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Historia corta • Lectura de 3 minutos

Que Nadie Sobreviva

Por Graham McNeill

El gélido oleaje rompía sobre una costa desolada, teñida de rojo por la sangre de los hombres a los que ya había matado Hecarim. Los mortales que le quedaban por matar huían por la playa, presa del terror. Una lluvia negra caía sobre ellos mientras las hinchadas nubes de la tormenta acudían desde el enlutado corazón de la isla. Hecarim oyó los gritos que se lanzaban unos a otros. Sus palabras eran un gutural canto guerrero que no entendía, pero cuyo significado era evidente: Creían que podían vivir para alcanzar su nave. Sí, poseían cierta destreza. Se movían al unísono, con los escudos de madera entrelazados. Pero eran mortales y el sombrío centauro podía saborear el hedor de su miedo.

Lore

El gélido oleaje rompía sobre una costa desolada, teñida de rojo por la sangre de los hombres a los que ya había matado Hecarim. Los mortales que le quedaban por matar huían por la playa, presa del terror. Una lluvia negra caía sobre ellos mientras las hinchadas nubes de la tormenta acudían desde el enlutado corazón de la isla. Hecarim oyó los gritos que se lanzaban unos a otros. Sus palabras eran un gutural canto guerrero que no entendía, pero cuyo significado era evidente: Creían que podían vivir para alcanzar su nave. Sí, poseían cierta destreza. Se movían al unísono, con los escudos de madera entrelazados. Pero eran mortales y el sombrío centauro podía saborear el hedor de su miedo.

Los rodeó, sorteando las ruinas desmoronadas, oculto en la neblina que se alzaba desde las arenas cenicientas. El eco de sus cascos cascos hizo saltar chispas desde las negras piedras y horadó el valor de los hombres que huían. Observó a los mortales a través del fino visor de su yelmo. Las débiles luces de sus retorcidos espíritus parpadeaban como fuegos fatuos en su carne. Le repugnaban, pero al mismo tiempo las codiciaba.

—Que nadie sobreviva—, dijo.

El hierro de su yelmo amortiguó su voz, que sonó como la postrera exhalación de un ahorcado. El sonido crispó los nervios de los mortales como el chirrido de una hoja oxidada. Hecarim, embriagado por su terror, sonrió al ver que uno de ellos soltaba el escudo y, desesperado, se echaba a correr en dirección al barco.

Con un rugido, salió galopando galopando de las ruinas infestadas de maleza y aprestó la guja guja de hoja curva mientras sentía la vieja emoción de la carga. Un recuerdo apareció durante un instante fugaz: Él, cabalgando a la cabeza de una hueste de plata, conquistando gloria y honor. Volvió a esfumarse mientras el hombre, al llegar al negro oleaje de los bajíos, volvía un instante la cabeza.

—¡Por favor! ¡No!—, exclamó.

Hecarim lo partió en dos de un golpe atroz.

La hoja de ébano de la guja palpitó al bañarse en la sangre. La frágil voluta del espíritu del hombre trató de escapar revoloteando, pero la voracidad de la niebla no se dejó engañar. Hecarim observó cómo el alma, retorcida, se transformaba en un siniestro trasunto de la vida del hombre.

Convocó el poder de la isla y el ensangrentado oleaje comenzó a rebullir mientras del agua salía una hueste de caballeros siniestros caballeros siniestros, revestidos por una fina luz. Encerrados en las arcaicas placas de fantasmal hierro, desenvainaron unas espadas de color negro que resplandecieron con sombrío fulgor. Tendría que haber conocido a aquellos hombres. Lo habían servido una vez, y aún lo servían, pero no guardaba el menor recuerdo sobre ellos. Se volvió de nuevo hacia los mortales de la playa. Ordenó a las nieblas que se abrieran y disfrutó del terror que los embargaba al verlo con claridad por primera vez.

Su colosal figura era un híbrido de pesadilla de hombre y caballo, una monstruosa quimera de hierro forjado. Las placas de su cuerpo estaban cubiertas de humedad y grabados cuyo significado apenas recordaba vagamente. Un fuego espectral ardía detrás de su visor, la llama de un espíritu frío y muerto pero dotado a la vez de una odiosa vitalidad.

Se alzó sobre los cuartos traseros mientras una tracería múltiple de relámpagos partía el cielo. Bajó la guja y, seguido por sus caballeros, se lanzó a la carga, levantando enormes terrones de arena ensangrentada y fragmentos de hueso. Los mortales gritaron y levantaron sus escudos, pero la carga de los caballeros espectrales era imparable. Hecarim golpeó primero, como era su derecho por su condición de señor de la hueste, y el atronador impacto abrió un agujero astillado en el muro de escudos. Sus cascos revestidos de hierro pisotearon a los hombres hasta pulverizarlos. La guja golpeó a diestra y siniestra con mortífera precisión. Los caballeros fantasmales aplastaron todo cuanto se les oponía y masacraron a los vivos en una furia de cascos, lanzas y hojas letales. Entre el crujido de los huesos y la sangre derramada, los espíritus escapaban de los cuerpos rotos, atrapados ya entre la vida y la muerte por la magia negra del Rey Arruinado Rey Arruinado.

Los espíritus de los muertos rodearon a Hecarim, esclavos de quien los había matado, mientras él gozaba de la atropellada dicha de la batalla. Hizo caso omiso de sus aullidos. No tenía el menor interés en esclavizarlos. Dejaría estas mezquinas crueldades en manos del Carcelero Implacable Carcelero Implacable.

A él solo le importaba una cosa: Matar.

Referencias

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