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Historia corta • Lectura de 8 minutos

Nada Rima con Arquiubo

Por Odin Shafer

—Hay dos caminos que conducen a la fortaleza del monasterio desde las aldeas debajo de este —comienza Xayah.

Lore

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—Hay dos caminos que conducen a la fortaleza del monasterio desde las aldeas debajo de este—, comienza Xayah Xayah.

Sigo sus ojos y veo un par de escalinatas doradas que se extienden desde el templo de la montaña hasta las granjas de abajo. En cada una de las casas de madera probablemente haya familias enteras. Ahí, los mortales nacen, mueren y, lo más importante, crean nuevas canciones.

Seguro con arpas y tambores. ¿Tal vez con flautas? Más tarde debería hacer una flauta de caña. Primero, necesito esponjar mi capa capa. ¿Recordé limpiar mis plumas? El poblado de abajo debe tener una posada. Una botella de vino vendría perfecta ahora mismo.

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Rakan Rakan...—, dice Xayah.

Maldición. Me estaba contando el plan. Me concentro de nuevo en su rostro, en su sonrisa torcida. Los últimos rayos del atardecer se reflejan en sus ojos. Me encantan sus pestañas. Quisiera...

—Repítemelo—.

Algo en el monasterio. Ella estaba... Eh...

—Yo me encuentro contigo en...—, digo, pero ya no sé ni adónde iba. Arranco una de las plumas de mi cabeza, esperando que me surja una idea de ella.

Un tenue destello de luz brilla en su suculento labio inferior. ¿Sus labios son morados hoy? Ayer eran violetas.

—Me matarán si me atrapan—, dice ella.

El impacto de la idea me deja sin aliento. Siento que mi expresión se torna violenta. —¡¿Quiénes?!—, exijo.

—Los guardias—, me contesta. —Siempre son los guardias—.

—¡Entonces los distraeré! ¿Cuándo?—.

Ella señala el cielo. —Busca un destello verde antes de que el sol se ponga. Luego distrae a los guardias para que se alejen de los muros del oeste mientras atravieso las murallas corriendo, hacia las celdas—.

—Les daré un espectáculo en cuanto el sol se ponga—, digo. —¿En dónde nos encontramos?—.

—En la puerta. Arrojaré una hoja dorada hacia el cielo. Pero tienes que estar ahí en diez respiraciones—, dice Xayah, recolectando una pluma de mi capa.

—Estaré en la puerta en el momento en que arrojes la cuchilla—, digo. Nada en mi vida es más certero que eso.

—Lo sé—.

Asiente y comienza a decirme qué camino es más seguro para tomar. Ella planea las cosas y es por eso que sé que estará a salvo. Guau, el cielo está hermoso justo ahora. Esa nube tiene forma de berenjena. En una ocasión vi un perro...

No me gustan estos escalones. No me gustan. La lámina dorada que cubre la piedra es casi del mismo color que mis plumas. Es indignante. Considero cambiar su tonalidad, pero eso requeriría un poco de magia. Maldición, no puedo estar cansado cuando ella me necesite. Xayah probablemente me envió por este camino sabiendo que mi plumaje aquí se mimetizaría. Una capa roja luciría mejor contra estos escalones. ¿Tal vez índigo? ¿Qué hay en esta esquina?

Más escalones. ¡Solo los humanos cortarían la piedra para moldearla con figuras planas y hacer a una montaña aburrida! Debería escalar el acantilado. Xayah dijo que tomara las escaleras... estoy seguro de eso.

Recojo algunas piedritas y empiezo a hacer malabares con ellas. Siento la magia retorciéndose al norte de mí, dentro de las raíces torcidas del Bosque Lhradi. La canción del bosque se abre paso hasta mi cabeza y comienzo a cantarla.

—¿Qué fue eso?—, una voz retumba desde arriba.

¡Una entrada! Un guardia humano aparece. Su vestimenta es tan oscura como la sombra.

—¿Quién eres?—, me dice.

—¡Soy Rakan!—, contesto. ¿Cómo es posible que alguien no lo sepa?

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—¿Quién?—

No me agrada. De hecho, lo odio más que a los escalones.

—¡Soy Rakan! El guerrero bailarín de la tribu Lhotlan. Soy la canción del amanecer. Soy el baile lunar de medianoche. Soy el encanto que...—.

—Es el artista vastaya—, interrumpe otro guardia. Él también usa una vestimenta aburrida, una vestimenta que no había visto antes en esta área.

El primer guardia usa un brillante amuleto dorado en su pecho. Se lo arranco.

—¡Oye!—.

—¿Qué es esto?—, pregunto. Él no se merece algo así.. Lo que sea que esto sea.

Intenta agarrarlo, pero lo giro alrededor de mi mano mientras sigo haciendo malabares con las piedras en la otra mano.

—¡Devuélvemelo!—.

Le doy un golpecito en el rostro con cada una de las piedras.

—No—, contesto. Entonces, de la forma más inocente, le pregunto: —¿Es importante?—.

Él extrae un par de espadas gancho. Le arrebato una de ellas antes de que pueda alzarlas.

—Abre la puerta y te regresaré tu... eh... objeto brillante—, le ofrezco, mientras doy vueltas al amuleto en la palma de mi mano para después hacerlo girar hasta mi brazo.

En cambio, ¡el muy tonto me ataca! Doy un giro para esquivar su ataque y aterrizo detrás de él. Se da vuelta para dar otro espadazo. Me zambullo debajo de su espada y uso mi retaguardia para hacerlo perder el equilibrio. Cae de las escaleras con un grito.

El otro guardia observa a su amigo dar tumbos, después vuelve a mirarme. Agito la cabeza en desaprobación.

—En serio, ¿cómo es posible que supiera quién soy?—.

Este intenta apuñalarme con su lanza. Doy una vuelta esquivándolo y dejo que mi capa emplumada lo envuelva por un instante. Cegado, se tambalea y se tropieza. Cae sobre su escudo y sale disparado por las escaleras con un estruendo. Bueno, hasta que choca contra su amigo, que aterrizó primero.

El impacto hace que ambos queden tumbados. Me rio. Ahora sigo con los escalones.

—Son terribles bailarines—, digo mientras reviso si mi capa se ensució.

Las dos personas se ponen de pie torpemente y me observan.

—¿Están bien?—, pregunto, agradecido por la diversión.

Rugen mientras se apresuran a subir los escalones. Tontos desagradecidos.

Doy un salto para alejarme de ellos y pregunto: —¿Quieren saber cuál es la diferencia entre una fiesta y una pelea?—.

Intentan atacarme con sus armas una y otra vez.

—La primera es un día de entretenimiento—, les digo mientras los derribo por las escaleras. —La segunda es... más corta—.

El sonido de un gong ensordecedor retumba detrás de mí. Sonrío. Lo divertido comienza ahora.

—¡Tendrán que hacerlo mejor que eso!—, grito, burlándome de mis perseguidores mientras corro. En realidad necesito salir de aquí. Ahora hay veinte guardias. Bueno, ¿tal vez treinta? Más que montones de ellos.

Correr a través de sus dormitorios fue una mala idea. De cualquier forma, me dio la oportunidad de refrescarme.

Algunos de los hombres tienen esas extrañas ballestas. Usan fuego de un tubo. Tenían un nombre. Voy a llamarlos arquiubos. Sus disparos explotan a mi alrededor, agujereando los muros mientras me escabullo fuera de la habitación.

Me deslizo hacia el patio, ejecutando un giro completo para agregarle un poco de estilo. La puerta está abierta. Podría correr hacia esta, pero Xayah me necesita.

Escondido en un rincón, un guardia me apunta con un gran arquiubo. ¿O es mejor tubiarco? Aprieta el gatillo. Salto hacia él y el disparo me pasa por arriba.

—¿Qué rima con arquiubo?—, pregunto en voz alta.

Pateo al guardia para lanzarlo por los aires. Mientras cae, doy un giro y le presento mi mano a su mejilla. El sonido es más estruendoso que el de su arma.

—¡Bofetada!—, digo e imito su intensidad. El humano rueda, se pone de pie y saca una espada corta. —¡¿Por qué no estás entendiendo el mensaje?!—.

Me pregunto si podría encontrar una cocina. Ahí deberían tener el chocolate.

La luz en el cielo está cambiando. Retrocedo dando un salto para revisar la ubicación del sol. Está desapareciendo detrás de las colinas y un orbe de luz verde destella sobre este.

—¡Hora de la fiesta!—, grito. Ahora, el castillo entero está persiguiéndome.

—¡Entrégate!—, grita un guardia con un sombrero metálico.

—¡No! ¡Los estoy distrayendo!—, contesto. Me mira confundido. Decido que lo voy a abofetear a él ahora.

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Una lluvia de flechas sale disparada desde el muro opuesto. Me aparto de esta, disfrutando el ruido que hacen las flechas cuando pasan cerca de mí.

¿Me vería bien con ese sombrero metálico?

La hoja dorada se mantiene en el aire durante un segundo, antes de caer. Xayah está preparada.

Hago la primera respiración. Dijo que hiciera diez, pero cuatro respiraciones ya es bastante. Necesito saber que ella está a salvo.

—¿Quieres ver algunos movimientos geniales?—, le pregunto al humano que está más cerca.

No parece muy entusiasmado. Doy giros entre el grupo y aparezco detrás de él. Se voltea justo a tiempo para encontrarse con mi capa a mitad del camino. Mis plumas plumas lo levantan por los aires como si fuera un trompo. Doce giros es mi récord, pero eso fue en una colina.

Segunda respiración. El humano se desploma en el suelo después de nueve rotaciones. Maldición. No tengo tiempo para intentarlo de nuevo.

Tercera respiración. Necesito regresar a donde ella me necesita, de vuelta a Xayah.

Doy un salto sobre la muralla y caigo desde el techo hacia la puerta. Hago la cuarta respiración mientras estoy en el aire.

Xayah corre hacia la puerta con unos elegantes juloahs, son peludos en vez de tener plumas coloridas. Deben pertenecer a la tribu Sodjoko. Atuendos demasiado formales, aunque me gusta el grueso cabello de su cabeza que fluye hasta la parte trasera de sus antebrazos. Debería hacer que mis plumas hagan lo mismo. Aun así, el pareo del primero me parece una terrible idea.

—No lo lograremos—, grita. —¡Tienen rifles!—

—¿Te refieres a los arquiubos?—, pregunto.

Akunir me observa atónito.

—Se quedaron sin municiones—, le explico. —Los arcos largos Xini también—.

—¡¿Qué?! ¿Cómo?—

—Soy Rakan—, digo. Espero esto de los humanos, pero, ¿de mi propia especie?

—Todos, corran hacia la línea de árboles—, ordena Xayah.

Una docena de hombres, cubiertos en harina y chocolate, salen del cuartel. Mezclados con huevos harían una cosa llamada 'pastel'. Aunque las tartas son mejores...

—¡Corran!—, grita Xayah. Cuando el viejo juloah no se mueve, lo empiezo a arrastrar.

Coll se arrodilla al lado del cuerpo de su guardia. Ella y Xayah rezan para que su espíritu encuentre nuestras tierras. Uno de sus cuernos está quebrado y hay charcos de sangre en las hojas que lo rodean. Coll quita la última flecha de su cadáver. Él la trasladó hasta aquí, incluso cuando los humanos lo hirieron.

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Este juloah no debería haber muerto. Alguien lo amaba. Cantarán sus canciones. Pero solo el silencio responderá.

Mis ojos se llenan de lágrimas. De manera suave, canto por su pérdida y por la de su familia.

Xayah tiene los puños apretados. No se afligirá por ahora. En lugar de eso, el dolor la encontrará por la noche, cuando crea que estoy durmiendo. Así es ella. Entonces, la besaré hasta ahuyentar su tristeza.

El nombre del cónsul es Akunir. Tal vez fue un bailarín guerrero en su juventud. Él y Xayah comienzan a discutir de política.

Coll besa la frente del guardia. Su quijada está tensa. Tiene una furia más grande que la de Xayah. Observa a su esposo, Akunir. Ha estado esperando que él la escuche durante demasiado tiempo.

—Volveré al norte, Akunir—, dice Coll mientras se pone de pie. —Les informaré lo que nos hicieron—. Sus brazos están firmes como ramas, rígidos a sus costados.

—Coll, no—, protesta Akunir.

—Daré la noticia del destino de Jurelv a sus parientes y viviré el duelo con ellos—, dice ella. Ese debe ser el nombre del guardia. Tal vez era bondadoso. Me gustan las arrugas de la sonrisa que tenía su rostro. —Después, llamaré a las armas y prepararé a la tribu para pelear—.

—¡No puedes hacer eso!—, grita el cónsul.

—Renuncio a mi compromiso hacia ti. Renuncio a tu compromiso hacia mí—, dice ella de forma tajante.

Akunir se ve como si acabaran apuñalarlo. ¿Acaso no vio esto venir en la colina? ¿O en el bosque? ¿O al lado del guardia muerto? Estaba decidido hace mucho tiempo. Hace muchas lunas.

—Coll… por favor—.

—No—, dice ella con franqueza. Él se acerca para agarrarla. Lo bloqueo.

—Hablaré con mi compañera—, dice él.

Puedo sentir su aliento en mi barbilla. Comió fruta guloo hace poco. Mi nariz casi toca su frente. Me mira enojado.

Solo agito mi cabeza en desaprobación y me encojo de hombros. No necesito palabras. Para esto, el silencio es mejor.

Sus guardias restantes están tensos. No quieren bailar conmigo. Soy Rakan. Conocen mi nombre. Con nerviosismo, observan a Xayah sosteniendo sus espadas espadas. También conocen su nombre.

—Gracias, Xayah—, dice Coll antes de partir.

Akunir y sus guardias la miran marcharse. Sin decir palabra, se dirigen hacia el sur, dejándonos solos.

Me acerco a Xayah. Siento su tristeza por Jurelv, Coll y Akunir. Tomaré vino esta noche. Después cantaré canciones vulgares.

—Prométeme que nada nos separará de esa forma, mieli—, me dice.

—No somos como ellos, miella.. Nunca seremos como ellos—, le contesto. Puedo sentir su preocupación. Ella es más inteligente que yo en muchas cosas, pero ingenua en el amor, a veces.

—¿Hacia dónde vamos ahora, Xayah?—.

—Quedémonos aquí un momento—.

La envuelvo con mi capa y con mis brazos. En un rato le haré cosquillas. Reiremos y beberemos. Ella hará planes y yo cantaré. Siento su mejilla en mi pecho. Me alegra que Xayah me necesite ahora.

—Dímelo una vez más—, me pide.

—No somos como ellos—, digo de nuevo. —No somos como ellos—.

Referencias

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