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Historia corta • Lectura de 5 minutos

No Todo lo que Brilla...

Por Graham McNeill

ALas raíces antiguas, los árboles sinuosos y las enredaderas frondosas que colgaban de las rocas oscurecían el camino por la jungla silvestre. Tres hombres, exhaustos, cortaban todo lo que se interponía en su camino, motivados por corazones llenos de codicia y sueños de riquezas jamás vistas. Durante seis días, la jungla los había desafiado, pero el templo aguardaba, escondido en el matorral. Su entrada era una roca colosal tallada que sobresalía, con flores rojas y azules que cubrían la base. Estatuas en reposo ocupaban los rincones dorados y las guirnaldas de orquídeas amarillas se enredaban en los aleros.

Lore

Las raíces antiguas, los árboles sinuosos y las enredaderas frondosas que colgaban de las rocas oscurecían el camino por la jungla silvestre. Tres hombres, exhaustos, cortaban todo lo que se interponía en su camino, motivados por corazones llenos de codicia y sueños de riquezas jamás vistas. Durante seis días, la jungla los había desafiado, pero el templo aguardaba, escondido en el matorral. Su entrada era una roca colosal tallada que sobresalía, con flores rojas y azules que cubrían la base. Estatuas en reposo ocupaban los rincones dorados y las guirnaldas de orquídeas amarillas se enredaban en los aleros.

—¿Ves, Horta?—, dijo Wren. —Te dijimos que el templo era real—.

—Solo me importa que los tesoros en su interior sean reales—, respondió Horta, mientras arrojaba a un lado su hachuela sin filo y desenvainaba una espada recién afilada. —La vida de ambos depende de eso, ¿recuerdan?—.

—Descuida, Horta—, dijo Merta con voz ronca. —Podrás comprar tu propio palacio después de esto—.

—Más te vale—, respondió. —Ahora desenvainen las espadas. Maten a cualquiera que se interponga en nuestro camino—.

Los tres forajidos se acercaron al templo, las armas centelleando bajo la puesta del sol. Horta notó que las esquinas no estaban definidas; la arquitectura era fluida, sin ángulos bruscos. Al adentrarse, pasaron por dos gloriosos sauces látigo jonios de troncos curvados que formaban una entrada. Sus cortezas eran tan blancas que parecían pintadas.

—¿Por qué no hay guardias?—, preguntó al entrar.

Nadie le respondió. Sus ojos se ajustaron a la siniestra oscuridad que cubría la cámara hecha de roca. El techo arqueado estaba tallado en bajorrelieve y cada muro destellaba con pequeños fragmentos de cristales coloridos que formaban un mosaico de paisajes vívidos llenos de luz y de vida. Sobre unos pilares de bronce tallado, había tabletas de marfil labradas con parábolas de Shojin y unos ídolos de azabache con gemas vigilaban los rincones hundidos. Las estatuas de los dioses guerreros, todas adornadas con oro, observaban desde los pedestales de pórfido y jade.

Horta sonrió. —Tómenlo. Llévense todo—.

Wren y Merta guardaron las espadas y abrieron de inmediato sus zurrones. Comenzaron a llenarlos con todo lo que podían tomar: estatuas, ídolos y gemas. La fortuna en oro que estaban acarreando los llenaba de regocijo. Horta recorrió la cámara y planeó sus muertes para cuando regresaran a la civilización. De repente, notó que una de las estatuas se movía.

Al principio creyó que solo era un ídolo pintado de un monje guerrero que estaba sentado en posición de loto, las manos reposando sobre las piernas. Le estaba dando la espalda a Horta, pero, de repente, el hombre se puso de pie y se volteó con la gracia de una serpiente enrollada. El ser esbelto y musculoso vestía pantalones holgados y una bandana roja alrededor de los ojos.

—No estábamos tan solos—, dijo Horta y flexionó los dedos sobre el mango de cuero de la espada. —Perfecto. Esperaba poder usar esta espada contra alguien—.

El monje inclinó la cabeza hacia un lado, como si estuviera escuchando sonidos que solo él podía oír, y dijo: —Tres hombres. Uno con un pulmón contaminado, otro de corazón débil que no llegará a fin de año—.

El monje ciego volteó y dirigió su atención directamente a Horta, aunque no había forma de que pudiera verlo a través de la tela densa que le cubría los ojos.

—Tienes la columna torcida—, dijo. —Te molesta durante el invierno y te obliga a poner el peso en el lado izquierdo—.

—¿Qué eres? ¿Una especie de vidente?—, preguntó Horta, para luego relamerse los labios con nerviosismo.

El monje ignoró la pregunta y dijo: —Me llamo Lee Sin Lee Sin—.

—¿Y se supone que eso significa algo?—.

—Les doy la oportunidad de regresar lo que tomaron—, respondió Lee Sin. —Luego, abandonen este lugar y no vuelvan—.

—No estás en posición de exigir, mi amigo ciego—, le respondió Horta, mientras rozaba el piso de piedra con la punta de la espada. —Somos tres y ni siquiera estás armado—.

Wren y Merta rieron nerviosos, preocupados por la confianza del monje, a pesar de la ventaja por ser tres. Horta hizo un gesto con la mano libre y sus dos acompañantes rodearon al monje. Los dos desenvainaron cimitarras de fundas de cuero.

—Este es un lugar sagrado—, agregó Lee Sin con un suspiro pesaroso. —Nadie debe profanarlo—.

Horta asintió para dar la señal. —Pónganle fin a la miseria de este pobre ciego—.

Wren dio un paso hacia adelante. Lee Sin se movió antes de que su pie tocara el suelo. El monje pasó de estar completamente inerte a convertirse en un rayo de luz en un abrir y cerrar de ojos. Lanzó el brazo y la parte más dura de la mano golpeó el cuello de Wren. El bandido cayó con el cuello hecho trizas, la cabeza torcida en un ángulo anormal. Lee Sin se desplazó hacia un costado cuando Merta atacó con la espada. El movimiento fue salvaje y el golpe de revés ni siquiera rozó la cabeza de Lee Sin. El monje se echó al suelo y giró para barrer con la espinilla y hacer caer a Merta. El bandido colapsó y su arma salió despedida por el suelo de mosaicos. Lee Sin se puso de pie con un salto y enterró el talón en el pecho de Merta.

El forajido soltó un alarido de dolor cuando se le quebraron las costillas y las astillas se clavaron en el frágil corazón. Las gemas robadas se derramaron del zurrón caído. Los ojos de Merta se hincharon en la agonía y luchó por respirar, como un pez recién salido del mar.

—Eres rápido para ser un monje—, dijo Horta, mientras cortaba el aire con su en ataques rápidos, pero sin dirección. —Pero soy muy bueno con la espada—.

—¿Crees que eres rápido?—, preguntó Lee Sin.

—Me entrenaron los mejores, así que no seré tan fácil de derrotar como ese par de idiotas—, respondió mientras señalaba a sus compañeros caídos con la cabeza.

Lee Sin no respondió. Los dos se acecharon en círculos. Horta vio cómo el ciego rastreaba todos sus movimientos. Los pasos del monje eran fluidos y precisos. Horta tenía la incómoda sensación de que con cada segundo revelaba más de su habilidad al oponente.

Con un rugido, se lanzó hacia el monje para intentar infligirle tajos altos y embestidas. Lee Sin se movía de un lado a otro como un retoño en el viento, esquivando y desviando los desesperados ataques de Horta. El forajido no dejaba de mover la espada y obligó a Lee Sin a retroceder. El monje no había sudado ni una gota. Su silencio, los ojos cubiertos y su desdén ante la situación llenaban de furia a Horta.

Se preparó para un ataque final y utilizó todo su entrenamiento, ira y fuerza. La espada cortó el aire cerca del monje, pero nunca hizo contacto.

Lee Sin dio un último giro y flexionó las rodillas.

—Eres veloz y tu habilidad no es poca cosa—, le dijo al tiempo que preparaba su cuerpo, —pero tu ira ciega tus pensamientos. Te consumió y te llevará a la muerte—.

Horta sintió que el aire de la cámara se tornaba más cálido a medida que se concentraban olas de energía alrededor de Lee Sin. Un vórtice ardiente envolvió al monje. Horta retrocedió y dejó caer la espada, atemorizado. Lee Sin temblaba, tratando de controlar energías más poderosas de lo que podía contener. La cámara vibró con el sonido de un viento en alza.

—Por favor—, suplicó Horta. —Devolveré lo que tomamos. Devolveré todo—.

Lee Sin dio un salto y tomó impulso del huracán de energía. Con el pie, azotó el pecho de Horta, que salió volando hacia atrás. Horta se estrelló contra el muro y la roca se rompió con el impacto. Cayó inerte al suelo, los huesos de la columna deshechos como si fueran cerámica rota.

—Tuviste la oportunidad de evitar esto, pero no la aprovechaste—, dijo Lee Sin. —Ahora, pagarás el precio—.

La visión de Horta se desvanecía a medida que se acercaba la muerte, pero llegó a ver cómo Lee Sin volvía a sentarse. El monje le dio la espalda y, mientras relajaba la postura, el vórtice de energías letales comenzó a disiparse.

Lee Sin inclinó la cabeza y continuó con su meditación.

Referencias

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