favorita—.

—Luchas contra muchos gigantes—, dijo Yettu.

—Es la única manera de conseguir una buena pelea—, contestó Trundle.

—¿Viniste aquí para luchar conmigo?—, preguntó Yettu con una sonrisa, mientras levantaba sus puños que parecían, como había dicho Sligu, peñascos gigantescos. Los otros troles formaron un círculo alrededor de ellos y comenzaron a golpear el suelo con los pies, a la espera de que Yettu le diera un buen porrazo.

Había llegado la hora de armar un plan tan astuto que hasta podría derretir el cabello de la Bruja de Hielo.

—No siempre se pelea con los puños—, dijo Trundle.

—Cierto, a veces pateo cosas hasta matarlas—, afirmó Yettu.

—No me refiero a eso—, replicó Trundle, golpeándose la frente con una garra curva y amarillenta. —Si eres un rey, un verdadero rey, tienes que usar esto—. Yettu asintió.

—Testarazos. Sí. Me gusto también, sí—.

—Me refiero a lo que hay adentro de tu cabeza—, suspiró Trundle. —¡El cerebro que te hace pensar!—

—¿Cerebro?—

—Será una batalla de ingenio—, dijo Trundle y luego, para sí mismo —por suerte parece que estás desarmado—.

—¿Cómo pelearemos con nuestros frágiles cerebros?—

Trundle sonrió ampliamente y volcó el costal en el medio para formar con el resto de los cadáveres de animales una pila roja y hedionda de pieles, huesos y carne podrida.

—¡Un concurso de comida!—, dijo Trundle.

—¿Y cómo es eso usar el cerebro?—, preguntó Yettu mirando confundido a los otros troles.

—Ya lo verás—, prometió Trundle.

Trajeron más carne y la colocaron en la pila entre los dos reyes de troles. Trozos gigantes de carne arrancados de los vientres de monstruosas criaturas marinas, costillas de mamuts peludos, pilas escurridizas de pescado podrido, enormes alas de aves no voladoras de la tundra, cabezas enteras de elnüks y cúmulos de partes de cuerpos retorcidos que Trundle estaba feliz de no reconocer.

Además de la comida, trajeron recipientes enormes de piedra llenos de un líquido espumoso que chamuscaba los pelos de la nariz de Trundle. El tufo se parecía al de las grietas en la tierra alrededor de las montañas que escupen humo y fuego. Trundle sospechaba que el gusto sería peor que el de esa agua ambarina que la gente frágil del sur llama cerveza.

Ciertamente, este era un festín digno de un rey, pero solo uno de ellos saldría con vida.

—¿Solo comemos?—, preguntó Yettu. Trundle asintió.

—Comer y comer. El primero que muera pierde. El trol que siga en pie es el verdadero rey—.

—Tienes buenas historias, Trundle, pero tienes barriga pequeña", respondió Yettu con una sonrisa. "El verdadero rey tiene la barriga más grande y la de Yettu es la más grande y bestial. Una vez me comí dos mamuts completos mientras bostezaba y ni me di cuenta—.

Los troles alrededor de los dos reyes reaccionaron con un ¡Ohhh! de sorpresa.

—¿En serio?—, respondió Trundle. —Bueno, una vez bebí tanto que cuando oriné, formé el mar en Rakelstake—.

Los troles no pudieron contener un Aaahhhhh.

Yettu frunció el ceño y giró los ojos mientras intentaba recuperar un recuerdo de hacía tan solo unos momentos.

—Espera, dijiste que cavaste la tierra para formar el mar en Rakelstake…—.

—Cavé para hacer un agujero lo suficientemente grande para orinar—, Trundle replicó al instante.

Las cabezas de los troles a su alrededor giraban de un lado al otro mientras los dos reyes hacían alarde de sus hazañas, cada una más impresionante que la anterior.

—Antes de venir aquí, escalé la montaña de los yetis y le di un mordisco a la luna—, exclamó Trundle finalmente.

Los troles se rieron de este alarde desmesurado hasta que Trundle señaló la luna creciente que brillaba a través del orificio en el techo de la caverna. Los troles levantaron las cabezas en la dirección que apuntaba su dedo y enmudecieron con un renovado respeto.

Mientras miraban hacia arriba, Trundle metió el costal ahora vacío bajo su capa y se lo ciñó al cuerpo.

—Basta de historias—, gruñó Yettu. —Comemos—.

Trundle asintió y empezó el festín.

Primero, arrancó la carne de una costilla gigantesca, asegurándose de que estuviera limpia antes de quebrarla en sus rodillas y beberse el tuétano en su interior. Yettu devoró un flanco de drüvask y lo bajó con un gran sorbo del líquido espumoso de los recipientes de piedra.

—¡Bebe!—, ordenó Yettu. —¡No es un festín sin frustbogga!—

Trundle aceptó el recipiente que le ofrecieron y bebió su contenido de un trago. Sus ojos lagrimearon debido al sabor nocivo, una mezcla entre los desechos de cuerpos ensangrentados de una ciénaga y la piedra roja que fluye. Le quemó la garganta y sintió una sensación de ardor en su estómago que causaría estragos en su parte baja cuando fuera momento de evacuar.

—Nada mal", sonrió forzadamente. "He bebido tragos más fuertes—.

Yettu sonrió al ver el sudor en la frente de Trundle y se inclinó hacia adelante con grasa chorreándole por la barbilla.

—Veo fuego en barriga. Arde, trolsito—.

Como respuesta, Trundle eligió un gran trozo de carne de ballena y se lo devoró en tres mordiscos gigantes. Escupió el cartílago y los huesos. Unos troles hambrientos se abalanzaron sobre los desechos.

Yettu inclinó la cabeza hacia atrás, deslizó un pescado de Aurma entero por su garganta y cerró la boca cuando la cola desapareció dentro de su buche. Trundle agarraba puñados enteros de carne y tripas, se los metía en la boca con gusto y masticaba bien la carne antes de tragarla.

Comían sin detenerse y su público los alentaba con cada bocado de comida podrida y cada recipiente de frustbogga que bebían. La montaña de carne no parecía disminuir, sin importar cuántos pedazos se comieran. Yettu ingirió una cucharada del tamaño de una pala de pequeñas calaveras, triturándolas y saboreándolas como si fueran un manjar.

—Las encontré cuando el barco hecho de árboles naufragó en el mar—, dijo Yettu. —Mucha gente pequeña muerta, echándose a perder—.

A Trundle no le molestaba comer la carne de la gente pequeña, pero lo evitaba si podía porque muchos no tenían demasiada carne y sus huesos quebradizos se atoraban en los dientes.

Ingirió otro cadáver con costillas y carne, bajado con frustbogga, y supo que pagaría por esta hazaña en el camino de regreso a casa. El rey del norte se llenó el buche con carne peluda de mamut, pero Trundle vio los signos delatores de una barriga llena en el enrojecimiento del rostro de Yettu y su lentitud para comer.

También Trundle estaba sufriendo los efectos de demasiada comida y frustbogga.

Yettu eructó, un gruñido retumbante que desprendió nieve del techo e hizo que varias estalactitas gigantes cayeran al suelo. Los troles se apartaron y Trundle usó la distracción para mover la boca del costal de comida bajo su capa y acomodarla abajo de su barbilla gorda y empapada de sangre.

Alzó la vista y vio que Sligu Pequeño lo estaba mirando. El pequeño e inteligente trol debió haberlo visto esconder el costal debajo de su capa. Sligu Pequeño asintió con la cabeza y Trundle sonrió, inclinándose para agarrar un trozo más de carne y hueso. Apuntó el trozo hacia su boca, pero en vez de comérselo, lo inclinó hacia abajo y lo metió dentro del costal. Se tomó su tiempo, dando pequeños mordiscos de vez en cuando, mientras metía alas enteras, cabezas y costillares ennegrecidos dentro del costal hasta que estuvo lleno y ya no cabía nada más.

El vientre de Trundle rugía. Eructó una nube hedionda de gas amarillento.

—¿Ya estás lleno?—, preguntó Yettu, masticando el hueso de la pierna de algo largo y pesado.

Trundle se golpeó el diafragma abultado y sacudió la cabeza.

—¿Lleno? ¿Yo?—, sonrió con la boca llena de huesos triturados y grasa chorreante. —Apenas estoy calentando. ¿Cuándo empieza lo bueno?—

Los otros troles rieron y Yettu les gritó que callaran.

—¡Yo rey aquí!—, chilló. —No él—.

Trundle sonrió. Yettu era el rey allí porque era el trol más fuerte, cruel y hambriento de todos, pero Trundle sabía que esa clase de rey era fácil de derrocar.

¿Pero el más astuto de los reyes? Ese tipo de rey podía ser rey para siempre.

Trundle se inclinó hacia atrás y bostezó, estirándose como si estuviera listo para dormir una siesta.

—Oye—, dijo, mientras extendía la mano hacia Yettu. —¿Me prestas ese gran cuchillo tuyo?—

Yettu lo miró desconfiadamente con ojos enrojecidos llenos de grasa.

—¿Para qué? ¿Pienses cortarme?—

—No, voy a hacer lugar para el próximo plato—.

El rey del norte tomó la empuñadura de piedra de su cuchillo y lo sacó de los pliegues de su pecho. Lo lanzó por encima del montículo de carne ensangrentada que aún quedaba y Trundle lo atrapó con su mano pegajosa. Para ser un arma de troles, estaba sorprendentemente bien fabricado y afilado con malicia.

Trundle se puso de pie con cuidado, sosteniendo el bulto de su capa, y soltó una estruendosa flatulencia que dispersó al instante el espacio detrás suyo.

Luego, tomó el cuchillo de Yettu e hizo un tajo en su vientre cubierto por la capa.

Dejó escapar un convincente gruñido de alivio a medida que largas cantidades de la comida que había guardado en el costal caían desparramadas a sus pies en una avalancha de carne masticada, huesos roídos y fragmentos de cartílago a medio comer.

—Ah, así está mejor—, dijo y le entregó el cuchillo a Sligu Pequeño con un guiño pícaro para que se lo devolviera a Yettu. El trol gigante miró asombrado a Trundle mientras tomaba un puñado más de carne y lo metía en la boca.

Yettu desvió su vista del cuchillo a Trundle y se incorporó por completo con un risa estruendosa.

—¿Dejarás que te gane así?—, preguntó Sligu Pequeño.

Yettu negó con la cabeza.

—Nadie me gana—, gruñó y se clavó el cuchillo en su propio vientre.

El rey del norte deslizó la hoja afilada por su barriga y luego sacó el cuchillo ensangrentado con una sonrisa triunfante.

—¡Yettu también hace lugar para comida!—

Trundle observó cómo la sonrisa del rey del norte se desvaneció cuando su vientre se abrió como una segunda boca y la comida a medio digerir que acababa de comer se derramó en una catarata de su propia sangre e intestinos enroscados.

—¿Sucede algo?—, preguntó Trundle, mientras se sacaba el esqueleto de un pescado de la garganta.

Yettu intentó responder, pero su boca se movía sin emitir sonidos mientras sus tripas continuaban desparramándose. Soltó el cuchillo y se le doblaron las rodillas.

Yettu se desplomó en el suelo, intentando en vano sostener los colgajos de su vientre.

—Eso no está bien…—, dijo, antes de caer de boca sobre el montículo de carne.

Sligu Pequeño se adelantó y Trundle lo miró con una mezcla de sospecha y respeto.

—Ahora entiendo cómo hizo un trol pequeño como tú para sobrevivir entre estos grandotes—, dijo Trundle. —Eres inteligente—.

—Un poco—, dijo Sligu con modestia.

—Tal vez deberías volver conmigo al sur—, sugirió Trundle en un tono que dejaba claro que era todo menos una sugerencia.

—Sí—, dijo Sligu Pequeño, mirando a los otros troles a su alrededor. —Un cambio de aire estaría bien—.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer ahora, ¿verdad?—

Sligu Pequeño levantó el brazo de Trundle.

—¡Trundle es ganador!—, gritó el pequeño trol inteligente. —¡El verdadero rey de los troles!—

Referencias

 v · e
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