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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Si Ellos Huyen

Por David Slagle

La encuentro cerca de las Vías Negras, donde los comerciantes y ladrones hacen negocios. Todo está a la venta. Todo es robado. Podría matarlos a todos.

Lore

La encuentro cerca de las Vías Negras, donde los comerciantes y ladrones hacen negocios. Todo está a la venta. Todo es robado. Podría matarlos a todos.

¿Acaso creen que las sombras esconden sus fechorías? ¿El brillo de sus cuchillos? ¿Los tratos que hacen, envueltos en la oscuridad? Puedo oler el vino centella en el aliento de un mendigo en la otra punta de esta miserable ciudad.

Conozco sus crímenes. Los puedo sentir.

Entonces la veo. Está tomando el mensaje de uno de los hombres del barón Spindlow, el que tiene cara de protuberancia, con cicatrices y el ceño fruncido, y colocándolo en un tubo neumático. Él le murmura instrucciones.

¿Quién sabía que siquiera podía hablar, mucho menos escribir un mensaje? Yo sólo lo escuché gritar. La última vez que nos vimos, me llevé su pierna. Su reemplazo ya está oxidado.

Los dientes tintinean mientras pasan de la mano carnosa del maleante a la mano de la chica. Puedo oler la sangre en las monedas con forma de engranaje. El dolor pasa de persona a persona. Si quieres algo en esta ciudad, no importa cuántos dientes tengas. El dolor es la moneda real.

Recuerdo a un hombre que sabía esto, la sangre y los dientes en sus manos, pero ese hombre ya no está.

Gruño y las dos figuras se estremecen sorprendidas. Incluso las sombras parecen retroceder mientras mis amplificaciones brillan con destellos verdes. La chica echa un vistazo y huye, pero no a lo profundo del callejón. Es una mensajera de tubos neumáticos. Escala hacia arriba, hacia la oscuridad, tomando un camino que muy pocos pueden seguir.

Asustada. Rápida pero vulnerable. Llevando consigo un tubo neumático con un sello del quimobarón. Los pandilleros vendrán por ella.

Es perfecta...

Comienzo la cacería.

Nos movemos muy rápido, la ciudad se vuelve borrosa. Mis garras garras cortan a través del humo, aferrándose mientras salto por los tejados, siguiendo a la mensajera de tubos neumáticos. Nos abrimos camino por la ciudad, tan profundo que parece sangrar tecnoquímicos, charcos tóxicos acumulándose en los callejones.

Intenta dar la vuelta, deslizándose por debajo de un carro lleno de tinturas. Conoce la ciudad casi tan bien como yo. Sabe a dónde la estoy conduciendo. Lejos del refugio, hacia un lugar al que todos los fugitivos temen, donde solo la Calima de Zaun escapa.

Necesito recordarle que debe temerme más a mí que a lo que hay en la oscuridad. Aterrizo delante de ella, rugiendo con furia, mis garras arrancan un pedazo de un conducto de vapor. Ella vacila, pero solo por un momento, antes de volver a las profundidades. Justo hacia donde necesito que corra.

Escucho sus jadeos de esfuerzo mientras trepa paredes y se desliza por las barandillas. Le reza a la diosa del viento diosa del viento para que la salve. Tal vez debería hacer lo mismo. El animal dentro de mí quiere algo más además de asesinar. Quiere carne.

Podría matarla ahora mismo. Sería muy sencillo. Siento a mis garras emergiendo, ansiosas por carne. Olvido la razón por la que debo dejarla libre, hasta que me acerco más. Lo suficiente para ver mi reflejo en sus ojos, cuando tropieza en una cornisa y mira hacia atrás.

Sus ojos desbordan lágrimas.

Todo es tan... familiar.

Me alejo y aúllo en la oscuridad, lo que impulsa a la chica hacia adelante. Se derrumba en una maraña de tubos construidos para el antiguo sistema neumático. La sigo, sin alcanzarla, mientras ella alcanza la vía sin salida.

Piensa que voy a matarla. Que su pálida garganta es la razón por la que saco los dientes. Pero ella es solamente la carnada. Aquí es donde atraerá a mi verdadera víctima.

Los que la atacarían a ella.

Mira qué trajo la Calima—, dice un pandillero al tiempo que emerge de la oscuridad. Él y sus amigos rodean a la chica, sus cuchillas atrapando la poca luz en estas profundidades. Reconozco sus harapos desgastados. Los Clavos Grises. Un hombre muerto tuvo alguna vez transacciones con ellos.

Hubo otra chica.

Me sacudo los recuerdos. No los quiero.

—Te conozco—, dice una de los Clavos, con el rostro repleto de perforaciones. —Tú eres mensajera de Boggin, ¿verdad? Uno de los rufianes de Spindlow. ¿Qué tiene que decir ese psicópata que no quiere que escuchemos?— Toca el tubo neumático con su daga y sonríe.

—¡Por favor, no lo entienden!— grita la chica, observando la grisácea oscuridad detrás de ella e intentando correr.

—Tú tampoco entiendes—, dice el primer pandillero. —Nos vamos a divertir—.

Titubeo mientras el maleante tira el tubo neumático de las manos de la chica. Vale más dientes que sus propias vidas. Es su pasaje fuera de la miserable fosa, hacia una menos miserable.

Pensé que el tubo neumático los distraería el tiempo suficiente. Se quiebra contra las piedras del callejón y el sello de Spindlow se rompe.

¿Qué hice?

La mensajera grita cuando uno de los Clavos la toma bruscamente. Hay un forcejeo, un destello de acero y después... sangre.

Su aroma aroma me enfurece.

La cavidad cavidad en mi espalda bombea y estoy perdido.

Un rugido rugido llena la oscuridad.

—¡El Aullador!—, grita un Clavo mientras me apresuro hacia el espacio abierto, intentando concentrarme en el punk. Lo rajo y la pared del callejón se llena de una llovizna roja. Se desploma en las rocas.

¿Dónde está la chica? Le perdí la pista en el caos. Rodeado. Cuchillas apuñalando como dientes dientes torpes. Garras metálicas borrosas. Las se cierran y los huesos truenan al igual que su armadura.

Saboreo sangre. Y aún hay más.

Ahora la veo. Uno de los Clavos está sobre la chica, su cuchilla levantada. Puedo detenerlo.

Pero la máquina bombea otra vez y mis extremidades se llenan de poder.

La bruma roja nubla mi mente. Todo se vuelve borroso. Todo queda en el olvido.

Todo es sangre.

No sé si salvé a la chica. No sé si la asesiné. Seguí mordiendo la carne cuando los sobrevivientes de los Clavos escapan hacia la oscuridad.

Doy la vuelta para seguirlos en la noche. No tengo alternativa.

Son monstruos que debo cazar. Y yo soy uno de ellos.

Referencias

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