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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Rápido y Tonto

Por Anthony Burch

Cuando la vida pende de un hilo, solo hay dos opciones: lento e inteligente, o rápido y tonto.

Lore

¿Rápido y tonto, o lento e inteligente?

Eso es lo que siempre me pregunta Yi Yi. Bueno, digo "pregunta", pero realmente no es una pregunta, no está abierta a debate, no exactamente. Puedes ser impulsivo y veloz, puedes improvisar y divertirte... o puedes hacerlo a la manera de Yi. La manera correcta. Lento, paciente, estratégico. Con una expresión ruda y determinada en el rostro, como si hubiera pisado alguna porquería. Porque lo hizo. Porque metí un poco en su bota, pensando que le parecería gracioso.

No fue así.

(Pero a mí sí me lo pareció, así que todo salió bien al final).

Realmente, lo irritante es que, en general, tiene razón. Durante los años que hemos entrenado juntos, lo he vencido en combate unas... ¿doce veces? Contra las cientos de veces que él me ha dado una paliza. Y todas las veces, todas y cada una de ellas, terminé mordiendo el polvo, sabía que era porque me había impacientado. Aventuré un golpe que no estaba seguro de que daría en el blanco. Me lancé contra una vulnerabilidad que terminaba siendo una trampa.

Y no seré humilde. Soy bueno, muy bueno. Aunque Yi no tenga sentido del humor, resulta ser uno de los mejores guerreros que he conocido. Y tampoco es para nada lento, es veloz. Más veloz que cualquiera que haya visto. Como cuando desenvaina su espada, que todo se vuelve borroso borroso y después hay tres hombres sangrando en el suelo. Así de veloz.

Así que cuando me dice que elija lento e inteligente en vez de rápido y tonto, intento escucharlo la mayoría de las veces.

La palabra clave es —intento—.

Y —mayoría de las veces—.

Nos encontrábamos recorriendo un bosque de hongos altísimos cuando escuchamos los gritos.

Además de arruinar el remate de una gran broma que le estaba contando, Yi me hizo zambullirme en un frondoso arbusto de cardos para evitar ser detectados.

Eran seis: cinco bandidos y su prisionero, un granjero mayor de mirada ansiosa, atado con cuerdas.

Yo sentía que esta situación necesitaba una aplicación liberal de golpes en sus cabezas con mi bastón bastón, pero Yi me contuvo. Puso un dedo sobre sus labios y después señaló con los ojos. Observa, elabora una estrategia. ¿Rápido y tonto, o lento e inteligente?

Suspiré y observé al grupo con ojo perspicaz.

Unas prendas harapientas colgaban de las espaldas encorvadas de los soldados, tensas por el estrés. Parecía que cuidaban más de sus espadas que de ellos mismos. Sus ojos analizaban los alrededores mientras marchaban, en busca de cualquier emboscada en potencia. Uno de ellos metió una mordaza en la boca del granjero, supongo que para silenciar los gritos que acabábamos de escuchar.

Bandidos.

El granjero anciano se derrumbó en el suelo. La caída había sido intencional; cualquiera se daría cuenta. Sus captores lo hicieron.

El líder se detuvo y enfrentó al anciano. —Bueno, es el colmo—, dijo. —Eres viejo, amigo mío, pero no lo eres tanto. ¿Caerse por algunos cientos de pasos para ganar tiempo? ¿Darte un segundo para pensar cómo saldrás de esto? Ese es un truco viejo, más viejo que tú—.

Se puso en cuclillas, al nivel del granjero.

—No tienes un cofre lleno de piedras preciosas en casa, ¿verdad?—.

El anciano miró fijamente al bandido y su miedo fue poco a poco reemplazado por resignación.

Negó con la cabeza.

—Es una lástima—, dijo el bandido con una gran sonrisa en el rostro. El tipo de sonrisa que, en general, lleva a alguien a sacar una daga.

—Voy a salvarlo ahora—, susurré a Yi,

quien negó con la cabeza tan fuerte como pudo sin hacer ruido con las gafas. No tenía que preguntar por qué. Lo más probable era que quisiera que uno de nosotros se escabullera detrás de ellos y atacara del otro lado del paso, atrapándolos en una maniobra tenaza. O alguna otra cosa que llevara demasiado tiempo y fuera igual de astuta. Lento e inteligente.


El gran problema de Yi, además de no considerarme gracioso y de que sus gafas lo hacen ver como un insecto de tamaño humano, es que pasó los últimos años sentado solo en un campo de flores. Su paciencia es infinita. Piensa que todo puede se puede analizar y planificar.

Aun así, Yi había dicho que teníamos que ir despacio. Lo intentaríamos a su manera. Asentí hacia él y después hacia el camino detrás de los matones. Tú colócate detrás de ellos. Atacaré a tu señal.

Yi rodeó atravesando el arbusto. Se escabulló hacia el otro lado del camino, demasiado veloz para que lo notaran, incluso si estuvieran mirando en esa dirección. Emboscada clásica: él llamaría su atención y cuando se dieran vuelta, yo los atacaría de mi lado del camino.

Fue justo en ese momento cuando el líder de los bandidos sacó una cuchilla de su bolsillo derecho. Un pequeño objeto, sin gran utilidad más que para pelar fruta... o para cortar la garganta del viejo y cansado granjero.

No podía ver a Yi en la maleza al otro lado del camino, pero sabía que no podía ver la hoja. No sabía lo que estaba por ocurrir.

Estaban por matar al anciano, sin importar cuán seguro quería Yi que actuáramos. No teníamos tiempo para hacerlo lento.

Por suerte, tenía un arma secreta bajo la manga: Soy muy, muy, muy bueno para pelear.

El líder tomó el cabello del hombre y puso el cuchillo en su garganta. Salí de la maleza, sosteniendo mi bastón por lo alto y tiré la cuchilla de su mano con un golpe. Luego llegamos a mi parte favorita.

Cuando sorprendo a alguien, por lo general tengo un margen de dos o tres segundos mientras intentan descifrarme. La mayoría de la gente nunca ha visto a un vastaya, mucho menos a un shimon. Se quedan boquiabiertos, y eso me da la oportunidad de atacar antes de que puedan entender qué está sucediendo.


Dirigí mi rodilla a la barbilla del líder de los bandidos, y sus dientes repiquetearon tan fuerte que incluso yo me estremecí por el sonido.

—¡Quédate donde estás, Yi!—, grité al arbusto en donde me esperaba, sin ser visto. —Yo me encargo—.

Fue entonces cuando un cuchillo me dio en el hombro.

Al parecer, uno de esos imbéciles llevaba una bandolera con dagas en el pecho y yo no me había dado cuenta. Intenté no imaginar a Yi con una sonrisita.

—¿Tú te encargas, no?—, gritó desde la maleza. Seguro se quedaría fuera de la pelea el tiempo suficiente para que me rompieran los dientes, para así poder meterse, salvarme y gritar que me había dicho que fuéramos despacio.

—¡Por supuesto!—, grité mientras arrojaba un puñado de amapolas de humo al suelo. (Siempre llevo algunas conmigo. Son útiles en combate y aún más útiles para irritar a Yi cuando estoy aburrido.)

Después les di una paliza a los demás. No los molestaré con los detalles.

Esperen, sí lo haré, porque son fantásticos.

Sostuve mi bastón y lo hice girar girar, apunté alto para proteger al anciano vulnerable. Mis brazos se estremecían con cada impacto de madera contra cráneo. Esquivé golpes, paré ataques y solo me golpearon en la cara un par de veces.

Para cuando el humo se disipó, yo era el único que quedaba en pie. Bueno, y el anciano en cuanto lo ayudé a levantarse.

Yi salió de la maleza, suspirando.

—Oh, vamos—, dije. —¿Por qué suspiras? Salvé al mugroso anciano...—.

—¡Oye!—, protestó el aludido.

—Y mi hombro seguro sanará en un par de días. Auch—, dije, tocando la herida. —¿Qué te decepcionó esta vez?—.

Yi cortó las ataduras del hombre. —No estoy decepcionado—, dijo Yi. —Estoy irritado—.

—¿Por qué?—.

—No me agrada admitir cuando me equivoco. Fuiste impaciente, imprudente y definitivamente tomaste la decisión correcta—.

Sonreí.

—Rápido y tonto—.

Me dio una palmada en el hombro intacto.

—Rápido y tonto—, dijo.

Referencias

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