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Historia corta

Plegaria a un Santuario en Ruinas

Por Rayla Heide

Rin se golpeó en el dedo del pie con una raíz y tropezó, pero logró reincorporarse antes de perder el equilibrio. A unos cuantos pasos más frente a él, su tía abuela lo miraba.

Lore

Rin se golpeó en el dedo del pie con una raíz y tropezó, pero logró reincorporarse antes de perder el equilibrio. A unos cuantos pasos más frente a él, su tía abuela lo miraba.

—¿Acaso mis viejos huesos van demasiado rápido para ti? ¡Ja!—, rio.

—No—, murmuró Rin, bajando la mirada. Su tía abuela, Peria, tenía el cabello blanco como la nieve y, debido a su avanzada edad, se había encorvado, pero a pesar de ello, seguía siendo unos cuantos centímetros más alta que Rin. Deseó haber sido tan alto como su horrible hermano, quien los habría rebasado a ambos si hubiera estado ahí.

Rin nunca antes había estado en esta parte del bosque. Los pinos crecían uno junto al otro; la distancia que los separaba era tan estrecha que la luz de mediodía quedaba reducida a un tenue destello entre las sombras.

Tía Peria se detuvo un poco más adelante. Primero, pensó que ella se había parado frente a una roca musgosa, pero una vez que la alcanzó, vio los restos de una figura de piedra erosionada por el tiempo. Rin jugó con las piedras que estaban en su bolsillo.

—¡Ajá! ¿Sabes quién es?—, le preguntó Tía Peria.

—Eh, ¿alguna noble de la ciudad?—, respondió Rin.

—¡Oh, no!—, contestó alegremente tía Peria. —Para muchos, ella no era más que sombras y un mito. Una mujer conocida como la Dama del Velo Dama del Velo—.

Tía Peria levantó su linterna hacia la figura. Faltaba el brazo izquierdo de la estatua, pero la palma de su mano derecha estaba abierta, como si los invitara a acercarse. Sobre su cabeza se posaba algo que alguna vez debió haber sido un delicado velo de piedra, ahora recubierto por enredaderas. Unas puntas emplumadas, rotas y erosionadas, emergían de sus hombros. Rin vio cómo una parte de su rostro se había desmoronado llamativamente, provocándole escalofríos. La otra mitad tampoco estaba mejor: el único ojo que le quedaba estaba manchado y su expresión era de disgusto, como si estuviera a punto de escupir leche agria.

—¿No te agrada?—, dijo tía Peria, entretenida. —No eres el único. No es la consentida, pero ella sabe todo sobre la venganza—.

Los ojos de Rin se agrandaron. Pensó que había sido muy cuidadoso.

—Sí, sí, escuché el sonido de las piedras que están en tu bolsillo—, dijo tía Peria. —Sé que estás planeando vengarte de tu hermano. Él no quiso lastimarte—.

—¡Me golpeó en el ojo con la parte desafilada de su hacha!—, sollozó Rin. —¿Qué crees que quería hacer? ¿Acaso no debería ser él quien reciba una lección?—.

—Te estaba mostrando dónde cortar madera. Sabes que nunca te lastimaría a propósito—, dijo tía Peria.

—¡Al menos merece su propio ojo morado!—.

—Y si así fuera, ¿qué lección crees que él aprendería de ello, eh?—.

Rin creyó que su respuesta no sería del agrado de tía Peria, por lo que guardó silencio.

—¿No me vas a contestar? Entonces, es hora de una historia—, dijo tía Peria. —¡Ahora, escucha!—.

Rin se sentó enfrente de la estatua. Suspirando, reclinó su cabeza contra su mano.

Hace mucho tiempo, en los bosques más profundos y oscuros, donde los árboles crecen tan juntos que ni el cielo ni las estrellas se pueden ver, vivía la Dama del Velo, alejada de todo asentamiento. A pesar de que muy pocos hablaron con ella, se creía que era más antigua que el amanecer y más ingeniosa y sabia que cualquiera en esta tierra. Aquellos que tenían un pleito que no lograban resolver por sí mismos acudían a ella para la deliberación final, para buscar consejo, la absolución y, en ocasiones, el castigo. Pero lo hacían con precaución, puesto que era bien sabido que sus lecciones podían ser muy severas.

Un día, un clérigo y su alumno se internaron en el bosque para encontrar a la Dama del Velo porque el alumno había pecado. En un momento de ira, había arremetido contra su superior, golpeándolo con un incensario. El incienso ardiente le provocó una quemadura grotesca al clérigo, dejándole marcas en el rostro. El alumno sabía que había actuado mal y quería redimirse.

Ambos viajaron durante un día y una noche antes de encontrar a la Dama del Velo.

Entraron a una cueva iluminada con velas. El agua goteaba del techo y pociones extrañas llenaban las paredes. Apestaba a tierra de cementerio y musgo. Decenas de plumas de cuervos estaban regadas por el suelo.

Una figura emergió silenciosamente de las sombras para encontrarse con ellos: la Dama del Velo. Un velo negro escondía la mayor parte de sus facciones, pero sus siniestros ojos violeta brillaban a través de él. Sus pies estaban descalzos sobre el frío suelo de piedra. Mientras el alumno relataba su historia, ella lo miraba fijamente.

—Entiendo que tus acciones no fueron un accidente—, dijo por fin la Dama del Velo. Si bien casi inaudible, su voz era tan punzante como un arbusto espinoso. 'Actuaste a propósito y con decisión. Y, sin embargo, ahora sientes un profundo dolor por haber lastimado a tu maestro—.

—Sí, deseo expiar mis pecados para poder deshacerme de esta culpa—, respondió.

—La culpa puede enseñarle muchas cosas a un corazón profundamente humillado. ¿Por qué atacaste a tu maestro?—, le preguntó ella.

—Fue un momento de ira. Estaba equivocado', dijo el alumno.

—Tal vez. ¿Qué te hizo enojar?—, preguntó la Dama del Velo.

El alumno volteó a ver al clérigo y bajó la mirada.

—En un acto de imprudencia, traté de detener la lección que le estaba dando a otro estudiante—, dijo el alumno.

—¿Y qué clase de lección era?—

Antes de que el alumno pudiera responder, lo interrumpió el clérigo.

—Mis estudiantes requieren diversos tipos de instrucción—, dijo. —Yo les enseño modales, paciencia y control. Si llega a ser necesario, uso el látigo. No lo disfruto, pero estas lecciones son mi deber sagrado—.

La Dama del Velo miró al clérigo. Tras el velo, parecía que su mirada lo atravesaba.

—Pero tú sí las disfrutas—, dijo ella.

—¿Cómo dijo...?—

—Dime, maestro con cicatrices, ¿en verdad tus lecciones son para el bien de tus estudiantes? ¿O los castigas para disfrutar de su sufrimiento?—, preguntó la Dama del Velo—.

—No—, interrumpió el alumno. —Eso no puede ser, nosotros le importamos...—.

El clérigo alzó su mano y golpeó al chico.

—No necesito que tu aliento mentiroso me defienda—, espetó el clérigo, su rostro marcado ardía de rabia.

La Dama del Velo abrió la palma de su mano y encadenó encadenó al clérigo a ella con su fuego oscuro. Las ataduras brillaban con una luz violeta e incorpórea, pero, por más que trataba, el clérigo no podía romperlas.

—Acudiste a mí para obtener el castigo de alguien más—, dijo entre dientes. —Pero haces caso omiso de tus propios pecados. Tu orgullo enfermizo crece cuando estos vuelven a ti, clérigo. Ya que te rehúsas a mirarte a ti mismo, haré que sientas el dolor que has causado—.

A través de las cadenas que los ataban, la Dama del Velo lo obligó a soportar toda la vergüenza, sufrimiento y soledad que había infligido en sus alumnos. Por un instante, el corazón del clérigo se detuvo al sentir que un gran peso hasta ahora desconocido para él constreñía su alma. Cayó de rodillas, inmovilizado por el amargo tormento, mientras las sombrías llamas acariciaban su piel.

—¡Basta, por favor, deténgase!—, gritaba el estudiante. —Por favor, castígueme a mí en su lugar. ¡Ya ha sufrido bastante!—.

—Incluso ahora sigues defendiéndolo—, dijo la Dama del Velo. —El desgraciado tiene mucho que aprender antes de que la misericordia de la muerte lo reclame. Debe sentir el dolor que le ha causado a muchos, para que nunca vuelva a lastimar a nadie. Viniste aquí en busca de comprensión. Ahora, te corresponderá a ti soportar su carga—.

El alumno no se apersonó en su claustro durante varios días, pero cuando el hambre y el cansancio se tornaron insoportables, olvidó su miedo hacia el látigo de su maestro. Al regresar, el clérigo era un hombre diferente. Pasó de ser cruel e insensible a una persona paciente y gentil. Si bien la quemadura de su rostro aún no había sanado, la lección de la Dama del Velo había dejado una marca mucho más profunda.

Tía Peria dejó su linterna en la base de la estatua. La mitad de su rostro gris pétreo se había perdido en la oscuridad, mientras sombras titilantes atravesaban su velo como si fueran lágrimas.

—Ten cuidado, Rin, cuando desees que alguien reciba un castigo. ¿Puedes enseñarle una lección a tu hermano que lo haga ser una mejor persona? Incluso si te hubiera golpeado a propósito, no tiene caso que tú lo castigues de manera egoísta—.

Rin tocó las piedras en su bolsillo.

—Supongo que mi hermano sí se disculpó conmigo. Después de que yo cayera al suelo por el golpe en el ojo—, dijo. A regañadientes, dejó caer las rocas al suelo del bosque.

—¡Maravilloso! Demos gracias a la Dama del Velo—.

Tía Peria abrió la tapa de su linterna y apagó la vela.

—Recuerda: la venganza es un acto orgulloso; enseñar una lección es un acto desinteresado—, dijo. —En caso de que lo olvides, ¡te estaré vigilando! ¡Ja! ¡Y muy probablemente también lo haga la Dama del Velo!—.

Rin miró cómo el humo se enroscaba y desenroscaba alrededor del ojo de piedra vacío de la estatua, cubriéndola en sombras. Cuando volteó a ver, tía Peria ya había emprendido el retorno a la aldea y caminaba entre los árboles. Rin se apresuró para alcanzarla.

Referencias

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