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Historia corta

Secuela

Por Anthony Reynolds Lenné

Los primeros destellos del amanecer iluminaron los techos de la Gran Ciudad, convirtiendo la piedra pálida en oro. En el aire se percibía la tranquilidad, mientras que los únicos sonidos que se filtraban por los altos jardines colgantes del costado este de la ciudadela eran los suaves coros de los pájaros matutinos, acompañados por el silencioso rumor de la ciudad despertando.

Lore

Los primeros destellos del amanecer iluminaron los techos de la Gran Ciudad, convirtiendo la piedra pálida en oro. En el aire se percibía la tranquilidad, mientras que los únicos sonidos que se filtraban por los altos jardines colgantes del costado este de la ciudadela eran los suaves coros de los pájaros matutinos, acompañados por el silencioso rumor de la ciudad despertando.

Xin Zhao se encontraba sentado con sus piernas cruzadas sobre un estrado de piedra, sus manos descansaban sobre su lanza, recargada en su regazo. Miró hacia los niveles inferiores de los jardines, sobre las almenas y más allá de la capital de Demacia. Mirar la salida del sol sobre su tierra adoptiva solía traerle paz, pero este día era diferente.

Su capa estaba carbonizada y salpicada con sangre, su armadura abollada y raspada. Algunos mechones de su cabello cano (lejos habían quedado los cabellos negros como tinta de los días de su juventud) caían salvajes sobre su rostro, fugitivos de su rodete. Si estas fueran circunstancias normales, él ya se habría bañado y limpiado de su cuerpo el sudor, la sangre y el hedor del fuego. Habría enviado su armadura a los herreros para que la repararan y se habría conseguido una capa nueva. Las apariencias importan, especialmente si eres el senescal de Demacia.

Pero estas no eran circunstancias normales.

El rey estaba muerto.

Él era el hombre más honorable a quien Xin Zhao hubiera conocido, la persona a quien más amaba y respetaba. Había jurado protegerlo; sin embargo, Xin Zhao no había estado allí cuando más lo necesitaba.

Con cierto nerviosismo, trató de respirar hondo. El peso de su fracaso amenazaba con destruirlo.

La insurrección de los magos del día anterior había sorprendido a toda la ciudad. En sus intentos por regresar al palacio, Xin Zhao resultó herido, pero ahora no sentía nada. Permaneció sentado ahí durante horas, solo, dejando que el frío de la piedra calara sus huesos, mientras que lo cubría el velo del dolor y la vergüenza. Los guardias del palacio, al menos aquellos que no habían sido asesinados en el ataque, lo dejaron en su miseria, absteniéndose de ir al jardín escalonado en el que se sentó en silencio durante las horas de oscuridad. Xin Zhao estaba agradecido por esa pequeña misericordia. No sabía si podría lidiar con el reproche de sus miradas.

Por fin, el sol lo alcanzó, como la luz del juicio, forzándolo a entrecerrar sus ojos ante su brillo.

Suspiró profundamente, endureciéndose. Se puso de pie y miró por última vez la ciudad que amaba, así como el jardín que siempre lo había consolado. Después, se dio la vuelta y caminó hacia el interior del palacio.

Muchos años antes, había hecho una promesa. Ahora, se proponía mantenerla.

Inerte y vacío, Xin Zhao se sentía como un espectro que asediaba el sitio de su fallecimiento. Habría preferido la muerte. Fracasar mientras trataba de proteger a su señor habría sido, por lo menos, honorable. Cruzó los corredores del palacio que, de pronto, parecían fríos y sin vida. Los sirvientes con quienes se encontró no hablaron, solo se deslizaban en un silencio estremecedor, con los ojos bien abiertos. Los guardias tenían una expresión afligida. Lo saludaron, pero él bajó la mirada. No merecía su reconocimiento.

Finalmente, se paró frente a una puerta cerrada. Se acercó para llamar a la puerta, pero se detuvo. ¿Tembló su mano? Mientras maldecía su debilidad, repiqueteó la madera de roble, después se puso en firmes y golpeó la empuñadura de su lanza con firmeza sobre el suelo. El golpe resonó a lo largo del corredor. Por un largo momento, permaneció inmóvil, mirando la puerta, esperando a que se abriera.

Un par de guardias del palacio que se encontraban haciendo rondas dieron la vuelta y pasaron a su lado, sus armaduras rechinaron. La vergüenza le impedía mirarlos. Aun así, la puerta permanecía cerrada.

—Creo que la mariscal superior Guardia de la Corona está en el pabellón norte, mi señor senescal—, dijo uno de los guardias. —Supervisando el aumento de la seguridad—.

Xin Zhao suspiró para sí, pero apretó los dientes y asintió en agradecimiento.

—Señor...—, dijo el otro guardia. —Nadie lo culpa por...—.

—Gracias, soldado—, dijo Xin Zhao, interrumpiéndolo. No quería su compasión. El par lo saludó y continuó su camino.

Xin Zhao se dio la vuelta y avanzó por el corredor hacia la dirección de la que habían venido los guardias, rumbo al ala norte del palacio. No era ningún alivio que la Mariscal superior, Tianna Guardia de la Corona, no estuviera en su oficina. Tan solo prolongaba este asunto.

Caminó a través de una sala con pendones y estandartes, e hizo una breve pausa debajo de uno de ellos: un estandarte que mostraba la espada con alas blancas de Demacia sobre un fondo azul. La difunta madre del rey y sus sirvientas lo habían tejido y, a pesar de que casi un tercio había sido consumido por el fuego, era una obra de una belleza y talento artístico deslumbrantes. Había caído en la batalla de la Colina de púas salinas, pero el propio rey Jarvan encabezó la misión para recuperarlo. Xin Zhao iba a su lado. Lograron atravesar formaciones de cientos de guerreros freljordianos recubiertos en pieles para conseguirlo; Xin Zhao fue quien lo levantó por los aires mientras las llamas rozaban su bordado. El avistamiento del estandarte recuperado había cambiado el rumbo de la batalla aquel día, movilizando a los demacianos y asegurando una victoria inesperada. Jarvan se negó a que lo repararan durante su retorno custodiado al palacio. Quería que todos aquellos que lo vieran recordaran su historia.

Xin Zhao atravesó una pequeña habitación, una biblioteca apartada en una esquina poco usada del palacio que era uno de los lugares favoritos del rey para pasar sus tardes. Era su sitio de escape, en donde podía refugiarse del fastidio de sirvientes y nobles. Xin Zhao había pasado largas noches ahí con el rey, bebiendo vino generoso de miel y discutiendo los puntos más sutiles de estrategias, temas políticos y los ahora distantes recuerdos de su juventud.Si bien en público Jarvan era un líder estoico y firme, aquí, en su santuario íntimo, en especial en las madrugadas, tras varias copas, se reía hasta que las lágrimas corrieran por su cara y hablaba con pasión sobre sus esperanzas y sueños en torno a su hijo.

El dolor fresco fue demoledor para Xin Zhao cuando se percató de que nunca más escucharía a su amigo reírse de nuevo.

Sin darse cuenta, Xin Zhao se vio atravesando los salones de entrenamiento. Probablemente había pasado más horas ahí durante los últimos veinte años que en cualquier otro lugar. Ese era su verdadero hogar, en donde casi se sentía como él mismo. Ahí había pasado innumerables horas entrenando y peleando con el rey. Ahí había sido donde, para el deleite y entretenimiento del rey, su hijo había adoptado a Xin Zhao como parte de su familia. El lugar donde él le había enseñado al joven príncipe a pelear con la espada y con la lanza; en donde lo había consolado, secándole las lágrimas y ayudándole a ponerse nuevamente de pie cada vez que caía; en donde había reído con él y festejado sus triunfos.

Pensar en el príncipe fue como la punzada de una espada atravesando sus entrañas. Puede ser que Xin Zhao haya perdido a su mejor amigo la noche anterior, pero el joven Jarvan había perdido a su padre. Ya había perdido a su madre durante su nacimiento. Ahora estaba solo.

Con gran pena, Xin Zhao trató de continuar con su camino, pero un sonido familiar lo forzó a detenerse: una espada desafilada estrellándose contra la madera. Alguien estaba entrenando. Xin Zhao frunció el ceño.

Un sentimiento enfermizo creció en el fondo de su estómago mientras atravesaba las pesadas puertas de la entrada.

En un primer momento no pudo ver quién estaba ahí. Los arcos y pilares alrededor del borde de la habitación abovedada conspiraban para mantenerlo entre las sombras. El sonido de los golpes de la espada retumbaba a su alrededor.

Tras rodear un grupo de pilares, pudo ver al príncipe enfrentándose a un muñeco de práctica hecho de madera con una pesada espada de hierro, destinada para el entrenamiento. Estaba cubierto en sudor y su pecho resollaba por el esfuerzo. Su expresión era de angustia y sus ataques eran salvajes.

Xin Zhao se detuvo entre las sombras, con un profundo dolor en el corazón al ver al joven príncipe tan herido. Quería acercarse a él desesperadamente, consolarlo y ayudarlo a lidiar con ese momento tan terrible, puesto que el príncipe y su padre habían sido lo más cercano a una familia que había tenido Xin Zhao. Pero, ¿por qué el príncipe lo querría ahí? Él era el guardaespaldas del rey y, a pesar de ello, estaba vivo, mientras que el rey yacía muerto.

La duda no era natural para Xin Zhao, era un sentimiento que lo incomodaba. Nunca había dudado de sí mismo, ni siquiera en las arenas de gladiadores de La Carnaza, en Noxus. Sacudiendo la cabeza, se dio la vuelta para salir de ahí.

—¿Tío?—.

Xin Zhao se maldijo por no haberse marchado de inmediato.

No eran familiares consanguíneos, obviamente, pero el príncipe había comenzado a llamarlo tío poco tiempo después de que Xin Zhao se incorporó al servicio del rey, hace veinte años. Jarvan era solo un niño y nadie se atrevió a corregirlo. Al principio, esta situación le resultaba entretenida al rey, pero, con el paso de los años, Xin Zhao se convirtió tan cercano a la familia real como si existiera un vínculo de sangre, y cuidó del hijo del rey como si fuera suyo.

Se dio la vuelta lentamente. Jarvan ya no era un niño; de hecho, era más alto que Xin Zhao. Sus ojos estaban enrojecidos y rodeados por unas oscuras ojeras. Xin Zhao supuso que no era el único que no había dormido.

—Mi príncipe—, dijo mientras se arrodillaba e inclinaba la cabeza.

Jarvan no dijo nada. Permaneció ahí de pie, mirando a Xin Zhao, con la respiración agitada.

—Le ofrezco mis disculpas—, dijo Xin Zhao, su cabeza aún inclinada.

—¿Por interrumpirme o por no haber estado ahí para proteger a mi padre cuando lo asesinaron?—.

Xin Zhao alzó la mirada. Jarvan lo miró amenazante, sosteniendo la pesada espada de entrenamiento. No había una manera correcta de responder, ni de decir todo aquello que sentía.

—Le fallé al rey—, atinó a decir. —Y le fallé a usted también—.

Jarvan permaneció inmóvil por un momento, antes de darse la vuelta e ir directo hacia uno de los estantes con armas dispuestos en el perímetro de la habitación.

—Levántate—, le ordenó.

Mientras Xin Zhao lo hacía, el príncipe le lanzó una espada. Él la agarró instintivamente con la mano izquierda, mientras que la derecha seguía sosteniendo su lanza. Era otra espada de entrenamiento, pesada y desafilada. Acto seguido, Jarvan se acercó a él, blandiendo su espada con fuerza.

Xin Zhao retrocedió con un salto, esquivando el golpe.

—Mi señor, no creo que esta sea...—, comenzó, pero sus palabras fueron interrumpidas mientras Jarvan se abalanzaba nuevamente hacia él, apuntándolo con su espada en el pecho. Xin Zhao la apartó con la empuñadura de su lanza y dio un paso atrás.

—Mi príncipe...—, dijo, pero de nuevo Jarvan atacó, con mucha más furia que antes.

Esta vez, fue atacado con dos golpes, uno por arriba y otro por abajo. Si bien Jarvan estaba utilizando una espada de entrenamiento, sus golpes podían romper huesos. Xin Zhao se vio forzado a defenderse: esquivó el primer golpe haciéndose a un lado e inclinando su lanza, y el segundo con la hoja de su propia espada. El impacto hizo temblar su brazo.

—¿Dónde estabas?—, gruñó Jarvan, caminando de un lado a otro a su alrededor.

Xin Zhao bajó sus armas. —¿Es así como quiere que sean las cosas?—, dijo en voz baja.

—Sí—, le contestó Jarvan, hirviendo de rabia, con la espada lista para matar.

Xin Zhao suspiró. —Deme un momento—, dijo y procedió a colocar su lanza en un estante. Jarvan lo esperó; su mano apretaba y soltaba la empuñadura de su espada.

Tan pronto como Xin Zhao regresó al centro de la habitación, Jarvan lo atacó. Arremetió hacia él, resoplando del esfuerzo. Sus golpes eran toscos, pero la furia le brindaba energía. Xin Zhao esquivaba los golpes; usaba el poder de Jarvan para ponerlo en su contra, sin ninguna intención de recibir sus ataques directamente.

En cualquier otro momento, habría reprendido al príncipe por su falta de técnica (solo pensaba en el ataque y en colocarse en una posición de réplica y contraataque), pero Xin Zhao no interrumpiría la ira justificada del príncipe. Tampoco lo aventajaría aprovechando los huecos en su defensa. Si el príncipe necesitaba darle una violenta paliza, que así fuera.

—¿Dónde estuviste?—, decía Jarvan entre golpes.

—Debí haber hecho esto hace mucho tiempo—, dijo el rey, sin levantar la vista, sentado en su escritorio, donde escribía una carta.

Cada golpe de la pluma era una puñalada iracunda, mientras escribía en explosiones furiosas y veloces.

Era un acontecimiento extraño ver las emociones del rey a flor de piel.

—¿Señor?—, dijo Xin Zhao.

—Hemos estado tan concentrados en aquello que tememos—, dijo el rey, aún sin alzar la vista, aunque sí detuvo por un momento su escritura rabiosa. —Qué tontos hemos sido. Yo he sido un tonto. Al tratar de protegernos, hemos creado al mismísimo enemigo del cual debíamos cuidarnos—.

Xin Zhao bloqueó un golpe pesado que se dirigía hacia su cuello. La fuerza del ataque lo hizo retroceder un paso. —¿No tienes nada que decir?—, le reclamó Jarvan.

—Debí haber estado con su padre—, respondió.

—Esa no es una respuesta—, gruñó Jarvan. Se dio la vuelta abruptamente y arrojó su espada, la cual retumbó agudamente al caer. Por un momento, Xin Zhao deseó que el príncipe le pusiera fin a la contienda, pero, en vez de ello, tomó un arma distinta de uno de los estantes.

—Perdición dracónica.—

Ahora, el príncipe le entregaba su lanza con una expresión dura e impávida.

—Toma tu lanza—, dijo.

—No lleva puesta su armadura—, le respondió Xin Zhao.

Las armas de entrenamiento pueden romper huesos con facilidad, pero el desvío más inoportuno con una cuchilla de combate puede ser letal.

—No me importa—, dijo Jarvan.

Xin Zhao inclinó su cabeza. Se agachó para recuperar la espada de entrenamiento de Jarvan y la colocó con cuidado en el estante, junto con la suya. A regañadientes y con el corazón afligido, tomó su lanza y se colocó en el área abierta del centro del salón.

Sin decir ni una sola palabra, Jarvan comenzó el ataque.

—Creo que no entiendo a qué se refiere, mi señor—, dijo Xin Zhao. El rey se detuvo y alzó la mirada por primera vez desde que Xin Zhao había llegado ahí. En ese momento, se vio repentinamente viejo. Las arrugas de su frente eran muy pronunciadas, mientras que su cabello y su barba eran canos. Ninguno de los dos era joven.

—Me culpo a mí mismo—, dijo el rey Jarvan. Su mirada estaba perdida a lo lejos. —Permití que tuvieran demasiado poder. Nunca estuve conforme con ello, pero sus argumentos eran convincentes y contaban con el respaldo del consejo. Ahora puedo ver que me equivoqué al ignorar mi propio juicio. Con esta carta, ordeno a los cazadores de magos que cesen los arrestos—.

Con un toque ágil, Jarvan dirigió a Perdición dracónica hacia Xin Zhao. La empuñadura de la legendaria arma tenía casi el doble de longitud y sus cuchillas letales se deslizaban con una velocidad cegadora hacia el cuello de Xin Zhao. El senescal se movió hacia un costado, desviando el golpe letal con un giro circular de su lanza, procurando que las cuchillas no dañaran su propia arma.

Ni siquiera en los torneos más brutales de La Carnaza había visto un arma como Perdición dracónica. De hecho, el secreto de cómo pelear con ella se había perdido durante el reinado de los primeros reyes de Demacia, por lo que, en manos de alguien sin habilidad, era tan letal para su portador como para el enemigo. Fue por ello que había permanecido durante siglos como un objeto ceremonial, un ícono de la familia en el poder. Sin embargo, cuando el príncipe apenas era un niño, había soñado con luchar con ella, como los héroes de antaño a quienes idolatraba; Xin Zhao le prometió que le enseñaría a usarla cuando estuviera listo.

Jarvan saltó hacia delante y asestó un golpe segador con la lanza. Xin Zhao lo esquivó, pero el príncipe prosiguió instantáneamente con un ataque giratorio que falló tan solo por unos cuantos centímetros, con la punta de la cuchilla rozando su garganta. Jarvan no se estaba conteniendo.

No obstante, antes de que Xin Zhao pudiera enseñarle al joven príncipe cómo blandir el arma, él debía dominarla primero. Con la aprobación del rey, comenzó a entrenar para desentrañar sus secretos. Sorprendentemente ligera y con un balance perfecto, era un arma sublime, creada por un maestro en el pináculo de su carrera.

Forjada en la infancia de Demacia por el reconocido armero Orlon, la lanza era un ícono reverenciado de Demacia por ser un símbolo de grandeza, como sus imponentes muros blancos o la corona del rey. Fraguada para derrotar al gran dragón de hielo Vorágine y a su progenie, quienes habían plagado los primeros asentamientos de Demacia en el pasado, había sido un símbolo del linaje real.

Xin Zhao practicó con la lanza durante años, todos los días antes del amanecer. Solo cuando sintió que la había entendido lo suficientemente bien, comenzó a enseñarle al príncipe adolescente cómo usarla.

Jarvan gruñó del esfuerzo, abalanzándose hacia Xin Zhao. El senescal solo pensaba en cómo defenderse, retirándose de su paso y siempre alerta de sus alrededores. Su lanza se difuminaba ante su mirada, desviando el arma de su dirección cada vez que se aproximaba hacia él.

El joven Jarvan ya había estado aprendiendo los usos de la espada, de la lanza y de los puños, así como las artes intelectuales de la historia militar y de la retórica. En su cumpleaños número dieciséis, su padre le entregó a Perdición dracónica. Había entrenado arduamente, con algunas heridas autoinfligidas que se había hecho durante el proceso de aprendizaje, pero, con el tiempo, dominó el arma como si fuera una extensión de sí mismo.

Jarvan presionó a Xin Zhao con fuerza, atacando furiosamente. No le daba pausa al senescal; cada ataque se mezclaba con el siguiente. Una embestida fallida se convirtió en una rajada frontal y arrasadora, la cual resultó en un par de arcos segadores, primero un corte lento y destripador, y después un retorno a través de la garganta. Xin Zhao esquivó todos sus movimientos; su cuerpo oscilaba de un lado a otro y su lanza se apresuraba para desviar todos los ataques.

Sin embargo, a pesar de que Jarvan había sido alumno de Xin Zhao por mucho tiempo, el príncipe era más joven y más fuerte, y su altura lo proveía de un mejor alcance. Ya no era un aspirante torpe; por el contrario, la batalla y el entrenamiento lo habían endurecido, y ahora su talento con Perdición dracónica había superado con facilidad el de Xin Zhao. Jarvan lo atormentó sin piedad, forzándolo a retroceder con cada paso.

Xin Zhao tuvo que recurrir a toda su habilidad para permanecer ileso... pero no podría durar demasiado así.

El rey bajó la mirada para repasar la carta. Emitió un suspiro audible. —Si hubiera tenido el valor para hacer esto antes, quizás hubiéramos podido evitar el desastre de este día—, dijo.

Firmó la carta y vertió unas gotas de cera caliente color azul rey junto a su nombre, en la cual estampó su sello personal.

La sopló y mantuvo la carta en alto, agitándola suavemente para facilitar su secado.

Satisfecho una vez que la cera se secó, el rey enrolló la carta antes de deslizarla dentro de un estuche cilíndrico de cuero blanco y cerró la tapa.

Se la entregó al senescal.

Xin Zhao apenas logró esquivar un corte brutal, girando su rostro en el último momento. Las puntiagudas cuchillas de Perdición dracónica se deslizaron por su mejilla, de la cual brotó sangre. Por primera vez desde que comenzaron a pelear, Xin Zhao se preguntó si en verdad el príncipe estaba tratando de matarlo.

Sin duda, había un equilibrio en morir a manos del hijo del hombre a quien había fallado en proteger.

Jarvan golpeó la lanza de Xin Zhao con la empuñadura de Perdición dracónica y la giró rápidamente, arqueándola, con la cuchilla apuntada hacia su cuello.

Era una movida perfectamente ejecutada, una que el propio Xin Zhao le había enseñado al príncipe. Los movimientos de los pies de Jarvan para asestar el ataque fueron sublimes y el golpe inicial de su arma tuvo el peso suficiente para derribarlo, pero no fue tan fuerte como para demorar la última estocada.

Aun así, el senescal pudo haberlo bloqueado. Hubiera sido algo muy complicado, pero confiaba en que su velocidad (a pesar de lo cansado que estaba) bastaría para que el ataque no se concretara.

Sin embargo, no se movió para evitarlo. Su voluntad para pelear había desaparecido.

Levantó su barbilla un poco para que el ataque fuera definitorio.

Las cuchillas de Perdición dracónica sisearon. El impacto fue veloz, hábil y poderoso. El corte sería profundo y lo mataría casi al instante.

El golpe mortal se detuvo al tocar la garganta de Xin Zhao, de donde solamente brotaron unas cuantas gotas de sangre.

—¿Por qué no me dices dónde estuviste?—, dijo Jarvan.

Xin Zhao tragó saliva. Un tibio hilo de sangre se escurrió por su cuello. —Porque fallé—, respondió. —Debí haber estado allí—.

Jarvan sostuvo la espada contra la garganta de Xin Zhao por un momento más, después la apartó. Parecía que estaba languideciendo de repente, todo el fuego y la furia se drenaban de su ser, dejando tan solo a un hijo afligido y perdido.

—Significa entonces que mi padre te ordenó que te marcharas—, dijo. —Y tú no quieres culparlo por tu ausencia—.

Xin Zhao no dijo nada.

—Estoy en lo correcto, ¿no es así?—, preguntó Jarvan.

Xin Zhao suspiró y bajó la mirada.

Permaneció inmóvil y en silencio. Miró de reojo la carta sellada que el rey le había dado, pero no hizo nada por tomarla.

El rey levantó sus cejas y Xin Zhao finalmente la aceptó.

—¿Desea que le entregue esto a un mensajero, señor?—, dijo.

—No—, le respondió Jarvan. —Solo puedo confiártela a ti, amigo—.

Xin Zhao asintió con seriedad y la ató a su cinturón.

—¿A quién va dirigida?—.

—Al líder de la orden de cazadores de magos—, dijo el rey. Alzó un dedo. —No se la des a ninguno de sus lacayos. Deberás entregársela directamente a él—.

Xin Zhao asintió con la cabeza. —Lo haré, tan pronto como las calles estén apaciguadas y conozcamos el paradero del fugitivo—.

—No—, dijo el rey. —Quiero que vayas ahora mismo—.

—Podía ser tan testarudo—, dijo Jarvan, negando con la cabeza. —Una vez que estaba decidido, no había manera de hacerlo cambiar de parecer—.

—Debí haber estado allí—, dijo Xin Zhao, débilmente.

Jarvan se frotó los ojos.

—¿Y desafiar la orden de tu rey? No, tú no eres así, tío—, dijo Jarvan. —¿Qué fue lo que te ordenó hacer?—.

Xin Zhao frunció el ceño.

—Mi lugar es estar a su lado, mi señor—, dijo. —No deseo abandonar el palacio. No en este día—.

—Quiero que entregues ese mensaje antes de que la situación empeore—, dijo el rey. —Es menester que los cazadores de magos se detengan antes de que esto se salga de control. Esto ya ha ido demasiado lejos—.

—Mi señor, no considero sabio que yo...—, dijo Xin Zhao, pero el rey lo interrumpió abruptamente.

—Esta no es una petición, senescal—, le respondió. —Entregarás ese decreto. Ahora mismo—. XII= —Entregar una carta—, dijo Jarvan, sin ninguna expresión. —¿Por eso te alejó de su lado?—. Xin Zhao asintió y Jarvan lanzó una carcajada amarga. —Típico de él—, dijo. —Siempre pensando en asuntos de estado. ¿Sabías que faltó a mi ceremonia de armas, cuando cumplí catorce años, por asistir a una reunión del Consejo de protección? Una reunión sobre impuestos—.

—Lo recuerdo—, dijo Xin Zhao.

—Supongo que entregaste esta carta—.

—No—, dijo Xin Zhao, negando con su cabeza. —Me di la vuelta tan pronto escuché las campanas. Me encaminé al palacio tan rápido como pude—.

—Y te topaste con problemas en las calles, según veo—, dijo Jarvan, señalando su apariencia maltrecha.

—Nada con lo que no pudiera lidiar—.

—¿Magos?—, preguntó Jarvan.

Xin Zhao asintió. —Y otros más que estaban del lado del asesino—.

—Debimos haberlos ejecutado a todos—, masculló Jarvan.

Alarmado, Xin Zhao miró al príncipe. Nunca lo había escuchado hablar con tal saña. De hecho, sabía que al príncipe siempre le había causado conflicto la manera en la que Demacia trataba a sus magos. Pero eso había sido antes.

—No creo que su padre hubiera compartido esa perspectiva—, dijo Xin Zhao, con una voz moderada.

—¡Pero ellos lo mataron!—, estalló Jarvan.

No había nada de provecho que Xin Zhao pudiera decir al respecto, por lo que mejor permaneció en silencio. Jarvan mitigó la tensión de ese momento casi inmediatamente. Las lágrimas inundaban sus ojos, por más que tratara de reprimirlas.

—No sé qué hacer—, dijo. En ese momento, era de nuevo un niño, asustado y solo.

Xin Zhao dio un paso hacia delante, dejó caer su lanza y abrazó a Jarvan con fuerza. —Ah, mi niño—, dijo.

Jarvan lloró, sus sollozos profundos y desgarradores sacudían todo su cuerpo mientras que las lágrimas que Xin Zhao aún no había podido llorar comenzaron a escurrir libremente por su rostro.

Permanecieron abrazados por unos cuantos momentos más, unidos por una pérdida compartida, para después separarse. Xin Zhao giró para recoger su lanza, facilitando un momento para que ambos pudieran recobrar la compostura.

Cuando se dio la vuelta, Jarvan se había quitado su camisa empapada en sudor y estaba poniéndose una larga túnica de lino blanco, con el bordado de una espada con alas azules. Ya se veía mucho más repuesto.

—Ahora usted hará aquello para lo que nació—, le dijo Xin Zhao. —Usted gobernará—.

—No creo estar listo—, dijo Jarvan.

—Nadie nunca lo está. Al menos, no los buenos—.

—Pero tú estarás conmigo, tío. Para ayudarme—.

Una fría sensación se clavó en el corazón de Xin Zhao. —Temo... que eso no podrá ser posible—, dijo.

Xin Zhao estaba atribulado. Le había jurado lealtad al rey Jarvan y nunca desafió una orden suya durante sus veinte años de servicio.

—Mi lugar es aquí, protegiéndolo, mi señor—, dijo.

El rey Jarvan se frotó los ojos, de pronto parecía estar cansado.

—Tu deber es con Demacia—, dijo el rey.

—Usted es el rey—, respondió Xin Zhao. —Usted es Demacia—.

—¡Demacia es más grande que cualquier rey!—, gritó Jarvan. —No lo discutiremos más. Es una orden—.

La intuición de un peligro venidero gritaba dentro de Xin Zhao, pero su devoción al deber la silenció.

—Entonces, así se hará—, respondió.

Con una reverencia, se dio la vuelta y salió de la habitación.

—Hice una promesa, hace mucho tiempo—, dijo Xin Zhao. —Si algún daño le ocurría a su padre, mi vida estaría perdida—. —¿Y cuántas veces salvaste la vida de mi padre?—, dijo Jarvan, con una severidad repentina. En ese momento, ante los ojos de Xin Zhao, se parecía mucho a su padre. —Yo presencié al menos tres ocasiones con mis propios ojos. Sé que hubo otras—.

Xin Zhao frunció el ceño.

—Mi honor es mi vida—, dijo. —No podría vivir con la vergüenza de retractarme de mi palabra—.

—¿A quién le hiciste esa promesa?—.

—A la mariscal superior Tianna Guardia de la Corona—.

Jarvan frunció el ceño.

—Cuando entraste al servicio de mi padre, le juraste lealtad a Demacia, ¿no es así?—.

—Por supuesto—.

—Tu juramento fue con Demacia—, afirmó Jarvan. —No con mi padre. Ni con nadie más. Tu deber con Demacia lo supera todo—.

Xin Zhao miró al príncipe. Se parece tanto a su padre.

—¿Pero qué sucederá con la mariscal superior?—.

—Yo me encargaré de Tianna—, dijo Jarvan. —En este momento, necesito que cumplas con tu deber—.

Xin Zhao emitió un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.

—¿Me servirás como senescal, tal y como le serviste a mi padre?—, preguntó Jarvan.

Xin Zhao parpadeó. Unos momentos antes, había estado seguro de que Jarvan lo asesinaría... y no sentía que eso careciera de justificación.

Dudó por un momento, sus emociones estaban confundidas, su mente vacilaba.

—Xin Zhao... tío—, dijo Jarvan. —Nuestro reino te necesita. Yo te necesito. ¿Lo harás? ¿Por mí?—.

Despacio, como si estuviera esperando a que Jarvan cambiara de opinión, se postró sobre una rodilla.

—Será un honor... mi rey—.

Jarvan caminó con Xin Zhao a través del palacio, hacia la sala de consejo. Los consejeros de su padre... no, sus consejeros, Xin Zhao se corrigió a sí mismo, estaban esperando. Había soldados por todas partes. El batallón de élite de Demacia, la Vanguardia Valerosa, fue convocada para reforzar la seguridad en el palacio, por lo que estaban custodiando cada entrada con atención y disciplina.

La expresión de Jarvan era seria, su porte era majestuoso. Solo Xin Zhao había presenciado la efusión de emociones en la sala de entrenamiento. Ahora, frente a los sirvientes del palacio, los nobles y la guardia, tenía el control absoluto.

Bien, pensó Xin Zhao. Los habitantes de Demacia necesitan verlo firme.

Todos aquellos con quienes se cruzaron en el camino se arrodillaban frente a él e inclinaban sus cabezas en reverencia. Continuaron caminando con pasos largos y decididos.

Jarvan se detuvo ante las grandes puertas del consejo.

—Una cosa, tío—, dijo, dando la vuelta hacia Xin Zhao.

—¿Mi señor?—.

—La carta que mi padre quería que entregaras—, dijo. —¿Qué le sucedió?—.

—La tengo aquí—, respondió Xin Zhao. La desenganchó de su cinturón y le entregó el estuche de cuero.

Jarvan la tomó, abrió el estuche y desenrolló la vitela que estaba adentro. Sus ojos iban de un lado a otro mientras leía las palabras de su padre.

Xin Zhao vio cómo la expresión de Jarvan se endureció. Después, aplastó la carta con ambas manos, retorciéndola como si estuviera apretando un cuello, antes de devolvérsela.

—Destrúyela—, dijo Jarvan.

Xin Zhao lo miró conmocionado, pero Jarvan ya se estaba alejando. Asintió a los guardias que estaban de pie en ambos lados y se abrieron las puertas del consejo. Aquellos sentados en la mesa larga se pararon al unísono, antes de hacer una reverencia. Las llamas crujieron en la chimenea que se encontraba en la pared del sur.

Varios asientos en la mesa estaban vacíos. El rey no fue el único en perecer en el ataque del día anterior.

Xin Zhao se quedó sosteniendo la carta arrugada, anonadado, mientras Jarvan se movía hacia la cabecera de la mesa. Miró de vuelta a Xin Zhao, quien seguía de pie en la puerta.

—¿Senescal?—, dijo Jarvan.

Xin Zhao parpadeó. Al costado derecho de Jarvan estaba la Mariscal superior Tianna Guardia de la Corona, quien lo miraba con una peligrosa frialdad. En el costado izquierdo estaba el esposo de Tianna, mirándolo de la misma manera; él era el destinatario de la carta del rey, el líder de la orden de los cazadores de magos. Xin Zhao los miró para después ver directamente a Jarvan, quien alzó sus cejas inquisitivamente.

Sin mayor reparo, Xin Zhao entró a la habitación y tiró la carta al fuego.

Después, tomó su lugar, de pie detrás de su rey. Deseó que la profunda preocupación que sentía de pronto no fuera visible.

—Comencemos—, dijo Jarvan.

Referencias

 v · e
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