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Historia corta • Lectura de 2 minutos

Un Último Disparo

Por Anthony Reynolds Lenné

Encerrado en un bar vacío, sangrando de una docena de heridas y rodeado por un ejército que lo quería ver muerto, podría decirse que Malcom Graves había tenido mejores días. Y peores también, así que aún no era momento para preocuparse. Graves se apoyó en la deteriorada barra y tomó una botella. Suspiró al leer la etiqueta.

Lore

Encerrado en un bar vacío, sangrando de una docena de heridas y rodeado por un ejército que lo quería ver muerto, podría decirse que Malcom Graves había tenido mejores días. Y peores también, así que aún no era momento para preocuparse. Graves se apoyó en la deteriorada barra y tomó una botella. Suspiró al leer la etiqueta.

—¿Vino demaciano? ¿Es lo mejor que tienes?—

—Es la botella más cara que tengo...—, dijo el mesonero, temblando de miedo bajo la barra, sobre un océano resplandeciente de vidrios rotos. Graves miró a su alrededor y sonrió.

—Creo que más bien es la última botella que te queda—.

El hombre estaba sumido en el pánico. Claramente no estaba acostumbrado a estar en medio de un tiroteo como aquel. Esto no era Aguasturbias, en donde riñas letales ocurrían diez veces al día. A Piltóver se la conocía por ser una ciudad más civilizada que el hogar de Graves. Al menos en algunos aspectos.

Arrancó el corcho de la botella con los dientes y lo escupió al suelo para luego echarse un trago. Revolvió el licor en su boca antes de tragárselo, tal como lo hacían los viejos ricachones que alguna vez había visto.

—Sabe a orina—, dijo, pero a bote regalado no se le miran los hoyos, ¿qué no?

Se escuchó un grito a través de las ventanas rotas, lleno de inmerecida confianza y la falsa fanfarronería de quien te supera en número.

—Ríndete, Graves. Somos siete contra uno. Esto no va a acabar bien—.

—En eso no te equivocas—, gritó Graves en respuesta. —¡Si quieres salir vivo de esta, será mejor que traigas más hombres!—

Tomó otro trago de la botella y la dejó sobre la barra.

—Hora de trabajar—, dijo y tomó su inimitable escopeta de la barra.

Graves recargó el arma, colocando nuevas balas en la recámara. La cerró con un letal y satisfactorio sonido, tan fuerte que hasta los hombres de afuera lo escucharon. Los que lo conocían sabían qué significaba aquel ruido.

El forajido se deslizó por la barra y se abrió camino hasta la puerta, trizando los vidrios del suelo con cada paso. Se detuvo para mirar por un vidrio roto. Cuatro hombres se escondían tras una cubierta improvisada: dos en el segundo piso de un elegante taller y otros dos en las sombrías entradas laterales. Todos apuntaban sus mosquetes o ballestas.

—Te seguimos por todo el mundo, hijo de perra—, gritó la misma voz. —La recompensa no decía nada acerca de llevarte vivo o muerto. Sal ahora con ese cañón tuyo en alto y no habrá necesidad de derramar sangre—.

—Ah, sí voy ahora mismo—, dijo Graves. —No te preocupes ni así tantito por eso—.

Sacó una serpiente de plata serpiente de plata de su bolsillo y la arrojó a la barra, donde el círculo metálico se quedó girando sobre un charco de ron antes de caer de cara hacia arriba. Una mano temblorosa la recogió. Graves sonrió.

—Eso es por la puerta—, dijo.

—¿Qué puerta?—, preguntó el mesonero.

Graves azotó la puerta principal con su bota y la arrancó de las bisagras. Se lanzó lanzó a través del marco astillado, se apoyó sobre una de las rodillas y disparó el arma desde la cadera.

—¡Ahora sí, bastardos!—, vociferó. —¡Acabemos con esto!—

Referencias

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