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Historia corta

Redimida

Por Phillip Vargas

Senna se despertó con un grito ahogado, de su respiración emanaba vaho en la fría noche.

Lore

Senna se despertó con un grito ahogado, de su respiración emanaba vaho en la fría noche. Bañada en sudor, sus brazos, piernas, cuello y espalda estaban cubiertos por una capa de arena. Un pensamiento solitario daba vueltas en su cabeza.

Tienes que llegar a Bilgewater Crest icon.png Aguasturbias.

Se enderezó y vio las aguas oscuras del arroyo Holnek fluyendo más allá de la ribera solitaria. Sus instintos la asaltaban de nuevo, le hablaban como lo habían hecho desde su niñez. Había aprendido hacía mucho tiempo a confiar en esos sentimientos y corazonadas... y ahora le estaban diciendo que debía irse.

Lucian Lucian se movió entre sueños. Giró y se llevó con él el saco de dormir, destapándola. Una suave brisa enfrió aún más su piel. Enterró los dedos de los pies en la arena, buscando calidez.

Había una merma inusual de Harrowings, así que viajaron al norte, al sudeste de Valoran, navegando río arriba hasta llegar a la frontera Noxus Crest icon.png noxiana. La pareja pasó un corto tiempo de descanso en soledad, lejos de la tormenta que era su vida; fue una oportunidad para redescubrirse después de los años de separación. Se sentía bien, como una capa bien gastada por el uso. Sus instintos la estaban arrancando del único refugio que ella y Lucian habían conocido desde que se habían reencontrado.

Tragó saliva para desatar el nudo creciente en su garganta y cerró los ojos, buscando en su corazón, deseando haber malinterpretado sus instintos, esperando que no fueran tan crueles ni tan implacables.

Pero la sensación continuaba.

Contempló la vasta oscuridad y sintió la mirada de incontables estrellas: cada una de ellas era un alma en pena a la espera de la liberación, observando en silencio mientras ella vivía la vida que les fue negada. Ella no tenía derecho a desperdiciar su salvación, ni esos momentos preciados junto a Lucian.

Él lo entenderá.

Lucian gimió suavemente entre sueños, su cabeza apoyada en un libro encuadernado en cuero. La respiración de Lucian se aceleró mientras apartaba el saco de dormir; sus gemidos se volvían cada vez más fuertes. Senna sacudió su hombro hasta que se despertó. Se incorporó, apoyándose en un codo y respirando profundamente. Mientras adaptaba su vista al mundo real, contempló a Senna; miró a través de ella, todavía viendo a la mujer de su pesadilla, aquella que él no había podido salvar de la linterna de Thresh y de años de encarcelamiento y tortura. Respiró hondo una vez más y sus ojos se llenaron de alivio.

—Lo siento—, dijo Lucian y le ofreció el saco de dormir.

Ambos miraron el horizonte. Un borde radiante violáceo y azulado anunciaba la llegada del amanecer.

Tienes que decírselo.

A regañadientes, Senna se volvió hacia Lucian. —Es hora de irnos—.

—Apenas nos estábamos acomodando—, replicó él, todavía mirando más allá del arroyo. Dejó escapar un profundo suspiro. —¿Adónde?—.

—Aguasturbias—.

Lucian negó con la cabeza. —Si hay un Harrowing, habrá terminado antes de que lleguemos al puerto—.

Todavía hay tiempo.

—Si nos vamos ahora, podemos llegar allí en unos pocos días—, dijo Senna.

—No habrá nada más que hacer que enterrar a los muertos—.

Senna se tensó ante sus palabras, ante la indiferencia por su deber como Centinelas de la Luz. Pero ella sabía que no era tan simple... sus sentimientos tenían raíces profundas, y su desliz sería momentáneo. —Todavía tenemos una oportunidad—, insistió. —Lo presiento—.

Lucian no dijo nada.

Su corazón está en otro lugar.

Ella miró el códice que yacía en la arena, con su cierre de bronce roto y avejentado. —Tal vez no deberíamos haber venido tan al norte—, dijo ella. —Fue imprudente—.

El antiguo manuscrito era la última adquisición de Lucian, y la razón por la que habían navegado hasta allí. Lo había adquirido en Krexor, con la esperanza de encontrar una manera de terminar con la maldición de ella, de liberarla de la Niebla Negra que la había perseguido sin descanso desde la niñez, atraída por una pizca de vida antinatural que la había infectado cuando ella se entrometió con una fuerza que no entendía. Había docenas de volúmenes de ese estilo en su barco.

Con frecuencia, Senna se despertaba a la mitad de la noche sola, dentro del saco de dormir que compartían. Ella, envuelta en la oscuridad. Él, iluminado por la luz de una vela, encorvado sobre un tomo, buscando con desesperación respuestas a preguntas que hacía rato ella ya no se hacía.

Lucian finalmente la miró. —No ha habido un Harrowing en meses—, argumentó. Le había vuelto el color a las mejillas, junto con un dejo de remordimiento. —Quería que descansáramos, aunque fuera por un tiempo—.

Una parte del corazón de Senna no deseaba nada más. Ansiaba olvidar los horrores de la Niebla Negra, levantar la vista hacia el cielo nocturno y ver solo estrellas.

—Lo sé—, respondió ella. —Ambos queríamos eso—.

Lucian tomó el pesado códice y comenzó a levantarse. Senna sentía ensancharse el abismo entre ellos, dejándola sola en el otro extremo. Le tomó la mano, sujetándola con firmeza. —Nos iremos después del amanecer—, dijo.

Él volvió a sentarse en la arena y, juntos, contemplaron la salida del sol.

Habían levantado campamento poco después del amanecer. Senna estaba transportando las últimas provisiones a través de una angosta pasarela mientras Lucian desataba la driza para luego izar la vela mayor. Trabajaban en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos mientras el barco surcaba las aguas calmas del Holnek.

Ella puso una caja de madera sobre la cubierta desgastada, al lado de las otras provisiones. Sus reservas habían disminuido durante su estadía. —Necesitaremos reabastecernos antes de dirigirnos a Aguasturbias—.

Lucian asintió con la cabeza. —Podemos navegar por la costa y aprovisionarnos en Holdrum, pero también necesitaremos atracar en Pueblo de barro—.

Ella lo miró con curiosidad.

—Hay un armero en el distrito Buhru que trabaja con granadas de plata—, dijo él.

—Perderemos como mínimo medio día en el puerto—.

—Si nos dirigimos a un Harrowing, Thresh Thresh estará allí—, replicó él, con la mirada fría y vacía.

Senna contempló las aguas profundas del río, cuya corriente fluía suavemente hacia el mar. Su intuición la llevaba a Aguasturbias, pero había algo raro.

—La niebla se ha estado extendiendo con cada tormenta, como si estuviera buscando algo—, dijo ella. —¿Por qué regresar a Aguasturbias?—.

—Esas islas son su guarida favorita—.

—Esto va más allá de Thresh—, dijo Senna con una severidad que no buscaba.

Lucian no respondió. En cambio, destapó su cantimplora, tomó un largo sorbo de agua y luego volvió a taparla.

—Está conspirando todo el tiempo—, dijo al fin. —Y todos los otros espíritus están atrapados en su sufrimiento. ¿Quién sabe qué obsesiones penetran en lo que queda de sus mentes?—. Miró a la lejanía, la mandíbula rígida, los labios apretados en una línea recta.

Senna pensó en el caótico entramado de mapas y cordel que se extendía por las paredes de su cabina. Lucian los había usado durante años para rastrear la Niebla Negra mientras ella estaba presa en la linterna.

Él no puede ver más allá de su odio.

Senna sacudió la cabeza. Era más que simple rabia. Lucian veía la niebla como una plaga horrenda sobre el mundo, un flagelo de espectros que necesitaban purificarse. Pero su estadía en la linterna le había mostrado a Senna otra realidad. Podía usar sus poderes para rescatar a esas pobres almas y liberarlas de su sufrimiento.

—El Rey Arruinado está detrás de estos Harrowings. Hay cierto anhelo allí... una inteligencia—, dijo. —Puedo sentirlo. Él está...—.

¡Algo anda mal!

Una luz destelló en el este.

Lucian abrió la boca para hablar, pero sus palabras quedaron ahogadas antes de llegar a los oídos de Senna. Sus piernas se debilitaron al sentir un peso agobiante que ejercía presión sobre su pecho. Se estiró para aferrarse a la baranda del barco, pero en vez de ello encontró la mano de Lucian.

Un relámpago oscuro golpeó a Senna. La sacudida la hizo estrellarse contra la cubierta, cada extremidad contorsionada en un dolor abrasador, su cuerpo tensándose y retorciéndose mientras los huesos amenazaban con quebrarse. Un coro de gritos irrumpió en su mente. Los gritos angustiantes resonaron y crecieron hasta que el mundo se rompió en mil pedazos de luz cegadora. Sintió cómo era arrastrada lejos de Lucian y del bote y de la costa, así como del ancla que mantenía su vida en su lugar.

Una risa sádica perforó el silencio.

Sobre el rostro de Senna caían cenizas con suavidad. Abrió grandes los ojos y se estremeció al ver pinchazos de relámpagos oscuros descendiendo por sus brazos. Los gritos atormentados todavía resonaban en su cabeza. Despacio, su mente se despejó y los arcos de energía se disiparon. Solo los ecos de risa seguían allí.

No. No. No... Algo anda mal... Tienes que levantarte.

Se incorporó en una rodilla, apoyó el brazo sobre la pierna y se levantó entre un mar de cenizas y brasas. El aire, denso y asfixiante, le golpeaba la cara como el calor que sale de un horno abierto; sentía el sabor fuerte de un mundo en llamas en su lengua. Se tambaleó sobre arcilla cocida; el barco había desaparecido, dejándola sola en una planicie de barro resquebrajado por el sol que se extendía por un páramo desolado cubierto por una neblina. Una tríada de montañas se erguía en la distancia, sus cumbres ardientes lanzaban humo por todo el cielo rojizo.

Senna estaba de nuevo en la linterna.

El miedo la invadió, martillando su corazón y dificultándole la respiración. Se sujetó las manos para evitar que temblaran y respiró profundamente.

Estás equivocada. Esta no puede ser la linterna.

Pero ya había visto este lugar en el pasado, o uno similar: páramos desolados y quemados, tundras congeladas, calles bulliciosas en ciudades caóticas. El paisaje cambiaba y se deformaba todo el tiempo en la prisión espectral, tan variado como sus torturas.

No, esto es algo más.

Senna alejó las dudas de su mente y cerró los ojos con fuerza. —No niegues esta verdad—, se dijo a sí misma. —No otra vez—.

En los primeros días de su reclusión, había desperdiciado valiosos meses, años quizás, porque había sido incapaz de aceptar su propia muerte, atrapada en un círculo de miseria y soledad. No repetiría el mismo error. Había escapado una vez; lo haría de nuevo. Abrió los ojos y buscó una salida.

Escuchó un grito en la distancia.

Senna llamó a la Niebla Negra, pero solo atrajo humo y brasas. Los pobres sustitutos se apresuraron y la transformaron en un espectro, envuelta por la muerte. Se movió, y el mundo se difuminó en una mancha de color, con tonalidades alternándose rápidamente mientras el paisaje cambiaba.

Se detuvo con una sacudida y Aguasturbias apareció frente a ella. Pero no era la Aguasturbias que ella conocía. El puerto yacía arruinado, infestado por un Harrowing enorme. Madera podrida, mampostería recubierta de limo, huesos de leviatanes en descomposición, todo mezclado en agujas retorcidas. Las fusiones deformadas flotaban en el aire entre los cascos rotos de barcos destruidos y cientos de ataúdes que alguna vez estuvieron sumergidos en el mar. Una fortuna en diezmos flotaba entre los desperdicios, brillando como estrellas fantasmales.

Senna liberó la oscuridad y su cuerpo regresó; los tablones inundados de la pasarela crujían por su peso. Caminó por la calzada y se encontró con el naufragio de una embarcación de caza encallada, su proa con puntas de cobre pinchando los restos de una taberna costera.

Una figura se encontraba de pie en medio de la destrucción. Se trataba de la estatua de una mujer con los brazos en alto, como suplicando, y el rostro marcado inmovilizado por el terror. Senna sintió una extraña sensación de familiaridad, como un sueño a medio recordar, y un aluvión de dolor la inundó. Con una mano temblorosa, se estiró para tocar suavemente la mejilla de la estatua. El rostro colapsó y toda la figura comenzó a desmoronarse. Despacio al comienzo, y luego por completo de una vez, la mujer de piedra se derrumbó en una pila de cenizas.

¡Él la encontró!

Un miedo desconocido creció dentro de Senna, instándola a huir. Lo apartó de su mente. Por supuesto que la había encontrado, quienquiera que fuera ella. No había manera de esconderse de Thresh; este era su territorio. Ella había sido testigo de incontables torturas; cada alma una oportunidad inagotable para que el Carcelero Implacable se regodeara en su sufrimiento. Senna observó la pila de cenizas.

Este no es Thresh.

No parecía que así fuera. En todos sus años en la linterna, nunca se había encontrado con nada así. Tal vez había refinado su técnica. Si había una constante, era su objetivo de perfeccionar la miseria de los demás.

Miró hacia las aguas oscuras de la Bahía de Aguasturbias. La ardiente cadena montañosa se alzaba imponente en la distancia, atravesando todo el horizonte. Ella sabía que esto era falso, una construcción de la linterna. No había montañas al sur de Aguasturbias. Hubiera tenido que dar toda la vuelta navegando...

Un pensamiento aislado revoloteó en su mente. Se estiró para agarrarlo, lo tomó y le dio vuelta. La bóveda se abrió y liberó un recuerdo.

Estaba de camino a Aguasturbias... no, estaban de camino a Aguasturbias. ¡Lucian! Estaría luchando allá afuera, desesperado por liberarla de la linterna, sufriendo en soledad, como lo hizo durante años. Lo había devastado casi por completo.

La consciencia de Senna llegó más allá de la gran expansión. Sonrió porque sentía el amor de Lucian cerca de ella. Pero había algo más, profundo y urgente. Era pánico. Lo había sentido dentro de Lucian solo una vez en el pasado: cuando Thresh la había matado.

Dejando a un lado su temor, se concentró y habló. —Lucian... Estoy aquí—.

Silencio.

Volvió a intentarlo, una y otra y otra vez... cada intento arrojaba el mismo resultado: Lucian permanecía indiferente a su llamado. En el pasado, ella había sido capaz de comunicarse con él desde el interior de la linterna, pero seguramente Thresh había encontrado la manera de reprimir su voz.

Su cuerpo temblaba con desesperación y furia. Cerró los ojos, susurrando el mantra que había aprendido hacía mucho tiempo. —Extirpa lo que no quieres. Solo quédate con la piedra. Extirpa lo que no quieres. Solo quédate con la piedra—.

Abrió los ojos con una renovada determinación. Thresh todavía no la había derrotado.

Las reglas de la naturaleza no aplicaban dentro de la linterna. La antigua reliquia era un reino en constante cambio, confeccionado para sufrir. Parecía que era infinitamente vasta, pero Senna sabía la verdad: había descubierto el final de la linterna y había presionado sus paredes, sintiendo sus juntas.

Mientras estudiaba el cielo, su estómago se estrujó.

Esta no es la linterna.

Hizo una pausa y reflexionó de nuevo sobre aquellos primeros días y las duras verdades que había tenido que aceptar. Reprimió la negación y continuó buscando. Columnas oscuras brotaban de las cumbres ardientes y lanzaban espirales negros de hollín que estropeaban el cielo. Necesitaba perforar el velo ceniciento.

Atrayendo hacia sí humo y brasas, se transformó una vez más y Aguasturbias se hizo borrosa cuando se elevó por el cielo. Senna voló sobre el océano, ascendiendo cada vez más. Pero las montañas también se elevaban, retumbando y lanzando vapor a su paso. Ella viró para esquivar las nubes acres, pero las cimas abrasadoras alteraban su curso con ella, siempre presentes e inevitables.

La oscuridad se extendía por todo el horizonte: una gran niebla que amenazaba con consumir todo a su paso. Incapaz de esquivar las nubes cambiantes, se lanzó en picada hacia la oscuridad. Una tormenta rugía a su alrededor, los lamentos de incontables almas presionando contra ella como un viento de frente.

Este no es el camino. Tienes que regresar.

Con la mano extendida, se elevó aún más. Una luz destelló más allá de la punta de sus dedos, y sus dudas se disiparon mientras buscaba el borde de la linterna. La luz chispeó con más fuerza y, de repente, chasqueó entre sus dedos. Ella retiró la mano, pero el pinchazo ya estaba dando paso a un dolor abrasador, entumeciendo su forma espectral. Una energía oscura surgió y la sujetó en el aire.

Senna cayó del cielo.

Se despertó tendida sobre tierra firme. Había regresado a su forma humana, una cuerda anudada y dolorosa cubierta en cenizas. Giró sobre su espalda, gruñendo y haciendo muecas de dolor, mientras arcos de luz chisporroteaban por sus músculos viscosos. Luego desaparecieron y dejaron atrás un entumecimiento punzante.

La tortura física era algo anormal en la linterna. Thresh rara vez acudía a formas de sufrimiento tan degradantes. La mente y el alma eran campos más ricos donde plantar las semillas del tormento. Tal vez este era su castigo por haber escapado. Pero aún así, había algo que no encajaba.

¡Tienes que levantarte!

Se apoyó sobre una rodilla, pero la pierna no soportó su peso y se desplomó de nuevo en el suelo. El mundo se oscureció cuando las nubes se extendieron por el cielo, alejando los últimos vestigios de color.

Tienes que luchar... ¡Estás muriendo!

Senna se rio de lo absurdo de ese pensamiento. Había destinos peores que la muerte. Los había soportado durante años... lo haría de nuevo.

Pero a medida que las sombras crecían, comenzó a temer por lo que se avecinaba. Su breve degustación de la libertad haría su cautiverio más desolado, su soledad y tormentos aún más profundos.

Y entonces, tuvo un pensamiento todavía más siniestro.

¡No! ¡No pienses en eso!

Tal vez nunca había escapado. ¿Y si había visto cómo Lucian sufría con cada derrota y su mente averiada había imaginado un resultado distinto, uno que la liberaba de ese pozo de miseria? Tal vez su escape no había sido otra cosa más que un engaño.

Cuando ese pensamiento ganó más fuerza, Senna gimió, un sonido visceral lleno de ira y desesperación. No. Ella no había creado este engaño; había sido Thresh.

¡No es cierto!

Sacudió la cabeza, furiosa por haberse aferrado a una falsa esperanza.

¡Tienes que levantarte!

—No—, dijo, agarrándose las sienes.

¡Tienes que pelear!

—No, él ya ganó. Este era su plan—.

¡Si te quedas aquí, morirás!

—¡Ya estoy muerta!—, gritó Senna. —¡Solo soy una cosa muerta y maldita!—. Su voz se quebró, junto con algo más en su interior. Se dobló hacia adelante, enroscándose para hacerse pequeña. Su llanto de dolor retumbaba por la gran expansión.

No debía ser una maldición, Senna. Lo que te di fue un regalo.

Senna se irguió de un salto. Las palabras habían sido fuertes y filosas, y habían perforado su mente como una daga. No eran palabras propias.

Se incorporó con dificultad, ignorando el entumecimiento en sus piernas. —Fuera de mi mente—, dijo. —¡¿Me escuchas, Thresh?!—.

No hubo risas. No hubo reconocimiento. Nada.

Las montañas habían retrocedido, sus cumbres ardientes ahora eran de color gris. Senna estaba de pie, sola, en medio de las brasas que caían. La energía crepitó en su piel y rayos serpentearon por su cuerpo.

—¿Eso es todo lo que tienes, Carcelero Implacable?—, preguntó con los dientes apretados. —Has perdido tu toque—.

No soy el Carcelero, dulce Senna. Pero también he sufrido sus torturas.

La voz era melodiosa y triste, y resonaba con una sensibilidad frágil. Senna había conocido a otros en la linterna, y se había comunicado con ellos sobre su soledad y su sufrimiento compartido. Tal vez...

—¿Quién eres?—.

Silencio, y después...

Una amiga. Alguien que puede ayudarte a regresar con Lucian.

Un gusto amargo brotó en la garganta de Senna. —¿Cómo sabes ese nombre?—.

Conozco toda tu vida. Estoy aquí para ayudarte, pero debes confiar en mí.

—¿Estás aquí para darme esperanzas?—. Senna rio, pero no había comicidad en su risa. —Me equivoqué. No perdiste tu toque. Lo refinaste—. Senna giró sobre sí misma, buscando al espectro. —Tus juegos se acabaron, Carcelero Implacable—, dijo. —El ciclo está roto. Aquí y ahora. —¡Muéstrate!—.

El mundo se desplegó y cambió para revelar un cielo descubierto, una playa de arena blanca y un mar color esmeralda. Las olas rompían a la altura de sus pies, sus tobillos, sus rodillas. Dirigió la mirada tierra adentro y contuvo el aliento. Más allá de una cresta de dunas blancas, había una arboleda espesa, compuesta por los árboles frondosos nativos de su isla. Senna estaba en su casa.

Escuchó una melodía que provenía de detrás de las copas de los árboles y que le recordó a su madre cantando junto a la fogata. Senna se quedó sin aliento cuando vio a una niña salir de la arboleda, tarareando el himno olvidado.

Reconoció a la niña: era ella misma.

La chica caminaba hacia la costa, tanteando las dunas con un bastón tallado. Una ola fría rompió contra Senna. Esta era la fatídica mañana. El día en el que todo había cambiado. Para cuando se hiciera de noche, ya habría perdido la inocencia. Dio un paso hacia la niña.

Solo es un recuerdo, Senna. No puedes cambiar nada.

—¿Entonces por qué me traes aquí? ¿Es otro truco?—.

Necesito que veas algo.

Los ojos de la niña centellaron. Se agachó y tomó una caracola de la arena. Unos dedos regordetes acariciaron la rosada superficie antes de guardarla en un bolsillo... uno de los tantos que su madre había cosido en sus pantalones, cada uno con una tela y un estampado diferente, para albergar los incontables tesoros que encontraba. La niña giró hacia Senna y sonrió.

Senna dudó y luego la saludó tímidamente con la mano.

No puede verte.

La niña salió corriendo en dirección a Senna, pero en el último segundo, giró y se metió chapoteando al agua. Senna giró y sintió un nudo en el estómago.

El mar arrastraba hacia la costa los restos de un naufragio.

La niña clavó su bastón en un agujero del casco roto para declarar sus —derechos de salvamento—. Se rio por las palabras, convencida de que su poder le daba derecho al botín del barco.

Con las manos bañadas en sudor, Senna luchó contra la tentación de tomar a la niña y correr. Desde su perspectiva, veía el peligro que la niña no: un filamento de Niebla Negra se agitaba en las aguas del naufragio.

—No tiene idea de la oscuridad que está a punto de desatar sobre todos los que ama—, dijo.

Pero el ángulo de Senna también revelaba algo que no había visto antes. Mientras la niebla se desenrollaba y acechaba a la niña, debajo de la superficie del agua se aproximaba una esfera brillante; sus filamentos de luz rompían la superficie, buscando. La esfera flotó hasta la niña y se hundió en su columna vertebral. La niña se tensó por un momento, los ojos grandes por el miedo y la confusión.

¿Recuerdas lo que pasó después?

—Y-Yo presentí el peligro antes de verlo... Mi mente estaba gritando... Una voz me decía que corriera—.

La niña arrojó su bastón de madera al filamento oscuro y salió corriendo hacia el bosque.

Senna se puso pensativa, rememorando la advertencia que le había salvado la vida. —Pero no era mi voz. Era la tuya—.

El agua se arremolinó a los pies de Senna mientras un trío de filamentos luminosos surgió del mar. Los filamentos giraron y se retorcieron, tejiendo una silueta brillante de luz sagrada que de a poco tomó la forma del espíritu de una mujer joven. El resplandor borraba los detalles de su rostro, dejando solo una impresión de ternura y amor. Una ráfaga de tristeza y alegría golpeó a Senna, como las aguas de un dique roto.

—El ataque no fue tu culpa—, dijo el espíritu. Hablaba con su verdadera voz, no a través de la mente de Senna. —Estabas viva. Y esa es la única cosa que la Niebla Negra no puede soportar, porque aborrece toda forma de vida—.

Las palabras levantaron un peso que Senna había cargado toda su vida. Aliviada, era capaz de contemplar la escena desde otro punto de vista. —Debería haber muerto en esa playa. Sería otro espectro, gritando en la niebla, si no me hubieras advertido—. Hizo una pausa para reflexionar. —¿Por qué me ayudaste a mí?—.

Los pensamientos del espíritu parecían remontarse a un tiempo muy lejano, y aunque su cara permanecía borrosa detrás de la luz sagrada, Senna vio un asomo de sonrisa en sus labios. —Alguna vez yo fui una niña, jugando con muñecas, cantando en mi mundo de fantasías—. Fijó su mirada en Senna. —La vida debe preservarse—.

—Pero te quedaste después de todo—, dijo Senna con voz temblorosa. —Todos estos años, la Niebla Negra no me buscaba a mí... te buscaba a ti. La vida antinatural. Tú eres la maldición—.

—Si pudiera haberte ahorrado ese dolor... arrancarme de ti... Lo hubiera hecho. Lo intenté por años, pero no sabía cómo hacerlo—. El espíritu giró y contempló el agua. —Pero luego... te vi crecer y pasar de ser esa niña asustada a esta valiente mujer, una Centinela de la Luz que lucha contra la niebla... tenía que quedarme—.

Senna acomodó las piezas del rompecabezas. Esa primera noche. Su aldea. Su hogar. Todos esos amores arrasados por olas oscuras. El abismo entre ella y aquellos que sobrevivieron. El miedo en sus ojos. Años enteros escapando presa del terror. Perdiendo personas que intentaron protegerla. Perdiendo a Urias, su mentor. Las murallas que había construido para protegerse del horror y de la culpa, creyendo que ella había provocado su propia maldición.

—Era solo una niña... Si hubiera sabido la verdad...—.

—Era mejor que no interfiriera—, dijo el espíritu, restregándose las manos fantasmales. —Si te enterabas de que estabas unida a un pasajero poco grato, tu corazón no hubiera sido el mismo—.

—Pero sí interferiste—, retrucó Senna. —El escozor por mi espalda. El tirón en mis tripas. Incluso los susurros en mi cabeza. ¡Siempre has sido tú!—.

El espíritu bajó la cabeza, avergonzado. —Solo te estaba ayudando... cuando era necesario—.

—¿Ayudando? ¿Era eso lo que hacías? ¡Todos estos años, me dejaste sufrir en soledad!—. El semblante de Senna se endureció; el veneno impregnaba su voz. —¿Por qué te revelas ahora?—.

El espíritu miró a Senna a los ojos, su mirada tierna pero decidida. —Nunca estuviste sola, Senna. Es solo que nunca pude acercarme a ti a través del velo, hasta ahora—.

El mundo cambió de nuevo, y la arena blanca y el mar esmeralda se perdieron de vista en un remolino sulfúreo. Ellas permanecieron en la isla, pero ahora las aguas estaban agitadas y las montañas se cernían mucho más cerca que antes. Del cielo caían cenizas.

Senna reflexionó sobre estas nuevas revelaciones y sobre los descubrimientos que había hecho en la linterna, secretos aprendidos de otros Centinelas caídos. La presencia del espíritu la había marcado, conduciéndola por un camino hacia la muerte y el cautiverio. Pero esa vida antinatural también la había mantenido con vida en la linterna, alentándola a escapar. Y ahora, todavía la estaba ayudando. Supo en su interior que su vida estaba atada a este espíritu.

Senna tenía muchas preguntas y un resentimiento persistente, pero dejó que se consumieran como brasas a punto de apagarse. Lo único que importaba era escapar.

—Me estuviste advirtiendo que esto no es la linterna—, dijo Senna, mirando cómo rompían las olas en la costa. —Todo esto está en mi mente, ¿cierto?—.

—Sí. Pero la amenaza es muy real. Fueron los poderes de Thresh los que te golpearon—, respondió el espíritu. —Su alcance se extiende por todo el mundo, pero ahora su objetivo es Aguasturbias—.

—Entonces él es la llave. Lucian tenía razón—.

—El Carcelero es una consecuencia. Pero su crueldad solo ayudó a acelerar las cosas... para su propio beneficio—, dijo el espíritu, señalando el horizonte. Senna siguió el gesto del espíritu hasta las cumbres de las montañas. Rugían del otro lado del océano, emitiendo grandes gotas de oscuridad. —Lo has visto en catacumbas, y templos, y costas lejanas—. El espíritu sonrió débilmente. —Confía en tus instintos—.

—¿Qué es lo que quiere?—.

—Poseer lo que ya no es suyo—, respondió; la suavidad había abandonado su voz y la luz sagrada resplandecía con sus palabras. —Es un niño con un corazón resentido, que prefiere que el mundo comparta su miseria antes de enfrentarla solo—.

—¿Cómo lo detenemos?—.

Tú eres la mejor esperanza. Tus años de entrenamiento, los poderes que tienes, incluso tu tiempo en la linterna, todo te ha ayudado a convertirte en un arma formidable—. El espíritu apartó la vista, sus ojos llorosos por el remordimiento. —Estaré contigo en cada paso del camino... Aunque temo que, al final, deberemos renunciar a todo—.

Senna simplemente asintió con la cabeza. —He vivido. He luchado. He muerto. Y aún así, todavía ahora siento el calor del abrazo de Lucian—, dijo. —Esta maldición es un regalo—. Finalmente lo había aceptado, incluso si Lucian no lo había hecho. Irguiéndose, dirigió su atención de nuevo a la misión que tenía por delante. —¿Podremos llegar a Aguasturbias a tiempo?—.

El espíritu pareció ponderar la pregunta. —El ataque ya comenzó...—.

Antes de que pudiera terminar de hablar, la forma del espíritu se tensó con pavor.

Arcos de luz oscura traspasaron el cuerpo de Senna y la hicieron caer sobre una rodilla en el suelo. Ella intentó respirar mientras el color desaparecía del cielo. Los cielos se cernieron más cerca de ella y el mundo colapsó en una cueva de cenizas arremolinadas. Cada sacudida devastadora reducía la cueva un poco más... al final, se convertiría en su tumba.

Senna se retorció, luchando contra las contorsiones de su cuerpo y miró al espíritu. La aparición estaba doblada, retorciéndose, temblando, compartiendo la miseria. Relámpagos latían en su cuerpo fantasmal, quemando su luz sagrada.

—¿Qué... es... esto?—, jadeó Senna.

—Thresh... Su ataque continúa destruyendo tu cuerpo. Debes expulsar su poder—.

Senna se concentró en la energía oscura, la amarró con su propia luz y la arrojó tan lejos como lo haría con la Niebla Negra. Brotaba con un flujo constante. Pero cuando estaba por llegar al punto culminante, el poder se resistió y regresó, inundándola de dolor. Se desplomó en el suelo.

Su fuerza se debilitaba con rapidez, pero debajo de su luz decreciente, sintió una reserva de poder radiante sin usar. Pertenecía al espíritu.

—¿Dices que nunca estoy sola? ¡Entonces pruébalo!—. Senna tomó la mano espectral de la mujer. —Canaliza tu luz y júntala con la mía—.

La mujer se giró hacia Senna, aunque parecía que le provocaba un gran dolor hacerlo. —Yo nunca...—.

—No te preocupes, te ayudaré—, respondió Senna, esbozando una sonrisa a pesar de la agonía.

Juntas, canalizaron su luz y la dirigieron contra la energía oscura. Encontraron resistencia, pero solo por un momento, y luego la pesadilla explotó en un destello enceguecedor blancuzco.

Senna despertó sobresaltada. Se incorporó y relámpagos oscuros todavía brotaban de su pecho. Se disiparon en el frío aire matutino y ella se derrumbó en los brazos de Lucian.

—No, Senna... No de nuevo, por favor...—. La voz de Lucian temblaba y su cuerpo se estremecía mientras la sujetaba con fuerza.

—Ya... ya pasó... Estoy bien—. Ella esperó un momento, sintiendo cómo los latidos de él disminuían la velocidad, cómo su temblor menguaba. Luego, se apartó con suavidad.

—¿Qué es eso?—, preguntó Lucian, había confusión y temor en su mirada.

Una débil luz brillaba en su pecho. Senna permaneció inmóvil, hasta que la luz desapareció. Esperó, escuchando, sintiendo, deseando percibir el más mínimo indicio. —¿Todavía estás allí?—, preguntó finalmente con voz temblorosa.

—Sí—, respondieron Lucian y el espíritu, en sus oídos y en su cabeza respectivamente.

Senna exhaló y sonrió.

Lucian la estaba mirando, asintiendo, buscando respuestas. Ella lo miró a los ojos y le dijo: —Tenemos que ir a Aguasturbias... pasó algo terrible—.

Él estaba a punto de hablar para soltar una letanía de preguntas, pero ella le tomó la mano. —Te explicaré lo que pueda, pero tenemos que irnos, ahora—.

Lucian suspiró, un sonido pesado y reticente, pero la ayudó a levantarse y se preparó para partir. El barco crujía con suavidad y se mecía en el río, tirando del ancla, listo para zarpar. Senna miró hacia el este, inhaló los aromas del nuevo día y contempló los rayos del sol que se reflejaban en el agua.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola.

Referencias

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