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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Sepelio Marino

Por Graham McNeill

El mar estaba oscuro y suave como un espejo. Una luna roja como la sangre flotaba a poca distancia del horizonte, igual que lo había hecho en las seis últimas noches. Ni viento ni susurro alguno perturbaban el aire, más allá del condenado cántico fúnebre que llegaba de quién sabía dónde. Vionax llevaba el tiempo suficiente navegando por los océanos de Noxus como para saber que un mar así solo podía ser presagio de mala fortuna. Plantada en el castillo de proa de la Voluntad Negra, recorría el horizonte con el catalejo, buscando cualquier cosa que pudiera utilizar para determinar su posición.

Lore

El mar estaba oscuro y suave como un espejo. Una luna roja como la sangre flotaba a poca distancia del horizonte, igual que lo había hecho en las seis últimas noches. Ni viento ni susurro alguno perturbaban el aire, más allá del condenado cántico fúnebre que llegaba de quién sabía dónde. Vionax llevaba el tiempo suficiente navegando por los océanos de Noxus como para saber que un mar así solo podía ser presagio de mala fortuna. Plantada en el castillo de proa de la Voluntad Negra, recorría el horizonte con el catalejo, buscando cualquier cosa que pudiera utilizar para determinar su posición.

—Nada salvo mar en todas direcciones—, le dijo a la noche. —No hay tierra ni estrellas reconocibles a la vista. El viento rehúye nuestras velas. Los remeros llevan días bogando, pero vayamos donde vayamos, no hay rastro de tierra firme y la luna no crece ni mengua—.

Se tomó un momento para frotarse el rostro con las palmas de las manos. El hambre y la sed gruñían en su vientre y, por culpa de la permanente oscuridad, era imposible medir con exactitud el paso del tiempo. La Voluntad Negra ni siquiera era su nave. Solo había sido su primer oficial hasta que el hacha de un pirata freljordiano, de un golpe en el cráneo del capitán Mettock, le había concedido un fulminante ascenso. El capitán y otros quince guerreros noxianos yacían en el interior de unas parihuelas cosidas, tendidas sobre la cubierta principal. La intensidad cada vez mayor del hedor procedente de los cuerpos era la única prueba fehaciente del paso del tiempo.

Vionax dirigió de nuevo la mirada hacia mar abierto y entonces, al ver que una niebla negra se levantaba desde el agua, se le abrieron los ojos de par en par. Unas formas se movían en ella, contornos que permitían intuir miembros engarfiados y bocas entreabiertas. El condenado cántico volvió a resonar sobre las aguas, más fuerte esta vez y acompañado por el doloroso repicar de una campana fúnebre.

—¡La Niebla Negra!—, dijo. —¡Todos a cubierta!—

Se volvió y atravesó corriendo la cubierta principal en dirección al castillete de popa y el timón de la nave. Tampoco es que pudiera hacer nada para mover la nave, pero ese era su sitio. Un estremecedor lamento por las almas perdidas se propagó sobre la nave mientras los hombres salían dando tumbos de las cubiertas inferiores y, a pesar del terror que le atenazaba la espina dorsal, Vionax no pudo por menos que reconocer su poética belleza. Unas lágrimas, no de miedo sino de tristeza infinita, afloraron a sus ojos y surcaron sus mejillas.

—Deja que acabe con tu tristeza—.

La voz que había sonado en su cabeza era fría y sin vida, la voz de un muerto. Conjuró la imagen de las ruedas forradas de hierro de un carromato repleto de cadáveres y de un cuchillo que dejaba otra marca de muerte sobre una vara. Vionax conocía las historias sobre la niebla negra y sabía que debía evitar el archipiélago que acechaba tras la oscuridad de levante. Había creído que su nave se encontraba lejos de las Islas de la Sombra, pero se equivocaba.

Se detuvo en seco al ver que la niebla penetraba reptando sobre la borda, acompañada por los aullidos y graznidos de criaturas muertas. Los espectros, un arremolinado coro de condenados, revoloteaban sobre ella, y al verlos, la tripulación de la Voluntad Negra gritó de terror. Vionax sacó la pistola y la amartilló al mismo tiempo que una figura amenazante surgía de la bruma: Era alta e imponente, y estaba ataviada con una vestimenta andrajosa que parecía la de un antiguo prelado, pero con una armadura de guerrero sobre los hombros y el cráneo descarnado. Un libro colgaba de una cadena suspendida de su cintura y llevaba una larga vara recorrida por incontables muescas. En su punta y en la palma de la otra mano de la figura brillaban unas luces espectrales, resplandecientes como estrellas fugaces.

—¿Por qué lloras?—, dijo la criatura. —Soy Karthus Karthus y te traigo un gran regalo—.

—No lo quiero—, replicó Vionax mientras apretaba el gatillo. Con una estruendosa detonación, la pistola escupió una bocanada de fuego. El proyectil alcanzó al monstruoso fantasma, pero lo atravesó sin hacerle el menor daño.

—Ay, mortales…—, dijo Karthus mientras sacudía el yelmo. —Temen lo que no comprenden y rechazan una bendición que se les ofrece de buen grado—.

El monstruo avanzó deslizándose y el siniestro fulgor que despedía su vara inundó la cubierta de una luz pálida y enfermiza. Vionax retrocedió frente al helor del espectro mientras sus tripulantes caían fulminados por la luz y sus almas empezaban a desprenderse de sus cuerpos como volutas de vapor. La capitana tropezó en uno de los cadáveres de las parihuelas y cayó sobre sus posaderas. Trató de alejarse de Karthus arrastrándose sobre los cuerpos de sus compañeros de tripulación.

Las parihuelas que tenía debajo se movieron.

Se movieron todas, retorciéndose y temblando como peces recién sacados del agua y arrojados sobre la cubierta de un bote. Unas volutas de humo brotaban por los desgarros de la tela y entre las torpes puntadas con las que las habían cosido los marineros. Entre la bruma se movían unos rostros, rostros con los que había navegado durante años, hombres y mujeres que habían luchado a su lado.

El espectro se irguió sobre ella, acompañado por las formas espirituales de la tripulación de la Voluntad Negra, perfiladas por la luz de la luna.

—No debes temer a la muerte, dama Vionax—, dijo Karthus. —Te liberará del dolor. Desviará tus ojos de tu existencia mundana para mostrarte la gloria de la vida eterna. Abraza la belleza y la maravilla de la muerte. Despréndete de tu mortalidad. No la necesitas—.

Le tendió la mano, y las luces que flotaban sobre ella se levantaron para envolverla. Mientras Vionax gritaba, atravesaron piel, músculo y hueso hasta llegar a su misma alma. El espectro cerró el puño y la capitana aulló al sentirse arrancada de sí misma desde dentro.

—Deja que tu alma vuele con libertad—, dijo Karthus mientras se volvía para hacer una nueva muesca en su vara con una uña afilada. —Ya no sentirás dolor ni miedo, ni el deseo de experimentar nada salvo la belleza de lo que te he mostrado. Te aguardan milagros y maravillas, mortal. ¿Por qué no ibas a querer tal dicha...?—

—No—, suplicó ella con su último aliento. —No quiero verlo—.

—Ya está hecho—, respondió Karthus.

Referencias

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