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Historia corta

Recuérdame

Por Dana Luery Shaw

Ansiosa, Watai giraba el anillo de jade que portaba en su dedo mientras contemplaba el monasterio tallado en la cara de la montaña. El Altar Permanente, el hogar de Karma. No esperaba volver a encontrarse aquí después de tanto tiempo. El viaje había sido doloroso de múltiples formas, no solo por las molestias en sus rodillas. Tras respirar profundamente, caminó por el sendero hacia un pequeño santuario que señalizaba la entrada del salón privado de meditación de Karma.

Lore

Ansiosa, Watai giraba el anillo de jade que portaba en su dedo mientras contemplaba el monasterio tallado en la cara de la montaña. El Altar Permanente, el hogar de Karma Karma. No esperaba volver a encontrarse aquí después de tanto tiempo. El viaje había sido doloroso de múltiples formas, no solo por las molestias en sus rodillas. Tras respirar profundamente, caminó por el sendero hacia un pequeño santuario que señalizaba la entrada del salón privado de meditación de Karma.

Su rodilla se dobló al llegar a la entrada y Watai cayó con fuerza al suelo. Este maldito lugar. Aprendió a odiar el Altar Permanente cuando lo visitó con Jakgri hace unos sesenta años, después de que los monjes lo convocaron. Los recuerdos le causaban tanto dolor como su caída. Se puso de pie con dificultad.

—¿Estás bien?—.

Watai alzó la mirada y vio a una mujer alta y hermosa tendiéndole una mano. Si bien ella no reconocía el rostro de la mujer, identificó el manto que portaba, con los dos dragones gemelos de Jonia rodeando su cabeza como si fuera una aureola. Karma.

—Estoy bien—, dijo con brusquedad Watai. —Tengo una cita para verte—.

—Bienvenida, viajera—. La mujer le respondió con una sonrisa piadosa; sus ojos oscuros resplandecían mientras tomaba la mano de Watai. —Mira, déjame intentar...—. Karma flexionó su mano libre y una luz pulsante verde la rodeó por completo. Watai sintió un cosquilleo en su piel: el brillo se sentía frío contra su piel. La mujer ayudó a Watai a ponerse de pie. —¿Y ahora?—.

Con cautela, Watai probó su pierna. La rodilla aguantó. Sin embargo, le rompió el corazón ver cómo esta nueva Karma hacía uso de este poder. —Me puedo parar—, dijo con voz quebrada.

La otra mujer miró a Watai con preocupación. —¿Estás segura? No pareces...—.

—Mi pierna está bien, Iluminada—, alzó la voz Watai, retirando su mano. —Pero tu magia no puede sanar todos los males—.

Esperaba que la otra mujer se mostrara confundida o incluso enfadada, pero, en cambio, Karma parecía estar tranquila.

—Tienes razón—, respondió Karma, asintiendo plácidamente mientras guiaba a Watai al interior del sencillo salón de meditación. —No puedo curar la pena. Si perdiste a alguien en la guerra, no hay nada que yo pueda hacer, salvo disculparme. He pasado años disculpándome a través de estas tierras, por la pérdida y el dolor resultantes de mi decisión de apoyar... de perseguir la guerra contra Noxus. Pero...—. Una pausa, una respiración profunda. —No lamento que... que Jonia se haya defendido—.

Watai y Karma se miraron la una a la otra por un largo instante. —¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?—, preguntó Karma, gentilmente.

Watai esperó un poco hasta tranquilizarse. —Mi pérdida tuvo lugar antes de la guerra—. Extendió una mano. —¿Reconoces este anillo?—.

La mirada de Karma se enfocó en el anillo de jade y se quedó sin aliento. —Sí. Se lo di a... No. ¿Él? Él se lo dio a alguien más—. Ella cerró sus ojos los cubrió con sus manos.

Watai sabía por medio de Jakgri que Karma se estaba concentrando arduamente, tratando de entrar en recuerdos que no eran los suyos del todo. —Está bien. Tómate tu tiempo—.

Hace sesenta años, Jakgri le pidió a Watai, su prometida, que lo acompañara en un viaje hacia el Altar Permanente. Watai, quien nunca antes había salido de su aldea, estaba emocionada por conocer más el mundo. Tal vez así hubiera sido su vida juntos a partir de ese momento. Watai y Jakgri emprendieron la travesía de dos meses hacia el monasterio.

Este sitio te va a encantar, afirmó Jakgri. Su sonrisa quedó grabada en su mente. Sé que está lejos de nuestra aldea, pero haremos que el labrador de madera ensamble suficientes habitaciones en nuestra casa para cuando tu familia venga de visita. Viviremos juntos en el pueblo, a las afueras del monasterio. ¿No es maravilloso?

Pero la vida que habían soñado juntos no estaba destinada a ser. Watai pronto descubrió que no podía estar tan lejos de su hogar y de su familia sin ser infeliz. Pero el camino de Jakgri lo había llevado hasta aquí, no había forma en la que él pudiera regresar. Tenía una tarea que cumplir. Así es que ella regresó sola a su aldea, aún portando su anillo, sin ninguna esperanza de retorno. Sin expectativas de ver a su Karma de nuevo.

Por fin, las manos de Karma cayeron a sus costados mientras abría sus ojos. Sus ojos brillaban con el mismo tono de verde que tenía Jakgri cuando hablaba con las incontables voces en su mente. Su pasado aún vive en ella. Karma parpadeó y sus ojos volvieron a la normalidad.

—¿Watai?—. Había incredulidad en su voz, el miedo de estar equivocada.

Pero no lo estaba. —Oh, benditos sean los espíritus—, dijo Watai, secándose las lágrimas antes de que empezaran a brotar. —No estaba segura de que Jakgri fuera... él mismo, en ti—.

—Es y no es. Sus recuerdos son míos, pero...—. Ella se apartó con una timidez inusitada.

Eso estuvo bien. Era suficiente. Watai miró a Karma directamente a los ojos, esperando que Jakgri pudiera verla a través de ellos. Ella quería aliviar su corazón antes de morir llena de arrepentimiento. —Lo siento, Jakgri. Me hubiera gustado haberme quedado aquí contigo o que tú hubieras vuelto a casa conmigo. Espero que hayas podido encontrar otro amor. No me gusta pensar que te quedaste solo—.

Se quitó el anillo, lo puso en la palma de la mano de Karma y cerró los largos dedos de la mujer a su alrededor.

—No—. Muchas voces hablaron como una sola, mientras los ojos de Karma se volvían a iluminar con las almas del pasado. —Jakgri te amó hasta el final de sus días. Su único arrepentimiento de convertirse en Karma fue que no podría compartir su vida aquí contigo. Pero nunca estuvo solo. El espíritu de Jonia lo acompañó siempre—. Ella le devolvió el anillo a Watai. —Él desea que te quedes con su anillo, si aún lo quieres—.

Bajo la mirada vigilante de Karma, Watai colocó el anillo de nueva cuenta en su dedo. Se sentía bien, puesto que ella tampoco amó a nadie más. —Te amo, Jakgri—, susurró, conmocionada, pero llena de alegría. —Te amo—.

Una Karma con los ojos oscuros miró a Watai. —Lo siento. Nunca dura demasiado—.

Watai asintió, con un nudo en la garganta. —Gracias. Por esto—.

—Yo soy quien debería agradecerte, Watai—.

—¿Por qué?—.

—Él no me habla—, murmuró. —No desde el ataque. Estaba... decepcionado y después enmudeció. Habían pasado años sin escuchar la voz de Jakgri, sin la sabiduría del Karma que me precedió—. Tomó las manos de Watai en las suyas con una intensidad repentina. —Gracias por traerlo de vuelta a mí—.

Karma (o Darha, su nombre de nacimiento), le pidió a Watai que se quedara unos días más en el Altar Permanente. Tal vez juntas podrían comenzar a sanar: mientras una se despedía de Jakgri, la otra le daría la bienvenida de nueva cuenta.

Al salir del salón de meditación, Watai contempló el brillo de la luz de luna en su anillo, admirando su fidelidad. Tal como su amor por Jakgri y el que él sentía por ella, había permanecido intacto, sin rasguños ni máculas, por más de sesenta años. Incluso después de morir y de que el cielo se llevara sus huesos, el anillo permaneció, un símbolo del amor que compartieron.

A través de Karma, su amor duraría por varias vidas.

Media

Referencias

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