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Historia corta

Saliendo de Weh'le

Por Michael McCarthy

—Ah... ¡Oye! ¡Bo'lii! —grito. —Me cortaste de más ¿no crees?

Lore

—Ah... ¡Oye! ¡Bo'lii!—, grito. —Me cortaste de más ¿no crees?—

Levanto la cabeza y giro sobre el tapete de mimbre sobre el que me encuentro boca abajo, para mirar directamente a los ojos del vastaya arrodillado sobre mí. Puedo sentir cómo la sangre escurre por mi espalda.

—¿Qué te parece si lo haces con un poco más de cuidado?—, añado.

Bo'lii retira de mi hombro su qua'lo y mulee, las herramientas de un tatuador, como un martillo y un cincel, hechas con hueso de serpiente. Algunos usan otros animales o metal, pero los huesos de serpiente son lo suficientemente huecos para dar a la tinta la delgada línea que un maestro como Bo'lii requiere para trabajar. Un poco más de mi sangre gotea del mulee y cae sobre mi espalda. Él sonríe, la limpia con un retazo de lino viejo y sacude su cabeza. Después, levanta las manos y se encoge de hombros, como si me preguntara ¿quieres que me detenga?

Las palabras no salen de su boca. Los soldados noxianos le arrancaron la mayor parte de su lengua mucho antes de que yo comenzara a venir aquí. Pero lo conozco lo suficientemente bien para saber lo que dice con una mirada. Su trabajo hace que un poco de incomodidad valga la pena.

¿Y la sangre? Puedo soportar un poco de sangre. Mucha, si no es la mía.

—Solo limpia un poco, ¿sí? Creo que no tenemos mucho tiempo—, le digo.

Bo'lii comienza a golpetear el mulee con el qua'lo y añade la tinta. Él tiene las mejores tintas, de tonos variados hechos con frutos silvestres Raikkon triturados, y con pétalos de flores encantados que solo se encuentran en el lado sur de los acantilados Vlonqo. Es un artista y me honra ser su lienzo.

Comencé a venir a Weh'le poco tiempo después de que dejé de escuchar a Shen Shen. ¿Todos esos años en la Orden Kinkou —procediendo con precaución—? No. Shen estaba equivocado sobre eso. Estaba equivocado de mí.

Las restricciones nunca han sido lo mío.

Vuelvo a girar sobre el tapete y apoyo mi barbilla sobre mis manos. Mantengo la mirada hacia la puerta que conduce al interior de la taberna de Bo'lii. El lugar es limpio, pero en el aire se respira una culpa densa. La taberna alberga a todo tipo de ladrones, renegados y malas decisiones. La gente viene a este lugar para negociar una forma de salir de Weh'le. Para salir de Jonia. Porque entrar a Weh'le es difícil... pero salir lo es aún más.

Weh'le es un puerto fantasma, una aldea costera oculta, protegida de las propiedades místicas de Jonia. A diferencia de Fae'lor, no admite forasteros, y no la hallarás en los mapas. De hecho, si Weh'le llega a aparecer, siempre es bajo sus propios términos, desafiando a la gente a hacer estupideces.

La mayoría de las personas se aproximan desde los mares, soñando con riquezas, descubrimientos, o incluso con nuevos comienzos... pero sus esperanzas se derrumban en un instante. Primero, la costa que los invocaba se desvanece detrás de un denso muro de niebla azul cobalto, crepitando con poder arcano. La marea sube y cae violentamente antes de liberar torrentes de olas devastadoras. Mientras los sobrevivientes intentan aferrarse a su embarcación fragmentada, la niebla se desvanece por un breve momento, permitiéndoles ver las linternas parpadeantes de Weh'le despidiéndose cruelmente antes de que el agua los arrastre hacia el fondo de la Bahía Sin Aliento.

No puedo hacer nada por esas personas. No son mi gente. No son mi problema.

Bo'lii deja de golpetear. Estoy aquí por alguien completamente diferente.

Siento el fardo que tengo contra el muslo. Me tranquiliza, aunque preferiría tenerlo a mi espalda. Desde ahí, podría lanzar tres kunai kunai directo a tres corazones, guiada por mi instinto. Tres asesinatos sin premeditarlos. Pero, desde donde está ahora, tendría que pensarlo un poco.

Levanto la vista justo a tiempo para ver al hombre entrar por la puerta delantera. Está rodeado por tres guardias, con sus trajes de batalla.

—Bueno, eso lo hace fácil... me pregunto, ¿a cuál se supone que debo matar?—, me burlo.

Bo'lii se ríe. Aún puede hacerlo, aunque no tenga lengua. Tiene un sonido un poco extraño, pero es una risa auténtica. Vuelve a negar con la cabeza y hace eso que suele hacer. Con una serie de movimientos de manos y asentimientos con la cabeza me dice que, esta vez, intente hacer mis negocios afuera, después de que salgan de su establecimiento.

—Sabes que no puedo prometerte eso—, digo mientras reviso mi fardo, y giro hacia el alboroto de la taberna.

Me detengo en la entrada y lo volteo a ver.

—Haré lo que pueda—, le afirmo, antes de colocar la máscara sobre mi rostro. No tengo problema con que me vean, pero si ven que me estoy riendo de ellos, creo que sería demasiado.

El hombre con los guardias es de mi gente... un concejal superior de Puboe, un lugar cerca de la Orden Kinkou. Pero, al igual que muchos otros, vendió a su gente a los invasores a cambio de oro y tránsito seguro hacia Weh'le, y más allá. Así que, ahora él es mi problema.

Pero no llegará más lejos. Por supuesto, pude haber acabado con él mientras dormía en la posada o cuando acampaban en la carretera camino a Weh'le, pero ¿qué tendría eso de divertido? Quiero que pruebe el aire salado. Quiero que sienta alivio antes de que llegue el fin. Pero también quiero que los demás lo vean pagar por sus crímenes y comprendan que no serán tolerados.

Las acciones tienen consecuencias.

Me acerco sin emitir un solo sonido. Sus manos están temblando mientras dirige un tarro de malta hacia sus labios. Los guardias se colocan en posición defensiva cuando se percatan de mi presencia. Estoy impresionada.

—Es agradable ver modales por aquí, para variar—, digo con una sonrisa que no pueden ver.

—¿Qué te trae por aquí, chica?—, pregunta uno de ellos a través de una manchada y dañada placa de acero.

—Él—, digo señalando con mi kama kama. Brilla con las tonalidades de magia con las que fue forjado. —Él es lo que me trae por aquí—.

Los guardias sacan sus armas, pero antes de que puedan dar un paso hacia mí, desaparecen en un anillo cegador de humo denso anillo cegador de humo denso. Los kunai comienzan a volar, golpeando a sus objetivos con un placentero chasquido de carne y huesos.

Uno. Dos. Tres.

Pasos.

Lanzo dos kunai más en esa dirección. Un golpe metálico, seguido del TONK, TONK que generan al rebotar en los muros.

Más pasos.

—Ahh, ¡vas a sangrar!—, advierto, lanzando un shuriken shuriken desde mi cadera mientras recorro la habitación, siguiendo su rastro.

Me abro paso a través del humo y veo al último guardia desplomándose al suelo, a un lado de la puerta. Los tres filos están incrustados profundamente en su tráquea... puedo ver cómo su pecho asciende y desciende con gran ligereza. Lo tomo por el cuello y lo levanto, solo para asegurarme.

—Casi...—, susurro.

En ese instante, escucho un gorgoteo a mis espaldas. Me doy la vuelta y encuentro al concejal entre el humo menguante, desangrándose en el suelo. Tiene los ojos abiertos, apuntando hacia atrás y hacia delante por toda la taberna, cuestionándose qué acaba de ocurrir.

Ahora luce muy apacible.

Referencias

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