Wiki League of Legends
Advertisement
Wiki League of Legends

Nami First Steps 01.png
EditarImagenReferencia

Runaterra Blasón ícono.png

Historia corta • Lectura de 5 minutos

Primeros Pasos

Por Rayla Heide

Ella trae su curiosidad y un mensaje funesto. Ellos, antorchas y un miedo violento.

Lore

Nadie le creía a la niña. Incluso después de haberla vestido y tranquilizado lo suficiente para que pudiera formular oraciones completas, nada de lo que decía tenía sentido.

Los aldeanos tenían mucha experiencia con lo sobrenatural, era parte de vivir a los pies del Monte Targón, pero la historia de la chica no cuadraba.

Había descrito una especie de humanoides de otro mundo que habían emergido del mar que limitaba con la aldea. Parecía ser una errante: una de las perdidas y confundidas criaturas celestiales que algunas veces se aventuraban desde la cima del Targón. Sin embargo, nadie había escuchado de una aparición celestial del océano. Lo más seguro era que la niña estuviera fantaseando en sus juegos.

Pero cuando una mujer de ojos carmín nadó hasta su aldea, siendo sostenida por una corriente de agua que decaía y fluía según sus órdenes, los aldeanos entendieron que no se trataba de ningún juego.

—Hola—, dijo la extraña. —Soy Nami Nami. Soy una marai, una criatura del océano. No vine a hacerles daño—.

Los aldeanos la observaron boquiabiertos. Tal vez estaban desconcertados por su apariencia. Eso sería lógico, considerando lo raro que ellos se veían a los ojos de Nami: piel sin escamas y dos brazos en vez de aletas.

Aunque no parecían ser buenos para conversar, Nami tenía su atención.

—Busco al Aspecto de la Luna Aspecto de la Luna. Tiene algo que mi gente necesita. Sin este objeto, ellos, y posiblemente todo el mundo, sucumbirán ante una hambrienta y despiadada oscuridad—.

Los aldeanos continuaron observando a Nami, las bocas abiertas y en silencio. Solo una adormilada bestia de cuatro patas no se inmutó por la apariencia de la criatura marina en la aldea y continuó sacando bocados de pasto seco de una carreta, haciendo ruido con sus encías babosas.

Nami permaneció en silencio, dando golpecitos incómodos con su báculo báculo.

—Así que... si alguien sabe dónde se encuentra el Aspecto, eso sería, eh...— Inhaló, ansiosa por emitir algún sonido que terminara con el incesante silencio que había en la multitud. —De mucha ayuda. Para mí—.

Era como si los aldeanos se hubieran congelado en su lugar, todo estaba muy silencioso. Nami observó alrededor de la aldea y vio luces pequeñas y vibrantes por todos lados. Ancladas a pequeños pilares de cera o a grandes bastones de madera, las luces parecían tener vida, pero no sensibilidad. Palpitaban en la brisa y crepitaban con energía.

—¿Cómo llaman a eso?—, Nami preguntó, señalando a la luz. —Es encantador—.

Un hombre anciano que vestía una túnica dorada dorada se acercó, escoltado por dos centinelas; la gente de la superficie insistía en cubrirse, por razones que Nami no podía comprender. Por las muchas capas de tela que lo envolvían, Nami dedujo que debía ser una especie de patriarca. O tal vez simplemente tenía frío.

—¿Buscas la luna?—, preguntó. —¿Es tu amiga o tu enemiga?—

Nami estrechó los ojos. Los labios del hombre se estremecieron con rabia silenciosa. El Aspecto de la Luna claramente era importante para él, pero ¿en qué forma? ¿Acaso la veneraba y deseaba protegerla, o la consideraba un adversario?

Nami consideró las opciones. Seguramente, pensó, nadie sería tan insensato para tener a la luna de enemiga. Ella contestó:

—Amiga, no hay du...—

—¡HEREJE!—, gritó el anciano.

—¡Amiga no! ¡Dije que amiga no! ¡Me escuchó mal!—, gritó Nami, pero sus súplicas fueron ignoradas mientras los centinelas gritaban órdenes. Muchos aldeanos tomaron sus armas y metieron sus lanzas en contenedores redondos llenos de un líquido para encenderlas.

Nami miró las puntas de las lanzas titilando con espíritus de luz de color naranja. Su baile era hipnotizador, pero radiaba calor. Nami sospechaba que tocar una sería increíblemente desagradable.

—¡Abandona esta aldea ahora mismo! Transmites miedo y engaño, ¡y no toleraremos ninguno de los dos!—, gritó el anciano.

Nami los observó por un momento, con expresión impávida. No habría segundas oportunidades; su primera prueba como trotatierras. Sabía que, si era necesario, podía defenderse de toda la aldea.

Pero eso no la ayudaría a obtener lo que necesitaba.

—Tengo miedo—, dijo ella.

El anciano sonrió. Nami hizo lo posible por ignorarlo.

—No de ustedes, claro. Me he adentrado en las hambrientas fauces de la oscuridad, pensando que jamás volvería a sentir alegría. Sus lanzas no pueden compararse con aquello. Así que, no me marcharé. No mientras mi gente siga en peligro—, afirmó. Avanzó y plantó su báculo en el suelo.

Se movía con tanta seguridad e intrepidez que los aldeanos se sorprendieron, uno de ellos incluso retrocedió.

El joven aldeano tropezó, su lanza ardiente se deslizó de sus manos y aterrizó debajo de la carreta de hierba seca. El espíritu del fuego bailador aumentó de tamaño. Tocó la hierba y esparció su energía por la pila de forraje seco. En poco tiempo, la carreta entera estaba en llamas con la energía ardiente y volátil.

La bestia que pastaba rebuznó con miedo y se alejó del fuego. Pataleó con sus piernas musculosas por la confusión y tiró la carreta hacia un lado. La hierba llameante voló por los aires.

Los pedazos ardientes cayeron sobre los tejados de paja de la aldea. El fuego se propagó rápidamente, consumiendo todo a su paso con un apetito voraz.

Los aldeanos se apresuraron para traer cubetas de agua de un pozo cercano. Nami observaba con temerosa fascinación cómo arrojaban el líquido a los espíritus hambrientos. Por un momento, sus esfuerzos parecían contener la furia de los espíritus, transformaban el titilante brillo en una horrible nube de aire sibilante que, a diferencia del resto de aire en el cielo, parecía expandirse con peso y forma. El humo sibilante se arremolinaba mientras los espíritus bebían el agua y bailaban sobre los techos, convirtiendo la noche azulada en anaranjada.

—¡Más agua!—, gritaron los aldeanos. —¡Rápido!—

Yo puedo ayudar, pensó Nami.

Levantó su báculo de Invocadora de Mareas, los nudillos bien apretados.

Concentró sus pensamientos y el agua de mar que golpeaba la costa de la aldea comenzó a juntarse y vibrar.

Nami tensó su agarre, cerró los ojos y retiró el báculo para atraer el agua hacia ella.

El océano rugió. Se levantó por encima de la aldea, un muro transparente de agua feroz flotando en el aire, listo para caer. La gente gritó.

Nami empujó el báculo hacia el frente y dirigió la punta hacia el calor danzante.

—Por favor, muévanse—, gritó a los aldeanos.

Le hicieron caso.

La ola se precipitó como si fuera a hundir a la aldea entera. Justo antes de colapsar contra el suelo, el agua giró y se retorció para convertirse en un enorme y alborotado tentáculo. Serpenteó por los aires, apagando los voraces rastros de calor y furia.

El tentáculo de agua de mar rodeó a la luz furiosa, como si fuera una serpiente, y apagó el brillo en un colapso sofocador. Con un último jadeo humeante, los espíritus se esfumaron, su brillo reemplazado por la silenciosa noche azul.

Nami exhaló y relajó el agarre del báculo. El tentáculo de agua perdió su forma en un instante y salpicó el suelo para el sobresalto satisfactorio de los observadores.

El anciano y sus centinelas soltaron sus cubetas de agua. Se dirigieron a Nami y la ira que habían sentido momentos antes quedó en el pasado. Miraron a su visitante con ojos nuevos.

Jonia—, dijo el anciano.

—¿Qué?—

—La luna, busca a su Aspecto ahí, es un continente. Hacia allá—, le dijo, señalando hacia el océano en la dirección que el báculo de Nami apuntaba.

Por supuesto. La luna y la marea eran como hermanas. El báculo de la Invocadora de Mareas se sentiría atraído hacia dondequiera que fuera la luna.

—¡Oh!—, exclamó Nami, con el corazón lleno de esperanza. —Eso es, sí. Gracias. Lo siento por, em..—, dijo, agitando la mano hacia la aldea inundada, evadiendo observarla. —De cualquier forma, muchas gracias—.

Nami levantó el báculo y una ola se alzó desde la orilla para envolverla en un capullo de agua y llevarla de vuelta hacia el océano. El anciano la llamó.

—¡Fuego!—, gritó.

—¿Qué?—, preguntó Nami.

—Las luces en nuestras antorchas, en nuestras lanzas. Se llama fuego. Nos mantiene a salvo, pero puede ser... irracional, a veces—.

—Fuego—, dijo Nami, sonriendo. —Me agrada—.

Y con esto, la Invocadora de Mareas regresó a los océanos, en dirección a territorios desconocidos.

Referencias

 v · e
Advertisement