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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Nadie Pasará

Por Graham McNeill

Jax se sentó con las piernas cruzadas en el centro del puente, con su larga arma descansando en las rodillas. Demacia no había cambiado demasiado desde la última vez que estuvo aquí, pero eso no le sorprendía. Sus habitantes han protegido sus fronteras con fervor, lo que los ha convertido en guerreros bastante respetables. Bueno, algunos de ellos, pensó, limpiando una mancha de sangre de la cabeza del farol, que resplandecía suavemente. Sacudió la gotita por el parapeto para que cayera en el río y metió la mano en su túnica para sacar el tercer huevo duro del día. Dándole golpecitos en los adoquines, peló lentamente la cáscara mientras escuchaba a los guerreros al final del puente intentando decidir quién sería el próximo en enfrentarse a él.

Lore

Jax se sentó con las piernas cruzadas en el centro del puente, con su larga arma descansando en las rodillas. Demacia no había cambiado demasiado desde la última vez que estuvo aquí, pero eso no le sorprendía. Sus habitantes han protegido sus fronteras con fervor, lo que los ha convertido en guerreros bastante respetables. Bueno, algunos de ellos, pensó, limpiando una mancha de sangre de la cabeza del farol, que resplandecía suavemente. Sacudió la gotita por el parapeto para que cayera en el río y metió la mano en su túnica para sacar el tercer huevo duro del día. Dándole golpecitos en los adoquines, peló lentamente la cáscara mientras escuchaba a los guerreros al final del puente intentando decidir quién sería el próximo en enfrentarse a él.

Jax se levantó la máscara y le dio un mordisco al huevo. Respiró hondo, saboreando el olor de las cosechas que habían madurado bajo el sol y la tierra recién removida de la extensa tierra de cultivo que se perdía en el horizonte. Jax suspiró; contemplar un reino en paz le hacía sentir nostalgia por una tierra que ya no existía. Se libró del recuerdo porque sabía que pensar en Icathia solo conseguiría distraerlo. Sus ropajes eran pesados, pero el calor del sol no llegaba hasta su piel, moteada y con un tono inusual. Ninguna parte de su piel era visible, y quizá era mejor así. Ya ni siquiera estaba seguro de cómo era su piel.

Un frío viento sopló por encima de las montañas nevadas en el norte y una tormenta lejana arrojó lluvia sobre los campos y asentamientos distantes. No había apenas nubes en el lugar de donde venía Jax, y mucho menos lluvia. Tal vez la tormenta se dirigiese al sur y dejase resbaladizos los adoquines del puente. Quizá así sería todo más desafiante para él.

También les pondría las cosas difíciles a sus oponentes. Y tal vez no fuese algo malo. Después de todo, un guerrero merecedor de luchar a su lado en batallas contra monstruos del más allá debía ser versátil. Oyó el repiqueteo de una armadura y el susurro de una espada al cortar el aire.

—Levántate y enfréntate a mí—, ordenó una potente voz.

Jax levantó el dedo para indicarle que esperase mientras se terminaba el huevo. Se lamió los labios y se volvió a colocar la máscara sobre la cara antes de mirar al guerrero que tenía enfrente. El hombre tenía una complexión musculosa: hombros anchos y brazos fuertes. Estaba enfundado de pies a cabeza en una armadura reluciente de acero bruñido y llevaba una espada de doble filo que podía blandirse con una o dos manos.

Y parecía que sabía usarla. Jax le dio el visto bueno.

—Pareces un hombre que puede estar talando robles todo el día y seguir teniendo energía para una pelea de taberna—, dijo Jax.

—No voy a malgastar saliva contigo, monstruo—, replicó el guerrero, adoptando la misma actitud combativa que había tenido el resto. Jax suspiró, decepcionado por el hecho de que la derrota de los quince hombres anteriores no les hubiese enseñado nada.

—¿Monstruo?—, exclamó, incorporándose con un movimiento fluido. —Podría mostrarte monstruos, pero me temo que no vivirías lo suficiente para contarle a nadie cómo es un auténtico monstruo—.

Balanceó su farol para relajar los músculos de los hombros. No es que lo necesitara, pero llevaba peleando a ratos desde hacía cuatro horas, y puede que así hiciese creer a aquel hombre que tenía al menos una oportunidad de ganar este combate.

—¡Por Demacia!—, gritó el espadachín y lo atacó con el mismo golpe trillado y predecible que los otros. El hombre era lo bastante rápido y fuerte para blandir la espada con una sola mano. Jax se apartó, se agachó para esquivar el segundo golpe y bloqueó el tercero. Se lanzó hacia la protección del espadachín y le golpeó el lateral de su yelmo con el codo. El metal cedió y el hombre cayó sobre una rodilla con un rugido de dolor. Jax le concedió un momento para que el repiqueteo de su cabeza se detuviera. El hombre se quitó el yelmo y lo dejó caer en el puente.

La sangre se le apelmazaba en un lado de la cabeza. Jax estaba impresionado por cómo el hombre controlaba su furia. Los demacianos siempre habían sido unos obsesos de la disciplina, así que se alegraba de comprobar que nada había cambiado. El hombre respiró con firmeza y atacó de nuevo, una serie de cortes rápidos y frenéticos dirigidos hacia arriba y hacia abajo, una mezcla de tajos de gran amplitud, estocadas fulminantes y golpes por encima de la cabeza. Jax los bloqueó todos. Su farol permanecía en constante movimiento mientras desviaba la espada del demaciano y sus lanzaba punzantes estocadas a los brazos y las piernas del hombre. Hizo un amago hacia la izquierda y enganchó el farol alrededor de la pierna de su oponente, que cayó de espaldas. Golpeó la barriga del hombre con el palo del farol, lo que duplicó su dolor y lo dejó sin aire.

—¿Ya has tenido suficiente?—, preguntó Jax. —Puedo cambiarme de mano para ponértelo más fácil—.

—Un demaciano preferiría morir antes que pedirle ayuda a un enemigo—, contestó el guerrero mientras intentaba ponerse de pie. La fachada estoica del hombre se estaba derrumbando frente a las burlas de Jax y, cuando volvió a la carga, su ataque estaba cargado con una ferocidad que la disciplina y la habilidad no podían apaciguar. Jax se agachó para esquivar un golpe que le habría arrancado la cabeza y pasó a sujetar el farol con una mano. Metió su arma bajo la espada del rival y giró la muñeca. Este movimiento arrancó la espada de la mano del guerrero demaciano y la lanzó por los aires. Jax la atrapó hábilmente con la mano que tenía libre.

—Una espadita decente...—, comentó mientras giraba la espada describiendo una serie de movimientos impresionantes dignos de un maestro espadachín. —Es más ligera de lo que parece—.

El demaciano desenvainó su daga y se lanzó hacia él. Jax sacudió la cabeza ante su insensatez. Lanzó la espada por el puente y esquivó varias estocadas veloces y despiadadas. Volvió a esquivar un barrido de la daga y atrapó un fuerte derechazo con la palma de la mano. Inclinó la cabeza hacia el río.

—Espero que sepas nadar—, dijo. Giró la muñeca y levantó al guerrero del suelo y lo lanzó por el parapeto del puente. El hombre cayó al río y Jax clavó el farol entre los adoquines.

—¿Quién es el siguiente?—, preguntó.

—Creo que me toca a mí—, respondió una mujer, que se estaba apeando de un caballo gris al final del puente. Los flancos del caballo estaban cubiertos de sudor y su capa, llena de polvo debido al arduo viaje. Llevaba una coraza de acero plata y una espada larga colgada en la cadera.

Dejó atrás a los hombres que estaban al final del puente y avanzó hacia él. Sus movimientos eran gráciles y estilosos, y derrochaban confianza en su destreza. Sus rasgos eran angulosos y refinados, y su pelo negro tenía mechas de color carmesí. Sus ojos eran fríos y despiadados. Lo único que prometían era la muerte.

—¿Quién eres?—, preguntó Jax, intrigado.

—Soy Fiora Fiora, de la Casa Laurent—, respondió mientras desenvainaba su arma, un sable sable resplandeciente con un filo perfecto. —Y este es mi puente.

Jax esbozó una sonrisa bajo la máscara.

¡Por fin un oponente al que valía la pena enfrentarse!

Referencias

 v · e
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