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Historia corta • Lectura de 28 minutos

Por Demacia

Por Graham McNeill

En una aldea plagada de pesadillas, ¿podrán los más valientes y fuertes de Demacia volver a traer la luz?

Lore

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que Lux fue al norte para ir a Montefossian?

No sabía, pero debían ser alrededor de siete años. Garen acababa de irse para comenzar su entrenamiento con la Vanguardia Valerosa y el resto de la familia había ido al norte para honrar la tumba del bisabuelo Fossian. Lux recuerda haberse quejado de la incesante lluvia mientras se abrían paso por los caminos sinuosos a través de los riscos y barrancos del bosque hacia la tumba de su ancestro. Ella esperaba un mausoleo de mármol como el Salón del Valor, pero se decepcionó al descubrir que era poco más que un montículo de pasto situado al pie del elevado acantilado. Una placa de mármol colocada en la base del montículo describía la leyenda de su ilustre antepasado: Fossian y el demonio cayendo por el acantilado, su bisabuelo herido de muerte, la horripilante entidad con una espada demaciana perforando su negro corazón.

Llovía en ese momento y estaba lloviendo ahora. Un diluvio helado del norte había recién salido de las montañas caninas que separaban Demacia del Fréljord. Una tormenta se avecinaba a ese reino helado, caía en el lado lejano de las cimas sobre frondosas extensiones de pinos demacianos, doblados por los vientos hostiles. Hacia el este y el oeste, las montañas se desvanecieron en una niebla azul, el cielo se tornó oscuro y amenazador, como cuando su hermano se ponía de mal humor. Al norte, las ancas boscosas de las sierras estaban escarpadas con acantilados y profundos abismos. Tierras peligrosas, hogar de criaturas letales y bestias salvajes de todo tipo.

Lux había salido hacia el norte hace dos semanas; de Demacia a Edessa, después a Pinara y a Lissus. De Lissus a Velorus y, finalmente, a Lago Plateado, la Ciudad de los Raptores. Una noche con su familia en su casa al pie de la Roca del Caballero y después hacia las ciénagas al noroeste de Demacia. Casi de inmediato, el carácter de la gente y de las aldeas comenzó a cambiar a medida que el centro de Demacia quedaba atrás como un banderín rasgado del mango de un poste de estandarte.

Planicies fértiles y verdes dieron lugar al interior barrido por el viento, moteado con aulaga y cardo. Los raptores aliplateados chillaban en el cielo, invisibles mientras peleaban en las nubes. El aire se volvió más frío, cargado con el profundo hielo del Fréljord y los muros de cada asentamiento se volvieron más altos con cada kilómetro que avanzaba. Había sido un viaje largo y cansador hasta Montefossian, pero había llegado y Lux se permitió esbozar una sonrisa pequeña.

—Llegaremos al templo pronto, Estrella de Fuego—, dijo, estirándose para acariciar la crin de su caballo. —Tendrán cereal y un establo cálido para ti, lo prometo—.

El caballo sacudió la cabeza y resopló, pateando con impaciencia. Lux dio una patada con los talones y dirigió a su cansado corcel por la ruta llena de baches que llevaba a la puerta principal de Montefossian.

El pueblo estaba asentado sobre la ribera del Serpentrion, un río estruendoso que nacía en las montañas y bajaba por la costa oeste. Los muros de granito pulido del pueblo seguían la línea de las colinas y los edificios dentro se habían construido con piedra, madera estacionada y tejas color verde botella. La torre de un templo del Portador de la Luz se elevaba en el este, el brasero dentro del campanario proveía una luz acogedora a la hora del crepúsculo.

Lux se quitó la capucha de su capa azul y soltó su cabello. Largo y dorado, enmarcaba un rostro juvenil de pómulos marcados y ojos azules como el océano que brillaban con determinación. Desabrochó la correa de cuero que aseguraba su báculo a la montura y sostuvo con soltura su empuñadura barnizada de oro y ébano. Dos hombres aparecieron en la torre sobre el portal blindado, cada uno armado con un poderoso arco largo de fresno y tejo.

—Alto ahí, viajera—, dijo uno de los guardias. —El portal está cerrado hasta la mañana—.

—Mi nombre es Luxanna Guardia de la Corona—, dijo ella. —Como usted dice, es tarde, pero he venido desde muy lejos para rendir homenaje a mi bisabuelo. Estaré en deuda con usted si me permite entrar—.

El hombre miro de reojo en la penumbra y sus ojos se agrandaron cuando la reconoció. Habían pasado muchos años desde que había ido a Montefossian, pero Garen siempre decía que la una vez que la gente que había visto a Lux, jamás la olvidaba.

—¡Dama Guardia de la Corona! ¡Discúlpeme!—, dijo, antes de girar para dirigirse a los hombres de abajo. —Abran las puertas—.

Lux hizo avanzar a Estrella de Fuego mientras los troncos macizos se levantaban hacia la piedra de la barbacana con el traqueteo de las pesadas cadenas de hierro. En cuanto se levantó lo suficiente, Lux pasó por debajo y se encontró con una guardia de honor recién reunida esperándola, diez hombres con petos de cuero y capas azules aseguradas con distintivos plateados con la forma de espadas aladas. Eran orgullosos soldados demacianos, aunque sus hombros estaban curiosamente desplomados y los ojos llenos de cansancio.

—Bienvenida a Montefossian—, dijo el mismo hombre que le había hablado desde la torre. —Este es un gran honor, mi señora. La magistrada Giselle estará aliviada al saber que está aquí. ¿Puedo ofrecerle un destacamento de soldados para que la escolten hasta su casa?—

—Gracias, pero eso no será necesario—, dijo Lux, preguntándose por qué el hombre había dicho aliviada. —Arreglé para quedarme con la señora Pernille en el templo del Portador de la Luz—.

Se alistó para cabalgar, pero sintió el deseo del guardia de decir algo y gentilmente jaló las riendas de Estrella de Fuego.

—Dama Guardia de la Corona—, dijo el guardia. —¿Está aquí para terminar con nuestra pesadilla?—

El templo del Portador de la Luz era cálido y seco y, con Estrella de Fuego en los establos, Lux había hablado durante un largo rato con la señora Pernille en el salón principal. Rumores de magia oscura en los bosques y riscos alrededor de Montefossian habían llegado a los Portadores de la Luz en la capital de Demacia y la Radiante Kahina había enviado a Lux a investigar.

Lux había percibido algo oscuro en cuanto entró al poblado, una sensación insidiosa de estar siendo observada desde las sombras. Los pocos ciudadanos que había visto en las calles caminaban con apelmazados, los cuerpos cansados.

Una nube de miedo cubría Montefossian, pero era peor de lo que Lux imaginaba.

—El hijo de la magistrada Giselle, Luca—, explicó la señora Pernille, una mujer de cabello rubio vestida con el atuendo blanco de una sanadora Portadora de la Luz.

—¿Qué pasa con él?—, preguntó Lux.

—Desapareció hace dos días—, explicó Pernille. —Y algunos están seguros de que lo secuestró un mago oscuro con un terrible propósito—.

—¿Por qué piensan eso?—

—Pregúntame de nuevo por la mañana—, contestó Pernille.

Lux se despertó con un grito, el corazón desbocado dentro del pecho y la respiración acelerada. El terror invadió su mente; una pesadilla en la que ganchos la arrastraban debajo de la tierra, la boca se le llenaba de fango pútrido y la oscuridad sofocaba su luz para siempre. Lux parpadeó para borrar las últimas imágenes, vislumbró a las sombras retirarse. Tenía sabor a leche rancia en la boca, una señal clara de magia residual. Llenó sus palmas con luz espectral. La luz inundó la habitación y así desaparecieron los últimos rastros de la pesadilla. Se llenó de calor, la piel brillante con un halo de iridiscencia familiar.

Escuchó voces en el piso de abajo y apretó los puños. La luz se desvaneció, solo quedaron los pálidos rastros de la luz del día que iluminaban la habitación a través de la ventana cerrada. Lux presionó las manos contra el costado de su cabeza, como si buscara alejar las horribles visiones de su mente. Intentó recordar momentos específicos de la pesadilla, pero lo único que recordó fue el hedor del aliento agrio y una oscuridad sin rostro ejerciendo presión sobre ella.

Con la boca seca, Lux se vistió rápidamente y recogió su báculo de la esquina de la habitación. Bajó a la cocina del templo y, aunque tenía muy poco apetito, preparó un desayuno de pan y queso. Tras el primer bocado, la boca se le llenó de sabor a tierra de tumba e hizo a un lado la comida.

—¿Ahora lo entiendes?—, preguntó Pernille, entrando a la cocina y sentándose a su lado. La piel debajo de los ojos de Pernille estaba morada por la falta de sueño, su piel estaba pálida ahora que no había luz de una fogata para darle algo de color. Recién en ese momento Lux se percató de lo agotada que estaba Pernille.

—¿Qué soñaste?—, preguntó Lux.

—Nada que quiera revivir diciéndolo en voz alta—.

Lux asintió lentamente —algo muy malo pasa en este pueblo—.

Estrella de Fuego relinchó apenas la vio, las orejas presionadas contra el cráneo y los ojos grandes. La acarició con el hocico y Lux acarició su cuello y hombros blancos.

—¿Tú también?—, preguntó y el caballo sacudió la crin.

Lux ensilló su montura rápidamente y cabalgó hacia la puerta norte de Montefossian. El amanecer había pasado una hora antes, pero el pueblo aún no había cobrado vida del todo. No había humo saliendo de las forjas, ni aroma a pan fresco inundando las panaderías y solo unos cuantos comerciantes de apariencia sombría habían abierto las puertas de sus negocios. Los demacianos eran trabajadores diligentes, disciplinados y laboriosos, así que ver un pueblo fronterizo comenzar la jornada de trabajo tan tarde era muy inusual. Pero si la gente de Montefossian había soportado noches como la de ella, no podía culparlos por tomarse su tiempo para levantarse.

Atravesó la puerta hacia el terreno abierto delante del pueblo y dejó que Estrella de Fuego corriera para aliviar la rigidez de sus músculos antes de regresar al camino lodoso. El semental se había roto una pata hace muchos años, pero eso no había deteriorado la velocidad de su galope.

—Tranquilo, chico—, dijo Lux mientras cabalgaban en el bosque.

El aroma a pino y a flores silvestres llenaba el aire y Lux saboreó el embriagador aroma natural de los climas del norte. Los rayos de sol perforaban el frondoso follaje en columnas anguladas de luz y el aroma del barro húmedo hizo que se estremeciera mientras la pesadilla salía a la superficie brevemente. Se adentró más en el bosque, siguiendo el rastro mientras avanzaba por el camino hacia el norte. Lux retiró una de las manos de las riendas, la llevó hacia un brillante rayo de sol y sintió la magia avivarse ante su calidez. Dejó que surgiera, sintiendo la luz en el centro de su ser, propagándose por su cuerpo como un elixir.

Su mundo se iluminó en cuanto la magia inundó sus sentidos, los colores del bosque eran extrañamente vívidos y llenos de vida. Vio lunares de luz flotando en el aire, la respiración de los árboles y los suspiros de la tierra. Qué increíble era ver al mundo de esa manera, vivo por todas las energías que fluían a través de todos los seres vivos. Desde las hojas de hierba hasta las majestuosas hojas de abedul cuyas raíces se decía que llegaban hasta el núcleo del mundo.

Después de cabalgar por una hora por el bosque iridiscente, el camino divergía en un cruce: un camino conducía al este, a un pueblo maderero, si recordaba bien, y el otro camino se dirigía al oeste, hacia una comunidad construida alrededor de una próspera mina de plata. Su padre tenía una inversión en la mina y su insignia favorita de su abrigo había sido forjada con metal extraído de sus profundidades. Entre las dos rutas principales había un camino más pequeño, casi invisible y apropiado solo para los viajeros solitarios o para aquellos que iban a pie.

Hace siete años había seguido ese camino y Lux se preguntaba por qué estaba tan reacia a guiar a Estrella de Fuego en esa dirección. No tenía ninguna necesidad de tomar ese camino, ya que la historia de rendir homenaje a su bisabuelo era solo eso, una historia. Lux cerró los ojos y levantó los brazos hacia un lado, dejando que la magia saliera de sus dedos y la punta brillante de su báculo. Inhaló, se llenó los pulmones de aire frío y dejó que la luz del bosque le hablara.

Habló en contrastantes tonalidades de luz y sombra, colores centelleantes e iluminación vibrante. Sintió que la luz de las estrellas lejanas bajaba como rocío, luz que bañaba a otros mundos y personas. Donde la luz de Demacia se convertía en sombras, se estremecía. Donde alimentaba a un ser vivo, se calmaba. Lux giró en la silla, sus sentidos se extendieron más allá que los de la mayoría de los mortales, buscaban el poder que cubría la tierra como una maldición. El sol estaba casi en su cenit y Lux frunció el ceño al ver que la calidad de la luz en el bosque tembló. Sentía sombras donde ninguna sombra debía existir y oscuridad escondida donde solo la luz debía existir. Se quedó sin aliento, como si algo la estuviera tomando por el cuello, y de repente se sintió mareada. Sus párpados se tornaron pesados y comenzaron a cerrarse, como si estuviera siendo arrastrada hacia un sueño de vigilia.

Y a su alrededor, el bosque se volvió súbitamente silencioso. No había viento que sacudiera las hojas de los árboles ni alborotara siquiera una brizna de hierba, Los dagarracos no hacían ruido alguno y el parloteo de los animales cesó. Lux escuchó el susurro suave de una mortaja cerrándose.

Duerme...

—No—, dijo Lux. Tomó el báculo, pero el cansancio sobrenatural la cubrió como una cobija cómoda, cálida y envolvente. Lux ladeó la cabeza y cerró los ojos durante un breve instante.

El ruido seco de una rama rompiéndose y el chirrido del metal hicieron que Lux abriera los ojos. Tomó una gran bocanada de aire, el frío en sus pulmones la despertó de golpe. Parpadeó para alejar las sombras de sus ojos y dejo salir un hálito frío mientras atrajo su magia de vuelta a su interior. Escuchó a hombres a caballo, el tintineo de riendas, el chirrido de metal sobre metal. Jinetes, armados para la guerra. Al menos cuatro, tal vez más.

Lux no tenía miedo. Aún no y menos de hombres. La oscuridad que merodeaba en algún lugar del bosque era una amenaza más urgente. Su fuerza era incierta y sentía como si alguien estuviera poniendo a prueba los límites de sus habilidades, para ver qué podía hacer. Lux tiró de las riendas de Estrella de Fuego, lo hizo girar para que se quedara parado en el medio de los caminos, listo para enfrentar lo que fuera que se aproximaba. ¿Jinetes freljordianos? Estaba muy lejos de la costa para que fueran saqueadores del mar y se habría enterado si una fortaleza de la montaña hubiera caído. ¿Forajidos? Tal vez. Lux podía lidiar con eso. Dejó que la magia se concentrara apenas en las puntas de los dedos, lista para desatar su poder en forma de rayos de luz devastadores.

La vegetación en frente de ella se abrió y aparecieron cinco jinetes.

Hombres poderosos, con armaduras de placas resplandecientes que los cubrían de pies a cabeza. Montaban corceles grises de pecho amplio, todos ellos grandes, enjaezados en azul cobalto. Cuatro de ellos tenían llevaban las espadas desenvainadas y el quinto tenía la espada con empuñadora dorada barnizada en una vaina azul que rodeaba su espalda.

—¿Luxanna?—, dijo el jinete, la voz amortiguada por el visor del casco.

Lux suspiró mientras el caballero se quitaba el casco para revelar su cabello oscuro y las facciones talladas en granito características de Demacia, tanto que era asombroso que aún no estuvieran en una moneda.

—Garen—, susurró Lux.

Su hermano había traído cuatro jinetes de la Vanguardia Valerosa.

Si hubieran pertenecido a otro ejército, los cuatro guerreros habrían sido una fuerza insignificante, pero cada guerrero de la Vanguardia Valerosa era un héroe, una leyenda con historias de valor grabadas en el metal de sus espadas. Sus hazañas se contaban una y otra vez en las mesas de las tabernas y chimeneas por toda Demacia.

Diadoro, de cabello oscuro y ojos agudos, era el espadachín barbudo que había defendido las Puertas del Duelo contra la multitud armada de la Legión Trifariana durante un día entero. A su lado estaba Sabator de Jandelle, el asesino de la repugnante sierpe que despertaba cada cien años para comer, pero ahora no despertaría jamás. Sus colmillos se colgaron en el salón del trono del Rey Jarvan, junto al cráneo de dragón recién montado que habían llevado su hijo hijo y su enigmática acompañante enigmática acompañante.

Varya, más pequeña, pero no menos impresionante, había liderado la carga en las cubiertas de la flotilla lobo de mar en Dawnhold. Incendió sus embarcaciones e incluso estando herida casi de muerte eliminó a su desquiciado líder. Rodion, su hermano gemelo, había navegado al norte, hacia Fuertefrío, y había quemado la ciudad portuaria fréljordiana hasta reducirla a cenizas, para que nadie se atreviera a navegar hacia el sur para causar estragos otra vez.

Lux los conocía a todos, pero puso los ojos en blanco ante la posibilidad de tener que escuchar sus leyendas en una mesa por la noche. Sí, todos eran héroes de Demacia, dignos de respeto, pero escuchar sobre cómo Sabator bajó de la garganta de la sierpe por décima vez o cómo Varya golpeó hasta la muerte a un Grelmorn con un remo astillado era demasiado para Lux.

Garen cabalgó a su lado mientras seguían el camino de vuelta a Montefossian. Habían rodeado la ciudad hasta que la luz comenzó a desvanecerse en búsqueda del hijo de la Magistrada o de cualquier señal de los acontecimientos perversos que estaban sucediendo, pero no habían encontrado nada. Aunque cualquier siervo de la oscuridad habría tenido suficiente tiempo para correr y esconderse, dado el ruido que estaban hacían Garen y la Vanguardia Valerosa. Cinco guerreros en armaduras pesadas no eran exactamente sigilosos y, sin su magia para ayudarla, Lux no había sido capaz de sentir la fuente del poder oscuro que había sentido en el cruce.

—¿En serio viniste a visitar la tumba del bisabuelo Fossian?—

—Eso dije, ¿no?—

—Sí—, contestó Garen. —Eso dijiste. Solo estoy sorprendido. Creo recordar que nuestra madre me dijo que odiaste venir aquí la última vez—.

—Me sorprende que lo haya recordado—.

—Oh, lo recuerda—, dijo Garen sin mirarla. —Cuando la joven Luxanna Guardia de la Corona no disfruta algo, el cielo se oscurece, las nubes descargan toda la lluvia y los animales del bosque se esconden—.

—Me haces quedar como una malcriada—.

—Un poco lo fuiste—, dijo Garen, su ligera sonrisa apenas lograba que el comentario no fuera tan cáustico. —Siempre te salías con la tuya con cosas por las que a mí me hubieran dado una nalgada. Madre siempre estaba diciéndome que no prestara atención a las cosas que hacías—.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos y Lux desvió la mirada, recordando no subestimar a su hermano. La gente lo conocía como honesto y directo, con un buen conocimiento de tácticas y estrategias de guerra, pero pocos lo veían como perspicaz o astuto.

Lux sabía que eso era un error. Sí, Garen era un guerrero simple, pero simple no significaba estúpido.

—Así que, ¿qué piensas que le ocurrió al chico?—, preguntó Lux.

Garen se pasó una mano por el cabello.

—Si tuviera que adivinar, diría que huyó de casa—, contestó. —O decidió tener una aventura y se perdió en alguna parte del bosque—.

—¿No crees que un mago oscuro lo haya secuestrado?—

—Ciertamente es posible, pero Varya y Rodian cabalgaron por este camino hace solo seis meses y no encontraron pruebas de magia sobrenatural—.

Lux asintió y preguntó: —¿Has pasado la noche en Montefossian?—

—No—, contestó Garen, mientras se acercaban al pueblo. —¿Por qué preguntas?—

—Por curiosidad—.

—Algo está ocurriendo ahí abajo—, dijo Sabator, su mano cubría los ojos del sol poniente.

Garen fijó la mirada en la dirección que el guerrero señalaba y su rostro perdió toda la ligereza. Su postura cambió por completo, sus músculos se tensaron, listos para la acción, y sus ojos estaban completamente concentrados. Los guerreros de la Vanguardia Valerosa se formaron junto a él, listos para moverse en un instante.

—¿Qué pasa?—, preguntó Lux.

Una multitud enojada estaba hostigando a un hombre tambaleante en las calles hacia la plaza del mercado. No podía escuchar qué era lo que gritaban, pero no necesitaba escuchar las palabras para sentir el enojo y el miedo.

—¡Vanguardia! Vamos—, dijo Garen, golpeando con sus espolones.

Estrella de Fuego era un caballo veloz, pero no se comparaba con un corcel de guerra demaciano alimentado con trigo. Para cuando Lux atravesó las puertas, el sonido de las voces gritando retumbaba por todo el pueblo. Los costados de Estrella de Fuego estaban cubiertos con sudor y las herraduras de sus cascos de hierro sacaban chispas del pavimento. Lux detuvo su cabalgar en cuanto entró a la atestada plaza del mercado y se bajó del caballo mientras veía una escena que había presenciado demasiadas veces en todo Demacia.

—No, no, no...—, murmuró al ver a dos guardias arrastrando a un hombre hacia la plataforma de subastas que normalmente se usaba para la compra y venta de ganadería. La ropa del hombre estaba cubierta en sangre y él gemía lastimosamente. Una mujer con una túnica adornada con armiño y las alas de bronce de un magistrado de Demacia se paró ante él. Al parecer era la magistrada Giselle. Cientos de habitantes de Montefossian llenaron la plaza, vociferando contra el hombre. La intensidad de su odio era palpable y Lux sintió su magia surgir a la superficie de su piel. Reprimió la luz creciente y se abrió paso entre la multitud para ver a Garen al pie de los peldaños que llevaban a la plataforma de subastas.

—Aldo Dayan—, dijo la magistrada Giselle, su voz marcada por la emoción. —¡Te nombro asesino y consorte de un mago oscuro!—

—¡No!—, gritó el hombre. —¡No lo entienden! ¡Eran monstruos! ¡Yo los vi, vi sus verdaderos rostros! Oscuridad. ¡Completa oscuridad!—

—¡Confesión!—, gritó Giselle.

La multitud gritó en respuesta, el ansia creciente por venganza surgía de todas las gargantas. Se veían preparados para correr hacia la plataforma de subastas y arrancar todas las extremidades de Aldo Dayan y seguro lo habrían hecho si no hubieran estado los cuatro guerreros de la Vanguardia Valerosa parados con sus espadas en el borde.

—Lux, ¿qué sucede?—, preguntó Garen. ¿Qué pasó?—, preguntó Lux mientras llegaba al lado de Garen.

Garen no la miró, sus ojos estaban fijos en el hombre arrodillado.

—Asesinó a su esposa y a sus hijos mientras dormían, después corrió hacia las calles y atacó a sus vecinos. Partió a tres personas con un hacha antes de que pudieran contenerlo—.

—¿Por qué haría eso?—

Garen finalmente volteó para mirarla. —¿Por qué crees? Debe haber un mago cerca. El poder de la oscuridad tiene dominio aquí. Solo la influencia oscura de un hechicero podría llevar a un ciudadano leal de Demacia a cometer actos tan atroces—.

Lux se tragó una réplica furiosa y empujó a Garen para pasar. Subió los escalones de la plataforma y se dirigió hacia el hombre arrodillado.

—¿Dama Guardia de la Corona? ¿Qué está haciendo?—, demandó Giselle.

Lux la ignoró y levantó la cabeza del hombre. Su rostro estaba moreteado, un ojo estaba completamente hinchado debido al golpe de un garrote o de un puño. Sangre y moco caían su nariz y cordeles de saliva colgaban de su labio partido.

—Mírame—, dijo ella y el ojo intacto del hombre intentó enfocarse en ella. La parte blanca del ojo estaba enrojecida, los bordes morados, era el ojo de un hombre que no había dormido en días.

—Buen hombre Dayan, dime por qué mataste a tu familia—, dijo Lux. —¿Por qué atacaste a tus vecinos?—

—No eran ellos. No. Yo vi. No eran ellos, eran... monstruos...—, sollozó el hombre. —La oscuridad enmascarada bajo la piel. ¡Entre nosotros, todo el tiempo! ¡Desperté y vi sus rostros reales! ¡Así que los maté! Tenía que hacerlo. ¡Tenía que hacerlo!—

Lux levantó la mirada cuando la magistrada Giselle apareció sobre su hombro. Lux vio el dolor apremiante grabado en el rostro de la mujer. Los últimos dos días la habían envejecido diez años. La magistrada miró con aversión a Aldo Dayan, tensando los puños.

—¿Asesinaste a mi Luca?—, preguntó, la voz quebrada por la pena. —¿Mataste a mi hijo? ¿Solo porque era diferente?—

Aullidos exigiendo venganza se levantaron de la multitud, el sol se hundía en el oeste y las sombras se extendieron. Puñados de barro y estiércol golpearon a Aldo Dayan mientras sus antiguos amigos y vecinos pedían su muerte. Intentó soltarse del agarre de los guardias con violencia, la boca llena de espuma y saliva sangrienta.

—¡Tenía que matarlos!—, gritó, mirando desafiante a sus acusadores. —No eran ellos. Solo oscuridad, completa oscuridad. ¡Podría ser uno de ustedes también!—

Lux fue hacia la magistrada Giselle.

—¿A qué se refirió cuando dijo que su hijo era diferente?—

El dolor de Giselle la consumía, pero Lux vio más allá y descubrió una vergüenza oculta. Los ojos de la magistrada estaban rojizos y rodeados con manchas oscuras de agotamiento. Aun así no podía ocultar la misma mirada que había visto en los ojos de su madre cuando Lux había aceptado sus poderes. Era la misma mirada que veía algunas veces en los ojos de su hermano, cuando creía que ella no estaba viendo.

—¿A qué se refería?—, preguntó de nuevo.

—A nada—, dijo Giselle. —No me refería a nada—.

—¿Diferente cómo?—

—Solo diferente—.

Lux había escuchado esas evasiones antes y de pronto ella supo exactamente por qué el hijo de la magistrada era diferente.

—Ya escuché suficiente—, dijo Garen mientras desenvainaba su larga espada de acero, llevándola hacia la plataforma. La hoja brillaba en el crepúsculo, increíblemente afilada.

—Garen, no—, dijo Lux. —Algo más pasa aquí. Déjame hablar con él—.

—Es un monstruo—, dijo Garen, levantando la espada sobre su hombro. —Si no es un siervo de la maldad, es un asesino. Solo puede haber un castigo. ¿Magistrada?—

Giselle apartó los ojos llorosos de Lux. Asintió.

—Aldo Dayan, te declaro culpable e invoco a Garen Guardia de la Corona de la Vanguardia Valerosa—.

El hombre levantó la cabeza y los ojos de Lux se estrecharon cuando percibió una sensación de... algo que pasó a través de él. El susurro de una presencia al acecho. Se desvaneció antes de que pudiera estar segura, pero una corriente de aire frígido la estremeció.

Las extremidades de Dayan tuvieron un espasmo, como un perturbado merodeador al borde del camino afligido con malestar y temblores. Susurró algo, la voz áspera y débil, mientras Garen levantaba la espada para llevar a cabo la ejecución. Las últimas palabras de Dayan se perdieron entre los rugidos de aprobación de la multitud, pero Lux pudo reconstruirlas cuando la espada de Garen cayó.

La luz se está desvaneciendo...

—¡Espera!—, gritó.

La espada de Garen separó la cabeza del hombre de su cuerpo con un golpe titánico, la multitud bramó en aprobación. El cuerpo cayó sobre la plataforma y de su cuello surgieron chorros de sangre que formaron un arco. La cabeza rodó hasta los pies de Giselle mientras salían espirales de humo del cadáver de Aldo Dayan, como bilis negra supurante en una morgue. La magistrada se quedó conmocionada al ver cómo surgía una forma fantasmal malvada de garras y ojos ardientes del cráneo del hombre muerto.

La oscuridad espectral se lanzó hacia la magistrada, soltando una carcajada maliciosa. Ella gritó mientras la atravesaba antes de disiparse como cenizas esparcidas en el viento. Lux sintió el aliento de la cosa desaparecer, una energía tan vil, tan llena de odio y tan inhumanamente maligna, que era difícil de creer. La magistrada Giselle colapsó, su piel estaba pálida y lloraba aterrorizada.

Lux se hincó en una rodilla cuando innumerables visiones horribles surgieron en su interior; miedos abrumadores de ser enterrada viva, de ser expulsada de Demacia por su hermano, de cientos de formas de morir lenta y dolorosamente. La luz dentro de ella peleó contra estas terribles visiones y la respiración de Lux resplandeció con motas de luz mientras escupía el sabor a muerte de su boca.

—Lux...—

Garen susurraba y le tomó un momento descifrar cómo era posible que pudiera escuchado entre los gritos de la multitud que celebraba. Lux se alejó de la magistrada sollozante y sintió la magia fluir alrededor de su cuerpo en una oleada.

La multitud guardó silencio por completo.

—Lux, ¿qué sucede?—, preguntó Garen.

Lux alejó las aberrantes imágenes que ardían en su cabeza y siguió la mirada de Garen mientras los guerreros de la Vanguardia Valerosa corrían para apostarse junto a su líder.

Entonces, uno tras otra, las personas de Montefossian cayeron al suelo, como si sus vidas simplemente hubiera abandonado sus cuerpos.

Lux apretó los dientes y se impulsó para ponerse de pie.

El sol se había ocultado detrás del muro oeste de Montefossian y Lux quedó boquiabierta al ver las oscuras formas vaporosas que surgían de los habitantes inconscientes del pueblo. Eran todas diferentes y Lux vio una horda de demonios en armaduras noxianas, arañas inmensas, serpientes de varias cabezas, guerreros demoniacos enormes con hachas congeladas, grandes dragones con dientes parecidos a dagas de obsidiana y montones de cosas que no tenían una descripción racional.

—Hechicería—, declaró Garen.

Las criaturas de sombra se acercaron a la plataforma, deslizándose por el aire sin producir ningún sonido. Una oleada de pesadillas.

—¿Qué son?—, preguntó Varya.

—Las pesadillas más oscuras de la gente de Montefossian materializadas—, dijo Lux.

—¿Cómo puedes saberlo?—, preguntó Sabator.

—Simplemente lo sé—, dijo Lux, sabiendo que no podía quedarse a pelear. Sus habilidades tendrían un mejor uso en otro lugar y la Vanguardia Valerosa podía arreglárselas aquí. Colocó su pulgar y su dedo índice contra su labio inferior y silbó una nota invocadora, antes de dirigirse a Garen.

—Sé cómo detener esto—, dijo ella.

—¿Cómo?—, preguntó Garen, sin apartar la vista de la horda demoniaca que se acercaba.

—No te preocupes del cómo—, dijo Lux. —Solo... intenta no morir antes de que vuelva—.

Lux corrió al borde de la plataforma mientras Estrella de Fuego galopaba entre las criaturas. Su corcel atravesó sin molestias, sus sueños y pesadillas no le interesaban al poder que se cernía sobre Montefossian. Lux saltó desde la plataforma y tomó su crin para balancearse y subirse a su espalda en un movimiento fluido.

—¿Adónde vas?—, preguntó Garen.

El caballo relinchó y Lux giró sobre la montura para contestarle a su hermano.

—Ya te lo dije—, gritó. —¡Voy a rendir homenaje a mi bisabuelo Fossian!—

Garen observó a su hermana galopar a través de la horda oscura, navegando cuidadosamente por un camino entre los habitantes caídos del pueblo. Garras de criaturas demoniacas intentaron capturarla, pero ella y Estrella de Fuego evadieron todos los ataques. Lux cabalgó hasta alejarse de la horda de monstruos y se detuvo el tiempo justo para elevar su báculo dorado. —¡Por Demacia!—, gritó.

Los guerreros de la Vanguardia Valerosa chocaron sus espadas contra los escudos.

—¡Por Demacia!—, contestaron al unísono.

Lux hizo girar a su caballo y galopó hacia las afueras del pueblo. Garen giró los hombros, preparándose para la batalla que transcurriría en un espacio reducido y levantó la espada.

—¡Alineación!—, gritó y sus guerreros adoptaron su posición de batalla. Varya y Rodion se colocaron a su izquierda, Sabator y Diadoro a su derecha.

—Somos la Vanguardia Valerosa—, dijo Garen, bajando la espada para que las crucetas enmarcaran sus ojos perforantes. —Que el coraje y un buen ojo guíe sus espadas—.

Los sabuesos demonios negros fueron los primeros en alcanzar la plataforma, saltando hacia arriba con colmillos desgarradores y dientes centellantes. Garen y la Vanguardia Valerosa los enfrentaron con un bloqueo de escudos y espadas descubiertas. Un muro de hierro los hizo retroceder. Aunque sus enemigos procedían de las sombras y de la maldad, pelearon con fuerza brutal y habilidad. Garen intervino y clavó su espada en la cadera de una bestia serpenteante, desgarrando el lugar donde su médula debía estar. La forma monstruosa explotó en polvo negro con un aullido de angustia.

Garen agitó la espada hacia arriba y la retrajo en un giro oblicuo. Su espada paró la mandíbula de otra bestia. Giró las muñecas y bajó los hombros para atacar. Derribó a la cosa con un empujón. Pisó su pecho y la bestia rugió mientras explotaba. Garen hizo un movimiento rápido con la espada para bloquear un golpe aplastante de algo que parecía la silueta de un gigantesco guerrero freljordiano. El impacto lo hizo caer de rodillas.

—¡Pelearé mientras siga en pie!—, dijo con los dientes apretados. Se incorporó con un rugido y aplastó su empuñadura contra el cráneo corneado del guerrero salvaje. Cenizas brotaron del demonio y Garen giró para guiar su espada hacia el estómago de otra bestia.

Sabator decapitó a un sabueso baboso, mientras que Diadoro estrelló su escudo contra una sibilante serpiente, partiendo su cuerpo por la mitad. Varya golpeó con la empuñadura de su espada los colmillos de un guerrero demonio sin rostro, mientras que Rodion clavó su espada en el enemigo de su gemela.

Con cada golpe asesino, las criaturas de las sombras se convertían en cenizas ámbar. La espada de Garen destelló y la hoja plateada atravesó el cuerpo de un monstruo con apariencia de escorpión.

Unas cortantes garras oscuras se dirigieron a la cabeza de Garen. El escudo de Sabator contrarrestó el ataque. Varya enterró su espada en las piernas del monstruo y este explotó. Una horrible criatura coja se lanzó hacia Rodian, quien clavó su espada tan fuerte como pudo en su rostro anodino. Chilló al morir. Pero por cada sombra que destruían, más sombras tomaban su lugar.

—¡Espalda con espalda!—, gritó Garen y las hombreras de los cinco guerreros chocaron. Pelearon hombro con hombro en un círculo de acero, un rayo de luz contra la oscuridad.

—¡Muéstrenles la fuerza de Demacia!—

Lux cabalgó por el bosque, los árboles desdibujados por la velocidad a la que iba. De la punta de su báculo destellaba una luz que iluminaba su camino con un brillo impetuoso. Era imprudente galopar por el bosque a esa velocidad, incluso con su luz como guía, pero las pesadillas que atacaban a Garen y a la Vanguardia Valerosa seguirían llegando. Las imaginaciones humanas eran un pozo sin fondo de pesadillas: miedo a la muerte, miedo a la debilidad o miedo a perder a alguien amado.

Siguió la ruta que había tomado por la mañana y dejó que el poder de su magia fluyera dentro de Estrella de Fuego para otorgarle una mejor vista. Lux y su corcel cabalgaron durante la noche y al final llegaron al cruce donde los caminos divergían. Ignorando los caminos hacia el este y el oeste, Estrella de Fuego saltó por encima de un helecho que oscurecía el camino del norte.

El camino hacia la tumba del bisabuelo Fossian.

Aún con su luz y el paso firme de su corcel, Lux se vio forzada a reducir su velocidad cuando el camino dio paso a barrancos empinados y cañadas rocosas. Mientras más se acercaba a la tumba, más comenzaba a cambiar el paisaje, hasta tomar otro carácter completamente distinto, parecía salido de un cuento que se contaba para asustar a los niños. Los árboles supuraban savia negra, sus ramas se anudaban y se retorcían formando manos con garras que agarraban su cabello y su capa. Los agujeros en los troncos de los árboles se asemejaban a bocas colmilludas y arañas tejían redes en las ramas altas. El suelo se tornó esponjoso y húmedo con charcos salobres de agua estancada, como un bosquecillo abandonado por un hada.

Estrella de Fuego se detuvo ante la entrada a un claro envuelto en sombras y echó hacia atrás la cabeza, resoplando de miedo.

—Tranquilo, chico—, dijo Lux. —La tumba de Fossian está muy cerca. Solo unos pasos más—.

Pero el caballo no quería avanzar un centímetro más.

—Bien—, dijo Lux. —Iré sola—.

Se deslizó de la espalda del caballo y entró al claro sosteniendo el báculo en alto. Su luz parecía una linterna en la tormenta, pero le daba la cantidad justa de iluminación que le permitía ver.

El túmulo en la tumba de Fossian era un monte de césped que parecía negro en la penumbra, su cima estaba coronada con un montículo de piedras apiladas. Humo negro se elevaba hacia un cielo lleno imágenes de horrores antiguos esperando su momento para reclamar el mundo. Líneas negras atravesaban la enorme placa de piedra que relataba las hazañas de Fossian.

Un chico joven, no tendría más de doce o trece años, estaba sentado cruzado de piernas delante de la piedra, su delgado cuerpo se balanceaba como si estuviera en un trance. Bucles de humo negro formaban espirales desde la tumba y envolvían su cuello como enredaderas estranguladoras.

—¿Luca?—, preguntó Lux.

El balanceo del chico se detuvo ante el sonido de su voz.

Giró para ver a Lux y ella se quebró al ver sus desalmados ojos negros. Un cruel sonrisa se plasmó en su rostro.

—Ya no—, respondió él.

Una araña amenazadora con ganchos afilados en sus piernas se dirigió hacia Garen, su abultado estómago se estremecía con ojos dilatados y mandíbulas chasqueantes. Garen le partió el tórax y pateó a la criatura agitada de la plataforma mientras su cuerpo se desintegraba.

Garen, sus piernas listas para más, sintió un frío agudo en el músculo de su hombro por una garra negra que se hundía, atravesando su hombrera. El metal no se dobló ni se quebró. La garra lo atravesó sin obstáculos y Garen sintió un mareo repulsivo expandiéndose en él. Olió tierra de tumba, el hedor de tierra fétida después de siglos de sepulcro. Peleó contra el dolor, tal como le habían enseñado.

Rodion cayó cuando una espada se deslizó debajo de su armadura, perforando su costado. Gritó adolorido y bajó el escudo.

—¡De pie!—, gritó Garen. —Aparta el dolor—.

Rodian se enderezó, avergonzado por su momento de flaqueza, mientras las criaturas de sombra chocaban entre sí en su frenesí por alcanzar a la Vanguardia Valerosa.

—¡No dejan de aparecer!—, gritó Varya.

—¡Entonces no dejaremos de pelear!—, contestó Garen.

Aunque lo único que quería era huir del claro embrujado, Lux caminó hacia el chico. Sus ojos estaban llenos oscuridad, las pesadillas esperaban surgir de la marga rica que era la fragilidad humana. Sintió una fría y calculadora inteligencia evaluándola.

Luca asintió y con delicadez se puso de pie. Sombras murmurantes se juntaron al borde del claro, monstruos y horrores apenas invisibles se acercaban para rodearla.

—Tú tienes pesadillas en abundancia—, dijo él. —Creo que quebraré tu cráneo con una roca para sacarlas—.

—Luca, no eres tú—, dijo ella.

—Dime, ¿quién crees que soy?

—El demonio de la tumba—, dijo Lux. —Creo que no estaba muerto como la gente pensaba cuando enterraron a Fossian—.

Luca sonrió, los labios tan anchos que la piel de las comisuras se desgarraron. Riachuelos de sangre escurrían de su barbilla.

—Para nada muerto—, dijo él. —Solo dormía. Sanaba. Se renovaba. —Se preparaba—.

—¿Para qué?—, preguntó Lux, obligándose a dar otro paso al frente.

El chico chasqueó la lengua y agitó un dedo en advertencia. Lux se paralizó, incapaz de dar otro paso.

—Bueno, ya—, dijo él, agachándose para recoger una piedra afilada. —Déjame extraer una pesadilla primero—.

—Luca—, dijo Lux, incapaz de moverse, pero aún capaz de hablar. —Tienes que pelear contra él. Sé que puedes. Tienes magia en tu interior. Sé que la tienes, es la razón por la que huiste, ¿cierto? Es por eso que viniste aquí, para estar al lado de alguien que venció a un demonio—.

La cosa dentro de la carne del niño rio y el pasto se marchitó a su alrededor por el sonido—.

Sus lágrimas eran como agua en el desierto—, dijo, acercándose y rodeándola como si buscara el mejor lugar para partirle el cráneo. —Me despertaron, me alimentaron. Había dormido tanto tiempo que había olvidado el dulce sabor que tenía el sufrimiento de los mortales—.

El chico estiró la mano y le acarició la mejilla. El contacto fue como una espina fría de terror que atravesó a Lux. Retiró su dedo y un hilo humeante lo siguió. Lux sintió nauseas mientras el miedo la inundaba, ahogándola. Una lágrima recorrió su mejilla.

—Hice que durmiera y sus sueños estaban llenos de horrores listos para volverse reales—, dijo el chico. —Su poder es débil, una brasa brillante comparada con la caldera que arde en tu carne. Me brindó muy poco en cuanto a substancia, pero los miedos infantiles son un banquete después de pasar tanto tiempo sin ellos. Demacia es una pesadilla para los que son como él. Como tú—.

Lux sintió su magia retirarse de la criatura, la oscuridad llenaba el claro y empujaba su luz hasta reducirla a poco más que una chispa. Pero incluso una sola chispa podía comenzar un incendio que devoraría un bosque completo.

—Lo odiaban. Luca lo sabía. Ustedes los mortales siempre le temen a las cosas que no comprenden. Es muy sencillo avivar esas llamas y dar lugar a las exquisitas visiones de terror—.

Lux flexionó los dedos y sintió dolor. Pero el dolor significaba que tenía el control. Lo utilizó. Alimentó a la creciente chispa en su interior, la alejó del terror y dejó que reapareciera lentamente en su cuerpo.

—Luca, por favor—, dijo ella, forzando cada palabra. —Tienes que pelear contra él. No permitas que te use—.

El chico rio. —Él no puede escucharte. E incluso si pudiera, sabes que está en lo correcto al temer lo que su propia gente le haría si descubrieran la verdad. Que él es justo lo que odian. Un mago. Tú, entre toda la gente, sabe cómo se siente eso—.

El dolor se extendió en los brazos de Lux y se movió por su pecho. Los ojos negros del chico se estrecharon en cuanto sintió el aumento de magia.

—Lo sé demasiado bien—, dijo ella. —Pero no permito que el miedo me defina—.

Lux empujó su báculo hacia el chico con un grito de dolor. Sus extremidades ardían y el golpe fue torpe. El chico retrocedió, demasiado lento. La punta dorada del báculo rozó la piel de su mejilla.

El momento de conexión fue fugaz, pero más que suficiente.

La Vanguardia Valerosa peleaba con cortes brutalmente eficientes y fuertes golpes de sus escudos, pero no podían pelear para siempre.

Al final, las sombras se los llevarían.

Un manada de criaturas retorcidas con garras afiladas atacaron por la izquierda y se echaron contra la espada de Diadoro. Un golpe rebotó en su escudo y lo golpeó en la hombrera de su armadura. Gruñó y clavó la espada en el estómago de una bestia de piel negra que tenía cabeza de dragón.

—¡Avanza!—, reprendió Sabator. —¡Mantenlos alejados!—

Garen lanzó una espada hacia la oscuridad retorcida, un contragolpe hacia las entrañas y una estocada al pecho. Bien profundo. No dejes de moverte. Movimiento a la derecha, un cráneo que parecía un insecto con colmillos como dagas. Le propinó un corte en los ojos. La criatura gritó y se convirtió en humo y cenizas.

Dos más se lanzaron hacia él. Sin espacio para blandir la espada. Otro golpe con la empuñadura en el pecho del primero. Estocada en el estómago para el otro, espada afuera. Los monstruos se retiraron. Garen retrocedió y se colocó junto a Varya y Rodion. Ambos estaban cubiertos en ceniza, desde el casco hasta las grebas.

—Debemos aguantar—, dijo Garen.

—Por cuánto tiempo?—, preguntó Diadoro.

Garen miró hacia el norte, donde una luz distante brillaba en el bosque.

—Tanto como Lux necesite—, dijo Garen con una mirada de alerta.

Y las sombras los atacaron otra vez.

Lux vertió su magia en Luca y un brillo cegador cubrió todo el claro. El monstruo dentro del chico había sido separado de su cuerpo con un aullido de furia y desesperación. Fuego blanco la envolvió y fue lo único que quedó en el claro. La oscuridad huyó ante el grandioso poder de Lux, su sombra se desvaneció por la incandescencia de la luz. El fulgor siguió aumentando hasta que el bosque y la tumba dejaron de verse. Solo quedó una extensión infinita de vacío blanco. Sentado frente a ella había un chico con las rodillas retraídas hasta el pecho. Levantó la mirada y sus ojos eran los de un pequeño y atemorizado niño.

—¿Puedes ayudarme?—, preguntó.

—Sí—, dijo Lux, acercándose y sentándose a su lado. —Pero debes regresar conmigo—.

Luca negó con la cabeza. —No puedo. Tengo mucho miedo. El hombre de las pesadillas está ahí fuera—.

—Sí, pero juntos podemos derrotarlo—, dijo ella. —Yo te ayudaré—.

—¿Lo harás?—

—Si tú me dejas—, dijo Lux con una sonrisa. —Sé por lo que estás pasando, sé que te asusta lo que podría ocurrir si la gente supiera lo que puedes hacer. Créeme, yo también pasé por eso. Pero no tienes que tener miedo. ¿Lo que hay dentro de ti? No es maldad. No es oscuridad. Es luz. Una luz que te ayudaré a controlar—.

Lux extendió una mano.

—¿Lo prometes?—, preguntó Luca.

—Lo prometo. —No estás solo, Luca—.

El chico le tomó la mano con fuerza, como si su vida dependiera de ello.

La luz se expandió de nuevo, un resplandor increíble, y cuando se desvaneció, Lux vio que el claro estaba exactamente igual a como lo recordaba de siete años atrás. Césped verde, un monte con un montículo de piedras y una placa describiendo las hazañas de Fossian. La oscuridad que había transformado el bosque estaba ahora ausente. Los árboles con garras no eran más que árboles normales, el cielo era una bóveda azul de media noche con estrellas titilantes. El sonido de los pájaros nocturnos cazando resonaba entre el follaje del bosque.

Luca aún sujetaba su mano y le sonrió.

—¿Se fue el hombre de las pesadillas?—

—Eso creo—, dijo ella, sintiendo el agrio sabor de la magia oscura disminuyendo. —Al menos por ahora. Creo que no está más en la tumba, pero se fue de aquí. Eso es lo que importa en este momento—.

—¿Podemos volver a casa?—, preguntó Luca.

—Sí—, dijo Lux. —Podemos volver a casa—.

Un frío adormecedor inundó a Garen. Sus extremidades parecían hechas de plomo, perforadas por garras de sombras. Por sus venas corría hielo y el frío llegó hasta su corazón mientras la vista se le empezaba a nublar.

Sabator y Diadoro habían caído, su piel se oscurecía. Rodion estaba arrodillado, una garra sobre la garganta. Varya seguía peleando, el brazo que sujetaba su escudo colgaba inútilmente a su lado, pero el brazo que sostenía su espada seguía fuerte.

Garen saboreó cenizas y desesperanza. Nunca había conocido la derrota. No de esta manera. Incluso cuando creyó que Jarvan estaba muerto, encontró la voluntad para continuar. Ahora, su vida estaba siendo socavada con cada respiración.

Una enorme figura se posó ante él, un demonio cornudo con un hacha de oscuridad. Se parecía a un guerrero salvaje al que había asesinado hace algunos años. Garen levantó su espada, listo para morir con un grito de guerra demaciano en sus labios.

Sintió una brisa de verano. El fulgor en el cielo del norte brilló como un sol naciente.

Las criaturas de sombra se desvanecieron, convertidas en pedazos de hojas carbonizadas en un huracán. El viento y el extraño fulgor se extendieron por toda la plaza del pueblo como un amanecer y las sombras huyeron despavoridas.

Garen exhaló, sin poder creer que aún podía hacerlo. Rodion inhaló una bocanada de aire al tiempo que Sabator y Diadoro se levantaban del suelo. Miraron a su alrededor, asombrados, mientras las últimas sombras eran expulsadas y la gente del pueblo comenzaba a despertar.

—¿Qué ocurrió?—, preguntó Varya.

—Lux—, dijo Garen.

Con Luca reunido con su agradecida madre y luego de dejar instrucciones detalladas a la señora Pernille de los Portadores de la Luz acerca de su futura educación, Lux y Garen cabalgaron hacia el portal del sur de Montefossian a la cabeza de la Vanguardia Valerosa. Su humor estaba apagado, la culpa invadía a todas las personas con las que se cruzaban. Los habitantes de Montefossiano no recordaban nada después de la ejecución, pero todos sabían que habían jugado un papel en la muerte de un hombre.

—Que la Dama del Velo te acoja en su pecho—, dijo Lux mientras pasaban por el entierro de Aldo Dayan.

—¿Realmente crees que se merece tanta compasión?—, preguntó Garen. —Mató a inocentes—.

—Es verdad—, dijo Lux —pero ¿entiendes por qué?—

—¿Acaso importa? Era culpable de un crimen y pagó el precio—.

—Claro que importa. Aldo Dayan era su amigo y vecino—, dijo Lux. —Bebían cerveza con él en la taberna, compartían bromas con él en la calle. Sus hijos e hijas jugaban con sus niños. Por haber juzgado precipitadamente, cualquier oportunidad de comprender lo que había provocado los asesinatos se perdió—.

Garen mantenía la mirada fija en el camino delante.

—Ellos no quieren comprender—, dijo él al fin. —No lo necesitan—.

—¿Cómo puedes decir eso?—

—Vivimos en un mundo que no permite matices, Lux. Demacia es asediado desde todas direcciones por terribles enemigos: tribus salvajes al norte, un imperio rapaz en el este y el poder de los magos oscuros que amenazan la estructura de nuestro reino. Tratamos con absolutos por necesidad. Permitir que la duda nuble nuestro juicio nos deja vulnerables. Y yo no puedo permitir que nos volvamos vulnerables—.

—¿Incluso a ese precio?—

—Incluso así—, contestó Garen. —Es la razón por la que hago lo que hago—.

—¿Por Demacia?—

—Por Demacia—, dijo Garen.

Trivia

Para una mirada detallada, vea Por Demacia.
  • Por Demacia sirve como el primer evento principal para reintroducir a Demacia en el nuevo canon.
    • Sin embargo, con la introducción de nuevos contenidos de la historia especialmente el cómic de Lux, varias inconsistencias de la línea de tiempo que necesitan edición han aparecido en la historia. [1]
  • Inicialmente se debatió si Nocturne Nocturne era la entidad oculta en la historia. Más tarde, Riot lo confirmó con comentarios en línea y su inclusión en el mapa de Runaterra en el lugar específico en el que tuvo lugar la historia. [2]

Referencias

  1. Scathlocke sobre inconsistencias cronológicas en Por Demacia
  2. @RiotJaredan Si fueras desafiado a que uno de los personajes más sombríos se enfrente a uno de los personajes más optimistas y alegres, ¿qué tipo de historia escribirías?
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