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Historia corta

Tumulto

Por Anthony Reynolds Lenné

—¿Por qué nos enviaron a todos aquí? —dijo el soldado recargado contra el muro de la garita, los brazos cruzados sobre su pecho —Hay sangre derramándose en las calles de la Gran Ciudad, ¿y nos envían a la frontera?

Lore

—¿Por qué nos enviaron a todos aquí?—, dijo el soldado recargado contra el muro de la garita, los brazos cruzados sobre su pecho. —Hay sangre derramándose en las calles de la Gran Ciudad, ¿y nos envían a la frontera?—.

Se llamaba Bakker y Cithria nunca había estado entusiasmada con él: Bakker se empeñaba en ver lo malo de cada situación, aunque, para ser justos, en este caso en particular sus palabras tenían algo de verdad.

El resto de sus camaradas permaneció cerca. Ninguno de ellos lucía precisamente feliz sobre su predicamento.

Cithria permaneció en silencio. Ella era la más joven de los soldados demacianos, pero no por ello una recluta menos digna. En el año que había sido parte de sus filas, había demostrado ser una soldado capaz y una de las más veloces con la espada. Aun así, había ocasiones como esta, en las que se sentía fuera de lugar e insegura.

Al igual que todos, portaba una brillante armadura plateada. Llevaba un escudo en su espalda y su casco bajo un brazo, dejando libre una larga trenza de cabello oscuro.

Los soldados permanecían ante la inmensa Puerta Gris; resguardando la frontera noreste de Demacia. El nombre era anómalo, ya que el bastión estaba construido con piedra blanca inmaculada. Por lo general, se sobreentendía que el nombre provenía de los acantilados de lutitas grises que estaban cerca, aunque los soldados acuartelados ahí (particularmente los que provenían del sur o de la costa de Demacia) insistían que tenía más que ver con los cielos del norte, constantemente nublados.

A ambos extremos de la torre de la puerta se erguían altos muros de piedra blanca. Los banderines revoloteaban con la brisa que se filtraba por los relieves, y los centinelas hacían guardia en el frío viento, con la mirada hacia el este.

—Deberían desplegarnos con el resto del batallón, recorriendo los bosques en busca de ese traidor y su gentuza—, dijo otro soldado.

—Magos—, dijo Bakker, con un tono que denotaba repugnancia. —Deberíamos deshacernos de la mayor parte de ellos—.

La conversación incomodaba a Cithria. Jamás se había enfrentado a la magia, o al menos no que ella supiera, pero le habían inculcado un gran miedo y desconfianza hacia quienes fueran capaces de portarla. Las noticias de la capital hacían parecer que ese miedo tenía fundamentos.

Apenas había transcurrido un mes desde que Sylas, el mago corrupto, había escapado de la prisión, destrozando por completo el corazón de Demacia. Ese rebelde demencial y sumamente poderoso había desatado una oleada de disturbios en todo el reino, e incluso ahora la gran ciudad estaba en estado de sitio y la milicia controlaba las avenidas para asegurar el orden.

Cithria coincidía en que ellos serían más útiles en otro sitio, pero el veneno que emanaba de la voz de su camarada la perturbaba.

—Yo digo que no solo a la mayoría, sino que a todos...—, comenzó a decir Bakker, pero Cithria lo interrumpió.

—Atentos. El sargento escudo volvió—.

La figura bajita y robusta del Sargento-Escudo Gunthar se dirigía hacia ellos a paso rápido. Un par de hombres encapuchados caminaban junto a él; uno a cada lado.

—¿Quiénes son ellos?—.

—No lo sé—, contestó Cithria.

Los soldados se pusieron en firmes abruptamente en cuanto el sargento y sus misteriosos acompañantes se aproximaron.

—Muy bien, todos—, dijo Gunthar. —Sé que se están preguntando por qué en nombre del Protector nos enviaron hasta aquí—.

El sargento dirigió la mirada entre sus filas.

—Un enviado extranjero desde la Pergomarca llegará pronto aquí a la frontera y nos asignaron la tarea de escoltarlo hasta la capital y mantenerlo a salvo—.

¿Labor de escolta?

Incluso a Cithria le parecía una tarea extrañamente trivial. Sin embargo, tanto ella como el resto de los soldados permanecieron en silencio, con la mirada fija hacia delante.

—La protección del emisario es nuestra prioridad—, continuó Gunthar. —Aunque solo se dañara uno de los cabellos de su cabeza bajo nuestra guardia, el honor de Demacia quedaría manchado. La región Pergomarca ha sido nuestra aliada durante mucho tiempo y no debemos permitir que nada dañe esa relación. Se espera que llevemos a cabo esta tarea con honor, elegancia y buena fe—.

La expresión de Gunthar se endureció. —Incluso si eso va en contra de nuestro mejor criterio—, añadió.

Los soldados tenían una gran disciplina, así que no dejaron ver reacción alguna ante las palabras finales del sargento, pero Cithria sentía y reflejaba su malestar. ¿Qué significaba eso?

Gunthar le hizo una seña a sus acompañantes, quienes dieron un paso al frente y descubrieron sus rostros.

Los ojos de Cithria se abrieron más.

El mayor de ellos era un hombre de mediana edad con apariencia seria, su cabello corto comenzaba a tornarse grisáceo y en su piel se notaban arrugas profundas y múltiples cicatrices. El otro era un hombre más joven: de constitución esbelta y de aspecto nervioso, con un mechón de cabello oscuro atravesando un lado de su rostro.

Ambos portaban medias máscaras doradas a la medida, así como discos de piedra grabada color gris en los hombros, los cuales mantenían sus capas en su lugar.

Cithria dejó escapar un lento suspiro, sin haberse percatado antes que estaba conteniéndolo.

Cazadores de magos.

—Él es Cadstone, un experto perteneciente a la orden de cazadores de magos, y su compañero Arno—, dijo Gunthar, presentándolos. Los cazadores de magos hicieron una ligera reverencia. —Ellos nos acompañarán mientras escoltamos al emisario hasta la capital—.

Las trompetas sonaron desde la cima de la garita.

—¡Se acercan jinetes con el estandarte de Pergomarca!—, vociferó uno de los centinelas que se encontraba arriba.

El Sargento-Escudo Gunthar asintió hacia los guardias, y las gigantescas puertas se abrieron con fuerza, las bisagras crujieron por el peso. La compuerta de rejas de hierro se elevó, las cadenas rechinaron y el inmenso puente levadizo descendió hacia el suelo. Resonó tan fuerte como un trueno. La luz de la mañana se filtró a través de la puerta abierta.

—Conmigo—, ordenó Gunthar, avanzando a la par de los cazadores de magos. Cithria y los otros soldados se movilizaron detrás de ellos, moviéndose con gran precisión.

Cithria no estaba segura de qué estaba esperando en cuanto al emisario, pero definitivamente no era el hombre gigantesco de piel oscura que aguardaba por ellos. Estaba cubierto en pieles de oso y portaba un báculo de madera pesada. En su rostro se dibujó una gran sonrisa conforme los demacianos marchaban a su encuentro.

Cithria lo observó con cautela.

El hombre montaba al caballo más grande que Cithria había visto jamás: negro azabache y con gruesas plumas que cubrían sus herraduras de hierro. Lo acompañaban veinte jinetes, todos ellos usando grandes cotas de malla y empuñando hachas y escudos. Uno de ellos portaba un estandarte con dos hachas cruzadas, representando la heráldica de la Pergomarca, reflejándose en los escudos de los guerreros.

El emisario desmontó su caballo y avanzó hacia Gunthar y su séquito, portando aún una gran sonrisa. Tenía la constitución musculosa de un soldado o de un herrero; definitivamente no era lo que se esperaba de un mago. Cithria siempre los había imaginado como tipos furtivos y astutos que preferían esconderse y engañar a utilizar la fuerza física.

Se detuvo frente a los demacianos, tocó la palma de su mano izquierda con su frente y la extendió apuntando al cielo. Ella colocó su mano alrededor de la empuñadura de su espada, pensando que él estaba ejecutando alguna especie de conjuro arcano, pero se percató de que probablemente era un saludo propio de Pergomarca. Sintiendo que sus mejillas se habían sonrojado, se maldijo a sí misma por actuar como una tonta.

El Sargento-Escudo Gunthar saludó al hombre como los suyos lo hacían.

—Mi nombre es Arjen y me presento en nombre del Señor de Pergomarca—, dijo el emisario, inclinando la cabeza.

—Bienvenido. Soy el Sargento-Escudo Gunthar, del séptimo batallón. Y él—, añadió —es Cadstone, perteneciente a la orden de los cazadores de magos—.

—Ya lo habían invitado anteriormente a las fronteras de Demacia, ¿no es así?—, dijo Cadstone, sin intención alguna por tener una charla trivial. —¿Está al tanto de las Leyes de Piedra?—.

—Sí, ya he estado aquí antes, buen cazador—, contestó Arjen —y estoy al tanto de las reglas y normas de su reino. Honraré las Leyes de Piedra y no haré uso de mis... talentos... mientras permanezca en su reino. Le doy mi palabra—.

—Bien—, dijo Cadstone. —El cazador de magos Arno y yo estaremos con usted, desde ahora hasta el momento en que se retire de Demacia. Nuestro deber es asegurarnos de que cumpla con su palabra. Sepa que habrá repercusiones si no actúa conforme a nuestras leyes. Pero si se abstiene de usar sus... talentos, como usted les llama... entonces todo saldrá bien—.

Arjen ofreció una profunda reverencia, aún sonriendo.

—Entonces pongámonos en marcha—, dijo Gunthar. —Su guardia personal deberá permanecer afuera de la frontera, claro está—.

—Por supuesto, por supuesto—, dijo Arjen, dio la vuelta y le indicó al resto de sus jinetes que se marcharan. —¡Shu!—, dijo. —¡Márchense!—.

Cithria reprimió la sonrisa que le provocaba el extraño comportamiento del hombre. Los estoicos jinetes se dieron la vuelta, uno de ellos tomó las riendas del caballo del emisario y se alejaron galopando sin decir una sola palabra.

—¡Pongámonos en marcha!—, dijo Arjen, juntando sus palmas.

Caminaron durante tres horas a un ritmo constante hasta llegar a la Cordillera Deshielo, un pequeño pueblo junto al río, donde abordarían una embarcación que los aguardaba para navegar hasta la capital. A Cithria le asombraba el hecho de que el emisario proveniente de Pergomarca no los retrasara, sino que era capaz mantener el ritmo castigador que había establecido Gunthar, con su pesado báculo golpeando el suelo con firmeza a cada paso.

El andar los llevó por valles y senderos azotados por el viento. Los vendavales que provenían del norte helado hacían que Cithria sintiera que el frío calaba hasta los huesos. Los demacianos continuaron avanzando, abrochándose las capas alrededor de sus cuellos para abrigarse lo mejor posible. Al emisario, envuelto en pieles de oso, no parecían afectarle las condiciones climáticas.

A pesar del recelo de Cithria, Arjen era un hombre bastante afable y que agradaba con facilidad. Sin embargo, ella se obligó a no dejarse llevar por un falso sentido de seguridad. El actuar de los arcanos estaba lleno de engaños y trampas. Si bien los demacianos permanecían estoicos y en silencio, evidentemente incómodos con la presencia del mago, Arjen no paraba de contar historias sobre su tierra natal. La mayoría de ellas involucraba mucha cerveza, proezas de fuerza y un heroísmo inverosímil, pero Arjen tenía un gran talento para narrar historias y definitivamente el tiempo transcurría de manera más amena, contrario a que si hubieran permanecido en silencio.

—... y entonces, la gran bestia rugió. 'No viniste aquí a cazar, ¿verdad?', dijo—.

El gigantesco hombre reía a carcajadas por su propia broma de mal gusto, golpeando uno de sus carnosos muslos con alegría. Cithria, quien marchaba al costado del emisario, se encontró sonriendo a su pesar, incluso mientras negaba con la cabeza por lo inapropiado de la historia.

—¿Lo entendiste, muchacha?—, preguntó Arjen, dirigiéndose directamente a Cithria. —Él dice eso porque piensa que el hombre...—.

—Ah, sí lo entendí—, contestó Cithria, levantando su mano apresuradamente para detener la explicación de Arjen.

La nieve comenzó a caer a la mitad de su trayecto. Al principio, los copos eran pequeños y ligeros, pero rápidamente aumentaron su tamaño hasta que la visibilidad se redujo drásticamente. Pronto, el suelo y el camino quedaron completamente cubiertos. La caída de la nieve atenuaba los sonidos. Cithria caminaba cerca del emisario, quien estaba en el centro de una columna de soldados que lo custodiaba. Mirando por encima de su hombro, ella pudo ver que los dos cazadores de magos se habían rezagado un poco, lo suficiente como para que no pudieran escucharlos. Ambos habían colocado sus capuchas sobre sus cabezas para resguardarse del frío.

—Tengo curiosidad—, dijo Cithria en voz baja, con la esperanza de que solo el emisario la escuchara.

—La curiosidad es algo muy poderoso—, dijo Arjen. —Y, a veces, peligroso—.

Un soldado cercano le dirigió una mirada, como si deseara que guardara silencio. Cithria hizo una pausa, cuestionándose si debía terminar la idea o dejarla ir. La curiosidad se apoderó de ella.

—Has escuchado hablar sobre las Leyes de Piedra y, por lo menos, algo sobre los... desafíos que actualmente asolan Demacia—, dijo ella.

—Así es—, contestó Arjen. Toda la ligereza lo abandonó y su expresión se tornó lúgubre. —Es por esa razón que estoy aquí, por lo que me envió mi señor. Es por esa razón que hay emisarios viniendo desde todas las naciones aliadas—.

—Pero sabiendo todo eso, ¿por qué tu señor te envió a ti?—

Arjen la miró, alzando una ceja. —Soy el consejero principal del concejo de Pergomarca, así que me corresponde venir—, dijo. Arjen pudo ver la sorpresa en su rostro y sonrió con ironía. —Las cosas son distintas más allá de tus fronteras. Si quisieras discutir asuntos de una fragua, llamarías a un herrero, ¿no es verdad? En momentos como este, ¿quién sería mejor que un mago?—.

Cithria abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente.

Solo llevémoslo hasta la capital a salvo, se dijo a sí misma.

Mientras más pronto completaran la misión, mejor. IV= Conforme se acercaban a Cordillera Deshielo, un pueblo de muros blancos, el sol comenzaba a ponerse. Los guardias de la puerta saludaron y los habitantes del lugar se mantuvieron respetuosamente a un costado mientras el grupo avanzaba por la avenida principal.

—Iremos hacia el noroeste en la siguiente intersección—, dijo Cadstone. La caída de nieve comenzaba a disminuir, por lo que Cadstone bajó su capucha y señaló. —Los muelles yacen al pie de esa colina—.

—¿Entonces ya ha estado aquí, señor cazador?—, preguntó Cithria, justo después de que Gunthar les ordenó a los soldados seguir las indicaciones del cazador de magos. El cazador asintió.

—Una pequeña niña vivía aquí—, respondió. —Una poderosa maga—.

—Usted... ¿la capturó?—, preguntó Cithria, abriendo mucho los ojos.

—Ella se entregó—, intervino Arno. —Ella era benévola. Estaba registrada. En general, no habríamos aprehendido a alguien como ella, pero desde que...—

—¡Arno!— chistó Cadstone.

Escarmentado, el joven cazador de magos guardó silencio.

—Prosigamos—, dijo Cadstone. —Será mejor que no nos detengamos—.

A esa hora de la tarde, el estrecho camino hacia los muelles estaba abarrotado.

Los barqueros que terminaban el trabajo del día ascendían por la colina, encaminándose a sus casas o a una de las tabernas que había por el rumbo. Los niños iban y venían, corriendo y persiguiéndose entre ellos a través de la nieve, seguidos por un par de sabuesos inquietos que mantenían su ritmo. Los comerciantes estaban de pie frente a las puertas de sus negocios, mientras que los vendedores ambulantes gritaban los precios de sus mercancías en medio de la calle.

Los soldados no habían llegado ni a una tercera parte del camino colina abajo cuando Cithria percibió cómo cambió el ambiente de la calle.

En un principio, fueron solo unas miradas oscuras y unas cuantas palabras murmuradas por transeúntes. Cúmulos de vecinos se agolpaban en puertas y callejones, hablando en voz baja y señalando. Un pescador escupió al suelo, sus ojos estallaban de furia.

—Muévase, ciudadano—, gruñó Gunthar. Renuente, el hombre se hizo a un lado.

Cithria estaba conmocionada. No esperaba ese tipo de hostilidad descarada por parte de los demacianos, a pesar de que todo eso ya sucedía en la capital.

—Cierren filas—, ordenó Gunthar, y los soldados respondieron de inmediato, resguardando en el centro de la columna al mago y a los cazadores.

Una roca golpeó a uno de los soldados en el costado de su casco. Otra roca, proveniente de otra dirección, golpeó a Cadstone en la frente, sacándole sangre.

Cithria maldijo en voz baja la estrechez de la calle. El espacio para maniobrar era reducido y ya habían avanzado demasiado como para retroceder. Tenían que continuar hacia los muelles.

—¡Escudos arriba!—, gritó Gunthar; el sargento-escudo había llegado a la misma conclusión que ella. —¡Hacia delante, redoblen el paso!—.

Los soldados apresuraron su marcha, disparándose hacia delante a lo largo de la calle.

—¡En nombre de la corona, despejen el camino! ¡Muévanse!—, gritó Gunthar. La mayoría de los ciudadanos obedeció, retirándose del camino de los soldados, pero, más adelante, Cithria vio algo que le heló la sangre.

Un par de carretas bloqueaba su paso, a tan solo unos callejones de donde estaban. Una turba furiosa de habitantes se amontonó frente a ellos. Cithria miró hacia la izquierda y hacia la derecha. Los muros de piedra blanca de las fachadas de las tiendas los acorralaban, como si fueran los extremos de un desfiladero. Se percató de que todas las puertas estaban cerradas y enrejadas, al igual que las ventanas.

—¡Es una trampa!—, dijo entre dientes.

—Sí—, respondió Gunthar. Maldijo en voz baja.

—¡Alto! ¡Media vuelta!—, vociferó el sargento-escudo. Los soldados acataron la orden de inmediato, girando sobre sus pies. Todos tenían sus escudos levantados; no obstante, ninguno había desenfundado sus armas.

Los cazadores de magos permanecieron cerca del emisario, uno a cada lado. Los tres estaban protegidos en el centro de la formación de los soldados.

—¡No sirve!—, gritó Cithria. —Este camino también está bloqueado—.

Mirando el camino por el que vinieron, pudieron ver cómo los habitantes se habían apresurado a empujar otra carreta, bloqueando su ruta de escape.

—¡Entréguenlo a nosotros y nadie saldrá herido!—, gritó un hombre fornido desde lo alto de la carreta. Parecía ser el herrero local, ataviado con un delantal de cuero grueso y sosteniendo un martillo en la mano.

—¡Despejen la calle!—, ordenó Gunthar.

El herrero, quien fungía como el portavoz de la turba enojada, no se inmutó.

—Ni lo sueñes, muchacho—, dijo mientras golpeaba suavemente la palma de su mano libre con el martillo, a modo de amenaza.

Mientras algunas personas corrían, apartándose de la tensa pelea, más vecinos se sumaron a los reunidos en ambos lados de la calle. La mayoría llevaba consigo herramientas agrícolas, hachas de leñador y otras armas improvisadas, pero algunos tenían espadas enfundadas en la cintura. A pesar de que los soldados a quienes enfrentaban los aventajaban, no estaban dispuestos a dejarse intimidar.

—Repito, despejen el camino—, dijo Gunthar.

Una piedra golpeó el escudo de Cithria como respuesta. Bakker, el soldado que estaba junto a ella, hizo el intento de desenvainar su espada, la hoja siseando mientras la extraía de su funda.

—¡Sin espadas!—, gritó Cithria, colocando su mano sobre la empuñadura. —¡Son demacianos, aquellos a los que juramos proteger!—

Bakker, quien era mayor y contaba con más experiencia que Cithria, frunció el ceño y la hizo a un lado, pero el sargento-escudo lo detuvo con una orden cortante.

—Ella tiene razón—, gruñó Gunthar. —No desenfundarán ninguna espada a menos que yo lo ordene—.

La multitud se tornó más agresiva, gritando y acorralándolos de forma amenazadora.

Entre el escándalo, Cithria alcanzó a distinguir algunas voces individuales.

—¡Pagarás por ello, cerdo!—, gritó una mujer.

—¡Atrápenlo, atrápenlo!— clamaba un hombre ya más bien anciano que parecía ser un exsoldado.

—Deberíamos entregárselo—, masculló Bakker.

Cithria le lanzó una mirada fulminante. —¡El emisario Arjen está bajo nuestra protección jurada!—, chistó. —¿Dónde está tu honor?—.

—No es más que un mago—, dijo otro soldado, a quien Cithria no alcanzó a ver.

Una pesada jarra de barro colisionó contra la formación de los soldados, haciéndose añicos contra un escudo. Un pesado trozo de mampostería, lanzado desde arriba, golpeó a un soldado en su hombrera, tumbándolo sobre sus rodillas. Sus compañeros lo ayudaron rápidamente a ponerse de pie y, al alzar la mirada, Cithria vio gente que aparecía en los techos que los rodeaban.

Observó cómo un hombre encapuchado lanzaba algo. De forma instintiva, Cithria levantó su escudo por lo alto para proteger al emisario, quien estaba parado detrás de ella. Una herradura oxidada golpeó su superficie curva antes de rebotar, sin causar daños. Si hubiera golpeado en el lugar correcto, habría sido letal.

El mago asintió a modo de agradecimiento. Ya no sonreía.

—Te sacaremos de aquí ileso, lo juro por mi honor—, dijo Cithria.

Los habitantes los habían acorralado, aún gritando, aunque ninguno de ellos daba señales de querer acercarse demasiado. No obstante, Cithria sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que alguien fuera a la carga, y temía lo que podía suceder una vez que eso pasara.

—¡Tenemos que salir de aquí!—, gritó, mientras más piedras, ladrillos y escombros rebotaban contra la armadura de los soldados.

—Si arremetemos contra ellos, habrá víctimas civiles—, dijo el sargento-escudo Gunthar.

—Puede que no tengamos otra opción—, dijo Cadstone. A regañadientes, Cithria estuvo de acuerdo. A menos que...

—¡Esa puerta!—, gritó, señalando una fachada cerrada y enrejada cercana.

—Vale la pena intentarlo—, dijo Gunthar. —¡Semicírculo, a mi señal!—

Los demacianos cambiaron su formación sutilmente, ensamblando una barrera de escudos curva, con sus espaldas contra la fachada.

—¡Cithria! ¡Bakker!—, ordenó Gunthar. —¡Derriben esas puertas!—.

El par rompió filas. Los cazadores de magos y Arjen permanecieron dentro del cordón de protección de los soldados, mientras Bakker empujaba impacientemente al emisario.

—Quítate, mago—, gruñó.

Cithria vio cómo Arjen respiró hondo para mantener la calma y no responderle. Se apresuró hacia las puertas, rodeando al mago, y le hizo un gesto afirmativo a Bakker.

—A la cuenta de tres—, dijo él. —Uno, dos, ¡tres!—

Al unísono, patearon la puerta doble con fuerza.

—¡De nuevo!—.

Golpearon tres veces más, poniendo todo su peso en las patadas, hasta que hubo un crujido agudo y las puertas se abrieron hacia dentro.

—¡Vayan!—, gritó Gunthar. —¡Llévense al emisario y a los cazadores, y encuentren una salida! ¡Los retendremos aquí!—.

Al ver cómo el objeto de su furia estaba por escapar, la turba se abalanzó contra la barrera de escudos.

—¡Ven conmigo!—, ordenó Cithria, entrando a la tienda oscura, con el escudo arriba frente a ella. —Tiene que haber una puerta trasera—.

Al parecer, la tienda le pertenecía a un fabricante de velas. Cientos de velas de cera estaban alineadas en los estantes, y un amplio surtido de esencias florales bombardeó a Cithria.

—¡Aquí!—, gritó Bakker, desapareciendo hacia el fondo de la tienda.

—Quédate cerca—, dijo Cithria, y el emisario de Pergomarca, flanqueado por los cazadores de magos, pasó tras ella mientras seguía a Bakker, quien se adentraba en la tienda.

Encontró una puerta que llevaba a un depósito lleno de barriles, pilas de cajas y costales. Estaba tan oscuro que Cithria apenas podía ver la silueta de Bakker a solo unos metros frente a ella.

—Si tan solo tuviéramos una vela...—, mencionó Arjen afablemente, provocando que Cithria resoplara de la risa; tuvo que cubrirse la boca para contenerse. No era momento para ligerezas.

Entonces, se escuchó un sonido de madera crujiendo y la luz entró de repente al depósito, mientras Bakker abría la puerta trasera de una patada. El callejón que se vislumbraba estaba despejado.

Bakker le abrió paso a Cithria y a los demás.

—¡Muévanse!—, dijo. —¡Yo cubriré la retaguardia!—

Cithria asintió y avanzó hacia delante, guiando a Arjen y a los cazadores de magos. No había dado ni diez pasos cuando alguien salió de las sombras de un callejón lateral, bloqueando su camino.

Era una mujer pelirroja con una pesada ballesta entre sus brazos. En cuanto Cithria se detuvo, con una mano en alto para alertar a los que venían detrás, la mujer alzó el arma en su dirección.

El tiempo pareció detenerse.

La nieve caía de nuevo, los copos pesados descendían silenciosamente. Aquí, en el callejón detrás de la avenida principal, el clamor de la multitud y los gritos de sus compañeros soldados apenas eran audibles.

Cithria vio que los ojos de la mujer estaban rojos, como si hubiera estado llorando, su semblante delataba su desesperación.

¿Qué había conducido a este pueblo a este estado? La gente de la tierra natal de Cithria era honesta y estoica. ¿Por qué en este pueblo todos estaban tan enojados?

—Hazte a un lado—, dijo la mujer a Cithria, implorando con su mirada. Su voz se quebraba y se ahogaba por el sentimiento. —Por favor—.

—Este hombre es un emisario proveniente de una nación aliada—, dijo Cithria tranquila, de la misma manera en que le hablaría a un corcel asustadizo. —No puedo permitir que le ocurra algo malo—.

—¿Qué?—, preguntó la mujer, frunciendo el ceño.

—No lo hagas—, contestó Cithria. —Este hombre está bajo la protección de Demacia—.

Fue entonces que la mujer rio; el sonido era desesperado y casi maníaco.

—No es él a quien quiero—, dijo ella. —Es al cazador. A él—.

Ese fue el instante en que Cithria se percató de que la ballesta apuntaba a Cadstone.

—¡Mi hija nunca hizo nada malo!—, dijo la mujer, con lágrimas cayendo por sus mejillas. —Kyra eligió dar un paso adelante, para advertir a los cazadores de magos sobre su poder. Ella no quería meter a nadie en problemas, ni quería causarle dolor a su familia ni a la ciudad. ¡Todos la querían! Todos estos problemas... ¡Ustedes los causaron!—.

—Te llevaste a su hija...—, exclamó profundamente Cithria, mirando a Cadstone.

El cazador de magos asintió sombríamente.

—Tuvimos que hacerlo—, dijo él. —La ley fue modificada. Todo ciudadano con poderes mágicos conocidos, ya sean benignos o malignos, ahora tiene que someterse a juicio. Todos los magos del reino—.

—¡Ella era apenas una niña!—, gritó la mujer, con la ballesta dirigida hacia el cazador de magos. —¡Usted la encerró! ¡Con todos esos criminales! ¡O probablemente fue exiliada y ahora se encuentra más allá de las fronteras, sola! ¡Usted la condenó!—.

Cithria inhaló sorprendida, convencida de que dispararía una flecha... pero no fue así. Al menos no por el momento.

—¡Kyra no era amenaza para nadie!—, lloró la mujer. —Solía llorar hasta quedarse dormida, deseando haber nacido como los demás. Y usted se la llevó. Es un monstruo—.

—La ley es la ley—, dijo Cadstone.

—Entonces la ley está mal—, dijo la mujer. —Ella era mi vida y usted me la arrebató. Ahora le arrebataré la suya—.

Su dedo se tensó en el gatillo... pero dudó en el instante en que Cithria se interpuso entre ella y el cazador de magos.

—Hazte a un lado, por favor—, dijo la mujer, llorando. —No quiero ver a nadie afectado más que al responsable de esto—.

—No puedo dejar que hagas esto—, dijo Cithria. —Baja la ballesta—.

—Mi vida se terminó—, dijo la mujer. —La de él también debería terminar—.

—Si haces esto, ya no habrá marcha atrás—, dijo Cithria. —¿Qué ocurrirá cuando tu hija regrese a casa, pero tú no estés aquí por la decisión que tomes ahora?—.

—Nunca se ha vuelto a ver a alguien que los cazadores de magos se hayan llevado—, dijo la mujer. —Kyra jamás regresará a casa—.

La profundidad que tenía la desesperación en su voz era desgarradora, y Cithria podía sentir cómo la hería en sus adentros.

—Eso no lo sabes—, le rogó Cithria. —Ella merece que estés aquí si regresa. Te necesitará—.

El rostro de la mujer se arrugó por el dolor, sus ojos se cerraron y las lágrimas no paraban de correr por sus mejillas. Pero no bajó la ballesta.

Cithria avanzó un paso, llegando hasta ella.

—Yo te ayudaré—, le dijo a la mujer. —Te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para averiguar dónde está tu hija—.

Cithria sabía que su intento por llegar hasta la mujer estaba fracasando. A esa distancia, la potencia de una ballesta grande perforaría directamente su armadura.

—Por favor—, dijo. —Debes ser fuerte. Por Kyra—.

La mujer colapsó sobre sus rodillas, la fuerza la abandonó por completo. Pero al dejarse caer, finalmente cediendo ante el dolor y el agotamiento, su dedo apretó el gatillo.

Se escuchó un clic, seguido de un chasquido agudo y la ballesta disparó.

La flecha cruzó los aires y rebotó en uno de los muros blancos de piedra del callejón. Cithria giró cuando la letal flecha pasó siseando junto a Cadstone y Arno, sin atinarle al joven y nervioso cazador de magos por unos pocos centímetros; no obstante, se dirigía directamente contra Bakker.

Cithria observó cómo el emisario de Pergomarca hizo un ligero movimiento con sus dedos, un giro sutil de su mano. La flecha cambió de rumbo, como si se hubiera estrellado contra un muro angulado invisible que estaba justo frente a Bakker, y giró inofensivamente sobre su hombro.

La piel de la nuca de Cithria se erizó por lo que acababa de presenciar.

Bakker estaba atónito. La flecha debió haberlo herido en el cuello y Cithria pudo ver en su expresión que él lo sabía. El gigantesco emisario cubierto con pieles de oso le dirigió un ligero guiño.

El joven cazador de magos yacía en el suelo, respirando con dificultad. Cadstone estaba apoyado contra uno de los muros del callejón. La mujer estaba arrodillada en el suelo cubierto de nieve, su cuerpo estaba destrozado de tanto sollozar.

Cithria se apresuró hacia ella y, con gentileza, le quitó de sus temblorosas manos la ballesta. Después, abrazó a la mujer.

—No la arresten—, dijo Cithria, mirando a Cadstone. —Solo fue un accidente—.

Atribulado, el cazador de magos dudó.

—Nadie resultó herido—, continuó Cithria. —Ella ya ha sufrido demasiado. Por favor—.

Cadstone suspiró y se talló los ojos.

—Este no es un asunto que le concierna a mi orden—, dijo finalmente. —Como no hubo magia involucrada, te dejo esa decisión a ti—.

Cithria cruzó miradas con Bakker... pero él no dijo nada.

La turba de gente se abalanzó contra la barrera de escudos demaciana, pateando y subiendo la intensidad de su embestida. Botellas y rocas se estrellaban contra los escudos y cascos, pero los soldados no desenfundaron sus armas.

Hubo un grito cuando Cithria salió una vez más de la tienda de velas, conduciendo a la mujer de cabello rojo con un brazo sobre su hombro; en ese momento, los vecinos retrocedieron.

—¿Rosalyn?—, exclamó el corpulento herrero.

—Kyra no querría esto—, dijo la mujer. —No querría que nadie saliera lastimado por su culpa—.

Su aparición repentina provocó que la multitud se detuviera por un momento. Algunos de ellos siguieron luchando, embistiendo contra la barrera de escudos, pero otros retrocedieron, abruptamente inseguros de sí mismos.

—¡Despejen la calle!—, rugió Gunthar. —¡Márchense ahora y no habrá repercusiones!—

Los habitantes observaron al herrero.

—Hagan lo que él dice—, dijo finalmente. —Se terminó—.

La furia y el rencor de la multitud se disiparon como la neblina del amanecer bajo los rayos del sol. Al poco tiempo, lucían nuevamente como ciudadanos normales, sus rostros ya no estaban retorcidos por el enojo y la furia. Varios murmuraron y bajaron la mirada, avergonzados.

A la señal de Gunthar, los soldados abrieron filas para permitir que el herrero pasara entre ellos y tomara a la mujer entre sus brazos.

—¡El resto de ustedes, váyanse a casa!—, le ordenó Gunthar a la multitud ambulante. Pudo haberlos reunido y encerrado con cadenas, pero a Cithria le alegró que él optara por ser indulgente.

Cithria miró a su alrededor. Milagrosamente, además de algunos rasguños y moretones, nadie había resultado realmente herido, ni los soldados ni los ciudadanos de Cordillera Deshielo. La gente del pueblo se alejó, llevándose las carretas con ellos.

Su sargento-escudo, Gunthar, miró a Cithria con alivio.

—No sé qué fue lo que hiciste—, dijo, sacudiendo su cabeza —pero lo que haya sido, ayudaste a evitar el desastre hoy, soldado—.

Cithria se sintió cansada de golpe, y no tuvo la energía suficiente para responder. Asintió aturdida y se dejó caer con fuerza en un escalón cercano.

Los soldados aún vigilaban a los últimos habitantes de la aldea con recelo. Bakker permaneció cerca, su expresión se nubló. La mirada de Cithria se desvió hacia el par de cazadores de magos, cuyas expresiones eran sombrías. Después miró a la mujer, Rosalyn, quien lloraba en los brazos del herrero.

Todos ellos eran demacianos y todos eran de buen corazón, pero las acciones recientes los habían puesto unos en contra de otros.

Tiempos difíciles se avecinaban para Demacia, pensó.

No, se corrigió a sí misma.

Ya estaban aquí.

Referencias

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