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Historia corta • Lectura de 9 minutos

Sai Kahleek

Por Odin Shafer

Seis muchachos y un camello. Era más fácil reemplazar a los muchachos que al animal. Algunos eran huérfanos, otros eran esclavos que habían escapado, pero la mayoría eran rechazados, adolescentes abandonados cuyas familias eran demasiado pobres como para mantenerlos. Cuando Shahib le ofreció trabajo, Jaheje llevaba varios días sin comer.

Lore

Seis muchachos y un camello. Era más fácil reemplazar a los muchachos que al animal. Algunos eran huérfanos, otros eran esclavos que habían escapado, pero la mayoría eran rechazados, adolescentes abandonados cuyas familias eran demasiado pobres como para mantenerlos. Cuando Shahib le ofreció trabajo, Jaheje llevaba varios días sin comer.

Solo los más desesperados se atrevían a cruzar el Sai Kahleek, pero aquellos con magros recursos hacían trueques con Shahib. Jaheje observaba al mayor de los muchachos a través del brasero. Shahib se había dejado crecer algunos mechones de incipiente barba en las mejillas, y su voz ya no se quebraba cuando hablaba. Muy pocos chicos sobrevivían más de un par de temporadas durante la cruzada del desierto. Nadie decidía arriesgarse a la travesía luego de ganar algún dinero. Nadie lo hacía excepto Shahib, quien llevaba casi diez años caminando por el Sai Kahleek.

Shahib chifló y los demás muchachos corrieron a su lado. Les mostró cómo cortar los callos de los pies.

—Sientan cada paso—, les instruyó. —Comiencen con su dedo grande, y luego sigan con el resto del pie hasta que toquen el piso. Ahí es cuando deben cambiar el peso hacia el pie de atrás—. Se puso de pie y les mostró cómo moverse dando zancadas largas y silenciosas.

—Practiquen—, les explicó. —Si el camello va a paso muy lento, revelará nuestra presencia. Deben ser silenciosos, y deben ser rápidos—.

Los pies de Jaheje sangraban mucho el primer día. Casi se desmaya del dolor. Practicó poco tiempo después de que la caravana se detuviera y el suelo se enfriara. Al cuarto día, el dolor era tan intenso que andaba con un trozo de cuero en su boca para morderlo y aplacar la aflicción. Shahib lo felicitó por esa técnica. Se reía mientras les indicaba a los demás muchachos que también la adoptaran.

—Miren—, les dijo. Jaheje guarda más silencio que yo. —Copien sus movimientos. Cada paso debe ser tan silencioso como los de un ratón, y cada zancada debe ser tan larga como las de una gacela. Sí, así se sobrevive al Sai Kahleek—.

Jaheje, que añoraba recibir tanto los elogios de parte del mayor de los muchachos como el entrenamiento que necesitaba para sobrevivir, lo seguía a todas partes. Lo observó descansar con un pie alzado y envuelto en el colgante de la lanza. Lo observó volver a atar el colgante de la lanza cada mañana, asegurándose de que la tela cortada de la bandera flameara como las hojas de una palmera del desierto. Lo observó analizar el patrón del desierto con sus ojos una y otra vez hasta que los cerraba solo para dormir.

Luego de la segunda luna, llegaron. Desde la cima de las dunas, Jaheje pudo ver el esqueleto del dios muerto. Nadie sabía qué había sido en vida aquel monstruo, pero sus costillas gigantes, cuyas sombras sepultaban a la caravana a medida que esta se abría paso, rastrillaban el cielo. Sus huesos indicaban la entrada al Sai Kahleek.

Los norteños llamaban mar de huesos al Sai Kahleek, pero esta era una traducción errónea. Las tribus Laaji nunca habían visto un océano. Sai era la palabra que los Laaji usaban para describir a las planicies de arena y abarrotadas de piedras, lo que las volvía una superficie lenta y dolorosa para caminar. Significaba que la tierra estaba repleta de túneles túneles. Significaba que los Xer'Sai cazaban en este lugar. Significaba que la muerte acechaba bajo la arena.

Los muchachos partieron antes del amanecer, arrastrando al viejo camello detrás de ellos. Le llevaban medio día de ventaja a la caravana.

Jaheje encontró el primer túnel el segundo día. Al verlo, hizo flamear su bandera. Shahib caminó con sigilo hacia él. Se acercaron con cuidado al túnel y se detuvieron a unos cuantos metros de su boca. La abertura no era mucho más grande que un melón, pero allí se fermentaban unos vapores venenosos, signo de actividad en su interior. Shahib ordenó regresar a uno de sus muchachos para cambiar de curso a la caravana.

Jaheje miró hacia atrás y le preguntó a Shahib:

—¿Podemos matar a un Xer'Sai así de grande?—

—Su piel endurece con el tiempo—, le respondió Shahib mientras se rascaba el mentón. De a poco, una sonrisa se dibujaba con algo de orgullo. —En la temporada anterior, maté a uno del tamaño de un chacal. Perdimos al camello, pero acabé con él—.

Jaheje sonrió; disfrutaba del alarde de su mentor. Pero entonces, preguntó:

—¿Rek'Sai Rek'Sai existe?—

Shahib se quedó helado; su humor cambió de repente.

—La he visto—.

Pero antes de que pudiera seguir preguntando sobre la famosa bestia, Shahib se levantó y le dijo a Jaheje que siguiera camino. Se alejaron a rastras del túnel; escuchaban, esperaban, vigilaban el horizonte para detectar algún movimiento.

Cuando Jaheje escuchó la primera campanada, le llevó un tiempo procesar el mensaje. Algo venía detrás de ellos, desde el este. Había estado tan enfocado en los túneles ocultos que olvidó vigilar el horizonte.

El camello rebuznó, y Jaheje buscó las lanzas señalizadoras de los demás muchachos en la distancia. Pudo ver las tres banderas al filo de donde alcanzaba su vista.

La campana volvió a sonar. El muchacho que había visto a la Xer'Sai hacía sonar la campana para confundir a la bestia. Jaheje tuvo que desviar la trayectoria del camello para alejarlo de la caravana y dirigirlo hacia los vigías. Si los vigías no habían sido asesinados aún, la Xer'Sai seguiría al camello, lo que la alejaría de la caravana. Esto permitiría a los vigías poder retirarse sin peligro alguno.

Jaheje divisó a Shahib; vio cómo corría hacia él. El enjuto adolescente había abandonado el sigilo y ahora corría tan rápido como podía hacia el camello y Jaheje. Shahib soltó su lanza cuando de golpe apareció una nube de polvo detrás de él.

Jaheje corrió hacia la campana gigantesca que estaba amarrada al camello. La tiró al suelo y la golpeó con todas sus fuerzas. El ruido era ensordecedor, a pesar de que la tierra amortiguaba el sonido. Siguió dándole golpes, pero la nube de polvo que perseguía a Shahib nunca cambió de dirección. Ganaba terreno con cada segundo que pasaba.

En ese momento, parecía que había rebasado a Shahib con seguridad. En lugar de correr o esquivar, se quedó quieto y gritó:

—¡No se muevan!—

Los demás muchachos se quedaron tan quietos como sus cuerpos les permitían. En ese mismo instante, el camello viejo comenzó a correr.

Y luego, antes de que pudiera pronunciarse una sola palabra, una energía los azotó, como si se hubieran estrellado contra un muro. Jaheje tenía los pelos de punta.

—Está cerca—, murmuró Jaheje.

—No—, advirtió Shahib. —No está cerca. Es enorme—, dijo, y por primera vez Jaheje pudo ver el verdadero terror en el rostro del mayor de los muchachos.

Shahib buscó en el desierto: una aleta, una nube de polvo, lo que fuera. Luego calculó la distancia.

—La caravana está muy lejos. Si persigue al camello, podremos llegar a las rocas—.

Jaheje giró en desesperación; buscó a la criatura que se ocultaba.

—¡¿Dónde está?!—

En la distancia, escucharon al camello rebuznar de dolor. Los gritos del animal cesaron de forma abrupta.

—¿Qué podría matar a un camello tan rápido?—, preguntó Jaheje.

Shahib aceleró el paso.

—Tenemos que llegar a las rocas—, insistió.

Fue entonces que comenzaron a correr.

Cuando Shahib dio la orden de detenerse, se detuvieron. Cuando indicó caminar en silencio, lo hicieron. La única esperanza que tenía Jaheje era que Shahib viera lo que él no podía ver.

Pero las rocas negras parecían alejarse de ellos. Nunca parecían acortar distancias; no importaba cuantos pasos dieran. Corrían mientras las nubes cubrían el sol y el desierto se volvía negro. Corrían mientras el viento borraba sus huellas. Corrían sabiendo que tenían a la Xer'Sai detrás de ellos, sabiendo que escuchaba cada uno de sus pasos en falso, cada tropiezo. Corrían sabiendo que los seguía, que cada error la acercaba más a ellos.

Cuando Jaheje la vio, reconoció algo parecido a una boca gigante que se tragaba las rocas, y de ella emanaban vapores que aullaban amenazadores. La entrada al túnel era tan grande que hasta pudo haberla atravesado estando erguido, sin agachar la cabeza.

—Rek'Sai—, susurró; el asombro era tan grande como el terror que sentía. Cuando se dio vuelta y vio a su alrededor, se dio cuenta de que los túneles gigantes de la criatura estaban diseminados por toda la piedra negra.

El joven Xalee le dio voz al horror que todos comprendían:

—Puede atravesar las rocas—.

Los peñascos que pensaban que serían su salvación eran en realidad la guarida de Rek'Sai.

—Debemos volver y tratar de llegar a la caravana—, sugirió Xalee.

—Inténtalo si quieres—, contestó Shahib.

—Podemos caminar con sigilo—.

—Un día de viaje—, advirtió Shahib. —¿Puedes caminar sin emitir sonido alguno durante un día entero?—

—¿Qué harías tú, Shahib?—, preguntó Jaheje.

—Si volvemos, moriremos en el Sai Kahleek. Prefiero avanzar y rezar por que un guardián me esté vigilando—.

—¿A dónde lleva este valle?—, preguntó Xalee.

—No importa a dónde lleve. Es nuestra única opción—.

Se movieron con mucho cuidado entre los peñascos; entraron a un valle con la esperanza de encontrar algo de agua. Era imposible esquivar los monstruosos túneles. Cada uno de los muchachos rezaba para que Rek'Sai no los hubiera escuchado a ellos sino a la caravana que se encontraba lejos de allí.

La luz del alba trepó por el borde del valle y reveló el obstáculo inhóspito al que tendrían que enfrentarse. Resultaba imposible caminar sin hacer ruido en el cañón, ya que el suelo estaba cubierto de huesos regados por doquier. El sonido de cada paso hacía eco; un eco vacío y sin vida.

Se abalanzó desde un agujero que pasó desapercibido, uno que parecía estar vacío, muerto. Todo se volvió borroso para Jaheje.

—¡Atrás!—, gritó Shahib a los demás. —¡Corran en la dirección del viento!—

La advertencia llegó tarde para Xalee. La criatura derribó al muchacho como un lobo a un ratón. Sus colmillos colmillos gigantes desgarraron la columna de Xalee antes de que pudiera siquiera gritar.

Rek'Sai se irguió frente a Jaheje; era del doble de su tamaño. Sus extremidades anteriores extremidades anteriores lo acechaban a diestra y siniestra. Su cola, que parecía una sanguijuela y superaba por mucho el tamaño de un caimán, se arrastraba detrás de su cuerpo. Su larga lengua asomó por su boca; se movía de un lado a otro como una cobra; olfateaba el viento.

Jaheje podía sentir cómo cada uno de sus músculos añoraba moverse. Estaba paralizado, y la gran Xer'Sai volteaba hacia donde estaba él. La sangre cubría su rostro sin ojos y su pico blindado.

Su aspecto fatal resultaba tan extraño y perfecto que Jaheje no tuvo otra reacción que dejar caer su mandíbula en asombro. El muchacho tomó su lanza con la certeza de que no podría perforar la piel blindada de la bestia en caso de que lo atacara.

—¡Al suelo!—, Gritó Shahib.

Todos se echaron cuerpo a tierra; la aleta de Rek'Sai latía con un verde violento. Jaheje podía sentir crujir sobre él la energía invisible.

La Xer'Sai giró y observó a la caravana en la lejanía. Su lengua volvió a olfatear el aire y calculó la distancia. De repente, la aleta volvió a su color violeta original y arrastró el cuerpo de Kall al interior del túnel.

Salvo por el espeso charco de sangre y la ausencia de Xalee, no quedó rastro de la gran bestia.

En voz queda, Shahib ordenó partir. Los sobrevivientes se retiraron en silencio hacia las profundidades del cañón.

Nadie hablaba. La piedra negra, cubierta de túneles, les había quitado la habilidad de hablar, de llorar, de lamentarse.

Una vez liberado del hechizo, el cansancio recayó sobre él. Jaheje miró alrededor de las paredes del cañón. Enseguida se dio cuenta de la enormidad de la amenaza que los acechaba y de por qué Shahib había decidido acelerar. Desde la época de Omah 'Azir Omah 'Azir, cuando la piedra era arcilla y Shurima se construía para el sol sol, Rek'Sai ya se alimentaba en este lugar. El valle era solo de ella. Y todos creían que la única razón de ser de los Xer'Sai era comer.

—¿Pero por qué se quedan aquí?—, se preguntó Jaheje en voz alta.

De repente, apareció el monstruo. Emergió del suelo suelo delante de ellos y arremetió contra Jaheje.

Jaheje se agachó y la esquivó. Rek'Sai pasó por encima de él; cubrió el sol con su cuerpo. Sus extremidades anteriores perforaron el piso piso al aterrizar para luego desaparecer de la superficie.

VezKah, el más joven de todos, se ocultaba en los arbustos. Le hizo gestos a Jaheje para que se acercara a su escondite. En ese momento, el terror lo dejó con la boca abierta. Un pulso de energía oscura se desprendió de la aleta de Rek'Sai; rajaba la tierra a medida que avanzaba hacia VezKah. La tierra se desquebrajó, destrozó el piso y lanzó al muchacho por los aires. VezKah se desplomó en el piso; la aleta se dirigía a gran velocidad hacia ellos.

Juntos, Shahib y Jaheje salieron corriendo del barranco tan rápido como pudieron.

La criatura avanzaba a los tumbos, pero luego redujo su ritmo para acoplarse al patrón zigzagueante de su persecución. Continuó en pos de ellos hasta lo profundo del valle. A medida que avanzaba, bloqueaba cualquier camino de escapatoria.

De nada servía caminar sin hacer ruido a estas alturas. Estaba demasiado cerca. Su única opción era correr.

Cuando Caleeb no pudo más, Rek'Sai lo alcanzó. Al ver esto, Shahib se detuvo. Recogió la lanza de Caleeb y esperó. El aire que lo rodeaba se agitaba y torcía en el agua como un reflejo.

—¿Qué haces?—, murmuró Jaheje.

—Seré el camello. Vete en silencio—. Shahib reconoció los muros que los rodeaban. —Dile a otros lo que has visto aquí—.

Jahej cambió la vista hacia donde Shahib miraba. Detrás de él, los túneles habían separado a las rocas del peñasco en un patrón de círculos que se cruzaban entre sí. De ellos fluía una conexión de lo más extraña de energía oscura que chorreaba un líquido espeso como si fuera tinta negra. A través de esta matriz, una realidad incomprensible se doblaba y retorcía, como si otro plano de existencia se preparara para entrar a nuestro mundo.

La verdadera guarida de la Xer'Sai era un túnel no terminado que se encontraba oculto en este valle remoto. Un portal que daba a un mundo de pesadillas, donde estas criaturas habían nacido, donde cosas aún más horripilantes aguardaban con ansias en las puertas de este túnel incompleto para entrar a nuestro mundo.

—Muévete, Jaheje—, dijo Shahib con un atisbo de sonrisa. —Cada paso debe ser tan silencioso como los de un ratón, y cada zancada debe ser tan larga como las de una gacela. Debes salir con vida del Sai Kahleek—.

Jaheje había llegado al peñasco más lejano cuando escuchó el grito. Jaheje dio media vuelta para ver; bajó su pie y luego deslizó su talón en el suelo, tal y como se lo había enseñado Shahib.

Mientras lo hacía, pudo escuchar a la gran bestia masticar los huesos de su maestro.

Jaheje vio cómo Rek'Sai abrió sus fauces y escupió una bola pegajosa de energía oscura. Esto era lo que quedaba del cuerpo estropeado de Shahib. La bola giraba a medida que unos zarcillos goteaban y caían al piso; se pegaban y estiraban mientras Rek'Sai la manipulaba y convertía en un patrón, al cual unió entre dos de los túneles.

Jaheje apartó su vista, giró en silencio y se marchó de forma sigilosa del valle.

Al día siguiente, Jaheje había sudado la última gota. Podía sentir cómo sus ojos secos arañaban sus párpados. Sus labios se hincharon y se abrieron, aunque no derramaron ni una gota de sangre.

Cuando sus pantorrillas no dieron más, cuando los calambres y la deshidratación lo agobiaron y ya no pudo seguir caminando en silencio, cayó rendido al suelo y se echó a llorar. Lloró por los días de hambre que sufrió antes de unirse a la caravana de Shahib. Lloró por saber que sus padres lo habían abandonado a él en vez de a sus hermanos. Lloró por Shahib, la primera persona que le demostró algo de bondad. Esas últimas lágrimas fueron las que lo hicieron olvidar sus piernas acalambradas y ponerse de pie. Jaheje avanzó a los tumbos, aún sabiendo que cada paso atolondrado revelaría su posición a cualquier Xer'Sai cercano.

Cuando Jaheje llegó al gran río Renek Renek y contó su historia, pocos le creyeron. Pero pronto, todos aquellos que intentaba cruzar el Sai Kahleek con recursos magros, comenzaron a hacer trueques con Jahege. Y Jaheje les mostró a los muchachos rechazados cómo cortar los callos de sus pies y cómo caminar en silencio al deslizar sus talones. Les enseñó cómo sobrevivir al Sai Kahleek, y les advirtió a sus estudiantes de un monstruo llamado Rek'Sai.

Referencias

 v · e
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