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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Reglas de Supervivencia

Por Graham McNeill

La espesura demaciana no es lugar para bandidos noxianos, pero es justo lo que Quinn encontró.

Lore

Quinn Quinn esperó a que los noxianos encendieran una fogata en el claro del bosque y bebieran dos botas de vino. Los soldados ebrios son fáciles de predecir. Ella quería que estuvieran lo suficientemente ebrios para volverse estúpidos, pero no imprudentes. Los descuidos pueden significar la muerte en la espesura y estos hombres acababan de cometer dos grandes errores. Encender una fogata era señal de que estaban demasiado confiados y el vino indicaba que estaban seguros de que no había nadie tras ellos.

Regla número uno: siempre da por sentado que hay alguien persiguiéndote.

Quinn se abrió camino por el barro sobre su estómago, usando sus codos para impulsarse hacia un leño podrido y ahuecado en el borde del claro. La lluvia había convertido al bosque en un lodazal y pasaría las próximas horas recogiendo insectos y gusanos de su ropa.

Regla número dos: La supervivencia nunca viene después de la dignidad.

Teniendo cuidado de no mirar directamente a la fogata y perder su visión nocturna, contó a cinco hombres, uno menos de lo que esperaba. ¿En dónde estaba el sexto hombre? Quinn comenzó a erguirse, pero se quedó quieta al tiempo que se le erizó el cabello de la nuca, una advertencia desde arriba.

Una figura se movió detrás de un árbol en la oscuridad. Un guerrero. Con una armadura de cuero negro. Se movía hábilmente. El hombre se detuvo, inspeccionó la oscuridad, la mano en todo momento sobre la empuñadura de alambre enrollado de su espada.

¿La había visto? Le pareció que no.

—Oye, Vurdin—, llamó uno de los hombres sentados alrededor de la fogata. —Será mejor que te apresures si quieres algo de este vino. ¡Olmedo se lo está tomando todo!—

Regla número tres: No hagas ruido.

El hombre maldijo y Quinn sonrió al notar su evidente frustración.

—Silencio—, murmuró. —Creo que te escucharon hasta en Noxus, maldición—.

—Agh, no hay nadie aquí, Vurdin. Los demacianos seguro están muy ocupados poniéndose la armadura y puliéndola en lugar de molestarse en venir tras nosotros. ¡Vamos, toma un trago!—

El hombre suspiró y regresó a la fogata, encogiendo los hombros. Quinn exhaló lentamente. Ese hombre tenía algo de talento, pero también creía que estaban solos en la espesura.

Regla número cuatro: No permitas que gente estúpida te arrastre a su nivel.

Quinn sonrió y levantó la vista para observar la mancha azul oscuro de su águila compañera contra las nubes de lluvia. Valor Valor agitó las alas y Quinn asintió, su comunicación sin palabras era perfecta después de tantos años juntos. Movió en círculos su puño derecho, después levantó tres dedos, sabiendo que Valor podía verla sin problemas y que entendería.

Regla número cinco: Cuando sea momento de actuar, hazlo decididamente.

Quinn sabía que tenían que eliminar a estos hombres en silencio y sin alboroto, pero afrentar a los noxianos tan cerca de Demacia era irritante. Quería que estos hombres supieran exactamente quién los había atrapado y que Demacia no era una cultura primitiva tribal que sería aplastada por la ambición noxiana. Habiendo tomado la decisión, se impulsó para ponerse de pie y se abrió paso hacia el campamento, como si el que estuviera ahí fuera lo más natural en el mundo. Se detuvo al borde de la fogata, con la capucha subida y el engrasado capote invernal cubriéndola de pies a cabeza.

—Entréguenme lo que robaron y nadie tendrá que morir esta noche—, dijo Quinn, apuntando hacia un bolso de piel cosido con el símbolo de la espada alada de Demacia.

Los noxianos se pusieron de pie, parpadeando mientras revisaban el borde del bosque. Buscaron a tientas sus espadas y Quinn casi se ríe al ver su sorpresiva ineptitud. El que casi la descubre escondió su asombro, pero se relajó cuando se dio cuenta de que estaba sola.

—Estás muy lejos de casa, niña—, dijo, levantando la espada.

—No tan lejos como tú, Vurdin—.

Vurdin frunció el ceño, sorprendido porque ella sabía su nombre. Quinn vio que su mente comenzó a trabajar, tratando de descifrar qué más sabía. Mantuvo su capote bien cerrado mientras los hombres se dispersaban para rodearla.

—Denme el bolso—, dijo Quinn con un dejo de aburrimiento en su voz.

—¡Atrápenla!—, gritó Vurdin.

Fueron sus últimas palabras.

Quinn movió el capote sobre su hombro y levantó el brazo izquierdo. Una flecha flecha negra de su ballesta de repetición se enterró en el ojo de Vurdin, quien cayó sin producir ningún sonido. Una segunda flecha desgarró el pecho del hombre a su izquierda. Los cuatro hombres restantes corrieron hacia ella.

Un chillido atravesó la noche cuando Valor descendió como un relámpago desde el cielo despejado. Sus alas hicieron un estruendo cuando las abrió ampliamente y giró en un arco mortífero. Con sus garras garras afiladas arrancó el rostro de un noxiano y con el pico partió el cráneo del soldado de al lado. El tercer noxiano logró levantar el arma, pero Valor le clavó las garras en los hombros y lo hizo caer al suelo. El pico del águila lo rebanó y el forcejeo del hombre cesó instantáneamente.

El último noxiano se dio la vuelta y salió corriendo hacia los árboles.

Regla número seis: Si tienes que pelear, mata velozmente.

Quinn se arrodilló y disparó un par de flechas de su ballesta. Perforaron la espalda del noxiano y le atravesaron el pecho. El hombre logró alcanzar el borde de los árboles antes de derrumbarse y quedarse quieto. Quinn se mantuvo inmóvil, escuchando los sonidos de la naturaleza, asegurándose de que no habían más enemigos en la cercanía. Los únicos sonidos que escuchó fueron los que se esperan escuchar en un bosque por la noche.

Se puso de pie y Valor voló hacia ella, tenía en sus garras el bolso de diligencias militares que habían robado los noxianos. Lo dejó caer y ella lo atrapó con su mano libre y con un delicado movimiento lo colocó sobre su hombro. Valor se posó en su brazo, el cuerpo estremeciéndose por la emoción de la cacería. Sus garras y pico estaban llenos de sangre. La cabeza del águila se ladeó y sus ojos dorados brillaron con diversión. Quinn sonrió, su vínculo con el ave era tan fuerte que ya comprendía sus pensamientos.

—También me preguntaba eso—, dijo. —¿Cómo es que estos noxianos se adentraron en Demacia?—

El águila dio un agudo chillido y ella asintió con la cabeza en señal de estar de acuerdo.

—Sí, es lo que estaba pensando. Vayamos hacia el sur—.

Regla número siete: Confía en que puedes contar con tu compañero.

Referencias

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