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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Un Apellido Manchado

Por John O'Bryan

—¡Creí en ti, Cuchilla Danzante! —dijo el hombre ahogándose, sus labios llenos de espuma color rojo. —Nos mostraste el camino...

Lore

—¡Creí en ti, Cuchilla Danzante!—, dijo el hombre ahogándose, sus labios llenos de espuma color rojo. —Nos mostraste el camino...—.

Irelia mantuvo su postura. Lo miró desde arriba, a este devoto de la Hermandad que estaba de rodillas en el lodo. Sus cuchillas lo habían perforado una y otra vez.

—Pudimos ser fuertes... unidos como uno solo...—.

—Esa no es la senda del Espíritu—, contestó ella. —Si eso es lo que piensas, entonces te equivocas—.

Él había llegado a la aldea, esperando el momento perfecto para hacer su jugada, pero era torpe e inepto. Ella bailaba a su alrededor con una gran facilidad.

Él estaba decidido a matarla. Lo peor... era que no era el primero. Las cuchillas de Irelia flotaban sobre sus hombros, siguiendo los elegantes movimientos circulares de sus manos. Con un simple gesto, todo se habría terminado.

Escupió sangre en el suelo y su mirada ardía con odio. —Si tú no guías a Navori, lo hará la Hermandad—.

El hombre hizo un débil intento de levantar su daga contra ella. Nunca lo capturarían con vida.

—Yo creí en ti—, dijo nuevamente. —Todos lo hicimos—.

Ella suspiró. —No te pedí que lo hicieras. Lo lamento—.

Mientras flexionaba sus extremidades alrededor de su cuerpo Irelia giró hacia un lado, enviando las cuchillas en un arco letal. Atravesaron limpiamente la carne, un acto tanto de piedad como de autodefensa.

Un simple giro, solo un paso delicado, trajo las cuchillas de vuelta a ella; sus bordes estaban manchados con sangre. El cuerpo sin vida del hombre se derrumbó.

—Que el Espíritu te guíe hacia la paz—, dijo Irelia.

Su carga era pesada conforme regresó al campamento. Cuando finalmente estuvo en la privacidad de su carpa, liberó un largo y tenso suspiro y se dejó caer en la esterilla de caña. Cerró sus ojos.

—Padre—, susurró. —Manché con sangre el honor de nuestra familia una vez más. Perdóname—.

Irelia desplegó las cuchillas ante ella. Al igual que Jonia, eran fragmentos de lo que alguna vez fue grandioso, y hoy se reducían a finales violentos. Sirvió agua en un cuenco pequeño de madera y sumergió un pedazo de tela. El simple acto de limpiar los fragmentos se había convertido en un ritual que se sentía forzada a cumplir después de cada batalla que peleaba.

Lentamente, el agua se tornó de color rojo y debajo de la sangre fresca, el metal estaba manchado con rastros más antiguos y oscuros que nunca podría quitar por completo.

Era la sangre de su gente, la sangre de la propia Navori.

Perdida en sus pensamientos, comenzó a deslizar las cuchillas para formar la figura del escudo de su familia. Sus tres símbolos yacían resquebrajados ante ella, representando el nombre Xan, su tierra natal y el resto de las Tierras Originarias, todo coexistiendo en armonía. Sus ancestros siempre habían vivido bajo las enseñanzas de Karma. No hacían daño a nadie, sin importar las circunstancias.

Pero ahora, su emblema y su escudo se habían convertido en armas, responsables de cobrar muchas vidas.

Podía sentir la mirada de sus hermanos sobre ella. Aunque estuvieran en su eterno descanso, siendo uno con el Espíritu de Jonia, ella temía que sintieran decepción y resentimiento. Se imaginó a su querida abuelita, destrozada y sollozando, devastada por cada asesinato.

Muchas veces, ese pensamiento hacía que Irelia llorara más que con cualquier otro.

Las cuchillas jamás estarían limpias. Eso lo sabía, pero aun así haría lo correcto por la sangre que había provocado.

Vio a muchos de sus seguidores de camino al cementerio. Aunque la percibían como un símbolo de liderazgo, ahora más que nunca, ella reconoció a muy pocos. Al paso de cada invierno, sus rostros se volvían menos familiares conforme la antigua resistencia era reemplazada por nuevos guerreros fervientes. Venían de provincias lejanas y de pueblos de los que nunca había escuchado hablar.

Aun así, ella se detenía para regresar sus saludos y reverencias poco entusiastas, y no aceptó su ayuda para arrastrar el destrozado cadáver de su atacante por el camino.

Encontró un espacio debajo de las floridas ramas de un árbol, lo dejó en el suelo con precaución, y se dio la vuelta para unirse a los lamentos de las viudas, los viudos y los hijos huérfanos.

—Sé que nunca es sencillo—, dijo, poniendo su mano consoladora sobre el hombro de un hombre que estaba arrodillado ante un par de tumbas frescas —pero cada vida y cada muerte son parte de...—.

Él retiró su mano, mirándola fijamente hasta que se marchó.

—Era necesario—, se susurró a sí misma mientras se preparaba para excavar, nada convencida con sus palabras. —Todo es necesario. La Hermandad dominaría esta tierra con puño de hierro. No sería mejor que Noxus...—

Su mirada se encontró con una mujer anciana sentada en un taburete de madera al pie de un árbol, cantando una suave melodía de lamento. Ríos de lágrimas se habían secado en su rostro. Su atuendo era sencillo y tenía una de sus manos apoyada en la lápida junto a ella. Estaba adornada con ofrendas de comida para los difuntos.

Para la sorpresa de Irelia, la mujer interrumpió su canción.

—Nos traes algo de compañía, ¿no es así, hija de Xan?—, dijo. —Ya no queda mucho espacio aquí, pero cualquier amigo tuyo es amigo nuestro—.

—No conocía a este hombre, pero gracias. Merecía algo mejor de lo que obtuvo en la vida—. Irelia se acercó, dudosa. —Estaba cantando una de las melodías antiguas—.

—Me ayuda a distraerme de las cosas malas—, dijo la anciana, aplanando un poco de tierra sobre la tumba. —Este es mi sobrino—.

—Lo... lo siento mucho—.

—Estoy segura de que hiciste todo lo que pudiste. Además, esto es parte de la senda del Espíritu, ¿sabes?—.

Su amable comportamiento había dado calma a Irelia. —Algunas veces no estoy tan segura—, confesó.

La anciana se incorporó, esperando más. Irelia continuó y dijo en voz alta las dudas que la habían acechado durante mucho tiempo.

—A veces... a veces me pregunto si asesiné nuestra paz—.

—¿Asesinaste nuestra paz?—.

—En la invasión noxiana, tal vez perdimos algo cuando nos defendimos, algo que nunca podremos recuperar—.

La mujer se puso de pie, intentando en vano abrir una gran nuez. —Hija, recuerdo bien la paz—, dijo, poniendo un dedo nudoso sobre Irelia. —¡Esos eran buenos tiempos! Nadie echa tanto de menos la paz como yo—.

Sacó un cuchillo de su cinturón y empezó a forzar la cáscara de nuez.

—Pero ahora, el mundo es un lugar diferente. Lo que funcionaba antes, no funciona hoy. Afligirse por ello no tiene ningún sentido—.

Por fin, la cáscara se abrió y colocó la semilla rota en un cuenco, sobre la tumba.

—¿Lo ves? Yo era capaz de abrir las cáscaras con mis manos, pero ahora necesito un cuchillo. Mi yo joven se habría puesto furiosa al respecto, y habría arremetido contra la nuez, pero eso ya no tiene importancia porque no tiene que vivir en el aquí y en el ahora—. La anciana asintió con amabilidad y regresó a su melodía.

Por primera vez desde hace mucho tiempo, Irelia sonrió. Dentro de su bolso, envueltas en tela de protección, estaban las afiladas cuchillas de su escudo familiar. Sabía que nunca estarían limpias de nuevo, nunca estarían completas.

Siempre estaban preparadas, y eso debería de ser suficiente.

Referencias

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