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Historia corta

Muertos en el Agua

Por Graham McNeill

Marea roja va, marea roja viene.

Lore

Marea roja va, marea roja viene.

Engánchalos, descuartízalos,
que solo pedazos queden.
Pero siempre a la Gran Barbuda pagarás,
¡o el Titán de las Profundidades Titán de las Profundidades se vengará!

— Fragmento de Canción de la matanza

Lo primero que te golpeaba era la fetidez del Muelle Rojo.

Era como un puñetazo en el estómago que te dejaba sin aire en las velas.

El hedor siempre se metía en tu interior y te hacía pensar que jamás se iría.

Un tufo asqueroso proveniente de las barrigas abiertas de leviatanes con las entrañas hacia afuera y desperdicios de hace semanas que se aferraban a los adoquines como una argamasa sangrienta podrida al sol. Si a eso le agregas los excrementos de diez mil aves marinas carroñeras y la orina de los trabajadores ensangrentados de los Muelles del Matadero, el olor se vuelve lo suficientemente fuerte como para descomponer al estómago más tenaz.

Podías llevar un pañuelo embebido en tal cantidad de ron como para emborrachar a la mismísima Gran Barbuda e incluso así sentirías el hedor.

Sí, era horrible, pero a Sarah Fortune Sarah Fortune le encantaba lo que representaba.

Era el olor de la prosperidad, de una buena pesca y de botines de monstruos bien ganados.

Una marea roja significaba personas con monedas en los bolsillos, listas para gastarlas en las tabernas del muelle, las casas de apuestas y los antros de mala muerte, y todos ellos le daban una parte de sus ganancias a Sarah.

Prosperidad, sí... Por la Gran Barbuda, era el peor olor del mundo.

Su pequeña barca se deslizaba con facilidad por las aguas fangosas, y un farol que se balanceaba colgado desde un tentáculo de hierro forjado en la proa iluminaba el camino en el anochecer.

Sentada en la parte trasera del bote, Sarah sacó la mano por encima de la borda. Las puntas de sus dedos surcaron la superficie del agua y dibujaron espirales ondulantes que iban y venían con la marea roja.

—Incluso para ti, eso es bastante imprudente—, gruñó Rafen, quien sudaba mientras remaba con todas sus fuerzas. Rafen era un viejo lobo de mar de las islas. Tenía el rostro escarpado y curtido por el rocío del mar y los fuertes vientos, así como una mente aguda que el ron no había podido arruinar. Se turnaba para ser su consciencia y su mano derecha. Conocía casi cada rincón y recoveco oscuro que Aguasturbias tenía para ofrecer.

—¿Por qué?—, preguntó Sarah.

—Hay peces destripadores y lampreas desolladoras al acecho, justo debajo de la superficie—.

—¿Tienes miedo de que me coman los dedos?—, replicó Sarah.

—No puedes apretar el gatillo sin dedos—.

—Te preocupas demasiado, Rafen—.

—Ese es mi trabajo, preocuparme por las cosas por las que tú no te preocupas lo suficiente—.

—¿Como este paseo en bote hacia el Serpiente lunar?—.

—Exactamente—, respondió Rafen. —Tengo un dicho que nunca me ha fallado desde que lo escuché en el regazo de mi papá: ¡Si huele mal, no lo toques, tonto!—.

Sarah se encogió de hombros. —Casi todo huele mal por aquí—.

—Tal vez sea así, pero no deja de ser verdad—, dijo Rafen, mirando por encima del hombro hacia la niebla que surgía del agua donde el Serpiente lunar se ocultaba como un secreto oscuro. —Hay malicia en el mar esta noche. Parece como si unos ojos hambrientos nos miraran desde las profundidades—.

—¿Tus huesos te hablan de nuevo?—.

—Búrlate todo lo que quieras, pero los he escuchado por más de cuarenta años y todavía sigo vivo, ¿no?—.

—Olvídalo, anciano—, dijo Miss Fortune. —Es el réquiem de un capitán, tengo que estar allí. Y si tengo que estar allí con este atuendo ridículo, entonces mi segundo al mando también debe estar—.

Dicho atuendo ridículo consistía en, literalmente, un corsé azul cobalto que arrebataba suspiros con encaje dorado y varillas de hueso de ballena debajo de una gloriosa levita larga color escarlata. Además, llevaba pantalones bombachos de lino color crema metidos dentro de unas botas de tacón de cuero negro brillante con hebillas de kraken plateadas desde los tobillos hasta las rodillas.

Un atuendo impráctico por completo, pero en una reunión de capitanes había que demostrar por lo menos una riqueza obscena. Un capitán pobre era un capitán débil y, como cualquier depredador, los malhechores de Aguasturbias cazarían sin piedad al más débil.

Rafen también había tenido que acicalarse: a la fuerza y con una amenaza de degradación de por medio, se había puesto un traje prestado de piel de foca, un chaleco escamado, cuyos botones amenazaban con estallar con cada movimiento de los remos, y un sombrero de copa con una cinta de tentáculo aplastado alrededor.

—Tal vez tenga que estar allí, pero eso no significa que me guste—, dijo Rafen.

—Es cierto, pero necesito que me cuides las espaldas—, replicó Sarah. —Aligh tenía una gran tripulación. Con su muerte, todos los capitanes estarán rondando como una rata de muelle en celo. Lo último que quiero es que su vieja tripulación pase a manos de un capitán enemigo o termine con personas como los Grajillas o los Cuchillas de Carnicero—.

—Sí, tienes razón—, concedió Rafen. —Muchos capitanes poderosos habrán venido a despedir a Aligh en su viaje hacia la Gran Barbuda, pero ¿de verdad crees que todos cumplirán con la tregua?—.

—Para nada—, respondió Sarah y abrió su abrigo para revelar un par de exquisitas pistolas con empuñaduras de marfil que llevaba enfundadas debajo de las axilas. —Por eso no estoy desarmada—.

—Como que me llamo Rafen que te las sacarán—.

Por favor, ¿piensas que estas son las únicas armas que tengo?—, retrucó ella, dándose golpecitos en la sien.

—Muy bien, pero esto me sigue pareciendo riesgoso—.

—Lo es, ¿pero qué es la vida sin un poco de riesgo?—.

—Te lo recordaré cuando todo se vaya a pique en un parpadeo—.

Sarah sonrió. —Si eso pasa, te prometo que podrás atormentarme desde nuestra tumba acuosa—.

Rafen hizo un gesto de cuernos con la mano, se la llevó al corazón y sacudió la cabeza, para luego seguir remando. Había dejado claro lo que pensaba y Sarah se había asegurado de que la próxima vez lo pensara mejor antes de intentar disuadirla de algo que ya había decidido. Además, ella sabía que él tenía razón y no había nada más irritante que un hombre que cree que tiene razón.

Pero, en deferencia a las palabras de Rafen, Sarah sacó la mano del agua y se quitó la suciedad de las uñas. Algo con dientes salió a la superficie para alimentarse de lo que ella había tirado y el anciano le lanzó una mirada del tipo te lo dije.

Detrás de ella, los riscos destartalados de Aguasturbias brillaban en la niebla, hormigueros destellantes donde el pueblo, su pueblo, vivía de los restos que el mar le proveía. Las edificaciones se aferraban a las rocas y montañas del archipiélago como percebes tenaces que ni las tormentas, ni el Harrowing ni las exploraciones ocasionales de barcos de guerra noxianos podían destruir.

Al igual que Sarah Fortune, Aguasturbias era una sobreviviente.

Desde la muerte de Gangplank Gangplank, Sarah había peleado contra los espíritus inquietos de las Islas de la Sombra y había sobrevivido a incontables atentados en su contra. Consolidar su mandato en Aguasturbias había sido un asunto complicado y sangriento. Su control todavía era inestable, como un aprendiz de mecánico naval en su primera escalada por las cuerdas. Pero aún seguía con vida, a pesar del veneno y las armas de fuego que le habían puesto en el camino por arriesgarse.

—Barco a la vista—, dijo Rafen.

Sarah miró detrás de él para ver una forma amenazante que surgía de la niebla.

Al igual que su capitán, el Serpiente lunar era un barco antiguo y carente de sutilezas; tenía una manga ancha y brillaba con la luz tenue de docenas de linternas encapuchadas que colgaban de varios mástiles. Los tablones reforzados del bergantín tenían una capa gruesa de sellado y estaban tallados como si fueran las escamas de una serpiente. La sal acumulada en las ranuras brillaba con la luz de la luna. Aunque las velas todavía estaban enrolladas, Sarah sabía que estaban confeccionadas con una tela blanca resplandeciente que, sin dudas, le había costado a Aligh una pequeña fortuna. El mascarón de la proa era una serpiente colmilluda forjada con los cañones fundidos de sus enemigos.

—Por la Gran Barbuda, siempre olvido lo grande que es...—.

—Es una verdadera bestia—, dijo Rafen mientras la sombra gélida del bergantín caía sobre ellos.

—¿Cómo hizo un tacaño miserable como Aligh para pagar todo esto?—, preguntó Sarah. —Ese maldito avaro nunca pagó un kraken si podía gastar un espadín. Escuché que no pagaba sus tributos al océano, a lo sumo arrojaba un poco de ron o una moneda de cobre para los señores y las señoras de las profundidades—.

—Y dime si esa no es otra razón más para darnos vuelta y no pisar la cubierta de ese barco—, dijo Rafen. —Si algo de eso es verdad, entonces este barco está maldito. El océano necesita su tributo, todo capitán que se jacte de serlo lo sabe—.

—Yo entregué una carabina hex a las aguas en las afueras del Muelle Blanco después de reclamar el botín de Jakmunt Zyglos—.

—Lo recuerdo—, dijo Rafen sacudiendo la cabeza con resignación. —Prometiste que me darías esa arma—.

—Buena confección, además. No era una Fortune Parahombres, pero estaba bien—.

—Ahora solo estás siendo cruel—.

—Una reina solo debe ser cruel por el bien de alguien—, dijo Sarah con un fingido amaneramiento, mientras Rafen acercaba la barca a una media docena de otras embarcaciones atracadas debajo de una gran red de carga que colgaba de la borda. El casco brillante del Serpiente lunar se elevaba como un acantilado negro y siluetas oscuras se desplazaban entre las luces de más arriba.

—Está atracado bastante alto para ser un barco tan grande—, dijo Rafen, señalando con la cabeza las líneas verdes de marea en el casco negro del barco mientras ataba la barca con un nudo corredizo flojo.

—Las bodegas deben estar vacías y la mayor parte de la tripulación estará en la costa emborrachándose hasta la médula con el matarratas barato que les habrá dejado Aligh para su velorio—, dijo Sarah.

—Qué afortunados—, replicó Rafen, mientras sacaba los remos de los escálamos y los aseguraba a lo largo de la borda. —¿Estás segura de esto?—.

Sarah se puso de pie y tomo las cuerdas de la red de carga, inclinando la cabeza hacia atrás.

—No del todo—, contestó. —Pero cuando tenemos la posibilidad de avanzar o retroceder, una mujer sabia mujer sabia me dijo una vez que siempre es mejor avanzar, así que vamos—.

Una mano detrás de la otra, Sarah y Rafen treparon hasta la cubierta del Serpiente lunar.

Dos gemelas serias con pantalones de cuero y camisas escamadas tomaron las armas de Sarah y la daga de pez espada de Rafen tan pronto como terminaron de trepar por la borda. Ambas mujeres eran muy musculosas y estaban agresivamente sobrias. Sin duda, deseaban estar en la costa participando del velorio con ron de Aligh, en vez de engrosar una tripulación mínima para un puñado de capitanes que, con seguridad, bailarían una giga con tal de matarse entre ellos.

Una de las gemelas llevaba un casco hecho con el cráneo de un Escurridizo cangrejo escurridizo y una armadura de caparazones hervidos a juego, mientras que la otra tenía la cara cubierta de tatuajes de ojos sin párpados. Cuando esta última sonrió al ver las pistolas forjadas por una mujer, Sarah vio que su boca estaba llena de dientes arrancados de una mandíbula afilada.

Las siguió hasta la cubierta de proa elevada y observó en cuál de los tres cofres ponían sus armas confiscadas: en uno con una marca de bala de cañón en el lado derecho.

Justo enfrente de los cofres, un enorme cañón de bronce reposaba sobre un afuste de ébano tallado. El ancho bocal del arma estaba sellado con cera y el cuerpo envuelto en la tela de una vela del Capitán Aligh debía estar dentro, encurtido en ron, vinagre y alcanfor para su viaje al fondo del mar.

—Es una pena enviar algo tan lindo a las profundidades—, dijo Sarah. —Me refiero al cañón, claro—.

—Sí—, asintió Rafen. —Uno fino de treinta que aún no he visto, pero es la tradición, y con la tradición no se juega, ¿verdad?—.

—Verdad...—, dijo Sarah, y su atención se centró en la figura de anchos hombros que estaba inmóvil al lado del demoledor de barcos. —Que la Gran Barbuda nos ayude si alguna vez rompemos una tradición, ¿eh?—.

Vestía una túnica con escamas iridiscentes y una capucha amplia como la boca de un pescado rodeada de dientes filosos. Llevaba una podadera envuelta en tentáculos y Sarah supo de inmediato quién era.

—Es un verdadero honor contar con un invocador de serpientes en el réquiem de un capitán—, dijo.

—Es increíble lo que unos cuantos krakens de oro pueden lograr, ¿verdad?—, replicó Rafen.

Dentro de la capucha dentada, el invocador de serpientes llevaba una máscara de coral perforado en la parte inferior de su cara, mientras que sus ojos y frente estaban ocultos detrás de un cadáver seco de calamar con unos toscos agujeros para los ojos, desde los cuales el sacerdote inspeccionaba a los capitanes reunidos.

La ancha cubierta estaba abarrotada con malhechores de Aguasturbias ataviados con sus mejores ropas: abrigos largos, botas lustradas, sombreros de copa y piezas de armadura tan arcaicas que los arrastrarían directos al lecho del mar si llegaban a caer por la borda. Sarah calculó una fortuna entre los sellos y las medallas, los amuletos de anzuelos Buhru y los talismanes de la suerte para honrar a los señores y señoras de las profundidades.

Conocía a algunos capitanes de peleas o tragos pasados, a veces, ambos, y a otros solo por reputación.

Todos ellos, por supuesto, la conocían.

Con su melena roja como el fuego, su piel lechosa y su confianza arrogante, Sarah Fortune nunca pasaba inadvertida, pero en este barco era una rosa salvaje entre espinas venenosas.

—Vaya reunión, ¿no?—, dijo Rafen.

—Nada como la muerte para unir a las personas—, replicó Sarah.

Rafen asintió con la cabeza y agregó: —Ahora sé lo que siente un remontaolas gordo cuando se encuentra rodeado por una manada de dienteslargos hambrientos—.

Sarah sacudió la cabeza. —Lo estás pensando al revés, anciano. Yo soy la dienteslargos aquí—.

Rafen no respondió. Mientras tanto, Sarah caminó hacia la línea central del barco y luego de vuelta, ajustando cada zancada al movimiento de la cubierta. Así como cada pistola tenía su propio carácter, sucedía lo mismo con los barcos; cada uno tenía su propia manera de sortear las olas y escuchar el viento. Se movió junto con el vaivén anclado del barco y dejó que el crujido y el quejido de su antigua madera le contara los secretos desde sus botas hacia arriba.

—Un revolcador de aguas bajas—, dijo. —Sorprendente para una embarcación de manga tan ancha—.

—Me gusta que tengan la manga ancha—, dijo Rafen, ajustando de manera instintiva el largo de sus pasos.

—Eso dicen—.

—No es tan ágil como un barco de velas—, dijo Rafen, ignorando la burla —pero te apuesto una botella de Oscuro de Myron a que te mantendrá en su regazo en mares picados—.

—Claro que lo hará, Rafen—, dijo una mujer delgada vestida con un largo abrigo azul pálido con bordes dorados en los puños y hombreras con flecos color bronce. —Es una gran dama antigua, sin duda. Hundió el Gloria de Darkwill e incluso le hizo algunos agujeros al Noxtoraa Roja antes de que la niebla de Pueblo de barro se cerrara y protegiera su escondite maldito—.

Un sombrero bicornio tieso por la sal se posaba en un ángulo elegante sobre la cabeza rapada de la mujer. El estado de sus ojos, como dos huevos hervidos flotando en un cuenco de sopa de pescado, le indicaron a Sarah que ya había bebido suficiente ron. Su piel tenía la complexión amarillenta y cerosa de alguien que había regresado hacía poco de un largo viaje por el mar.

—Capitana Blaxton—, dijo Rafen. —Escuché que estabas muerta—.

—Los rumores sobre mi muerte vuelan por Aguasturbias con cada atardecer—, dijo la mujer. —Y con ellos, los hombres lloran y sus esposas maldicen la mañana de su desmentida. Te lo aseguro, estoy fuerte como un roble—.

Miró a Sarah e hizo una elaborada reverencia antes de ofrecerle la mano.

Sarah la tomó y se puso de inmediato en guardia. A pesar del aspecto ebrio de Blaxton y su apretón de manos ligero, Sarah percibió callos bien ganados y bordes de quemaduras de pólvora en la palma de su mano.

—Marla Blaxton, a tu servicio, Capitana Fortune—, dijo, soltando la mano de Sarah. —Hace poco regresé de un año de invasiones en la costa amarantina, donde el mar es transparente, el cielo azul y los asentamientos costeros tienen más oro del que un capitán podría gastar en diez vidas—.

—Qué maravilloso—, replicó Sarah. —¿Por qué querrías regresar de semejante lugar?—.

—Los buenos tiempos no duran mucho, ya sabes. Los habitantes de dichos asentamientos tenían algunas ideas extrañas sobre los conceptos de 'propiedad' y 'no estar muerto'. Además, eran capaces de invocar tipos de magia curiosos que ponían el mar y el cielo en mi contra de maneras que jamás había visto antes—.

—Ah, entonces perdiste todos tus barcos—, dijo Rafen.

—Algunos—, concedió Blaxton, moviendo la mano despectivamente. —Un obstáculo temporal, Rafen. Uno del que espero recuperarme en cualquier momento—.

—¿Tal vez con una tripulación nueva y un bergantín revolcador de aguas bajas?—, sugirió Sarah.

Blaxton rio y acotó: —Todo es posible—, antes de hacer otra reverencia y regresar al grupo de capitanes que estaban reunidos alrededor de un barril de ron chorreante cerca del trinquete.

El corazón de Sarah dio un vuelco cuando vio un rostro conocido, el rostro de un enemigo.

Rafen también lo vio y la tomó del brazo.

—Recuerda la tregua—, le susurró de inmediato.

Sarah no respondió, estaba demasiado concentrada en el hombre que tenía delante.

Con el rostro inexpresivo, liberó su brazo y caminó hacia él.

Cabello rubio peinado hacia atrás en una tirante cola de caballo, un mechón solitario sobre su rostro atractivo y lampiño. Él levantó la vista y sus miradas se encontraron. Los ojos de él se helaron al verla acercarse.

—Sarah—, dijo y extendió los brazos hacia ella. —Escucha, sé que nosotros...—.

Ella no lo dejó terminar, golpeándolo de lleno en el estómago con el puño cerrado sin siquiera detenerse del todo.

Él se dobló como si lo hubiera golpeado una bala de cañón de veinticuatro y su atractivo rostro se estrelló contra la rodilla elevada de ella con un crujido óseo repugnante.

Cayó hacia atrás, y Sarah se abalanzó sobre él antes de que pudiera levantarse. Lo inmovilizó e intentó sacar su pistola, para luego darse cuenta de que estaba guardada en un cofre cerca del mástil mayor.

Marca de bala de cañón en el lado derecho.

En vez de dispararle, lo agarró del cuello de la camisa y estiró el puño, lista para asestarle otro golpe. Él escupió sangre y levantó una mano fabricada artesanalmente con engranajes de bronce, correas de cuero y mecanismos chirriantes.

—Por favor—, resopló con dificultad a través de una nariz rota y la boca llena de sangre.

—Hola, Petyr—, saludó ella. —Te dije lo que te pasaría si nos volvíamos a encontrar, ¿verdad?—.

Capitán Petyr Harker.

La última vez que lo había visto, se agarraba el muñón ensangrentado de su mano, la misma mano que él alardeaba que había asesinado a la Cuchilla Carmesí.

Petyr, junto con los capitanes Crow y Bragg, habían conspirado para arrebatarle las ganancias por las que tanto había luchado tras el asesinato de Gangplank. Ahora, tanto Crow como Bragg estaban muertos, uno por una bala de pistola en la cabeza, el otro por otra bala alojada en su hígado.

Sus balas de pistola.

Mientras salía del matadero de McGregan, Sarah había prometido que se llevaría mucho más que la otra mano de Petyr la próxima vez que lo viera.

La tregua del alma ahogada era una antigua tradición en Aguasturbias.

Era más un acuerdo verbal que una costumbre estrictamente impuesta, pero les permitía a las tripulaciones enemigas reunirse sin que se derramara sangre cuando sus capitanes asistieran a los frecuentes funerales de antiguas leyendas del mar.

Sarah siempre pensó que era un poco singular que hombres y mujeres tan violentos acataran una costumbre tan arcaica, y hasta ahora lo había mantenido siempre en la parte si todavía no se rompió... de su mente.

Alguien la tomó del codo derecho con fuerza implacable y replegó su puño cerrado.

Rafen apareció por su izquierda y la alejó de Petyr.

—Tranquila, capitana—, dijo. —Tranquila...—.

Una parte de Sarah quería asestar otro golpe, pero para cuando Rafen terminó de levantarla, la ira la había abandonado. Había dejado clara su postura, así que dejó llevar.

—Por nuestro último descenso—, dijo una voz ronca por el ron en su oído. —Todos reunidos acatamos este juramento—.

—Paz para nosotros—, repitió ella automáticamente. —Sin daño al alma o al cuerpo—.

—Sin balas ni espadas, sin serpientes ni hechizos—, agregó Rafen.

—¡Observen la tregua del alma ahogada!—, terminó Petyr y gateó por el suelo para alejarse de ella.

Sarah dejó escapar un gran suspiro y se dio vuelta para ver quién, además de Rafen, la había tomado por el brazo.

Un jorobado miserable vestido con un costoso traje de piel de kraken, una corbata de tentáculos de pulpo frescos y una brillante gorra plana de raya que estaba muy por encima de la arpillera andrajosa que ella lo había visto usar.

—¿Thorne?—, preguntó Sarah, soltándose de Rafen.

—Por estos días es Capitán Thorne—, contestó él. Escupió un bocado de un costoso tabaco de algas deshidratadas al suelo de la cubierta y por poco no cayó en la punta de su bota lustrada.

Sarah rio. —¿Tú? ¿Un capitán? ¿Desde cuándo?—.

Thorne se acomodó el atuendo. Lucía como un chico de la pólvora con un mango recién robado. —Ahora tengo un barco y una tripulación de robustas ratas marinas que pude conseguir después de lo que le hiciste a Crow y Bragg—.

Su aliento olía como un balde de almejas podridas. Thorne podía pavonearse en ropas caras, pero jamás podría cambiar lo que era en verdad.

—Siempre fuiste una sanguijuela, ¿verdad?—, dijo Sarah. —Ahora apártate de mi camino—.

Thorne se hizo a un lado y dijo: —Recuerda mis palabras, Sarah Fortune, tendrás tu merecido—.

—Promesas, promesas—, replicó Sarah y con dos pasos rápidos llegó hasta donde estaba Petyr Harker.

Extendió la mano y movió los dedos como si estuviera lanzando una moneda con sus nudillos.

—¿Quieres que te dé una mano?—, dijo con una sonrisa.

—¿Se supone que es gracioso?—.

—Es gracioso—, sentenció Sarah. —Mira cómo me río—.

Petyr miró su mano enguantada con un ojo que ya estaba hinchado y morado. A pesar de estar evidentemente dolorido por la nariz rota y el puñetazo en el estómago, sonrió.

—Si te doy mi mano buena, ¿también le vas a disparar?—, preguntó.

—No es mi idea, pero el día todavía no termina—.

Él tomó la mano de ella y Sarah lo ayudó a levantarse.

—¿Por qué estás aquí, Petyr?—, preguntó.

—Tal vez ya no haya un Cónclave del Corsario, pero hay que mantener vivas las tradiciones, ¿no lo crees?—.

—Así parece—, respondió Sarah y miró de reojo a Rafen.

Sacó un pañuelo de su abrigo y se lo tendió a Petyr. Él asintió agradecido y se limpió la sangre de la boca y el mentón antes de devolvérselo.

—Quédatelo—, le dijo ella y luego señaló su nueva mano con admiración. —Un excelente trabajo. No parece haber sido hecha en Aguasturbias—.

—No lo es—, replicó Petyr. —Bueno, es y no es. Un nuevo aprendiz en la fundición de Cintomargo me lo hizo. Un chico zaunita llamado Gysbert—.

—Parece costosa—.

—Lo fue—.

Sarah lo miró de arriba a abajo, examinó sus ropas hechas a medida, unas mejillas bien alimentadas y la funda vacía en la que posiblemente llevaba una espada elegante. Era evidente que Petyr se había repuesto bastante bien después de perder la mano.

—Siempre me pregunto si debí haberte matado en MacGregan—, dijo Sarah.

—Y yo a menudo me pregunto por qué me dejaste vivir—, retrucó Petyr. —No me malinterpretes, me alegra que no me hayas matado, pero seamos honestos, soy el tipo de hombre que disfruta planear una venganza por demás elaborada—.

Sarah no pudo evitar soltar una carcajada. —Sí que lo eres, Petyr, sí que lo eres. Pero si quieres saber la verdad, no te maté porque eso es lo que hubiera hecho Gangplank y siempre trato de ser mejor que él—.

—¿Y cómo te va con eso?—.

—Es un trabajo en curso—, admitió Sarah al mismo tiempo que Rafen se paraba entre ambos con jarros de hojalata en una mano y una botella grande de ron en la otra.

—Tengan—, dijo. —Si la tregua todavía sigue en pie y no nos vamos a empezar a matar entre nosotros, entonces bien podríamos beber un poco del ron de Aligh, ¿no lo creen?—.

Sarah le alcanzó un jarro a Petyr antes de quedarse uno ella, mientras Rafen les servía a todos dos dedos del líquido espeso y marrón.

—Que tu pólvora esté siempre seca y afilado tu alfanje—, dijo Rafen.

—Y así el mundo girará—, concluyó Sarah y los tres chocaron sus jarros.

Sarah echó la cabeza hacia atrás, bebió un sorbo e hizo una mueca de asco por el sabor grumoso y extremadamente dulce.

—Ah, sabe horrible. Demasiado horrible—, dijo. —¿Estamos seguros de que no pusieron el cuerpo de Aligh en el barril de ron en vez de en el cañón?—.

—Aligh era famoso por muchas cosas, entre ellas ser un viejo y cruel desgraciado, un capitán despiadado y un asesino avezado, pero no por su generosidad para las provisiones—, dijo Petyr mientras derramaba el contenido de su jarro sobre la cubierta.

—No sabía que conocías a Aligh—.

Petyr negó con la cabeza vigorosamente. —No lo conocí. Es decir, conocía su nombre y su reputación, pero nunca había puesto un pie en el Serpiente lunar hasta hoy—.

—El hombre era un enigma—, dijo Thorne, quien se acercó a Rafen y extendió su propio jarro. —Otro hombre misterioso más, pero ¿a quién le importa eso? Él está muerto, nosotros no—.

Sarah se encogió de hombros y le hizo un gesto a Rafen, quien le sirvió a Thorne una generosa medida del licor.

—Así es—, continuó Thorne. —Nadie aquí sabe mucho acerca de él. También dicen que él nunca tocó tierra. Que siempre enviaba a una de sus gemelas salvajes. ¿Alguien sabe cómo murió?—.

—Escuché que un grumete que soportó demasiadas golpizas lo apuñaló mientras dormía—, dijo la Capitana Blaxton, uniéndose al grupo con su jarro en la mano.

Obedientemente, Rafen le sirvió una medida.

—Que todos sus vigías estén sobrios—, dijo y bebió. —Ah, es del bueno—.

—¿Eso es lo que escuchaste?—, preguntó Sarah. —Yo escuché que murió estrangulado por un calamar con púas que no estaba del todo muerto durante la cena—.

Rafen negó con la cabeza. —No, eso es lo que dicen los guardacostas de los Muelles del Matadero. Uno de los abastecedores de las grutas me dijo que estaba tan borracho que se cayó por la borda. Tenía los bolsillos tan llenos de oro que se hundió hasta el fondo, directo a los brazos abiertos de la Gran Barbuda—.

Instintivamente, todos miraron por encima de la borda hacia el océano debajo.

Las aguas se arremolinaban en torno al barco, profundas y oscuras como un espejo líquido. Sarah vio su reflejo ondulante, fragmentado por el agua y el casco con percebes. Grandes olas rompían contra el casco: eran del tipo de olas que se ven cuando algo grande está por emerger de las profundidades.

—Te dije que había malicia en el mar esta noche—, dijo Rafen.

Sarah suspiró y se tocó el ojo izquierdo dos veces con el pulgar derecho, una antigua costumbre de marineros para ahuyentar las malas energías.

—Agh, era un anciano, tal vez simplemente se murió—, apuntó Sarah. —Eso es lo que mejor hacen los ancianos—.

—La niebla se acerca—, dijo Blaxton, señalando con la cabeza hacia el mar.

A Sarah le corrió un escalofrío por la espalda cuando vio que la niebla venía del sudeste: fría, húmeda e impregnada con el olor de las fosas oceánicas más profundas.

—No importa cómo murió el viejo desgraciado—, dijo Thorne. —Lo único que importa es lo que pase con su barco y su tripulación. Por eso estamos todos aquí, ¿verdad? Cada uno de nosotros quiere quedarse con el premio mayor, ¿no?—.

Los cuatro capitanes se miraron entre ellos, pues todos sabían que ese era exactamente el motivo por el que estaban allí.

—Aún no han encontrado su sello de serpiente, ¿verdad?—, preguntó Blaxton.

—¿Su sello?—, se burló Rafen. —Es muy probable que esté dentro del cañón con él. De todas formas, no tiene importancia, en estos días ya nadie le presta atención al sello de un capitán—.

—Tal vez deberían—, acotó Sarah. —Tal vez se derramaría mucha menos sangre si se pudiera reclamar un barco y su tripulación con el sello de su antiguo capitán—.

—¿Te asusta un poquito de sangre?—, se burló Thorne. —No tienes el estómago para eso, ¿verdad?—.

Sarah dio un paso hacia él y dijo: —Con o sin tregua, vuelve a hablarme así y te mostraré cuánto estómago tengo para la sangre—.

—No quise incomodarte, Capitana Fortune—, rio Thorne, mostrando sus dientes negros y encías podridas. —Solo me preguntaba cuántos de los aquí presentes dudarían siquiera un instante antes de intentar reclamar la tripulación de Aligh si pudieran conseguir ese sello...—.

Sarah miró detrás de Thorne a los otros capitanes reunidos en la borda del Serpiente lunar, y se preguntó lo mismo. La mayoría de ellos eran ladrones de poca monta con tripulaciones muy verdes como para intentar hacerse con el barco de Aligh, pero los tres capitanes que estaban bebiendo ron con ella... Ese sí era un grupo variado y cualquiera de ellos podría ser un rival que le clavaría un puñal por la espalda.

Antes de que alguien pudiera responder la pregunta de Thorne, Sarah sintió cómo la cubierta se movía bajo sus pies con un vaivén suave.

Metió la mano dentro de su abrigo, sacó una moneda de plata y la arrojó por el costado del barco.

Thorne la observó caer al agua y por un momento ella se preguntó si él se arrojaría tras ella.

—¿Por qué hiciste eso?—, espetó. —Este no es tu barco—.

—Alguien tiene que hacerlo—, dijo Sarah, mientras las velas blancas del Serpiente lunar se desplegaban. —Ya vamos en marcha—.

El barco navegó hacia el este de la Bahía de Aguasturbias, tomando una ruta levemente curva para evitar los numerosos arrecifes irregulares, los bancos de arena traicioneros y los naufragios que emergían para revelar un barco zozobrado. La niebla que Blaxton había señalado ahora los envolvía por completo. El barco navegaba casi en silencio, a excepción de algún grito ocasional proveniente de la tripulación.

A pesar de que el ron era espantoso, Sarah, Rafen, Thorne, Petyr y Blaxton terminaron el resto de la botella. Después de un par de tragos, el dulzor era soportable, y Sarah comenzó a relajarse.

Cuando se terminó la botella, Rafen la tiró por la borda y Sarah lo envió a la bodega a buscar otra.

El Serpiente lunar continuaba su curso, adentrándose cada vez más en la niebla.

Se barajaron más teorías sobre cómo había muerto Aligh, cada una más ridícula que la anterior. Sarah lloró de la risa cuando Petyr terminó de contar una historia absurda en la que Aligh se metía en problemas con el Bromista el Bromista y se lo llevaban al mar vestido con un disfraz de narval, solo para ser acuchillado después por el Destripador del Muelle Rojo el Destripador del Muelle Rojo en un trágico caso de identidad equivocada.

Una voz distante, amortiguada por la niebla, se elevó desde el puesto del vigía.

—¿Qué dijo?—, preguntó Sarah, mirando por encima del aparejo. Se aferró a la baranda de la borda con la cabeza dándole vueltas. Tal vez el ron fuera malo, pero no podía negar que era fuerte. Era hora de parar un poco.

—Creo que dijo '¡Tierra a la vista!', o quizás '¡Sal de mi vista!—', dijo Blaxton, con los ojos rojos de tanto ron.

Sarah parpadeó. —¿Sal de mi vista? ¿Por qué diría eso?—.

—Creo que es un saludo tradicional de Shurima—, bromeó Petyr, bebiendo otro trago de ron.

Sarah ahogó la risa al escuchar el ruido de cadenas de hierro deslizándose por la borda, seguido de inmediato por el sonido de un ancla cayendo al agua.

—Llegamos—, dijo Thorne y escupió un bocado viscoso de tabaco al mar.

La Capitana Fortune escudriñó a través de la niebla y vio una estribación de escarpadas rocas negras que sobresalía del agua. Los cristales de sal brillaban bajo la tenue luz de las estrellas.

—Arrecife Fragmento de Luna—, dijo. —Por los pelos de la Gran Barbuda, ¿por qué estamos aquí?—.

—Aligh siempre decía que descendía de los marai por el lado materno—, dijo Petyr.

—¡Patrañas!—, espetó Thorne. —El hombre jamás vio a un marai, mucho menos nació de una—.

—Le aporta un toque exótico—, admitió Blaxton. —Orígenes místicos, sangre mágica, esa clase de cosas. El tipo de trasfondo que cualquier capitán quisiera tener. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí—.

El golpe de madera contra madera acalló cualquier conversación. Sarah giró para ver cómo el invocador de serpientes golpeaba la cubierta de la proa con su podadera envuelta en tentáculos.

En la otra mano, sostenía una antorcha que ardía con una brillante luz plateada.

—El mar es el cementerio del mundo y las almas descansan mejor sin un monumento—, dijo el invocador de serpientes. Su voz sonaba casi como un siseo chirriante a través de la máscara de coral. —Los demás cementerios muestran símbolos de distinción entre los grandes y los pequeños, los ricos y los pobres... Pero el rey, el bufón, el príncipe y el campesino son iguales ante los ojos del océano. Ahora, compañeros de viaje..., escuchen con atención, ¡porque es momento de entregarle al océano su tributo!—.

—Ya era hora—, dijo Sarah. —Terminemos con esto y vayámonos a casa—.

—Brindo por eso—, dijo Petyr.

Sarah y los otros capitanes se reunieron delante del cañón sellado con cera mientras el invocador de serpientes los recorría con la mirada. Podía sentir la potencia del ron por todo el cuerpo y vio que varios de los otros capitanes se balanceaban ya no solo por el movimiento del barco.

Por los ocho mares, ¿dónde está Rafen?

Sarah no quería más ron. Solo quería que él estuviera a su lado.

Las gemelas que los habían recibido cuando subieron a bordo y les habían confiscado sus armas movieron el cañón al centro de la cubierta. Un enorme gancho atado a una cuerda gruesa descendió. Lo aseguraron al anillo de elevación del cañón, justo detrás de la mecha lubricada.

—Qué desperdicio—, dijo Blaxton con lágrimas rodando por sus mejillas.

—No sabía que tú y Aligh fueran tan unidos—, apuntó Sarah.

—¿Qué? ¡Por los dioses, no! Me refería al cañón. Es un Orban de treinta—, aclaró Blaxton. —Tal vez sea uno de los pocos que todavía existen. Un solo golpe abriría un agujero en un barco de guerra noxiano de popa a proa. Es una pena que termine así—.

Gracias a las enseñanzas de su madre, Sarah sabía más de pistolas y rifles que de las particularidades de las armas marítimas, pero incluso ella admitía que el cañón de bronce era demasiado bueno para un alma miserable como la de Aligh. ¿Tal vez era un último insulto a los que quedaban vivos que su arma más hermosa fuera su tumba y no le perteneciera a nadie más?

Había algo raro en ello... Sintió una sensación perturbadora de que se estaba perdiendo de algo.

Sombrero de Cangrejo aseguró el gancho al cañón, y luego ella y su gemela retrocedieron mientras el invocador de serpientes comenzaba a hablar.

—Capitanes de Aguasturbias, me enorgullece ver a tantos de ustedes aquí hoy—, comenzó. —Lo mejor y lo peor, la basura y la nata de nuestra sociedad de malhechores—.

Varios capitanes murmuraron entre ellos después de escuchar ese comienzo tan duro, pero se sabía que los invocadores de serpientes estaban tocados por la Gran Barbuda y sus formas de expresarse eran desconocidas por la mayoría.

—Nuestras bellas islas se encuentran en un momento crucial de su historia. Hay muchos caminos hacia el futuro, caminos tan enredados e inconstantes como las múltiples extremidades de Nagakabouros, ¡pero he visto el camino que debemos seguir! En muchos de esos caminos, veo los picos y las caletas de las Islas Serpiente en llamas. El pueblo muere mientras el enemigo se acerca. Pero en un camino, un camino peculiar, ¡nos veo orgullosos y más fuertes que nunca, un pueblo unido por un gran líder!—.

Sarah frunció el ceño. Sí, los invocadores de serpientes eran extraños, pero esto iba más allá de cualquier cosa que los hubiera escuchado decir en el pasado.

—Están reunidos aquí para ver al Capitán Aligh descender a las profundidades, un hombre cuyas botas ninguno de ustedes merece limpiar. ¡Un hombre con una visión, un hombre que sabía lo que había que hacer!—.

Las gemelas comenzaron a tirar de las cuerdas con poleas para levantar el cañón. Sus músculos se contraían y estiraban mientras la parte de atrás del cañón, con afuste y todo, comenzaba a elevarse de la cubierta. El barril se inclinó hacia adelante. Si no hubiera sido por el tapón de cera, Sarah estaba segura de que hubiera podido mirar directamente el cadáver de Aligh.

—¡Le han fallado a Nagakabouros! Todos se han peleado y traicionado unos a otros, de la misma manera que la escoria de Pueblo Rata lucha por un espadín de cobre. ¡Ninguno tiene la visión para erigir una flota como las de antaño y convertir a Aguasturbias en la soberana de las olas! Todos tiran sus monedas y sus tributos al agua, ¿con qué fin? ¿Por seguridad? ¿Por protección? No, lo que ofrecen es un sacrificio, un precio de sangre que pagan para que el océano les preste su ira. Pero al océano no le interesan las monedas de cobre ni los peces más pequeños de la pesca. No. Para que Aguasturbias prospere, ¡necesita una marea roja de ofrendas!—.

Sarah miró por el rabillo del ojo a los otros capitanes para ver qué pensaban de la locura del invocador de serpientes, pero estaba claro que el ron no les permitía darse cuenta de lo descabellado que era su discurso. Sintió que alguien la observaba. Vio que Petyr no le sacaba los ojos de encima.

Le sonrió bruscamente y el malestar de ella no hizo más que aumentar.

Se dio cuenta de que él se desplazaba poco a poco hacia la borda.

Sarah volvió a mirar el barril del cañón.

Y entonces lo comprendió.

—Ah, no...—.

Corrió hacia la cubierta de proa elevada, deshaciéndose de su sombrero y sacando dos estiletes idénticos disfrazados de horquillas para el cabello. Eran unas delgadas agujas de acero ennegrecido con un pomo redondeado con forma de calavera. Sabía exactamente dónde clavarlas para matar a un hombre al instante.

—¡Así que le ofrezco al mar su sangre, su sacrificio!—, vociferó el invocador de serpientes, quitándose la máscara y la capucha para que todos pudieran verlo. Para que todos supieran quién los había traído allí a morir.

Sarah vio un rostro radiante de locura con una barba canosa y profundas arrugas. Una cicatriz larga le cruzaba el rostro curtido desde la ceja derecha hasta la mejilla izquierda. Llevaba los mechones de la barba peinados en trenzas finas con perlas y anzuelos entrelazados.

Sus ojos eran los de un hombre que jamás pagaba un kraken si podía gastar un espadín.

Un hombre que nunca pagó el diezmo al océano en cada travesía.

Un hombre que ella conocía por su reputación y las décadas de leyendas sangrientas que lo precedían.

—¡Aligh, maldito traicionero!—, gritó Sarah.

Las gemelas la vieron acercarse, pero todavía no podían soltar las cadenas que sostenían la parte trasera del cañón hacia arriba.

El tiempo se detuvo para Sarah; el latido de su corazón sonaba como el lento tañido de la campana en lo alto de la Mansión de la Viuda cada vez que un barco se perdía en el océano. Sentía como si estuviera corriendo por las bahías de trinchado de los Muelles del Matadero con desperdicios hasta la rodilla.

—Ya es demasiado tarde, Capitana Fortune—, dijo Aligh.

Dirigió la antorcha hacia la parte trasera del cañón y rugió, victorioso.

Ella llevó la mano hacia atrás para lanzar uno de sus estiletes.

Sabía que no lo lograría.

La llama plateada hizo contacto con la mecha lubricada.

Y el mundo explotó en un estallido ensordecedor de fuego y estruendos.

La primera sorpresa de Sarah fue que no estaba muerta.

La segunda era que el Serpiente lunar todavía se mantenía a flote.

Un cañón de ese tamaño debería haber hecho un agujero hasta la bodega y roto la quilla.

No escuchaba nada, no realmente. Los oídos le zumbaban con un chillido agudo, estridente y sordo al mismo tiempo.

Se volteó hacia un lado, con una mueca de dolor al sentir sangre corriendo por su brazo.

Una vaga conciencia de sonidos distantes y brumosos detrás de ella la hizo girar la cabeza.

Una escena de una matanza absoluta como hacía mucho no presenciaba.

Y de repente, supo por qué el barco no se estaba hundiendo. Habían llenado el cañón con bote de metralla.

Era una carga diseñada para destruir y mutilar la carne, al tiempo de conservar intacta la embarcación. Había cumplido su letal propósito con una potencia espeluznante.

La carrera alocada de Sarah hacia Aligh la había apartado bastante del amplio alcance de los fragmentos al rojo vivo, pero los otros capitanes no habían corrido la misma suerte.

Hombres y mujeres yacían diseminados por una cubierta manchada de sangre resbaladiza.

Los que se encontraban más cerca del arma estaban casi irreconocibles, transformados de seres humanos vivos a pedazos de carne ensangrentada. Brazos y piernas mutiladas estaban desparramados en montículos cruentos. Era imposible saber qué extremidad pertenecía a qué cuerpo.

Pero no todos estaban muertos.

Aquellos capitanes en la parte trasera de la multitud se retorcían agonizantes; la sangre les brotaba de decenas de laceraciones y gritaban el nombre de la Gran Barbuda. Sarah apenas podía oírlos.

Vio a Blaxton tendida en un charco de sangre, su fino abrigo azul estaba hecho jirones, como si alguien la hubiera azotado cien veces con un gato de nueve colas. Sarah no podía discernir si estaba muerta o viva, ya que yacía prácticamente inmóvil. Thorne apareció detrás de ella y, con la suerte típica de la chusma, parecía que había escapado a lo peor de la explosión usando a Blaxton como un escudo humano.

¡Rafen! ¿Dónde está Rafen?

No lo veía por ningún lado. Solo deseaba que hubiera encontrado una forma de escapar.

Seguro que la encontró, es Rafen. Sobrevive a todo, ¿verdad?

Luego sus ojos se posaron en una figura que yacía despatarrada contra la baranda, ensangrentada, pero casi ilesa.

Petyr Harker.

Sonrió y Sarah se enfureció al darse cuenta de que, de alguna manera, esa petulante y conspiradora babosa marina sabía de la trampa de Aligh. Tuvo que ser parte del plan, un cebo atractivo y astuto para los capitanes que no lo conocían lo suficiente como para mandarlo a volar.

Sarah vio que la escotilla de la cubierta se abrió y de ella emergió la tripulación mínima que los había traído al Arrecife Fragmento de Luna. Portaban largos cuchillos para destripar, listos para terminar lo que su cruel capitán había empezado. Se movían como en un sueño lánguido, atravesaban estómagos y cortaban gargantas con sádico placer.

La ira se apoderó de Sarah, que se incorporó derramando lágrimas de dolor.

¡Estás viva, maldición! ¡Haz algo!

Con ese pensamiento inundando su cabeza, los sonidos se hicieron más fuertes y su visión se aclaró.

Los gritos de los que agonizaban la pusieron de pie y volvió a blandir sus estiletes.

Aligh se encontraba de pie, alejado del humeante cañón, con los brazos extendidos hacia el cielo. Contemplaba su sangriento trabajo con los ojos de un fanático. Sarah corrió hacia él nuevamente, pero esta vez las gemelas se adelantaron para interceptarla.

Sarah saltó encima del cañón y hundió sus botas en la cara de la gemela con los tatuajes de ojos en la cabeza. Sus dientes filosos se astillaron debajo de los tacones duros como el hierro de las botas de Sarah y la mujer salió disparada hacia atrás.

Sarah aterrizó suavemente y dio un salto al costado mientras Sombrero de Cangrejo balanceaba un enorme garrote con púas hacia ella. El garrote hizo trizas las tablas de la cubierta. Sarah giró para ponerse de pie y clavar una de sus dagas en la espalda de la mujer. La armadura de caparazones de cangrejo era dura y lisa, y el estilete se deslizó sin penetrar la coraza.

La mujer dio un tirón, liberó el garrote y giró sobre sí misma; el arma pasó a centímetros de la cabeza de Sarah. Su gemela tatuada ya se había incorporado, la sangre chorreaba por su rostro de muchos ojos en una mueca horrible. Sostenía un par de largas dagas con hojas dentadas y filosas.

Se abalanzó sobre Sarah en una avalancha de golpes, codazos y patadas.

Sarah intentó esquivar el ataque y logró eludir por muy poco cada golpe mortal. Sabía que podía dar pelea, pero siempre prefería una pistola antes que unas delgadas dagas. Para cuando habían retrocedido hacia el cañón, la camisa de Sarah estaba empapada de sangre y estaba reconsiderando seriamente su plan de pelear a puño limpio.

Por el rabillo del ojo, pudo ver a la gemela con armadura preparándose para lanzar otro golpe.

Dos a uno: esta pelea no terminaría bien para Sarah.

Ojos Tatuados dirigió su daga hacia abajo, y Sarah gruñó al cuando le produjo una laceración ardiente a lo largo del muslo. Cayó con una rodilla flexionada mientras un golpe de reversa se dirigía a su garganta.

Levantó el brazo para pararlo y la hoja lacerante cortó directamente la tela de su abrigo.

El impacto le causó un dolor agudo en el brazo, pero las varillas de hierro que Sarah había hecho coser especialmente en el reverso de la manga detuvieron el golpe antes de que llegara a la piel.

Su enemiga dejó escapar un triunfante —¡Ja!—, pero se le borró la sonrisa de la cara cuando vio que Sarah estaba ilesa.

—Gedian e Hijos, sastres de batalla y ropa de guerra—, dijo Sarah y clavó su estilete en la parte inferior de la mandíbula de su enemiga. Se le abrieron los ojos como platos por la sorpresa. Sarah pudo ver la cuchilla negra detrás de sus dientes afilados mientras le perforaba el cerebro.

Se levantó y apartó el cadáver al mismo tiempo que la otra gemela profería un grito de angustia.

Estilete contra garrote de guerra: no era un buen pronóstico. Para nada.

Sarah se atrevió a mirar detrás de ella.

Marca de bala de cañón en el lado derecho...

Esta era su oportunidad para nivelar la pelea.

La gemela con armadura se lanzó contra Sarah llena de furia y levantó su enorme garrote con púas. El arma cayó dibujando un arco perfecto y Sarah lo esquivó en el último segundo.

La cabeza de hierro del garrote aplastó el cofre detrás de la capitana. Se metió dentro de la protección de la gemela y clavó la cuchilla en un espacio entre las placas de la armadura de caparazones de cangrejo.

La mujer gruñó y se tambaleó hacia atrás, arrancando el arma de la mano de Sarah.

La capitana giró y comenzó a buscar frenéticamente entre los restos del cofre; apartó cuchillos dañados, puños americanos de latón y garrotes con puntas de hierro.

—Vamos, vamos, ¿dónde están?—, susurró, escuchando el rasguño del garrote al ser levantado del suelo de la cubierta. Una empuñadura rota, una hoja doblada.

¿Las habría escondido en otro lado alguna de las gemelas, con la esperanza de quedárselas?

—No, no, no...—.

Y entonces, su palma se cerró sobre las empuñaduras suaves de marfil que conocía mejor que nada en el mundo.

Sarah tomó ambas pistolas y colocó el mecanismo de disparo en su lugar.

Giró hacia un costado y apretó los gatillos para desatar una tormenta de disparos.

La armadura de caparazones de cangrejo era a prueba de espadas y ganchos, pero contra unas armas de fuego forjadas por una mujer, la gemela bien podría haber estado desnuda.

Las balas de pistola candentes perforaron su armadura y ella se desplomó encima del cañón, sangrando por una docena de heridas.

Sarah se incorporó y se puso tensa al notar que el balanceo de la cubierta cambiaba. Era un cambio sutil, casi imperceptible, una modificación en el ángulo de la proa del barco mientras el oleaje se transformaba...

—Ah, eso no es bueno...—, dijo, mientras Aligh cojeaba hacia ella, trastornado por la imagen de las gemelas muertas.

—¡Las mataste!—, vociferó.

Sarah le disparó en ambas rodillas. —Eso es por todos los capitanes que mataste esta noche—.

Aligh gritó de dolor, retorciéndose en la cubierta. Lloró e intentó débilmente arrojarle su podadera.

Sarah la apartó con facilidad y presionó una de sus pistolas bajo el mentón del capitán.

—¿Tus últimas palabras?—, preguntó. —Ahora este sí es tu funeral—.

La cubierta viró de nuevo y un silencio sepulcral cayó sobre el barco.

Incluso los heridos parecían reconocer la extrañeza de la oscuridad que se cernía sobre ellos al mismo tiempo que un profundo sonido retumbante emergía del agua.

Sarah sintió temblores preocupantes que recorrían las maderas del barco.

—¿Qué está pasando?—, demandó y clavó la pistola en la garganta de Aligh con más fuerza. —¿Qué otra cosa planeaste para esta noche?—.

—Yo no tengo nada que ver con esto—, masculló Aligh y, a pesar de su evidente agonía, se rio con la histeria de un hombre que sabe que su hora ha llegado. —Mi cuenta con el mar está pendiente. Y la vas a pagar conmigo...—.

Sarah había sentido una vez algo similar en los huesos de un barco.

Hace nueve años, justo al norte de Aguasturbias, mientras hacía la última carrera corta de enganche a la bahía interna. Regresaban de una seguidilla de botines en el Portal de Drakken cuando avistaron a un ladrón que navegaba un carraca reducida desde las caletas de Aguas de Hierro, huyendo de las Islas Serpiente con tesoros robados a un templo Buhru.

Sarah todavía recordaba el rumor lúgubre de los gigantescos cuernos de serpiente al reverberar debajo del océano y el terror que sintió mientras su tripulación observaba cómo un kraken abismal emergía del agua para aplastar la carraca hasta convertirla en astillas y arrastrar a todos a bordo al fondo del mar.

El cambio en la cubierta cuando el kraken había pasado por debajo de ellos se había sentido justo como ahora.

La capitana corrió a la borda para revisar la niebla y el océano.

El mar se arremolinaba alrededor de los peñascos de Arrecife Fragmento de Luna, oscuro y lleno de secretos. Nadie sabía cuán profundo era el mar en esa zona, pero jamás volvían a ver a cualquier barco que se hundiera por aquí, nunca aparecía más tarde en las costas de las islas.

—¿Qué hay allí?—.

Y luego lo vio.

A doscientos metros, gigante e inflexible, un titán surgió de las profundidades.

La amplia cúpula de su cabeza rompió la superficie del agua, un par de ojos naranjas abrasadores como hornos de fundición. El agua borboteaba a su alrededor, agitada hasta la locura por una contaminación sombría que rodeaba su silueta vacilante y dejaba una mancha aceitosa a su paso.

Su cuerpo era gigantesco, recubierto de placas de hierro oxidado unidas con cadenas arrancadas de incontables embarcaciones hundidas. Cruzada sobre un hombro llevaba un ancla colosal que chorreaba agua oscura y tenía algas podridas provenientes de los abismos más profundos y sombríos.

La mente de Sarah se negaba a procesar lo que estaba viendo.

Esto es imposible.

Era una leyenda que cobraba vida, una historia de terror que vividores borrachos contaban en las mesas repletas de cerveza de las tabernas del muelle para ganarse un trago más. Sabía su nombre, incluso se había reído de la imposibilidad de su existencia.

Pero allí estaba: surgía del océano con pasos retumbantes y pesados.

El capataz ahogado había venido a cobrarse la cuenta del océano.

Incluso su nombre se decía que estaba maldito.

Nautilus Nautilus...—.

El agua estalló cuando Nautilus lanzó su ancla hacia el Serpiente lunar.

Una marejada estancada y podrida por haber estado tanto tiempo en las profundidades chocó con el barco al mismo tiempo que el ancla caía en la cubierta. Destrozó por completo las maderas. El barco se inclinó de forma violenta hacia babor debido al peso colosal del ancla.

Sarah cayó contra la baranda y guardó sus pistolas en las fundas de los hombros mientras el barco se inclinaba hacia abajo. Los miembros de la tripulación gritaban mientras se deslizaban por la cubierta inclinada o caían por la borda. El ancla desgarró por completo el costado del barco y, de un tirón, la embarcación volvió a enderezarse. Sarah levantó la vista al escuchar el sonido de mástiles astillados sobre su cabeza. Las velas plateadas se hincharon mientras el mastelero y la mesana se partían como ramas y caían sobre la cubierta destrozada, aplastando a más de una docena de personas.

La capitana se puso de pie. Escuchó el quejido de una quilla que no había sido diseñada para soportar semejante peso. Las maderas enmasilladas se quebraron y géiseres de agua negra brotaron por toda la cubierta.

Sarah giró hacia Aligh, quien se aferraba al cañón de bronce que debía hacer sido su tumba.

—¡Tú hiciste esto!—, vociferó, mientras la sombra amenazante de Nautilus surgía desde el agua.

La baranda de madera tallada se astilló cuando una mano gigante, demasiado grande para haber sido mortal, golpeó contra la cubierta de proa. Le siguió otra mano con una larga cadena que chorreaba una sustancia negra y aceitosa.

—¡No es real!—, gritó Aligh, su mente deshecha por la aparición de Nautilus. —¡Solo era una historia!—.

—¡A mí me parece muy real!—, vociferó Sarah sobre la cacofonía de maderas rotas, velas desgarradas y gritos estremecedores. Una sensación ardiente la invadió cuando Nautilus traspasó la borda y posó su mirada infernal en ella.

Sintió el calor abrasador penetrando su piel, repugnante e invasivo, como si el Titán de las Profundidades pudiera ver su alma.

Su peso colosal escoró el barco una vez más; Sarah se agarró de las cuerdas con poleas mientras la cubierta se inclinaba frenéticamente. El frente del cañón se deslizó hacia un costado y el aparejo se balanceó sin control mientras se esforzaba por soportar el enorme peso. Las estacas de madera que aseguraban las ruedas del afuste crujieron de modo inquietante.

Aligh se apoyó en el cañón para incorporarse y dirigirse hacia ella.

—¡No me iré solo!—, gritó. —¡Si el océano me llama, te arrastraré conmigo!—.

El hombre estaba desquiciado, como los marineros inválidos que deliran en los callejones de Aguasturbias con una mente destruida por el licor más nauseabundo. La túnica fraudulenta de invocador de serpientes se le había abierto; portaba alrededor del cuello una correa de cuero con un sello de plata y latón con el dibujo de tres serpientes entrelazadas.

Colgada de la polea, Sarah intentó alejarlo de una patada, pero tenía la fuerza de un demente y con su mano libre la tomó por el cuello. De las uñas agrietadas brotó sangre. Ella luchaba para liberarse mientras el barco se inclinaba cada vez más, y ahora con la banda de babor completamente bajo agua.

Mucho más adelante, Nautilus replegó su ancla de nuevo y la hizo caer como si fuera la colosal hacha de un leñador.

Su tamaño sobrenatural destruyó la cubierta en el medio del barco y Sarah escuchó el crujido ensordecedor de la quilla partiéndose al fin. La popa del navío se irguió drásticamente y los gritos de la tripulación de Aligh resonaban en la niebla.

En el océano, todos somos iguales, rezaba el antiguo refrán, pero en ese momento a Sarah aquellos desgraciados criminales y traidores le importaban una inmundicia de rata hedionda.

Que se mueran todos.

La mitad delantera del barco se alzó por la fuerza del golpe y luego se precipitó de nuevo hacia abajo, inclinándose verticalmente mientras el agua comenzaba a inundar la proa. El propio peso del barco estaba sumergiendo cada vez más la proa.

En cuestión de segundos, nada quedaría a flote.

Un cuerpo cayó en la cubierta a su lado; la hija tatuada de Aligh, todavía con el estilete de Sarah clavado en la cabeza.

De su boca y ojos brotaban chorros de sangre oscura.

Con un chillido de metal, Nautilus estiró hacia Aligh un gigantesco guantelete corroído. Cerró su puño aplastante alrededor del torso del capitán traidor y tiró de él. Aligh se sujetó de Sarah con firmeza, como si fueran amantes abrazándose.

Ella no podía sacárselo de encima.

—Todo porque no quisiste pagar el maldito tributo—, dijo Sarah, mientras Aligh luchaba por mantenerse agarrado a ella.

—¡El océano nos llevará a los dos!—, gritó.

—Hoy no será el día—, respondió Sarah, retorciéndose para agarrar el pomo con forma de calavera del estilete atorado en el tejido suave debajo de la mandíbula de la gemela tatuada.

Tiró con fuerza y la hoja se liberó en una catarata de fluidos.

—¿Lo quieres?—, dijo Sarah, cambiando el agarre del arma. —¡Es todo tuyo!—.

Hincó la hoja en el cuello de Aligh y el estilete traspasó hasta el otro lado. Su cabeza se inclinó hacia atrás y Sarah estiró rápidamente la mano para atrapar una cuerda de cuero que caía de la garganta de Aligh. El capitán se soltó y el titán de metal tiró de él justo cuando el gancho de la cubierta que aseguraba el lazo de la cuerda de Sarah se quebró.

El aparejo soportaba ahora todo el peso del cañón y levantó a Sarah por los aires, alejándola del arma y de Aligh. Balanceándose por encima del naufragio, Sarah observó a Nautilus girar y hundirse de nuevo en el océano, con Aligh gritando frenéticamente dentro de su puño.

Las aguas se cerraron sobre él y una hilera de burbujas siguió a Aligh, mientras Nautilus regresaba a las profundidades con su recompensa. Aligh se hundía y Sarah sintió un placer macabro al observar el terror en su mirada por su destino, condenado a una eternidad en la oscuridad sin más que una marca de pobre en su nombre.

La proa del Serpiente lunar se irguió casi verticalmente y Sarah se columpió para llegar hasta el mascarón de serpiente. Se aferró con las botas a los colmillos de plata y consiguió mantenerse erguida mientras el barco se hundía en el océano.

En un momento de quietud, Sarah vio que la mitad posterior del barco estaba completamente debajo del agua, y solo quedaban unos pocos marineros abarrotados en la popa vertical, tan cerca de ella que podría alcanzarlos si se balanceaba. Uno de los sobrevivientes era Petyr Harker; sintió un odio visceral que brotaba de sus entrañas.

—Te dije que era el tipo de hombre que le gustaba planear una venganza por demás elaborada—, dijo Petyr. —Debo admitir que no pensé que terminaría así, pero al menos...—.

Sarah ni siquiera le dio la posibilidad de terminar la frase: le lanzó la cuerda como una mangana y jamás ningún arponero había hecho un lanzamiento tan certero.

La cuerda cayó alrededor del cuello de Petyr como una horca. Antes de que él pudiera sacársela, Sarah desenfundó su pistola y apuntó hacia arriba.

—Saluda a Aligh de mi parte, Petyr—, dijo y apretó el gatillo.

El disparo destrozó el aparejo que sostenía el enorme peso del cañón y este cayó de inmediato al océano. Sarah tuvo una fracción de segundo para disfrutar la mirada aterrorizada de Petyr antes de que la cuerda se tensara y lo arrancara de su posición.

Sus gritos se extinguieron cuando tocó el agua y desapareció en las profundidades mientras el cañón lo arrastraba hasta el fondo.

Desde arriba del mascarón de serpiente, Sarah vio cómo la popa del Serpiente lunar finalmente se hundía en un torbellino de espuma y maderas crujientes. Los pocos marineros que se aferraban a los restos del barco nadaron frenéticamente en la superficie hasta que la succión del naufragio los arrastró al fondo.

Al mirar hacia abajo, Sarah se dio cuenta de que tenía unos pocos segundos antes de que la proa hiciera lo mismo con ella.

—Es una pena que algo tan hermoso se vaya a las profundidades—, dijo una voz detrás de ella y la capitana sonrió.

Miró por encima de su hombro y se encontró a Rafen en su barca, empapado hasta los huesos y cubierto de cortes, moretones y mordidas. El farol de la proa se mecía como una baliza de bienvenida.

—Te agradezco profundamente, anciano—, dijo ella.

—Me refería al cañón—, observó Rafen, remando con cuidado hacia ella. —Uno fino de treinta que aún no he visto—.

—Sí—, asintió Sarah —pero es la tradición, y con la tradición no se juega, ¿verdad?—.

—Verdad—, dijo Rafen.

—En el nombre de la Gran Barbuda, ¿dónde te habías metido?—, preguntó Sarah. —Te necesité en la maldita cubierta cuando todo se salió de control—.

Rafen se encogió de hombros y dijo: —Fui a la bodega a buscar otra botella de ron y me encontré a la tripulación de Aligh preparándose para una matanza. No les gustó nada que los hubiera descubierto e intentaron cortarme la maldita cabeza. Conseguí herir a un par con un poco de acero prestado, pero tuve que saltar por una escotilla antes de que me alcanzaran. Nadé hasta llegar a nuestra barca y todas las criaturas que viven debajo del agua se dieron un festín conmigo, gracias por preguntar. Pero ya estoy aquí, ¿así que quieres subir a bordo o piensas hundirte con el barco?—.

—El capitán de este barco ya se fue con él—, dijo Sarah, saltando del mascarón y aterrizando suavemente en la barca.

Con ella a bordo, Rafen se alejó remando del condenado Serpiente lunar mientras el mascarón y el mástil más alto se hundían en un remolino de burbujas, cuerdas y mástiles rotos.

Sarah se movió a la parte trasera de la barca, solo para descubrir que no era la única pasajera que Rafen había rescatado. Un cuerpo ensangrentado, envuelto en un abrigo hecho jirones azul pálido con bordes dorados en los puños y hombreras color bronce con flecos yacía desplomado en la sentina de la barca.

—¿Blaxton?—, dijo Sarah. —¿Sigue con vida?—.

—Por poco—, respondió Rafen. —Es una arrogante, pero no se merecía irse al fondo con una escoria como Aligh. Hice bien en no dejar que se ahogue, ¿verdad?—.

Sarah no dijo nada; estaba tan cansada que solo asintió con la cabeza.

—Por los ocho mares, ¿me vas a contar qué pasó allí arriba?—, preguntó Rafen.

—No me creerías—, respondió Sarah.

—¿Supongo que fuiste tú la que hundió el barco disparando ese maldito cañón en la cubierta?—, dijo Rafen.

—No fui yo. Todo fue obra de Aligh—, dijo Sarah, con una mirada que no admitía más preguntas.

—Muy bien—.

—Aunque logré conseguir esto—, abrió la mano para revelar un disco de plata y latón con el troquel de tres serpientes entrelazadas.

—El sello de Aligh—, dijo Rafen.

—Tal vez ahora no signifique mucho, pero veremos lo que sucede cuando se lo muestre al resto de la tripulación, una vez que se les haya ido la borrachera—.

Rafen sonrió. —Bueno, al menos el viaje no fue una completa pérdida de tiempo—.

Sarah se acomodó en la parte trasera de la barca y miró cómo las escarpadas rocas del Arrecife Fragmento de Luna desaparecían en la niebla. Entrecerró los ojos al ver una figura solitaria emerger del mar y sacudirse el agua de encima.

Un jorobado miserable vestido con un traje costoso de piel de kraken.

—Thorne—, susurró. —Siempre son las malditas ratas las que sobreviven—.

—¿Qué dijiste?—, dijo Rafen, todavía remando. —¿Alguien más sobrevivió?—.

—No—, respondió Sarah y volteó a otro lado. —Nadie—.

Referencias

 v · e
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