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Historia corta

Testimonio de un Baladista

Por Marcus Terrell Smith

¡Oye, tú! ¡Sí, tú! Pareces una buena persona demaciana con buen oído... una persona que podría quedarse un rato y prestar atención a las advertencias de un anciano que ha visto lo imposible.

Lore

¡Oye, tú! ¡Sí, tú! Pareces una buena persona demaciana con buen oído... una persona que podría quedarse un rato y prestar atención a las advertencias de un anciano que ha visto lo imposible. Verás, estoy en una misión bajo las órdenes del Guardián Trotamundos Guardián Trotamundos, ¡y tú me puedes ayudar!

Debo recuperar... Bueno, será mejor que lo explique.

Ven. Que no te dé pena. Escucha mi relato, uno que es pura verdad...

Primero, me despertaron los tañidos de las campanillas del carrillón de doscientos años de antigüedad de mi madre que sonaban afuera, más allá de mi ventana. Mi madre pensaba que era muy inteligente por haberme convencido de que su canción estival marcaría la llegada de los días cálidos y soleados. Incluso a mi edad, solo puedo contar unas pocas temporadas agradables en el Vacío de Valar. ¡Ja! Una adolescencia arruinada por la tala incesante de leña da fe de ello. La noche de la que hablo no era la excepción; azotaba una tormenta invernal.

Salté de la cama cuando la puerta se abrió de par en par, y una ráfaga de viento helado llenó mi habitación. Después de luchar para envolver mi cuerpo tembloroso en el abrigo de piel más grueso que tenía, caminé hacia la puerta, listo para cerrarla de un golpe. Pero dudé un momento. Las campanillas de mi madre seguían aullando en el viento. Aunque generalmente me traían recuerdos de mi dura y laboriosa crianza, también eran un medio de conexión con ella. No debería arriesgarme a perderlas, o peor... no dormir en toda la noche por culpa de su incesante tañido.

No me malinterpretes, las campanillas tenían su encanto. Las historias de cómo habían llegado a mi familia hablaban de un destino increíble y de un pasado célebre. Las habían forjado con lingotes de metales de guerra, algunos de los más raros del Fréljord. Cada vez que se ganaba o se perdía una batalla, los Recolectores, mis pobres pero ingeniosos ancestros, entraban al campo de batalla y se llevaban lo que hubiera quedado abandonado en la nieve bañada de sangre.

—¿Cuántos lingotes de metal había allí, madre?—, le pregunté una vez mientras hablaba sin parar de épocas pasadas.

—Siglos de ellos—, respondió.

—¿Qué hicieron los Recolectores con todo ese metal?—.

—Se lo vendieron a la Freljord Winters Claw.png Garra Invernal—, dijo encogiéndose de hombros, —quienes hicieron más armas para las guerras que vendrán—. Luego, hizo una pausa y sonrió cuando las campanillas comenzaron a cantar. —Pero siempre nos quedábamos con un poco para nosotros... para hacer instrumentos de vida, no de muerte—.

Ciertamente, esas preciadas campanillas eran instrumentos que traían música maravillosa a nuestra tierra. —Buena fortuna para tiempos malos—, me había dicho. Recé por aquella fortuna cuando ella enfermó, pero nunca llegó. El Guardián Trotamundos estaba más ocupado en su propia música maravillosa que en ayudar a los débiles, y me quedé con sus campanillas infernales para recordarlos a ambos.

Me voy por las ramas.

Respirando profundamente, me dirigí hacia el exterior, pero me detuvo una visión imposible: flotando frente a mí, impasible ante la tormenta, había una pequeña criatura traslúcida. Flotaba allí sin alas o brazos que la mantuvieran en su lugar, como si una magia sobrenatural la hubiera clavado en un bloque de aire. Dos ojos blancos brillantes como antorchas estaban fijos en su cabeza ovalada, y tres estrellas centellantes en su barriga comenzaron a agitarse y destellar. Para mi sorpresa, una de las campanillas de mi madre respondió y, como el brazo de un niño, se extendió hacia la criatura brillante, adoptando su fulgor estrellado.

Pero entonces...

¡La campanilla se resquebrajó! Y oí deformarse su canción estival. Una fisura se abrió al costado de la campanilla, y motas de luz doradas brotaron del interior, como si se estuvieran robando ciertos materiales que la componían. La criatura no se estaba robando esas luces; eran las lágrimas de mi madre, que caían al ver cómo destruían con tanta rapidez esta querida pero irritante reliquia. No podía... ¡no dejaría que eso pasara!

Así que me lancé a la tormenta y sujeté la campanilla. Apenas la toqué, oí sonar un cuerno en la distancia. No estaba seguro del por qué. Tiré con todas mis fuerzas, pero la magia de la criatura era demasiado fuerte. Peor aún, sentí mi cuerpo sacudirse hacia arriba, y mis pies abandonaron el suelo. ¡Pronto, estaba precipitándome hacia el cielo, arrastrado hacia las nubes por la sucia criatura!

¡CRAC! Otra grieta serpenteó por la campanilla. Luego, vi que algo tomaba forma en el espacio que había entre nosotros: un fragmento, una pieza de un todo, se materializaba. Creyendo que sería lo único que me salvaría, lo sujeté.

Mientras me estiraba, miré de soslayo a la vil criatura, solo para darme cuenta de que había desaparecido. En su lugar, flotando frente a mí en toda su grandeza mística, estaba el Guardián Trotamundos. Se había necesitado toda una vida de oraciones para que apareciera, y, tal como había prometido mi madre, las campanillas lo habían llamado. El Bardo parecía mirarme fijamente... mirar dentro de mí... curioso de mi presencia allí. Pero era demasiado tarde para explicaciones.

De pronto, hubo una ráfaga de viento y una ola de calor. Sentí mi brazo estirarse como si fuera una vid. Mi cuerpo lo siguió, girando y retorciéndose, mientras era transportado a... ¡un lugar sobrenatural!

En cuanto a dónde terminé, el viejo dulcémele de mi madre me acompañará mientras canto...

Las campanas

Un sonido divino que evocaba visiones de un lugar. La música del Bardo desde el más allá. Frente a mí, un firmamento se abrió. Entre celestiales tambores, cañas y cuerdas.

¡El Bardo abrió el cosmos para mí! El Principio, el Final y el Medio yo sentí. Donde no hay mar, olas ni país, A Sol preparando a las estrellas pudimos oír.

Ningún humano había estado allí, Tan solo yo escuché formarse el acto. Esa sinfonía produjo cambios en mí, Mi cuerpo mortal transformado de inmediato.

Ahora un espíritu, un meep celestial, Ascendido como los Aspectos de este sueño, Canté con el Bardo por todo el reino, Y por un siglo él fue mi dueño.

¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!

Pero luego escuché una campana torcerse Y sentí una oscuridad acallando la canción. Les dije a mis hermanos y a mi maestro Y juntos viajamos para arreglar la perversión.

Llegamos a un agujero enorme, Un pozo vacío y silencioso desprovisto de luz. Mis oídos contemplaron la oscuridad deforme; Y el miedo se evidenciaba en mi alma a contraluz.

Temo que las hordas me cantaron una canción, Una que nunca empieza pero sí termina. Porque al mirar esa gran depresión, Sentí quebrarse y torcerse mi propia canción.

Obligué a mis oídos a elevarse hacia lo divino, Regresé a lo que es bueno y correcto. Pero luego vi la fisura, del Vacío el abismo, Y ya nada fue lo mismo.

¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!

Fragmentos por millones, campanillas por doquier, Desperdigadas donde la oscuridad la tierra partió La campana que el ritmo y el tiempo marcó, La melodía de Runaterra, cuya canción puede desaparecer.

Para alinear las notas y cerrar la puerta El Bardo nos mandó a dar una vuelta. Y así con cada pieza recomponer en una puntada Lo que el Vacío quebró en su maldad perpetuada.

¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!

Desperté en mi cama, un meep dejé de ser, Y de nuevo en el Vacío de Valar moré, Arranqué las campanillas de esa mujer, Y al Bardo más fragmentos otorgué.

Más campanillas debo desde entonces recoger A través de vientos, lluvias, tierras y mares. Rezo para que cada tesoro pueda retroceder Esa música que el Vacío tocó en mi ser

¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!

Querida alma demaciana: he viajado tanto y más también para advertirles a todos de la oscuridad que amenaza con silenciar la música de este mundo. Runaterra es una campana —una campana global— que ha sido corroída por el mal. Sus fragmentos, sus campanadas, deben encontrarse para que vuelva a estar completa.

Y el primer paso es que coloques todos los metales preciosos que tengas en mi cesta. Los tomaré, los inspeccionaré y les cantaré la música divina del Bardo para eliminar cualquier campanada de la campana global en su interior. Te devolveré, por supuesto, cualquier pieza que no tenga campanadas.

¡No! ¡Espera! No te vayas... ¡lo que te digo es verdad! Por favor, escucha. No queda mucho tiempo. El fin de nuestro mundo está cerca...

Y solo el Bardo y sus meeps pueden salvarnos.

Referencias

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