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Historia corta

Regreso a Casa

Por Michael Luo

Las hojas marchitas caen de las ramas que se estremecen, mientras una ráfaga de viento sopla por las laderas de la montaña. Con los ojos cerrados y las manos dobladas, Yi levita a unos cuantos centímetros del suelo, al tiempo que escucha los cantos matutinos de los arrendajos de Bahrl. La brisa fría toca su rostro descubierto, cosquilleando su ceja.


Lore

Las hojas marchitas caen de las ramas que se estremecen, mientras una ráfaga de viento sopla por las laderas de la montaña. Con los ojos cerrados y las manos dobladas, Yi levita a unos cuantos centímetros del suelo, al tiempo que escucha los cantos matutinos de los arrendajos de Bahrl. La brisa fría toca su rostro descubierto, cosquilleando su ceja.

Dejando escapar un suspiro silencioso, desciende hasta que sus botas tocan la tierra. Abre los ojos y sonríe. Los cielos despejados ofrecen una vista inusual y amigable.

Yi sacude su túnica y se percata de algunos cabellos caídos. En su mayoría son negros, y un par son blancos, como de seda salvaje.

¿Cuánto tiempo ha pasado?, se pregunta.

Con una bolsa de tela colgada sobre su hombro, continúa su travesía, dejando atrás árboles que alguna vez se balancearon con vida, pero que hoy permanecen inmóviles.

Yi echa un vistazo hacia la pendiente de la montaña para ver cuánto ha avanzado. Las tierras que yacen debajo son delicadas y frágiles: son tesoros que deben protegerse. Concentra la mirada hacia delante y continúa el ascenso. En el sendero por delante, los lirios comienzan a marchitarse y sus pétalos corales se tornan marrón enfermizo.

—No esperaba ver a alguien aquí arriba—, clama una voz.

Él se detiene para escuchar, su mano sujeta la anillada espada que pende de su cintura.

—¿También estás buscando a tu rebaño?—. El sonido de la voz se vuelve más próximo. —Bestias estúpidas. Siempre las capturan en esta zona—.

Yi observa a una granjera envejecida acercándose, y afloja la tensión sobre la espada. Viste una falda simple, cosida con retazos de tela variada. Él hace una leve reverencia mientras ella se acerca.

—Bah, guarda tus códigos de etiqueta para los monjes—, dice ella. —No parece que vivas de trabajar la tierra, porque esas cuchillas no son para cortar maleza. ¿Qué te trae por aquí?—.

—Es un buen día para dar un paseo—, contesta Yi, con inocencia fingida.

—Así que estás aquí para entrenar, ¿eh? ¿Noxus volverá tan pronto?—, pregunta ella con una risita.

—Donde el sol se pone una vez, lo volverá a hacer—.

La granjera resopla al reconocer el viejo proverbio. Es conocido en la mayoría de las provincias del sur. —Bueno, avísame cuando vuelvan. Ese será el día en que yo abandone esta isla, pero hasta ese momento, ¿por qué no le das un buen uso a esas espadas y ayudas a esta anciana frágil?—.

Le hace señas a Yi para que la siga. Él obedece.

Se detienen junto a un área boscosa. Hay una cría de takin que gime en agonía. Tiene las patas traseras atadas con vides gruesas e hinchadas que se tensan conforme la criatura forcejea.

—Ese de ahí es Lasa—, explica la granjera. —Es joven y tonto, pero me es más útil en el campo que estando aquí atrapado en esta montaña maldita—.

—¿Crees que fue maldecida?—, pregunta Yi, arrodillándose junto a la bestia. Toca con su palma su espalda lanuda, sintiendo cómo sus músculos se retuercen y se contraen.

La granjera se cruza de brazos. —Bueno, algo no espiritual ocurrió aquí—, contesta ella, asintiendo con la cabeza hacia la cima. —Y sin magia natural, la tierra exige sustento, incluso si este implica sacrificar vidas. Si a mí me preguntas, lo que sea que esté allá arriba debería arder en llamas—.

Yi observa las vides. Él no esperaba verlas tan abajo en la montaña.

—Veré qué puedo hacer—. Murmura y extrae dos cuchillas de latón de sus botas. Cuando el acero se acerca a la atadura, las vides parecen acobardarse.

El momento se extiende. Las gotas de sudor generan picazón en el rostro de Yi. Él cierra los ojos.

—Emai—, susurra en la lengua de sus ancestros. —Fair—.

El ser atrapado da un brinco para liberarse y deja escapar un balido agudo de felicidad. En el suelo, las vides cortadas cuelgan como piel suelta.

La bestia se apresura cuesta abajo, disfrutando de su libertad mientras que la granjera la persigue. Toma al takin con ambas manos y lo abraza, acercándolo a su pecho.

—¡Gracias!—, exclama, sin percatarse de que Yi ya se había puesto en camino. Ella le grita. —¡Oye! Olvidé preguntarte. ¿Para qué estás entrenando? La guerra ya terminó.—.

Él no mira hacia atrás.

No para mí.

Tras otra hora de recorrido, Yi llega a los baldíos. Los restos de lo que alguna vez fue una aldea yacen ante él, invadidos por las mismas vides.

Es Wuju. Este era su hogar.

Yi se dirige a los cementerios, pasando por encima de las vigas y la mampostería derribadas, de los escombros de casas, escuelas, templos... todas las piezas destrozadas se mezclan entre sí. Las ruinas del taller de sus padres están perdidas en algún lado entre los restos. Hay demasiado para lamentarse y no hay suficiente tiempo.

Las tumbas que visita están dispuestas en perfecta simetría, con espacio suficiente entre los montículos para que alguien pueda pasar. Alguien como Yi.

—El Wuju honra su memoria—.

Coloca una mano en la empuñadura de cada espada que perfora la tierra. Estos son sus memoriales para guerreros, maestros y estudiantes. Lo hace con cada uno de ellos.

—Que tu nombre sea recordado—.

—Descansa. Encuentra paz en la tierra—.

Su voz comienza a denotar cansancio.

Mientras que el cielo se pinta con tonos naranja, tres tumbas permanecen intactas. La más cercana está señalada con un martillo, cuya cabeza está oxidada por el aire de montaña. Yi saca un durazno de su bolsa y lo coloca junto al montículo.

—Maestro Doran, esto es de parte de Wukong. No pudo hacer el viaje conmigo, pero quería que le trajera su fruta favorita. A él le encanta su báculo, casi tanto como le gusta burlarse del casco que usted me entregó—.

Avanza hacia los dos montículos restantes, custodiados por vainas doradas.

—Emai, el clima es clemente hoy. Fair. Espero que estén disfrutando del calor—.

Yi toma sus dos espadas cortas y las desliza en las vainas que adornan las tumbas de sus padres. Encajan perfectamente. Se deja caer sobre sus rodillas e inclina la cabeza.

—Que su sabiduría continúe guiándome—.

Se pone de pie y saca el casco de su bolsa. El sol del atardecer atrapa sus siete lentes, cada reflejo tiene un tono distinto. Sosteniendo el casco cerca de su corazón, imagina el jardín de lirios que alguna vez existió ahí.

Eso fue antes de los gritos. Antes de que el ácido y el veneno retorcieran la magia de la tierra contra ella misma.

Se pone el casco y un caleidoscopio de su entorno llena su vista. Con las manos juntas, cierra los ojos y vacía su mente. Piensa en nada. En absolutamente nada. Sus pies se desprenden del suelo, pero él no es consciente de ello.

Cuando abre sus ojos, puede verlo todo. Muerte y putrefacción, con pequeños matices de vida.

Puede ver los espíritus que habitan en el reino que está más allá del suyo. Las vides aquí los atrapan tan fácilmente como al pobre takin, debilitando su esencia. Sabe que cualquier espíritu lo suficientemente fuerte como para liberarse habría abandonado ese lugar maldito. Lo que permanece está corrompido... o pronto lo estará.

Llantos tristes y afligidos atormentan el aire. Yi solía gritar de dolor, pero eso era hace mucho tiempo, cuando él pensaba que las lágrimas podían traer de vuelta a los muertos.

Parpadea y el mundo físico regresa. Por un momento, pretende que no carga todo el peso sobre sus hombros. Después parpadea nuevamente.

Los espíritus continúan gritando. Yi saca su espada anillada.

Se abalanza como una ráfaga, cruzando por los terrenos como un cambio de estación del cual uno solo se percata que ocurrió cuando ya ha pasado. En un destello, está de vuelta en el punto inicial, completamente quieto, con su espada descansando en su vaina.

Una a una, las vides se contraen. Algunas caen desde los techos derrumbados, otras se marchitan donde yacen.

Él se sienta, cruzando las piernas, para asimilarlo todo. Ahora los espíritus cantan con alegría y él sabe que no hay mayor señal de gratitud. Mientras se desvanecen, las tierras resuenan con felicidad. Las flores de durazno brotan donde la vegetación se había mantenido firme. Los tallos blandos de bambú se enderezan, como si fueran estudiantes a quienes les exigen atención.

Una sonrisa fugaz suaviza el rostro de Yi. Se quita el casco y mete la mano en su bolso, pasando por todas las cosas que trajo para el viaje. Frutas, semillas... char y un pedernal. Cosas para él y cosas para purificar la tierra de una vez por todas.

No ahora. Todavía no.

Toma una pluma de caña fina y un pergamino arrugado. La hoja está cubierta de marcas.

60

54

41

Hoy, Yi añade nuevas líneas. Debajo hay más palabras.

30 días entre limpiezas.

Él sabe que, dentro de poco, tendrá que incendiar su hogar y concederle a la granjera su deseo.

Pero no ahora. Todavía no.

Referencias

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