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Historia corta

Perenne

Por Dana Luery Shaw

Muchos temían que las flores espirituales nunca más regresarían a Jonia, como un signo del desequilibrio que aún permeaba esa tierra y a sus habitantes.

Lore

Muchos temían que las flores espirituales nunca más regresarían a Jonia, como un signo del desequilibrio que aún permeaba esa tierra y a sus habitantes. Casi una generación completa alcanzó la adultez sin la presencia de las flores espirituales, sin el festival.

Pero Paskoma aprendió a lo largo de su vida que, sin importar cuánto tiempo estuvieran ausentes las flores, siempre regresaban.

Ahora, por primera vez desde el comienzo de la guerra, había capullos frescos en los árboles espirituales: delicados y perlados, su perfume llenaba el aire con una dulzura penetrante. Paskoma recordaba muy bien el último festival. Se había llevado a cabo unos cuantos veranos después del nacimiento de su nieta. Ella y su esposo Okerei bebieron el té espiritual juntos y hablaron con sus seres queridos, ya fallecidos, para asegurarse de que estuvieran bien y recordarles que no los habían olvidado. Era una manera de dejarlos ir para encontrar la paz y seguir adelante tras las pérdidas. Después de esos encuentros, sus seres queridos regresaban al reino espiritual, felices de saber que su familia continuaría prosperando.

No obstante, en esta ocasión Okerei no estaría a su lado. Él había muerto en la lucha contra los noxianos, poco después de que invadieran por primera vez. Había mucho que contarle. Mucho que preguntar.

Pero primero, ella necesitaba hacer los preparativos.

La casa de té de Paskoma no tenía nombre. Los visitantes de Weh'le la identificaban gracias a la peculiar escultura de tetera afuera de la puerta principal. Cuando Paskoma construyó la casa de té, le pidió a un talentoso labrador de madera que la creara a partir de la mezcla de árboles diferentes que, al florecer, desplegaran distintos colores de acuerdo con la temporada. En esta estación, la taza de té era de un fucsia intenso, semicubierta por faroles rosa pálido.

—¿Ituren?—, llamó Paskoma a alguien que estaba adentro de la casa de té. —Necesito tu ayuda experta—. Gracias a su altura, él alcanzaba a colgar los faroles en las ramas que se encontraban más arriba.

—Enseguida, mi amor—. Ituren, un hombre de pocas palabras, colocó los faroles en los sitios que Paskoma señalaba, mientras le sonreía todo el tiempo. Pero era una sonrisa triste. Una sonrisa de preocupación.

Ituren había sido el amor y el compañero de Paskoma desde los últimos días de la guerra. Pero con la ausencia del festival de la Flor Espiritual, no tuvieron la oportunidad de conversar con el espíritu del esposo de Paskoma. Okerei nunca pudo darles su bendición, por lo que Paskoma no se sentía lista para casarse de nuevo. Ituren era paciente y comprensivo; había perdido a su esposa hace ya bastante tiempo, pero igual se mostraba preocupado. Paskoma se esforzaba por decirle que todo estaría bien, pero en sus adentros no sabía bien qué haría si Okerei no les daba su aprobación.

Tras colgar los faroles, Paskoma e Ituren alistaron los cuartos de invitados y las áreas comunes: lavaron los pisos con vino, colocaron dos velas frente a todos los espejos y dividieron las habitaciones para la llegada de los visitantes que esperaban para el festival. Comenzaron temprano por la mañana, pero fue cuando la luz dorada del atardecer resplandecía sobre ellos que escucharon un llamado a su puerta. —¡Que florezcan las alegrías pasadas, Emai!—, dijo una voz familiar.

Ituren y Paskoma intercambiaron miradas de confusión mientras ambos pronunciaban la tradicional respuesta: —Y que se marchiten las penas del presente—. Esa voz sonaba como la de Turasi, la hija de Paskoma, pero no podía ser ella. Turasi vivía en Siatueh, una aldea al otro lado de la bahía, a casi un mes de viaje de distancia a través de las montañas.

Pero cuando abrieron la puerta, ahí estaba Turasi. Su sonrisa era igual a la de su padre. Paskoma corrió hacia su hija y la abrazó con fuerza. —¡Turasi, no sabía que vendrías! Qué grata sorpresa. ¿Dónde está Satokka? ¿Y Kumohi?—.

—Satokka está afuera con nuestras cosas. Kumohi... decidió quedarse en la aldea—. Paskoma reconoció cómo se le hacía un nudo en la garganta a Turasi mientras hablaba de su esposo. —Queríamos sorprenderte para el festival de la Flor Espiritual. Así Satokka podrá conocer a su o-fa—.

Confundido, Ituren miró a Turasi. —Pero si los capullos brotaron apenas la semana pasada—.

Turasi frunció el ceño, lista para responder, pero en ese momento azotó la puerta una joven larguirucha con una expresión hosca mientras arrastraba un baúl de madera dentro del cuarto. Ituren se agachó para ayudarla, pero ella lo ignoró. Turasi miró con exasperación a su hija. —Satokka, deja que Ituren te ayude—.

—Puedo hacerlo sola—. Sin decir otra palabra, Satokka dejó caer el baúl en medio del piso y salió de nueva cuenta.

Paskoma miró a Turasi. —¿Vinieron por el festival?—.

Tras un momento de duda, Turasi asintió. —Sí. Vinimos por el festival—.

No importaba que no estuviera diciendo la verdad. Paskoma sabía que, por las ojeras en el rostro de su hija, necesitaba tiempo. Se arrodilló junto a la estufa para encender un pequeño fuego antes de mirarla con una sonrisa alentadora. —Entonces nos aseguraremos de que este sea un festival inolvidable—.

Hace mucho tiempo, el mundo se encontraba en un equilibrio perfecto. Era como un inmenso árbol lleno de vida: cada rama, cada hoja, cada flor posicionada con cuidado y consideración, de tal forma que el sol y la lluvia pudieran nutrirlos a todos. Las personas, los animales y los espíritus estaban en paz. No existía una palabra para la —guerra—, puesto que ni batallas ni derramamientos de sangre habían tenido lugar.

Un día, la Guarda y el Recolector cruzaron sus caminos. El Recolector vio cuántos espíritus había guiado la Guarda a través del reino espiritual hacia la paz y la felicidad, por lo que sintió envidia de ella.

—Espera. ¿La Guarda? Querrás decir la Vulpina—.

Ituren pausó la historia con la interrupción de Satokka. Le había pedido que lo ayudara a enterrar todas las cuchillas de la casa: los cuchillos de cocina, su sierra y su hoz, y la espada oxidada que Paskoma había heredado de su tía.

—Se dice que es un zorro, un perro o incluso un leopardo—, dijo Ituren con una sonrisa. Satokka no hablaba mucho desde que ella y Turasi habían llegado. Ituren esperaba que una tarea y una historia la ayudaran a conversar un poco. —¿Te la imaginas como un zorro?—.

Satokka volteó la mirada. —No soy una niña. No tienes por qué hablarme así—.

Continuaron cavando en silencio.

Ituren era paciente. Podía esperar.

—Cuando Fa-ir me cuenta las historias—, dijo con calma Satokka —se refiere a ella como la Vulpina. Así que debe ser un zorro—.

—Me gusta imaginar que es una nutria—, dijo Ituren suavemente. Él siempre pensó en el reino espiritual como un río sin fin, lleno de corrientes que podían apartarte de tu camino, con una ágil nutria explicándoles a los espíritus recién llegados cómo navegar a través de las aguas traicioneras.

Satokka lo miró de reojo. —Sigue—, murmuró. —Aún quiero saber por qué entierras estas cosas—.

Ituren carraspeó y comenzó a hablar de nuevo.

El Recolector se puso celoso de todos los espíritus a los que ayudaba la Guarda a encontrar la paz, así que ideó un plan. Tomó dos de sus campanas más pesadas y ruidosas, y las fundió. Después, durante doce noches, las forjó hasta convertirlas en dos espadas. A la primera de ellas le vertió un poco de su envidia. A la segunda, un poco de su obsesión. Después, cuando comenzó la primavera, dejó que los espíritus de aquellas espadas florecieran en el mundo material: las espadas crecieron en medio de la tierra como retoños.

Retoños. O al menos eso pensaron los dos hermanos al toparse con las espadas en medio del bosque.

Los hermanos eran los mejores amigos, fieles el uno con el otro, cada uno certero del papel que le correspondía en el mundo. El hermano mayor algún día heredaría la afamada espada de su padre y sus tierras, mientras que el menor heredaría el barco de su progenitor. Ambos creían que serían grandes héroes, uno en casa y otro allá afuera. Una primavera, se encontraron con los dos retoños-espada creciendo en medio del bosque. Ninguno de los hermanos había visto antes a ningún árbol crecer de esa forma tan brillante y afilada. Juntos, los cortaron y los llevaron sobre sus hombros de vuelta a casa.

No imaginaban que eso sería lo último que harían juntos como hermanos mientras vivieran. Puesto que, mientras caminaban a casa, la extraña savia de las espadas comenzó a fluir por sus cuellos y los llenaron de pensamientos y sentimientos horribles: los del Recolector. Si bien ese mismo día no se convirtieron en enemigos de inmediato, con el tiempo esas dos espadas que llevaban a cuestas colisionarían y sus sonidos metálicos se escucharían de una manera nunca antes conocida tanto en el reino físico como en el espiritual.

Satokka frunció el ceño. —Así no ocurrió. Los hermanos fabrican esas espadas por sí mismos. Derriten la espada de su padre después de que él muere y cada uno de ellos piensa que el otro tiene una espada mejor. Así comenzó la guerra. El 'Recolector' no tuvo nada que ver—.

Tras limpiarse la tierra de las manos, Ituren miró hacia el hoyo que acababa de abrir en medio del suelo del cuarto de invitados. Las raíces de la habitación eran gruesas y saludables. Tras aplicar un poco de presión, deslizó con cuidado la primera cuchilla bajo aquellas raíces. —Estas historias son muy antiguas—, dijo él —las han relatado una y otra vez, cientos y miles de veces, a lo largo de muchas vidas. Estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene una parte de verdad en ellas. Esta es la versión que yo conozco mejor—.

Satokka lo pensó por un momento mientras, absorta, pasaba el dedo por la espada oxidada. —¿Así es que entierras estas espadas por los hermanos?—.

—Sí. Cuando los hermanos no tienen al alcance las armas para pelear entre sí, no lo hacen. Esto asegura un festival pacífico en el que dejamos de lado los conflictos pasados. Mira—. Ituren señaló la hoz, atorada bajo otra raíz. —Si entregas las armas a las raíces que crecen en paz, las cuchillas no podrán crecer como lo hicieron los retoños-espada, enraizados en la violencia—.

Se preguntó si ella querría escuchar el resto de su historia, pero decidió no arriesgarse y preservar la delgada conexión que estaban tejiendo. Por el contrario, extendió su mano para pedirle la espada.

Satokka la aferró a su pecho en un gesto de protección. —No. Yo la enterraré. Solo dime en dónde—.

Eso le bastaba.

Ituren le mostró a Satokka cuál era la mejor forma de cavar bajo las raíces sin inquietarlas. Se desplazaron a lo largo de la casa y enterraron cuchillas bajo las raíces de cada habitación, lo que les permitió a las mujeres tener un momento para hablar con seriedad por primera vez desde su llegada.

Después de la cena, mientras Ituren y Satokka enterraban las cuchillas, Paskoma y Turasi abrieron un buen vino. Tenía un potente sabor a cacao y ciruela que permanecía en la lengua y facilitaba la conversación con una interlocutora reticente. Después de tres vasos, Turasi hacía girar el vino dentro de su copa mientras observaba al fuego danzar en el reflejo del líquido.

—¿Turasi?—. Hubo un silencio, en lo que Paskoma evaluaba cómo preguntárselo. Turasi miró a su madre. —¿Por qué se quedó Kumohi en tu aldea? ¿Por qué no vino contigo y con Satokka al festival?—.

Turasi aún no quería hablar de esto, Paskoma lo sabía, pero ya llevaban tres días en la casa de té. Necesitaba saber si esta era la clase de problema que las seguiría hasta Weh'le o si había algo que ella o Ituren tuvieran que hacer para cerciorarse de que estuvieran a salvo. Sobre todo, durante los días del festival, en donde había muchos extraños en la aldea.

Con un suspiro, Turasi comenzó a hablar. —Hay barcos noxianos que navegan a lo largo de la bahía para realizar tratos comerciales con Siatueh y otras aldeas ubicadas en el borde de los acantilados. Ellos son muy... cautelosos. Tratan de asegurarse de que sepamos que no van a hacer nada. Que no lastimarán a nadie—. Apretó su vaso con tanta fuerza entre sus manos que Paskoma temió que el vidrio fuera a romperse. —Pero algunos en Siatueh juran haber visto cómo esos mismos noxianos descendían a tierra firme e inspeccionaban el área o enviaban a sus aves para que lo hicieran por ellos. No creen que los noxianos se desharán jamás de sus intenciones con respecto a Jonia—.

Paskoma asintió. La invasión comenzó después de varias exploraciones similares, así es que comprendió por qué su hija estaba nerviosa. —¿Y Kumohi?—.

—Kumohi no lo ha visto con sus propios ojos, pero confía en la palabra de nuestros amigos y vecinos al respecto—.

—Así es que eligió quedarse para confirmar los avistamientos—.

—No exactamente—. Las manos de Turasi temblaban mientras bebía un gran trago de vino. —Quieren que los noxianos se marchen, Emai. Se suben a sus embarcaciones y tiran por la borda todo lo que no esté clavado a la cubierta. Por el momento, eso es todo lo que hacen, pero...—. Su voz se hizo más débil.

—La resistencia—. Okerei formó parte de aquellos grupos con anterioridad.

—Los noxianos se dieron cuenta. Están enviando más embarcaciones. Barcos con soldados. Supe que era momento de partir—. Turasi abrazó sus rodillas. —Kumohi no estuvo de acuerdo—.

Paskoma se puso de pie y le dio un beso tierno en la frente mientras sus manos cubrían las de su hija. —Es hermoso que Satokka y tú estén con nosotros. No tienen por qué irse una vez que termine el festival—.

Un suspiro desgarrador, empapado en lágrimas. —Emai...—.

—No—. Apretó las manos de Turasi. —No quiero perder a ningún otro ser querido a causa de la guerra. Quédense—.

Al día siguiente, Satokka trató de concentrarse en su tarea asignada mientras recorría los pasillos del mercado. Ituren conseguiría campanas decorativas para reemplazar algunas que se habían roto, mientras que ella acababa de recoger dos máscaras que su o-ma mandó a hacer para su madre y para ella. El plan era cumplir con ese encargo y después reencontrarse con Ituren para volver a casa. Bueno. A la casa de té.

Pero quedó asombrada por todo lo que se vendía para el festival. Las túnicas, los pasteles, las flores. Ella era tan solo una niña la última vez que había asistido al festival de la Flor Espiritual; sus recuerdos sobre esa experiencia eran difusos.

El puesto de pasteles había captado toda su atención hasta que vio un gigantesco espectáculo de marionetas un poco más allá. El teatro, compuesto por una larga pared de madera con ruedas y un papel traslúcido en el centro, estaba instalado en el centro de la plaza. Los titiriteros movían intrincadamente marionetas hechas de papel recortado, mientras un mago de fuego creaba la luz para proyectar las sombras. Al frente, un narrador contaba la historia representada por las marionetas ante una muy atenta audiencia.

—Entonces, el espíritu de la Desesperanza le preguntó a nuestra heroína Tsetsegua: '¿En verdad crees que lo podrás encontrar?'. Tsetsegua asintió, a sabiendas de que hablar sobre sus esperanzas frente a la Desesperanza haría que estas se desvanecieran en la nada—.

Satokka frunció el ceño. Estaba embelesada por la hermosura de la interpretación, pero la historia le causó rechazo. Cuando se aventuró en el reino espiritual en busca de su amor perdido, no se suponía que Tsetsegua hablara con la Desesperanza, pues esta nunca hablaba con nadie.

—La Desesperanza alzó una ceja. 'Tal vez yo pueda ayudarte. ¿Cuál es tu nombre, mujer mortal?'. Rápido, Tsetsegua respondió: 'Nargui'. Nadie. Esto obligaba a la Desesperanza a ayudar a Tsetsegua a encontrar el espíritu de su amor perdido. Y, puesto que la Desesperanza no conocía su nombre verdadero, Tsetsegua estaría a salvo de sus artimañas. Al menos por el momento—.

Las historias que le contaba su fa-ir brillaban con fuerza en su mente mientras observaba esta otra versión errónea del cuento de Tsetsegua. Satokka deseó haberse podido quedar en Siatueh con su padre. Habría podido ayudar a la resistencia. Era alta y fuerte, podía ayudar a lanzar las provisiones noxianas al mar. Merecían cosas peores. No recordaba los tiempos antes de la guerra, pero Satokka sabía que algo se había perdido y que Jonia aún no lo reclamaba.

Decepcionada, dio media vuelta para partir. Pero había comenzado a formarse una multitud aún más grande. Una para la que no estaba preparada.

Había noxianos en Weh'le.

No llevaban puestas sus armaduras ni portaban sus armas, pero siempre había algo en la expresión de los noxianos que permitía identificarlos. Una hostilidad innata, tal vez, o una sensación de creerse mejor que el resto.

Pero estos noxianos (eran seis, de mediana edad o más jóvenes) se conducían de manera distinta. Sus miradas eran de arrepentimiento, como si supieran que este festival no era para ellos. Y, sin embargo, aquí estaban. Satokka sintió náuseas.

Los jonios trataban de evitarlos en todo el mercado. Los susurros se colaban entre los puestos, pero nadie se atrevía a decirles que no eran bienvenidos allí. Una de las mujeres noxianas más jóvenes sonreía dubitativa. Con una pequeña bolsa de monedas en mano, caminó hasta el puesto de los pasteles.

Satokka miró a su alrededor, en espera de que alguien dijera algo. Que alguien hiciera algo.

Tendría que hacerlo ella.

Satokka miró con desdén a la mujer noxiana que se acercaba a los pasteles, hasta que sus miradas se cruzaron. La mujer extendió su mano para presentarse.

Sin dejar de mirarla, Satokka escupió a sus pies.

Un suspiro de asombro estremeció a la multitud. Satokka no pudo ver cómo reaccionaron los noxianos, porque en ese momento alguien la jaló bruscamente del hombro. Alzó su mirada: era Ituren, quien ahora hacía una reverencia y se disculpaba por sus acciones mientras la alejaba del lugar.

Una simple mirada más allá de Ituren mientras doblaba en la esquina le demostró a Satokka que los noxianos simplemente se quedaron ahí. La mujer a la que le escupió se veía desorientada. Satokka infló su pecho de orgullo. Bien. Los noxianos deben sentirse inferiores.

Le dieron la vuelta al perímetro del festival para disminuir la posibilidad de que los siguieran. Pero Ituren acababa de comprar campanas, las que repicaban con cada paso. Finalmente, Ituren tiró las campanas al suelo y la guio de vuelta a la casa de té.

Antes de entrar por la puerta trasera, Ituren giró para quedar frente a Satokka. Ella parpadeó sorprendida al ver su expresión: nunca lo había visto de una forma que no fuera feliz o cansado. Pero ahora, había miedo en su mirada. —Vinieron aquí en paz, para celebrar el festival con nosotros, Satokka—. Su voz nunca había sido tan cortante. —No tenías que hacer eso—.

Satokka pensó en su padre en Siatueh, en la resistencia, en los soldados noxianos dirigiéndose a su aldea en este preciso momento.

—Sí, tenía que hacerlo—.

Turasi irrumpió en la sala, al borde del pánico, y corrió hasta donde se encontraba su madre. Paskoma acababa de darle a una nueva huésped nueva huésped una taza de té y un juego limpio de sábanas y toallas; al ver el terror y el enojo en el rostro de Turasi, se apartó de la mujer para atender a su hija.

—¿Qué sucede?—, preguntó con gentileza Paskoma. Con los dientes apretados, Turasi le contó la historia de lo ocurrido en el mercado con su hija e Ituren. Si bien le tomó algo de tiempo obtener más información de Ituren que una simple disculpa boba por no haber conseguido las campanas, lograr que Satokka hablara de su ofensa fue como tratar de sacar agua de una piedra.

—¡No puedo creer que hizo algo tan descabellado y peligroso!—. Turasi estaba feliz de haber llevado a su familia a la seguridad de Weh'le y a la casa de su madre. Pero ahora no solo había noxianos en el pueblo, sino que Satokka había atraído su atención. Ese era el motivo principal por el cual habían partido de Siatueh.

—Ella ya casi es una adulta, Turasi. Está estirando sus límites para poder definirlos—.

—Y eso será lo que la mate. Esos noxianos... tal vez no portaban armas en ese momento, pero sabemos que cada soldado de ese ejército es un asesino a sangre fría—.

—Disculpen—. Ambas mujeres voltearon, sorprendidas. Era la nueva huésped, de pie en la entrada de su habitación. Era alta, su cabello era oscuro y sus ojos eran de un color ámbar poco frecuente, algo oscurecidos por la capucha de su capa. —¿Están hablando de guerreros en Weh'le?—.

—Así es—, dijo Turasi, desconcertada. No se percató de que habían comenzado a caminar hacia la nueva huésped mientras hablaban. El aire alrededor de aquella mujer parecía brillar de una extraña manera: se movía de forma distinta con respecto a cómo circulaba en el resto de la casa de té. Por un momento, Turasi se preguntó si no estaría soñando. —Están entrenados a la usanza de la guerra. Y deben marcharse, pero yo no...—.

—Oh, no—, interrumpió la huésped con una sonrisa afable. —No me malinterpreten. Estoy buscando a alguien que pueda servirme como protector. Un guardia. Algún peleador fuerte del pueblo a quien le interese trabajar para mí. ¿Tendrían la amabilidad de guiarme en esa búsqueda?—.

—No—. La voz de Paskoma fue firme e insistente. —Me niego a hospedar aquí a alguien que represente un peligro durante el festival. Si insiste en conseguir un guardia, entonces tendré que insistir en que se busque otra casa de té—. Estiró sus manos, preparada para que la huésped le devolviera las sábanas.

En cambio, ella rio airosa, encantada por la actitud de Paskoma. —Esta es la mejor casa de té en el pueblo, ¿cierto? No estoy dispuesta a hospedarme en ningún lugar que no sea el mejor. Respetaré sus deseos y no haré que nadie peligroso cruce esas puertas—.

Con un guiño, entró a su habitación. Paskoma suspiró y miró a su hija. —Ella estará bien, Turasi. Satokka es demasiado inteligente como para convertirse en un blanco fácil—.

Turasi asintió. Las palabras se le atoraron en la garganta, pero le sonrió a su madre. Había olvidado el alivio que le brindaban los cuidados de su madre, volver a asumir los papeles que habían interpretado a lo largo de la infancia de Turasi.

Por supuesto, había diferencias. Cuando era niña, Turasi nunca vio las preocupaciones ni los miedos de sus padres. Ellos eran fuertes y siempre estaban presentes, como las montañas o el mar. Tras la muerte de su padre, Turasi vio a su madre por primera vez perdida e indecisa.

Y ahora, con las flores espirituales a punto de abrirse, esa incertidumbre ante Okerei había vuelto. ¿Qué haría su madre si no obtenía la respuesta que buscaba?

Pero, en ese momento, Turasi no supo si Paskoma sabía con precisión cuál era la respuesta que anhelaba.

Satokka nunca había visto un festín como ese en toda su vida. Para celebrar la primera noche del festival, Paskoma cocinó una gran cena para las cerca de veinte personas que se alojaban en la casa de té. Satokka llenó su plato y su estómago y puso en práctica aquello que más disfrutaba desde que llegó a la casa de su abuela: hablar con los otros huéspedes y escuchar sus historias.

Todos portaban sus máscaras o disfraces. Turasi le indicó a Satokka que debía usar su máscara cuando estuviera afuera, en el festival, y que no debía quitársela por ningún motivo. Los noxianos podían estar al acecho, listos para vengarse. Eso no era ningún problema para Satokka. Le encantaba su máscara. Era intrincada, con grandes cuernos de adorno y ojos que hacían que el rostro tomara la forma de una mueca retorcida. Era la cara de la Arrebatadora, la pequeña niña que estaba allí, en el momento de cada muerte.

Durante la cena, Satokka conversó acaloradamente sobre la Arrebatadora con la huésped de ojos ámbar. Ella estaba vestida como la Vulpina (o la Guarda, como la llamaban en Weh'le), con unas orejas peludas muy realistas sobre su cabeza y rayas dibujadas sobre su rostro que representaban sus bigotes.

—Pero la Arrebatadora es quien está ahí cuando una persona muere—, insistió Satokka. —Así es que tiene más sentido que sea ella quien guíe a los espíritus al reino espiritual—.

—Entonces—, preguntó la huésped, entretenida mientras alargaba las palabras —¿por qué le quitamos el diente más afilado a la persona difunta y lo colocamos en la palma de su mano? No es para la Arrebatadora, de eso estoy segura—.

Satokka se encogió de hombros. —Es el precio a pagar para cruzar el velo—.

—¿A quién deben pagárselo? ¿Quién les daría algún uso a esos dientes? La Khumaia—.

—¿La qué?—.

—Tu Guarda. Ella porta cada diente que le dan en un collar infinito para entender la vida del espíritu al que guía hacia el reino espiritual. Cuando por fin llegan, ya sabe si ese espíritu seguirá su camino de paz o si irá por el camino del tormento de Rakhsasum, incluso antes de que el propio espíritu lo sepa. Ella hará todo lo que pueda para ayudar a aquellos destinados al dolor, pero su destino se revela en ese diente—.

—¿En serio?—. A lo largo de las últimas semanas, Satokka ya se había acostumbrado a las diferencias entre las historias de Weh'le y de Siatueh. Ahora, anhelaba contarle todas estas historias a su padre la próxima vez que lo viera.

La mujer se rio. —No, lo acabo de inventar—.

—Oh—.

—Si no me equivoco, los dientes sirven para que podamos recordar la edad de la persona fallecida. El diente desgastado de una persona mayor sabia, la afilada juventud de un soldado caído en su apogeo—. Hizo una pausa y le sonrió a Satokka. —Pero me gusta contar historias que aún no se han narrado—.

Cuando llegó la hora del postre, Satokka comió con entusiasmo los pasteles que Ituren horneó a lo largo de dos días para esa noche. Estaban un poco quemados en la parte de abajo, pero su centro dulce y pegajoso estaba lleno de sabor.

Ituren los pasó de mano en mano: comenzó con Satokka y terminó con la huésped de las espléndidas orejas de disfraz. La huésped puso su mano sobre el antebrazo de Ituren y lo miró a los ojos intensamente mientras le hacía una pregunta en voz baja.

Satokka vio cómo los ojos de Ituren se desenfocaron los ojos de Ituren se desenfocaron, para después asentir y responder: —Por supuesto. Recibiremos con los brazos abiertos a quien desee hospedarse aquí, ya sea hábil en las artes de la espada o no. Aquí no discriminamos—.

La huésped apretó su brazo en un gesto de agradecimiento. —Gracias. Por favor, avísele a su mujer, ella no es tan comprensiva como usted—.

El asintió de nuevo, pero cuando Ituren se dio la vuelta para regresar a la cocina, Satokka pudo ver que sus ojos habían cambiado de color. Por un instante, tan breve que pudo haber sido obra de la luz, sus ojos marrones adquirieron una tonalidad ámbar y dorada, igual que la de los ojos de la mujer de orejas de zorro sentada a su lado.

Mientras los últimos rayos del sol desaparecían sobre el agua, las flores espirituales, abiertas en su totalidad, comenzaron a brillar a la luz de la luna. Los asistentes del festival exclamaron felices: por fin, después de tanto tiempo, las flores habían vuelto. Encendieron los faroles mientras marchaban hacia el templo de las montañas; era una luz cálida y alegre que contrarrestaba el inquietante color plateado de las flores en las ramas.

A Paskoma le habría gustado sentirse tan eufórica como todos los demás. Tras el festín, tanto ella como la enmascarada Satokka se vistieron con sus mejores galas y salieron a buscar la flor de Okerei, aquella que les permitiría conectarse con su espíritu y hablar con él. En el pasado, a Paskoma nunca le había tomado tanto tiempo encontrar la flor que buscaba. Se decía que siempre quedaba un hilo entre el corazón palpitante de los vivos y el corazón quieto de sus seres queridos.

Sin embargo, en esta ocasión, había muchos espíritus en los árboles.

Nunca había visto las ramas tan repletas y rebosantes. Algunos murmuraban que los jonios no eran los únicos en aquellos árboles, que los noxianos habían envenenado su festival, incluso muertos. El graznido de los cuervos a la distancia parecía confirmar sus miedos. Paskoma no creía en ello. Había una explicación más simple: eran muchos quienes necesitaban regresar en ese momento, muchos más que antes. Los árboles estaban repletos de las esperanzas de aquellos que intentaban comunicarse.

Y ella todavía no encontraba a Okerei.

Temía que estuviera perdido o atribulado, o que simplemente no deseara hablar con ella. Tal vez su vínculo se había cortado después de tanto tiempo separados.

Paskoma mantuvo su sonrisa a través de las lágrimas que amenazaban con derramarse y alentó a Satokka para que continuara con la búsqueda. No permitiría que el primer festival de la Flor Espiritual de su nieta se arruinara por su dolor. Esto debía ser una celebración y sabía lo importante que era que Satokka comprendiera la alegría del reencuentro en estas reuniones.

Turasi e Ituren las alcanzaron cuando terminaron de limpiar lo que quedó del festín. —¿Encontraste a Fa-ir?—, preguntó Turasi mientras se ponía su máscara, el rostro hermosamente pintado de Tsetsegua con lágrimas grabadas en sus mejillas. Paskoma negó con la cabeza, el nudo en su garganta no le permitía hablar. —Satokka y yo seguiremos buscando. ¿Por qué no descansas un momento?—.

Paskoma dejó que Ituren la llevara a una banca, en donde se sentó a observar. Vio a familias llorar alrededor de vasijas de té espiritual, rogándoles a sus seres queridos que se quedaran solo un rato más. Vio a niños jugando a ser soldados, con palos en vez de espadas, con una seriedad en sus expresiones que no debería estar allí. Percibió la preocupación y escuchó los murmullos de aquellos que estaban en los alrededores del festival, atentos a los graznidos de los cuervos y observando con desconfianza y desprecio los árboles espirituales.

Este no era el festival de la Flor Espiritual que ella recordaba. Se preguntó si alguna vez volvería a ser lo mismo.

A lo lejos, unos nuevos y regulares sonidos de tambores, así como las ardientes llamas en la cima de una montaña cercana, llamaron su atención. Paskoma puso su mano sobre su pecho: conocía este sonido. Lo había escuchado al final de feroces batallas, cuando los noxianos quemaban a sus muertos en inmensas piras.

—Desearía—, suspiró —que no hubiéramos gastado tanto tiempo mirando el pasado—.

—¿Pero no se trata de eso el festival?—.

—No—. Miró los árboles y después hacia las llamas. —Se trata de dejar ir el pasado y avanzar hacia el futuro. Mucha gente suele olvidarlo—. A pesar de que no podía verlo, Paskoma pensó que podía sentir el calor del fuego envolviéndola, amenazando con devorarlos: a ella, a su familia, a todo aquello que la rodeaba, todo lo que había sido y todo lo que vendría. —Esto se siente diferente—.

—¿Diferente en qué sentido?—.

—¿Te parece que esto es dejar ir?—, preguntó Paskoma. En su voz era audible la tristeza, mientras señalaba a su alrededor. —¿O más bien pareciera que nos aferramos a algo con tanta fuerza que se ve obligado a regresar?—.

Una mano tibia envolvió la suya. Miró a Ituren a los ojos mientras él le hablaba con dulzura.

—Estás molesta porque no hemos encontrado todavía la flor de Okerei—.

Una lágrima corrió por su mejilla. —Yo... todo es diferente. Las flores espirituales regresaron, pero ¿podremos nosotros volver a ser como antes? ¿Algo podrá enmendarse?—.

Ituren apretó su mano con ternura. —Todavía tenemos tiempo. Lo encontraremos, mi amor. El vínculo de tu corazón con el suyo era... es el más fuerte que jamás haya visto. Hablarás con él y verás que, a pesar de que algunas cosas cambien, otras jamás lo harán. Él siempre te amará, como tú siempre lo amarás. Y cualquiera que sea la respuesta...—. Hizo una pausa mientras llevaba la palma de la mano de Paskoma a sus labios. —Hablar con él te traerá a ti y a tu familia mucha paz. Y eso es todo lo que yo quiero para ti—.

La sonrisa apretada de Paskoma se suavizó en un gesto honesto al ver al hombre al que había amado por tanto tiempo. Apretó la mano de Ituren como respuesta. —Nuestra familia, Ituren—.

Él cerró los ojos antes de que las lágrimas se escaparan y colocó la mano de Paskoma sobre su pecho. Ella podía sentir el latido de su corazón bajo las yemas de sus dedos: fuerte, constante, vivo.

Por primera vez, supo qué quería. Más allá de lo que Okerei pudiera decir.

Estaba lista para dejar ir el pasado y seguir adelante con su futuro, con Ituren a su lado.

Los seis noxianos trataron de llevar a cabo su ceremonia en privado, pero era demasiado notoria: todos debían honrar a los caídos de Noxus. Habían viajado desde una pequeña isla en medio de la bahía para celebrar a los muertos de acuerdo con las costumbres jonias, pero los habían expulsado del festival de la Flor Espiritual en Weh'le hacía solo unos días. Se vieron forzados a seguir las tradiciones de los suyos y recordar a sus muertos de la única manera que conocían. A pesar de que los noxianos no habían traído muchas cosas para el viaje, su ceremonia de rememoración era fácil de improvisar.

Laurna tocaba el tambor del 20px lobo, Giotto y Samtha atizaban el fuego, Helia y Arnaut construían las efigies con troncos y ramas caídos. Jacrut arrojó el pastel intacto del festival que compró Samtha a las brasas. Tras el incidente en el mercado, nadie quiso comérselo, así es que fue la primera ofrenda, que esparció por el aire un aroma a miel quemada. Después, con un dramático estilo procedente de su crianza noble y su entrenamiento sacerdotal, Jacrut lanzó las efigies hacia las llamas.

—Enviamos estas almas al cielo—, recitó Jacrut; su voz retumbaba en aquella noche despejada y tranquila. —Para que sus cenizas puedan caer a lo largo de todo el mundo—.

—Que sus muertes lleven a Noxus más allá de los mares—, murmuraron los demás.

—Que sus cuerpos nutran el suelo para que nosotros podamos crecer—.

—Que no hayan muerto en vano—.

—Y que sus almas...—.

Jacrut se detuvo abruptamente conforme una ráfaga de viento avivaba las llamas en una espiral hacia las estrellas. Lo abrumó por un momento, hasta orillarlo al silencio.

Esta era la promesa de Noxus. Una llama que abrasaría con todo en su camino, incluso a los suyos. Tanto sus compañeros como él se habían dado cuenta de ello incluso antes de que terminara la guerra. Todos ellos eran desertores que intentaban ganarse la vida por su cuenta, apartados de aquellos a quienes habían abandonado y lastimado.

Nadie los quería.

Esto no era Noxus. Esta no era su tierra y él no tenía la certeza de que sus dioses pudieran escucharlos aquí. Tampoco sabía si quería que lo escucharan. Conocía bien los rezos, sí, pero ya no sabía si aún creía en ellos.

Las flores de los árboles espirituales brillaban, como si vibraran a la luz del fuego. Jacrut tragó saliva con dificultad. No, esto no era Noxus. Esto era algo hermoso, peligroso, atemorizante. Ellas eran quienes lo ponían nervioso. Las flores, abriéndose por primera vez desde la guerra.

Porque si los dioses no estaban mirando, eso quería decir que los únicos ojos sobre ellos eran los de los espíritus de los jonios. Personas que sus compañeros y él habían matado, personas que solo podían sentir odio y rencor hacia ellos.

Personas con las que esperaba no tener que pelear de nuevo. Porque todos habían visto los barcos y los soldados. Sabían lo que eso significaba. Lo que no sabían era lo que eso significaría para ellos. Para sus vidas en Jonia. Para su servicio con Noxus.

—Que sus almas encuentren descanso entre nuestros ancestros—, gritó con la garganta seca —y que nos otorguen su fuerza para las batallas venideras—.

No quería que los espíritus escucharan sus oraciones.

Referencias

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