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Historia corta

Soledad

Por Ian St. Martin

Lyvia casi lograba conciliar el sueño cuando la luz apareció.

Lore

Lyvia casi lograba conciliar el sueño cuando la luz apareció.

La primera noche en el orfanato evocó en ella sentimientos extraños que le resultaban desconocidos aunque cercanos al pasado que alguna vez tuvo. La vida le había arrebatado la confianza a Lyvia, así como todo lo demás, pero los hábitos de supervivencia menguaban aquí, amortiguados por la seguridad de contar con un techo sobre su cabeza. A pesar de ser estrecho y delgado, su catre era mucho mejor que los fríos adoquines de la capital. El sueño la llamaba con su calidez envolvente, cerrando sus ojos con suavidad, con la promesa del descanso verdadero.

Entonces, la puerta se abrió.

—Niña, despierta—. Lyvia reconoció la voz de Cynn, la directora. —Ven—.

Temerosa de perder el alivio que había conseguido lejos de la vida en la calle, Lyvia obedeció y se incorporó. Sus piernas giraron a un costado para posarse sobre el suelo frío y caminó hacia la luz del corredor.

Entre parpadeos, Lyvia tomó su lugar junto a los otros niños. Todos ellos tenían entre ocho y diez primaveras, y habían llegado allí ese mismo día, tras ser rescatados de las calles de Noxus. Un par de hermanos, tres chicos escuálidos que se tomaban de las manos sucias en señal de unión, y Lyvia. Ambos grupos se apartaron de ella, resguardándose en lo conocido.

—Sé que es tarde—, dijo Cynn, mientras caminaba frente a la línea formada por los pequeños rostros —pero las múltiples ocupaciones de nuestro patrón nuestro patrón consumen su tiempo. Aún así, desea darles la bienvenida a los recién llegados—. Había algo en las palabras de Cynn que desconcertó a Lyvia. —Es un honor—.

Solo entonces los niños advirtieron su presencia, como si hubiera aparecido de la nada. Alto, esbelto y ataviado con una opulencia desconocida hasta entonces para Lyvia, el patrón se acercó a ellos. Cynn retrocedió, con una expresión impasible.

Lentamente, el hombre caminó frente a cada uno de los huérfanos, escudriñándolos con su pálida mirada. Pasó de largo frente a los hermanos sin pensarlo. Lyvia sintió su pulso acelerarse cuando él se detuvo y posó su mirada sobre ella, para luego regresar a su ritmo normal cuando siguió adelante. Los tres chicos de la calle se amontonaron en mutua defensa, pero el patrón apenas se dignó a mirarlos.

—Ella—, le dijo a Cynn con una voz grave y aterciopelada.

Cynn posó su brazo sobre su hombro y la condujo hacia otra habitación. Estaba vacía, excepto por una silla. —No te haremos daño—, dijo Cynn, en un intento por disipar el miedo de Lyvia. —Es un honor—, repitió, antes de cerrar la puerta al salir.

Lyvia se dirigió hacia la silla y tomó asiento. Miró la puerta fijamente, era la única vía de acceso a la habitación, solo para advertir un instante después la sombra que emergía a sus espaldas.

Era el patrón.

—Por favor—, dijo, levantando sus manos al ver que ella se apresuraba a ponerse de pie.

Lyvia hizo todo lo posible por contener su miedo y recordar lo que Cynn le había dicho.

—¿Crees que estoy aquí para hacerte daño?—, le preguntó con voz lánguida y acento sofisticado.

Lyvia negó con la cabeza, en un gesto poco convincente.

El patrón rio ligeramente, fingiendo estar confundido. —Querida, ¿acaso la vida no te ha lastimado lo suficiente?—. Caminó en círculos frente a ella. —No, mi niña, estoy aquí solo para escucharte hablar sobre tu vida y descubrir qué te trajo hasta aquí—.

Señaló la silla con un gesto gentil y Lyvia se sentó lentamente.

—Soy de Drekan—, comenzó.

—¿Ah, sí?—. Asintió con la cabeza, instándola a continuar.

—La guerra se llevó a mi papá—, dijo Lyvia, mientras intentaba mantener controlado el tono de su voz y no mostrar ninguna debilidad. —Así que vinimos a la ciudad. Mi mamá salió a buscar trabajo, pero luego de cuatro días dejamos de esperar a que regresara. Éramos solo mi hermana Vira y yo. La mantuve a salvo—. Trató de evitarlo, pero su voz se quebró. —Y entonces Vira enfermó. No pude protegerla. Y entonces… me quedé…—.

—Sola—, completó él con suavidad.

Lyvia sintió una punción de dolor en su pecho. De pérdida. —Sola—, repitió ella, mientras una lágrima recorría su mejilla.

—¡Eso es!—, el hombre musitó. Lyvia retrocedió cuando él se le acercó.

—Cierra los ojos—, dijo con una voz hipnótica. —Concéntrate en ese sentimiento. El dolor. Ha crecido en tu interior por este mundo despiadado, atrapado en ti sin poder salir. Siente cómo se eleva, pasando por tu cuello, cubriendo tu nariz y tus orejas. Amenaza con devorarte, pero se detiene justo cuando está a punto de hacerlo. Enfréntalo y siente cómo se quiebra contra ti. Eso es fortaleza. Enfréntalo con tu mente y permite que salga de ti—.

Ella rompió en llanto y dejó que el dolor fluyera en sollozos, sintiendo el frío del vidrio que tocaba con delicadeza sus mejillas, justo debajo de cada ojo. Un torrente de desesperación que le arrebató el aliento, para luego desaparecer.

Lyvia abrió los ojos.

—Gracias—, dijo el hombre, y Lyvia notó que tenía un frasco entre las manos —por compartirlo—.

—¿Tú…?—, se atrevió a preguntar Lyvia, al reconocer algo en su patrón, a pesar de todo lo que desconocía sobre él. —¿Tú también estás solo?—.

El hombre apartó su mirada del frasco y la dirigió hacia ella. —He visto bastante de este mundo a lo largo de todos estos años. Y, sí, la mayor parte del tiempo lo hice solo—.

Lyvia resopló, alzando la vista para mirarlo. —¿Las cosas mejorarán?—.

—¿Para ti?—. Sonrió levemente y en sus ojos se vislumbró un destello de tristeza. —No—.

—¿Ella se encuentra bien?—, preguntó Cynn cuando Vladimir salió al corredor.

Vladimir levantó una ceja. —¿Alguien te hizo daño, Cynn, cuando fuiste tú quien entró a esa habitación hace años?—. El hombre inclinó la cabeza a un lado y reveló un fino recipiente entre sus largos dedos.

La mirada de Cynn se detuvo en el delgado tubo de vidrio cuya superficie esmerilada opacaba su contenido, dándole un suave color rubí. Cynn le arrebató el contenedor y, con una mirada fulminante, lo escondió en la manga de su túnica.

—Hasta la próxima, querida—. Vladimir rio, dio la vuelta y se marchó.

Aquella noche, la luna llena bañaba las calles de Noxus con relucientes tonos plateados. Vladimir se detuvo en la fuente del patio vacío del orfanato y sumergió un dedo en la quietud del agua. Espirales carmesí afloraron de su tacto y se expandieron a través del agua hasta otorgarle un color guinda de profundidades abismales. Tras subir de un salto abrupto al canto de la fuente, Vladimir se lanzó a su interior sin provocar sonido o movimiento alguno.

Vladimir apareció en otra fuente ubicada en los oscuros pabellones de su mansión, completamente seco, como si no hubiera tocado el líquido. Un viento frío atravesó la amplia caverna de sombras y arcos de piedra, rozando a su paso las ventanas cerradas y una invaluable colección de obras de arte recopiladas por milenios. Sus pasos se posaban ligeros sobre las alfombras gruesas, cuyas capas de polvo apenas se levantaban al ascender por la escalera.

Por un momento, sus pensamientos orbitaron alrededor de la niña, Lyvia. Sin duda, la de aquella noche había sido una experiencia peculiar, pero había conocido a suficientes mortales como para saber que no definiría el resto de la vida de la niña. Ella viviría y luego moriría, así como todas las otras chispas a su alrededor. Su nombre, su rostro y la interacción que tuvo con ella desaparecerían de su memoria, como era costumbre, al punto de que se preguntaría si realmente existieron.

Gente. Las criaturas rodeaban a Vladimir, pero permanecían al otro lado de un abismo infranqueable, incitante y volátil. Una ligera sonrisa torcida apareció en su rostro. La melancolía lo invadía esta noche. Giró el frasco de lágrimas entre sus dedos.

El estudio lo llamaba.

Sensiblerías aparte, de todas las incontables vidas mortales con las que se había encontrado, había un selecto grupo que Vladimir se negaba a olvidar, de modo que se dedicó a hacer lo que su mente no era capaz. Quería recordarlos, aquellos breves momentos en los que sus vidas se cruzaron, que parecían haber ocurrido hacía una eternidad. En este caso, había pasado menos de un milenio; el recuerdo apareció de repente en su mente a pesar del largo tiempo que había transcurrido desde la última vez en que se habían visto. Para este recuerdo, escogió la pintura.

Casi estaba terminada; era una pieza que nadie consideraría fuera de lugar junto a las obras maestras que adornaban sus solitarias paredes. Sin duda, había contado con suficientes años para perfeccionar su técnica. Todos los detalles estaba terminados: el suave mechón de cabello castaño rojizo, la piel bronceada; eran características bastante comunes por sí mismas, pero combinadas otorgaban un aura regia, desafiante. Su expresión era la de una pérdida inconcebible. No faltaba nada, excepto por el blanco de sus ojos.

Vladimir abrió el frasco y vertió su contenido en un recipiente. Las inocentes lágrimas se mezclaron con la pintura y cobraron vida cuando sus pinceladas tocaron el lienzo. Nada de lo que había visto en todos sus viajes podía compararse con el esplendor que transmitía.

¿Cuál era su nombre?

Se dio cuenta de que no podía recordarlo. Sintió esa ausencia como una puñalada. Faltaba el nombre, pero al menos el rostro prevalecía. El blanco de sus ojos mantendría viva su memoria allí.

Como un alma solitaria, me buscó desde el más allá, Vladimir pensó con una sonrisa. Más melancolía, pero quizás era lo apropiado.

Después de todo, no había nada más bello en el mundo que la tristeza.

Referencias

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