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Un Arreglo Rápido

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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Un Arreglo Rápido

Por Anthony Burch

Cualquier tonto podría haber predicho que Viktor atacaría de nuevo. Si uno no fuera un tonto, hasta podría predecir la fecha y la hora exactas de su revancha.

Lore

Cualquier tonto podría haber predicho que Viktor OriginalSquare.png Viktor atacaría de nuevo. Si uno no fuera un tonto, hasta podría predecir la fecha y la hora exactas de su revancha.

Jayce OriginalSquare.png Jayce no era un tonto.

Estaba en su taller, bañado por los rayos del sol que atravesaban el tragaluz y rodeado de docenas de artefactos que él mismo había inventado: unas botas mecanizadas que podían adherirse a cualquier superficie. Una mochila con brazos articulados para que el usuario pudiera tener las herramientas siempre a mano.

Sin embargo, el más grandioso de estos inventos era la nueva arma que ahora Jayce tenía en las manos. Con la energía de un Agujas de Cristal.png fragmento de Shurima, el Martillo de Mercurio.png gran martillo hextech de Jayce era conocido por todo Piltóver, pero lo pasaba de mano a mano como si fuera una herramienta más del taller.

Tres ligeros toques hicieron eco en la puerta de Jayce.

Habían llegado.

Jayce se había preparado para este momento. Había realizado experimentos en los autómatas abandonados de Viktor. Había interceptado las comunicaciones mecánicas. En cualquier momento, derrumbarían su puerta principal e intentarían arrancarle el martillo hextech. Después de eso, intentarían hacer lo mismo con su cabeza. —Intentar— era la palabra clave.

Activó un interruptor en el mango del martillo. Con una descarga energética, la cabeza de la obra maestra de Jayce se transformó en un Cañón de Mercurio.png láser hextech.

Apuntó.

Se preparó.

Vio la puerta abrirse. Su dedo se tensó sobre El gatillo.

Y casi hizo explotar la cabeza de una niñita de siete años.

Era pequeña y rubia, alguien adorable para cualquiera que no fuera Jayce. La niña empujó la puerta y entró con pasos nerviosos y cuidadosos. Su cola de caballo se movía de un lado para otro mientras se acercaba a Jayce. Mantenía la mirada sobre el piso y evitaba ver a Jayce. Jayce tenía dos hipótesis acerca del por qué no quería mirarlo: estaba muy impresionada por estar cerca de alguien tan famoso o trabajaba para Viktor y estaba a punto de sorprenderlo con una bomba química. Al verla sonrojarse, decidió que la primera opción era la más probable.

—Mi soldadito está roto—, le dijo al tiempo que le mostraba un caballero en armadura de metal sin una pierna y un brazo hacia atrás en un ángulo perverso.

Jayce se quedó congelado.

—Por favor, vete, podrías morir—.

La niña se le quedó mirando.

—Además, no arreglo juguetes. Busca a alguien que tenga más tiempo—.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No tengo dinero para un artífice y mi mami me lo hizo antes de morir y...—, dijo tratando de no llorar.

Jayce alzó una ceja y, por primera vez en mucho tiempo, parpadeó.

—Si es tan preciado para ti, ¿por qué lo rompiste?—

—¡Fue un accidente! Lo llevé al festival del Día del Progreso y alguien me empujó y se me cayó, y sé que debí haberlo dejado en casa y...—

—Sí, así es. Fue tonto de tu parte—.

La niña abrió la boca para hablar, pero se detuvo. Jayce había visto esta clase de reacción antes. Casi todos los que conocía habían escuchado historias de su legendario martillo y su increíble heroísmo. Esperaban grandeza. Esperaban humildad. Esperaban que no fuera un gran patán. Jayce siempre los decepcionaba.

—¿Cuál es tu problema?—, le preguntó la niña.

—Mi problema es mi actitud, o al menos eso me han dicho—, respondió sin titubear.

La niña frunció el ceño. Acercó el juguete roto a la cara de Jayce.

—Arréglalo. Por favor—.

—Solo lo romperás de nuevo—.

—¡No es cierto!—

—Mira, niñita—, dijo Jayce. —Estoy muy ocupado y...—

Algo se movió en el cielo y proyectó una sombra sobre ellos. Cualquiera habría pensado que no se trataba más que de un halcón sobrevolando. Pero Jayce sabía la verdad. Guardó silencio. Una sonrisa retorcida cubrió su rostro y empujó a la niña hacia su mesa de trabajo.

—Verás—, dijo, —las máquinas son simples—.

Levantó una grande y delgada hoja cubierta de bronce y comenzó a martillar sus bordes con toques fuertes. —Están hechas de partes discretas. Se mezclan y combinan de formas claras y predecibles—. Procedió a golpear la cubierta una y otra vez hasta que tomó la forma de un domo pequeño.

—Las personas son más complicadas. Son emocionales, impredecibles y, en casi todos los casos, no son tan inteligentes como yo—, agregó mientras hacía un hoyo en el domo. —En general, eso es un problema. Pero, a veces, su estupidez me sirve—.

—¿Seguimos hablando de mi juguete o...?—

—A veces, son tan inseguros de su inferioridad. Están tan desesperados por cobrar venganza que cometen un terrible error—. Jayce toma una vara brillante de cobre y la coloca en el centro del domo.

—A veces, esas personas no logran proteger sus pertenencias más importantes—, dijo mientras dirigía la mirada hacia el soldadito y daba forma a la nueva sombrilla de metal. —Y, a veces, eso significa que, en vez de atacar mi taller a través de la puerta delantera, intentan...—

Jayce mira hacia arriba. —Intentan entrar de forma más dramática—.

Le dio la sombrilla a la niña, que tuvo que usar toda su fuerza para apenas mantenerla en pie.

—Sostén esto. No te muevas—.

Abrió la boca para responder, pero quedó estupefacta al ver que el tragaluz se hacía añicos encima de ella. El vidrio rebotó de la sombrilla improvisada como lluvia, mientras media docena de hombres caían al piso. Unos tubos químicos color verde brillante salían de sus cuellos y se conectaban a sus extremidades. Su mirada estaba muerta y sus rostros no tenían emoción. Definitivamente eran los hombres de Viktor. Bueno, más bien eran vándalos del Sumidero de Zaun que Viktor llenó de sustancias alucinógenas. Matones hipnotizados con químicos que seguirían cada una de las órdenes de Viktor, quieran o no. Jayce había estado esperando autómatas, pero Viktor no podría haber llevado tantos a Piltóver sin pasar desapercibido. Aun así, estos taciturnos esclavos químicos eran una gran amenaza. Se voltearon hacia Jayce y la niña.

Antes de alcanzarlos, el láser de Jayce estalló con energía voltaica. Una Descarga Eléctrica.png esfera de electricidad hextech salió del interior y detonó en medio del grupo. Los esclavos químicos salieron volando contra las paredes inmaculadas del taller.

—Qué manera de desperdiciar el elemento sorpresa, Vikto...—

Una máquina colosal saltó cayó sobre la pila de esclavos inconscientes. A los ojos de Jayce, parecía una mezcla de un Alistar OriginalSquare.png minotauro y un rascacielos muy enojado.

—¡Cuidado!—, gritó la niña.

Jayce puso los ojos en blanco. —Estoy teniendo cuidado. Deja de entrar en pánico. Tengo la situación bajo con... ¡auch!—, lo interrumpió un golpe de metal directo en el pecho.

La bestia empujó a Jayce. Cayó sobre un carro. La espalda le crujió del impacto.

Con un gruñido, se puso de pie mientras la bestia se preparaba para atacar de nuevo.

—Es la última vez que me tocas—, amenazó.

Jayce golpeó con su arma hextech tan fuerte como pudo. Esta se transformó en un martillo a la mitad del golpe. El minotauro bajó la cabeza para atacar a Jayce de nuevo, ignorando por completo el ángulo del arma.

El martillo dio en el blanco con un ruidoso Golpe Relámpago.png crujido. El minotauro, con la cabeza sumida hasta el cuello, colapsó en el piso. Una nube de vapor salió de los restos.

Jayce reacomodó el martillo, listo para volver a atacar. Miró en dirección al tragaluz. Pasaron unos minutos. Pronto, se dio cuenta, satisfecho, de que el ataque había terminado.

Intentó regresar a su mesa de trabajo, pero se dobló de dolor y se sujetó con fuerza el estómago. La niñita corrió a su lado.

—Aún te duele donde te atacó, ¿verdad?—

—Obviamente—.

—Entonces, tal vez no debiste dejar que lo hiciera. Fue tonto de tu parte—.

Jayce alzó una ceja y miró a la niña. Los ojos se le abrieron de par en par, temerosa de haber cruzado un límite. Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Jayce.

—¿Cómo te llamas?—

—Amaranthine—.

Jayce se sentó en su mesa de trabajo y tomó un destornillador.

—Dame tu juguete, Amaranthine—, le dijo.

Una enorme sonrisa de oreja a oreja apareció en el rostro de la niña. —¡Entonces sí puedes arreglarlo!—

Jayce le devolvió la sonrisa.

—No hay nada que no pueda arreglar—.

Referencias

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