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Historia corta

Ser Oscuro

Por Graham McNeill

Varus siguió un río que corría a través del desierto. Su agua era arenosa, pero potable. El nuevo cuerpo que había forjado para soportar su arco era hermoso, veloz y fuerte, pero traía consigo las debilidades de la carne. Tenía hambre. Tenía sed.

Lore

Varus siguió un río que corría a través del desierto. Su agua era arenosa, pero potable. El nuevo cuerpo que había forjado para soportar su arco era hermoso, veloz y fuerte, pero traía consigo las debilidades de la carne. Tenía hambre. Tenía sed.

Unos días antes, una criatura encorvada con un brazo débil y facciones de ave le había dicho que esto era Shurima Crest icon.png Shurima, pero eso no podía ser verdad. El recuerdo que Varus guardaba de Shurima era el de un páramo desolado.

—¿Acaso estuve preso por tanto tiempo?—, se sorprendió.

Despreciaba los sonidos humanos que su nueva boca emitía. Sonaba bestial y primitivo, pero al menos podía hablar una vez más. Con respecto a cuánto tiempo estuvo encarcelado... era difícil de saber. No poseía ningún concepto de cómo los mortales medían el tiempo, y la criatura ave no había reconocido lo que él era. No tenía idea de hace cuánto tiempo había sido librada la Guerra Darkin.

—Mi especie prácticamente destruyó este mundo—, dijo. —¿Y ahora nos han olvidado? ¿Cómo puede eso ser posible?"

Con el tiempo suficiente, incluso los horrores más terribles pueden desvanecerse.

La voz resonaba en su cráneo, imposible de ignorar. ¿Quién había sido? ¿Kai Kai o Valmar Valmar? Sospechó de Val, pero las mentes mortales eran tan simples y lodosas que era difícil distinguir una de la otra.

—Cualquier raza que pueda olvidar ver el abismo de su propia extinción no merece vivir—, dijo Varus.

Nosotros no olvidamos. Ese fue Valmar, decidió Varus. Los horrores se convierten en mitos para que podamos soportar escuchar sobre ellos, para que podamos aprender de ellos sin enloquecer.

Tal noción era ridícula; Varus sabía que nunca permitiría que la perdición de su especie se desvaneciera de la memoria. Estaba por decir eso, cuando escuchó ruidos cercanos a un recodo en el río más adelante; gritos, rebuznos de animales y el sonido de herramientas golpeando piedra. Siguió hacia delante, hacia la sombra de un obelisco derribado y escudriñó lo que tenía enfrente.

El nuevo río había expuesto las ruinas sumergidas de una antigua estructura compuesta por pilares y estatuas de los Ascendidos más antiguos. Sí, esta era la fuente de la magia que había percibido. Magia antigua. El tipo de magia que la reina de cabellos de fuego usaba para esclavizar a los suyos.

El tipo de magia usado para encarcelarlo debajo de las rocas de Jonia.

Hombres bronceados y lobunos trabajaban en las ruinas, desenterrando relicarios ocultos, al tiempo que robustas bestias de carga excavaban rocas desde las profundidades de la estructura. Guerreros armados que portaban petos de cuero y blandían lanzas con ganchos resguardaban el perímetro. Varus sonrió y saltó sobre el obelisco, posicionando su arco al aterrizar. Una luz violeta se apoderó del arma cuando esta se flexionó y una centelleante flecha se formó en el aire.

¿Por qué debes matarlos? Este era Kai. Odiaba las muertes innecesarias.

Varus sintió que sus manos temblaban mientras Kai luchaba por hacerlo bajar el arco.

—Tu gente destruyó a mi gente—, dijo Varus, esforzándose por estabilizar su blanco. —Esa es la única razón que necesito—.

Apuntó su flecha chispeante justo cuando un fornido guerrero con barba bifurcada y cabeza rapada lo avistó y alertó al resto.

¿Así que todo aquel a quien mires debe morir?

Varus exhaló y, en el intervalo entre respiraciones, soltó la flecha. Destelló por los aires hasta perforar el corazón del guerrero barbudo, dejando un hoyo quemado que lo atravesó. Cayó de rodillas, la boca abierta en shock. Otros arrojaron sus lanzas, pero Varus ya se estaba moviendo. Saltó del obelisco, enviando una lluvia de flechas de color rojo sangre hacia ellos, y aterrizó en el suelo corriendo.

Una lanza con gancho se blandió contra él. Se echó hacia un lado, se levantó y disparó un par más de flechas carmín a través del pecho de su atacante. Varus corrió a toda velocidad, saltó y aceleró por las ruinas, disparando rayos de luz que abatían a sus blancos con una precisión absoluta.

Todo había terminado en cuestión de segundos. Dieciséis muertos sin ningún esfuerzo. Sintió la angustia de Valmar y Kai en su interior y sonrió. Cada muerte los corroía, los debilitaba y los incapacitaba para combatirlo.

Los hombres que excavaban la ciudad en ruinas huyeron, abandonando sus herramientas y corriendo hacia el río. Varus los dejó ir. Eran irrelevantes y asesinar a mortales sin armas siempre provocaba que las almas humanas de su interior se rebelaran.

Varus entró a la arruinada estructura, mirando brevemente un par de esculturas de un perro perro y un cocodrilo cocodrilo mientras avanzaba. Adentro estaba fresco y oscuro, las paredes estaban cubiertas con bajorrelieves vívidos que representaban grandes discos esparciendo rayos dorados sobre una tierra generosa. El suelo de piedra estaba inscrito con una escritura mágica incluso más antigua que la rebelión de Void Crest icon.png Icathia.

—Sellos de vigilancia. Potentes en el pasado, pero ahora desvanecidos—, dijo Varus, cruzando las baldosas inscritas hacia el sitio donde una imponente estatua de un gran dios guerrero con cabeza de serpiente se había erguido como centinela. Alguna catástrofe pasada la había derribado y más allá de sus restos de arenisca se encontraba una cámara oscura.

Varus entró, el brillo de la ardiente luz en su corazón solo reveló piedra desnuda, con un brillo y un tono negro debido a una quemadura con fuego antiguo.

Varus suspiró. —¿Dónde estás, hermana...?—

Referencias

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