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Historia corta • Lectura de 3 minutos

Té con la Dama Gris

Por Ariel Lawrence

El primer sonido que escuché fue el chirrido del metal contra la roca. Mi vista estaba nublada, mi visión seguía nadando en una turbia oscuridad, pero una parte de mi mente lo registró: el desliz de la cuchilla sobre la piedra húmeda. El ruido áspero era el mismo que mi albañil hacía cuando marcaba las rocas para cortarlas del peñasco. Apreté con fuerza los dientes. La niebla en mi mente se desvaneció, pero me dejó con un pensamiento lleno de pánico mientras tensaba las cuerdas que unían mis manos:

Lore

El primer sonido que escuché fue el chirrido del metal contra la roca. Mi vista estaba nublada, mi visión seguía nadando en una turbia oscuridad, pero una parte de mi mente lo registró: el desliz de la cuchilla sobre la piedra húmeda. El ruido áspero era el mismo que mi albañil hacía cuando marcaba las rocas para cortarlas del peñasco. Apreté con fuerza los dientes. La niebla en mi mente se desvaneció, pero me dejó con un pensamiento lleno de pánico mientras tensaba las cuerdas que unían mis manos:

Era hombre muerto.

Escuché un gruñido y un fuerte crujido de madera. Si entrecerraba los ojos, podía distinguir la masa de lo que supuse era Gordon Ansel, sentado frente a mí. De nada sirvió contratar un guardia. Parecía que también estaba volviendo en sí.

—Ah, bien. Ambos están despiertos—. Una voz femenina, refinada, elegante. —Estaba a punto de preparar el té—.

Volteé hacia ella. La mitad de mi rostro se sentía hinchado y con moretones. Las comisuras de mi boca estaban unidas. Traté de mover la mandíbula hinchada y un sabor a cobre invadió mi lengua. Debería haberme sentido agradecido de seguir con vida. El aire tenía un persistente aroma a químico, un olor que podía chamuscarte los vellos de la nariz si inhalabas demasiado profundo.

Qué suerte la mía. Seguía en Zaun.

—Uno de ustedes sabe quién es el responsable por la explosión en el muelle—, dijo la mujer. Nos estaba dando la espalda; una titilante luz azulada iluminaba su delgada cintura y sus piernas inhumanamente largas. Escuché el derrame casi imperceptible de agua mientras ella colocaba una tetera sobre la llama casi invisible de un quemador químico.

—Púdrase, señora—, gruñó Ansel.

Ansel es el indicado para empeorar una situación mala.

—Los hombres del barón Grime siempre son tan elocuentes—.

La mujer giró para vernos: No era una lámpara lo que iluminaba su figura, sino algo dentro de ella que producía una inquietante luz. —Me dirán lo que quiero saber, como si su vida dependiera de ello—.

—No le diré nada—, rugió Ansel.

Cuando cambio de posición, un ruido metálico provino de los pies de la mujer. Estaba decidiendo a cuál de los dos interrogar primero. El sonido metálico no tuvo sentido hasta que ella comenzó a caminar hacia Ansel; entonces lo entendí. Su sombra se separó de la silueta de la mesa. Una extraña luz azul pulsaba desde sus caderas, y atrajo mi vista desde su atlética figura... hacia las cuchillas gemelas cuchillas gemelas. La dama era una quimera de vanguardia, como ninguna que haya visto en Piltóver o en Zaun.

—No insulte mi gentileza, señor Ansel. Otros lo hicieron. Ahora están muertos—.

—¿Cree que sus piernas me asustan?—

La mujer se paró frente a mi obtuso compañero. Podía escuchar que el agua en la tetera comenzaba a hervir. Parpadeé y hubo un destello destello plateado y azul. La cuerda que ataba las manos de Ansel cayó al suelo.

Una risa ronca escapó de mi guardaespaldas. —Fallaste, muñeca—. Nuestra captora parecía esperar pacientemente. Ansel se inclinó unos cuantos centímetros, mientras una arrogante risa adornaba su golpeado rostro.

—Puede lamer mis...—

La mujer giró giró. Esta vez, la filosa cuchilla de su pierna hizo un corte limpio sobre el cuello de Ansel.

La cabeza decapitada rodó y se detuvo frente a mí justo cuando la tetera comenzó a silbar. Ansel siempre tuvo una boca impertinente. Ahora yacía abierta, al fin silenciada.

Me repetía que Ansel estaba muerto, pero sus ojos me miraban con una expresión horrorizada. El miedo en mi cerebro reptó por mi columna y se detuvo para estrangular mis entrañas hasta que me convencí que lo que quedara dentro terminaría en el suelo.

—Ahora, señor Turek, beberemos una taza de té, y me dirá lo que deseo saber—, dijo ella con calma.

La mujer se sentó en la mesa y sonrió. Se escuchó un silbido de vapor mientras servía el agua hirviendo en la taza de porcelana. Me miró con una condescendiente lástima, como si yo fuera un colegial demasiado lento en matemáticas. No podía dejar de mirar esa sonrisa. Letal. Astuta. Me moría de miedo.

—¿Té?— Casi me ahogué intentando responder.

—Ah, mi niño—, dijo. —Siempre hay tiempo para el té—.

Referencias

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