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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Neutralidad Verdadera

Por John O'Bryan

—No era una tormenta. Era un espíritu —dijo el pescador, aún desconcertado por haber sobrevivido al naufragio hace dos noches. El hombre contó que su barco pesquero fue hundido por una criatura, tan grande como una casa y más rápida que el viento.

Lore

—No era una tormenta. Era un espíritu—, dijo el pescador, aún desconcertado por haber sobrevivido al naufragio hace dos noches. El hombre contó que su barco pesquero fue hundido por una criatura, tan grande como una casa y más rápida que el viento.

Shen escuchó el relato, sopesando en silencio los hechos tal como ocurrieron.

—Muéstrame dónde sucedió—, dijo Shen.

El hombre lo llevó a una playa en la bahía, donde un grupo de aldeanos trabajaban para recuperar los cadáveres de los marineros ahogados. Shen se arrodilló para examinar una pieza del naufragio. Los cortes en la madera eran profundos y salvajes, producto de poderosas garras.

—¿Cuántos murieron?—, preguntó.

—Todos excepto yo... seis—, respondió el marinero.

Los espíritus son fuertes, pensó Shen, buscando más evidencias entre las maderas flotantes del naufragio.

Al final, en el borde de una sección astillada del casco, lo encontró: un pequeño mechón de cabello fino. La mayoría de las personas lo hubiesen pasado por alto, y si lo vieran, nunca pensarían que una criatura capaz de hundir un barco dejaría algo tan delicado. Pero Shen ya había visto un cabello como ese. Cualquier duda que podría haber tenido acerca de la veracidad del relato del pescador se esfumó al ver el fino mechón plateado disolverse con tan solo tocarlo.

—Un demonio—, afirmó Shen. —Debes haber navegado por su camino—.

El pescador asintió con la mirada sombría. Era bien sabido que espíritus de todos los tipos vagaban por el mundo físico, especialmente en Jonia, donde la barrera entre ambos reinos era muy débil y atravesable. Los planos material y etéreo estaban en contacto constante, deslizándose serenamente uno con el otro como aceite sobre agua.

Como el Ojo del Crepúsculo, era deber de Shen caminar entre ambos mundos, asegurándose de que ninguno de ellos suprima al otro. Era un fantasma para los humanos, que se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos, para reaparecer a varias millas de distancia. Y era un humano para los espíritus, un ser de carne y hueso que jamás se atrevería a aventurarse en los reinos etéreos.

Se arrodilló en la playa para examinar uno de los cadáveres recuperados. El hombre había sido partido en dos, justo debajo de las costillas. Lo que quedaba de sus vísceras pendía de un torso pálido e hinchado.

—No hay de qué preocuparse. Derrotaré al monstruo antes del anochecer—, dijo una voz desde atrás.

Shen dio la vuelta y vio a un hombre santo sentado cerca del templo local. Varios acólitos lo rodeaban, acarreando una selección de talismanes y aceites místicos. Estaban realizando un ritual de purificación para interrumpir cualquier perturbación espiritual presente en el área. El hombre santo miraba fijamente a Shen, como si estuviera analizando su valía.

—¿Contamos con su ayuda, señor?—, preguntó el hombre.

—El equilibrio será restaurado—, dijo Shen mientras asentía seguro.

Se despidió del hombre santo para partir en busca del débil rastro del cabello fino. Pensó en los marineros muertos y en el costo que tendría derrotar al monstruo. Las palabras de su padre seguían siendo muy ciertas: —La parte más dura radica en encontrar el equilibro en todas las cosas—. La neutralidad verdadera, el centro preciso de todas las fuerzas que dominan el mundo, eso es lo que el Ojo debe ser capaz de distinguir.

Hacer cumplir ese equilibrio era su propia lucha. Para la tarea, Shen llevaba dos espadas en la espalda. Una de ellas era un sable de acero jonio capaz de atravesar a una persona de un solo golpe. La otra era una espada espada fabricada de energía arcana pura. Era utilizada para enfrentar a los espíritus, y había pasado por varias generaciones de los ancestros de Shen. Con ella había aniquilado a numerosos demonios, fantasmas, espectros y espíritus durante los años, y esperaba derrotar a uno más antes del anochecer.

Al fin, Shen llegó a una ensenada aislada, tranquila y alejada de la actividad humana. En un banco de arena cercano a la orilla yacía el demonio, con su fina y brillante vestimenta resplandeciendo en el atardecer. La criatura recostada se veía enorme, hinchada por consumir las esencias mortales de sus víctimas. Shen reptó entre los juncos, dirigiéndose silenciosamente hacia el demonio durmiente. Podía ver su enorme caja torácica expandiéndose y contrayéndose con sus respiraciones profundas y relajadas. Cuando estaba a solo unos pasos del banco de arena, Shen desenvainó su espada espiritual, alistándose para el impacto.

De pronto, un perturbador sonido lo interrumpió. Era un grito estridente y espantoso, que emanaba del propio aire. Le sonaba familiar, pero antes de que Shen pudiera identificar el sonido, volvió a escucharlo. Otra vez. Y otra vez, finalizando en un coro de chillidos que helaban la sangre. Eran los llantos de los espíritus moribundos. Los ojos de Shen apuntaron al demonio, que comenzaba a despertar de su letargo. Shen miró su espada espiritual una vez más, analizando sus opciones disponibles con calma. Luego, apretó las manos fuertemente, concentrando concentrando su ki, para desaparecer en un vórtice de energía chispeante, dejando solo al demonio en su banco de arena.

Un momento más tarde, Shen reapareció en el sitio del naufragio. Por todos lados rezumaban pozas negruzcas que se evaporaban en el aire, acompañadas del prolongado hedor del terror.

Shen contó los charcos negros disipándose, los vestigios de espíritus asesinados. Su recuento fue interrumpido cuando el hombre santo ingresó al claro junto a sus acólitos. Uno de ellos llevaba una soga de lino y plata. Atado al otro extremo había un pequeño espíritu, un diablillo sin importancia. Luchaba con todas sus fuerzas para soltarse de la cuerda. Gemía al ver los restos de sus hermanos.

—¿Te importaría deshacerte de este también?—, preguntó con desinterés el hombre santo a Shen, como si le estuviera ofreciendo un plato de sopa durante la cena.

Shen observó las pozas pegajosas y ardientes que hace unos instantes aún eran poderosos seres del otro mundo. Entonces, volvió la mirada hacia el sacerdote y el pobre diablillo.

—Lo siento, Su Santidad—, dijo. Regresó su espada espiritual a su vaina y en su lugar desenfundó su sable de acero. Hoy no había planeado utilizar esa espada.

Referencias

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