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Historia corta

Monstruosa

Por Graham McNeill

Hay luz bajo la tierra, si sabes dónde buscarla.

Lore

Hay luz bajo la tierra, si sabes dónde buscarla.

Si sabes cómo buscarla.

Yo no necesito luz para ver. Ya no más.

Mis ojos solo podían ver bajo ciertos grados de oscuridad, pero la vista que ahora poseo me muestra mucho más de lo que alguna vez creí posible. Ahora percibo colores que no existen en la naturaleza, así como tonalidades y sombras que revelan cómo los muros que les impiden el paso a los monstruos no son tan sólidos como aparentan; de hecho, son tan delgados como un telón de teatro.

A veces desearía no ver las cosas que veo, pero después caigo en la cuenta de que habría muerto hace ya mucho tiempo si no me hubiera adaptado a la vida aquí abajo.

Y a veces me pregunto si morir no habría sido mejor.

El hombre al que arrastro detrás mío no ve como yo veo. De hecho, él es prácticamente ciego en la oscuridad. La única luz es un tenue brillo que arde en las cápsulas bulbosas que crecen en mis hombros.

No emiten suficiente luz para que los ojos humanos puedan ver con claridad, al menos no a la velocidad en la que nos estamos moviendo.

Tiene miedo y se tropieza a cada paso que da.

Aquí abajo él es nadie, pero en la superficie es un líder, el atamán de un asentamiento en el desierto.

Por eso lo capturé. Necesita ver el peligro de lo que está aquí abajo, para entender por completo el riesgo que acecha a su gente.

Por momentos lo arrastro y por otros parece que lo estoy cargando, lo cual sería sumamente difícil si no fuera por la fuerza que me da mi armadura viva.

Se prende a mi piel, por todo mi cuerpo, como si mil ganchos diminutos se clavaran en mi carne. Ya no estoy segura de dónde termina su superficie flexible y rígida, y dónde comienzo yo. Solía lastimarme y yo aborrecía la sensación rasposa que me envolvía, como si fuera la lengua de un gato.

Pero ahora ya no me importa, pues significa que nunca estoy del todo sola.

Solía pensar que podía escucharla susurrar en mi cabeza mientras crecía y se expandía por mi cuerpo, pero creo que esa era solo mi propia voz tratando de no caer en la locura provocada por el dolor y la soledad.

Por lo menos, eso espero que fuera.

La piedra debajo de mí es lisa y cristalina; las características de su superficie no dependieron de la piedra fundida, sino del paso de las cosas que viven en las profundidades de la tierra cuando brotan del subsuelo como gusanos a través de una frutamiel fruta podrida.

La gente que habita en la superficie nombra este inframundo por lo que hace, por lo que es.

Vacío.

He estado aquí abajo lo suficiente como para saber que ese nombre no alcanza a reflejar la verdadera amenaza y el horror de lo que se arrastra en esta oscuridad subterránea, de lo que es el Vacío en realidad. Los monstruos que llegan a la superficie para cazar y matar solo son la vanguardia de lo que vive debajo, y no se parecen a nada que la gente de la superficie pueda comprender.

Si conocieran la verdad, no se acercarían ni a mil kilómetros de donde alguna vez estuvo Icathia, pero los mortales son especialistas en el olvido. El paso de los años les resta importancia a los horrores del pasado. Lo que se aprendió por medio de sangre y sufrimiento ahora sobrevive a través de las historias de terror que los viajeros relatan alrededor de las fogatas o en las tradiciones populares. Cuelga algunas perlas de la luna sobre tu chimenea, reza a Nasus Nasus para que cuide tu casa o deja algunas cabras afuera para que calmen el hambre monstruosa de las bestias.

Pero las criaturas del Vacío no son depredadores ordinarios.

Cuando era pequeña, recuerdo haber visto cómo una manada de kmiros cazadores derribaba a un skallashi herido. Lloré, pero aun así no sentía odio hacia los kmiros por haber matado al amable gigante. Era parte de su naturaleza. Las criaturas de la superficie matan para alimentarse. Tienen hambre, eso no las hace malas.

Los nacidos del Vacío te matarán por el simple hecho de estar vivo.

—Por favor—, ruega el hombre que va detrás de mí. Ya casi me había olvidado de él. —Por favor, déjame ir—.

Él emite un sollozo demoledor cuando me detengo y lo empujo con fuerza contra la pared.

No logro discernir si piensa que lo voy a matar o si lo voy a liberar.

Un brillo violeta crece alrededor de mis manos, centelleantes cuchillas de luz mortal centelleantes cuchillas de luz mortal.

Su aparición repentina cambia mi visión y observo los radiantes hilos de magia en la sangre que corre por su cuerpo.

Unas cuantas volutas de ella se alzan por los aires con cada respiración aterrada y con cada lágrima que corre por sus mejillas. Es muy tenue, casi inexistente, pero los depredadores del Vacío lo detectarán y serán atraídos como moscas al estiércol.

Mi piel blindada quiere alimentarse de él y yo retrocedo al percatarme de que una parte de mí también desea lo mismo.

Él es débil, como todos los de la superficie. Sería un acto piadoso enterrar mis cuchillas de luz en su cuerpo, en vez de dejar que los monstruos de las profundidades destrocen su alma.

¡No! Yo protejo a las personas de la superficie. Es por ello que yo soy la chica que regresó.

Contengo las ansias homicidas de mi armadura y el brillo se desvanece de mis dedos tiesos. Respiro temblorosamente y cierro mis manos en puños.

Mi visión regresa a la normalidad y echo un vistazo para comprobar que no estamos en donde esperaba.

Estamos mucho más cerca de la superficie de lo planeado, lo cual vuelve doblemente peligroso lo que estoy viendo. La roca del túnel brilla como la bóveda de una cueva sobre un lago subterráneo, propagándose con la luz desde una dimensión desconocida para las razas de la superficie.

Estamos al borde de un abismo sin fondo en el que los límites entre los dos reinos oscilan como los mares de arena en Zoantha. Se parece a un océano brillante con una luz enfermiza, inscrito en un vaivén constante de revelaciones y renacimientos. Se revuelve con energías titánicas que en ocasiones forman siluetas espantosas, como los leviatanes submarinos que habitaban en las profundidades de los océanos a los cuales conocía solo a través de historias.

Es peligroso estar así de cerca, pero necesito que este hombre lo vea.

Los ojos negros y desalmados se unen para mirar desde abajo.

Los espirales de materia cobran una forma horrenda.

Cientos de espinas se despliegan, los miembros avariciosos se estiran y las garras torcidas se crean en la locura líquida, una evolución lunática que teje monstruos translúcidos hasta llevarlos a la vida con penetrantes chillidos de nacimiento.

Están aquí...

—Abre tus ojos—, le digo al atamán.

Mi voz se distorsiona a través de la máscara moldeable de la armadura; un gruñido animal húmedo que no se parece a ninguna lengua mortal. Él niega con la cabeza. No puede entenderme.

Las palabras suenan como si me estuviera ahogando con sangre.

Con tan solo pensarlo, las placas de quitina de mi yelmo se abren, una se desliza sobre la otra, mientras se repliegan como el caparazón de un insecto que retrae las alas.

—Abre tus ojos—, le repito; ahora sí me entiende.

Grita de miedo al ver mi rostro humano.

¿Cómo me veo ahora?

¿Soy muy diferente a lo que era? ¿Parece que pertenezco aquí?

No he visto mi cara en mucho tiempo. Espero que aún luzca como la recuerdo.

La luz se incrementa y él mira hacia el abismo.La creciente marabunta de las cosas que hay ahí trata de alcanzarnos; los ojos del hombre se ensanchan de miedo cuando ve por fin por qué lo traje hasta aquí.

Miles de monstruos ruidosos emergiendo de un océano de locura que alcanza el corazón del mundo y más allá. No sé con certeza qué es ni de dónde viene.

Lo único que sé es que engendra una horda interminable de pesadillas descabelladas que suben clavándose en las rocas con implacables ansias de matar y destruir el mundo de la superficie.

Su marea está ascendiendo y yo soy la única que puede detenerla.

Me acerco al hombre y le digo: —¿Los ves? ¿Entiendes?—.

Aterrorizado, asiente; lo libero.

Veo cómo el atamán se arrastra hacia la luz de la superficie y después me doy la vuelta al escuchar el rasguño de las garras sobre las rocas detrás de mí. Unos brazos completamente antinaturales cuelgan del borde del abismo, arrastrando un horror monstruoso de placas de armadura chirriantes, protuberancias huesudas y carnosidades del color de un mortinato. Sigue húmedo y brillante de su llegada al mundo, pero tiene una malicia infinita en sus ojos negros que cobra vida a través de su caparazón superior. Sus extremidades afiladas se despliegan desde su vientre pálido, mientras que una boca sin labios se abre a través de su garganta, revelando un tajo ancho de brillantes colmillos blancos e icor salivoso.

Los otros rápidamente lo siguen; son más pequeños, pero igual de despiadados. Su mera presencia distorsiona el aire; delgadas tajadas de materia en disolución emergen como humo negro de la roca bajo sus garras.

La peste de su cercanía es aterradora y un calor intenso se expande por todo mi cuerpo.

La respuesta ante la amenaza llena mis extremidades de fuerza.

Antes solía combatir esas ansias, pero ahora entiendo que son las que me mantienen con vida, las que me permiten defenderme y pelear.

La máscara de caparazón vuelve a recubrir mi rostro. Mi visión cambia nuevamente.

Antes, esa transición me resultaba estremecedora, pero ahora la agradezco.

Veo en la luz. Veo la vida y los puntos débiles de mi presa. Vuelvo a ser una depredadora.

Las placas ajustadas a mis hombros cambian y se reconstruyen conforme las cápsulas brillantes se encienden. Una luz cegadora se forja en ellas y yo grito cuando una dolorosa ráfaga de rayos abrasadores rayos abrasadores se estrella contra las criaturas.

Las más pequeñas explotan instantáneamente en estallidos de fluidos morados y carnosidades antinaturales.

Su sangre me salpica y las placas curvilíneas de mi armadura la beben vorazmente.

Mi ira se acrecienta por la repulsión, a pesar de que me nutre.

Corro hacia delante Corro hacia delante, extendiendo mis brazos y transformando mis manos en cuchillas de luz. Salto hacia el aire, empujando la pared del túnel para hacer estallar al gran monstruo con ráfagas palpitantes de fuego violeta. Su cuerpo se desgarra y un icor color negro brea se derrama.

Chilla de dolor, atacando con sus extremidades angulosas.

Aterrizo cerca y ruedo bajo sus cuchillas, posicionándome en cuclillas y desatando otra ráfaga de rayos ráfaga de rayos. Queman su carne con furia incandescente, como si el fuego conjurado por los suyos fuera más letal que cualquier otro.

Giro hacia atrás mientras su cuerpo cae, pero no está muerto... lo que sea que eso signifique para los nacidos del Vacío.

Chupa la sangre de las criaturas más pequeñas hacia sus extremidades, embebiéndose con su esencia. Redes de luz y materia espasmódica regeneran su carne, como un tejedor cosiendo una manta desgarrada. Su cuerpo gigantesco se convulsiona, ondulándose mientras rehabilita los tejidos heridos y permite que broten nuevas extremidades, endureciendo las áreas vulnerables. De su carne rasgada brotan enredaderas ardientes de luz oscura, chasqueando como látigos contra el suelo.

La roca sólida fluye como si fuera cera, puesto que su misma permanencia es la de un proceso inacabado. Un latigazo golpea mi rodilla y yo me tambaleo mientras un pedazo de mi armadura sangra en medio de una nube de humo negro.

Veo mi piel debajo del recubrimiento, despojada de vida y vigor, como la de los reptiles ciegos que cavan sus madrigueras bajo los peñascos desérticos. Me enferma verla, pero no sé si es porque la carne parece estar muerta o porque me recuerda quién solía ser.

El pensamiento me ralentiza.

Fue solo un instante, pero con eso basta. Los entes y depredadores del Vacío se arremolinan a mi alrededor.

Una criatura de casi el doble de mi tamaño me derriba. Sus garras rasgan mi pecho, sus dientes se cierran sobre mi cabeza. Sus colmillos dejan muescas profundas sobre la placa que recubre mi rostro y miro cómo su demoledora garganta llena de dientes y su lengua probóscide buscan un resquicio para traspasarla.

Golpeo su cuerpo atrabancadamente con mis puños y lanzo un torrente de fuego violeta hasta que no puede soportarlo más. Explota en un revoltijo de cartílago huesudo y carne antinatural. Mi traje se alimenta de las energías desatadas de su muerte.

Uñas y dientes desgarran y muerden. Giro hacia un lado, más llamas violeta salen de mis manos. Salto y me escabullo de sus ataques. El peso de las cifras los favorece, puesto que más criaturas salen del borde del abismo.

Una marea ardiente de placas orgánicas, garras y furia que me sobrepasará rápidamente.

Las cápsulas de mis hombros explotan con ráfagas de fuego asesino cada vez más poderosas, pero no bastarán para detenerlos. No sé si el Vacío es capaz de odiar, pero siento que estos monstruos me odian. Me ven como si fuera algo de su mundo, pero a la vez como algo que debe ser destruido.

Me pregunto si su percepción sobre mí dista de la que tiene la gente de la superficie.

Ellos me rodean y recuerdo el skallashi que fue abatido por los kmiros.

Pero yo no soy una presa. Puedo defenderme.

Giro sobre mi talón mientras dibujo un aro de fuego violeta a mi alrededor con mis puños ardientes.

Su poder hace que retrocedan, dándome espacio para respirar. Veo un camino y lo tomo. Me escabullo entre ellos, dejando un sendero de cuerpos cercenados a mi paso. Mi velocidad es siniestra. Veo a las criaturas a mi alrededor moverse como si estuvieran en estupor. No me pueden seguir el paso y las mato con cada golpe explosivo de mis llamas y con cada ataque de mis manos con cuchillas de fuego.

Es entonces que logro despejar mi camino.

Doy la vuelta y me alejo velozmente del abismo.

No tan rápido como para deshacerme de ellos, pero sí lo suficiente como para conservar la delantera.

Pierdo la noción del tiempo.

Eso es sencillo aquí en la oscuridad.

A veces olvido cómo se ve el sol o cómo solíamos seguir las sombras para saber qué hora era.

Para alguien que nació en las arenas ardientes, olvidar el sol me hace llorar. Tengo algunos recuerdos de su luz abrasadora reflejándose en el agua, de un ojo dorado en el cielo y del calor gozoso llenando mi pecho con cada respiración.

Pero ya no siento esos recuerdos como parte de mí.

Es como recordar algo que alguien me contó, no algo que conocí o que sentí personalmente.

Aparto los recuerdos.

Son distracciones que me ralentizarán y que propiciarán mi muerte.

Pero no puedo evitarlo. Mi núcleo, esa parte que sigue siendo una niña pequeña, continúa mostrándome estas cosas; trata de recordarme aquella que solía ser.

Las criaturas del abismo aún me persiguen, colmando los túneles con sus cuerpos chirriantes y desgarradores. Las he estado alejando del sitio en donde liberé al atamán, atrayéndolas hacia el desierto profundo, de vuelta hacia la tierra perdida de donde vinieron.

He hecho esto muchas veces antes y esta no será la última vez.

Peleo y corro, no permito que me rodeen.

Es una danza.Una danza interminable.

Puedo sentir su hambre. Maté a tantos de ellos, pero siempre hay más.

Trato de no pensar en sus cifras infinitas. Si lo pienso demasiado, debilito mi voluntad para pelear y no puedo permitir que eso ocurra. Al menos no mientras haya gente en el mundo de la superficie que me importa.

Como el sol, sus nombres y rostros se alejan cada vez más de mí.

Pero sé que siguen allá arriba. A veces voy allá solo para recordar lo que se siente ver el cielo sobre mí. O para respirar aire que no está humedecido por el amargo sabor de algo terrible y sumamente hostil. Hace ya un tiempo que no me aventuro hacia la superficie. Mientras más tiempo paso allá, más siento que su aire comienza a quemarme. Me temo que me estoy habituando tanto a la oscuridad que el mundo soleado ya no me quiere.

Recuerdo cuando conocí a una niña allá arriba.

Ella era pequeña, tal y como yo lo fui alguna vez; ella no me odió. Vio lo que yo era y no corrió aterrorizada, como lo hace la mayoría de la gente. Ella vio quien yo solía ser, pero eso no es lo que la mayoría de la gente mira.

Ellos ven el traje y perciben detrás de mi mirada sus ansias primigenias por destruirlos.

No lo pueden evitar y yo no los odio por ello, pero me duele.

Me duele saber que yo era como ellos y ahora...

Ahora no sé lo que soy.

Sin embargo, a pesar de todo lo que he cambiado y de haberme convertido en algo que odian y temen, sigo aferrándome a aquello que me hace humana. Si tan solo logro aferrarme a aquella parte de mí en la que yo fui alguna vez una pequeña niña, puedo hacer que las cosas horribles que me han sucedido se conviertan en algo bueno y noble.

Pero puedo sentir cómo se está esfumando.

¿Qué será de mí cuando ya no la pueda recordar?

Algo cambia en las criaturas del Vacío.

Lo percibo casi inmediatamente, modifican su propósito. Es difícil saber qué, pero me queda claro que dejé de ser el objetivo de su persecución, como si ya no les importara.

Como si hubieran encontrado un blanco mejor para sus feroces ansias de destrucción.

Una sospecha terrible se apodera de mí y acelero mi paso para alejarme de las criaturas que están detrás de mí.

Mi armadura me hace más veloz que ellos y me muevo a través de los túneles como un fantasma, eligiendo los caminos retorcidos que solo yo conozco. Siento cómo se desvanece la fiereza de la persecución mientras doy la vuelta y asciendo nuevamente a la superficie, en donde percibo la candente tensión del mundo de arriba.

Había estado tratando de mantener a los monstruos cerca de mí, engatusándolos para que se alejaran de los asentamientos de la superficie, pero cuando emerjo hacia la luz del sol a través de una grieta escondida en la cima de una aguja solitaria de roca descubierta, me percato de mi terrible equivocación.

Pensé que estaba ahuyentando a los monstruos, de verdad lo pensé.

Un cráneo gigantesco fue colocado sobre un peñasco en la cima de la aguja, como una especie de indicador.

Es una advertencia. Un signo que anuncia que estas tierras corren peligro.

Sé lo que es porque yo lo puse aquí.

Con un pie sobre el cráneo, miro hacia abajo, al asentamiento lleno de gente.

Mi yelmo se retrae sobre mi cara y puedo ver con mis propios ojos.

Debajo de mí hay calles limpias y ordenadas, las cuales se despliegan entre edificios prolijos de ladrillos cocidos por el sol. En el extremo sur del asentamiento se vislumbran los toldos sedosos de un mercado bullicioso y veo un disco dorado en el techo de lo que parece ser un templo. Los sonidos de la risa llegan hasta mí en la aguja de piedra.

Huelo carne asada, estiércol animal y el aroma embriagador de las especias.

Son los olores de la vida, la textura cotidiana del mundo de arriba.

Por un segundo, me transportan a mi juventud casi olvidada y las comisuras de mi boca gesticulan una sonrisa.

Luego, recuerdo lo que merodea bajo la arena y mi media sonrisa desaparece de mi rostro.

Mi corazón late en mi pecho y me cuesta trabajo respirar.

¿Acaso no se dan cuenta del peligro en el que están?

Las superficies internas de mi armadura se enganchan con fuerza en mi piel; del dolor, caigo sobre una rodilla. Tiene hambre y me pregunto qué parte de mi camino la he escogido yo y cuánto ha sido elegido por su diseño.

Mis sentidos están calibrados finamente con los moradores del Vacío.

Están cerca, demasiado cerca, elevándose hacia la superficie. En algún lugar allá afuera en el desierto.

Siento la inminencia de una fisura como si fuera el cambio de presión atmosférica antes de una tormenta.

Mi máscara vuelve a recubrir mi rostro, colmando mi visión con patrones de luz y calor.

Vuelvo a mirar el asentamiento mientras escucho el choque del acero y una voz que grita.

Mi mirada deambula por un campo militar ubicado en los márgenes, en donde muchos hombres y mujeres están formados. Los observo confundida, sin saber con certeza qué es lo que están haciendo, hasta que caigo en la cuenta.

Están entrenando para pelear.

Un hombre les grita, llenando sus corazones con valentía y sus almas con fuego.

No puedo escuchar sus palabras, pero puedo ver su rostro con una claridad impresionante, como si estuviera parado a mi lado.

Es el atamán al que arrastré conmigo a las profundidades subterráneas.

Salto de roca en roca hasta descender al asentamiento.

La cercanía de las criaturas del Vacío genera presión en mi cráneo.

En poco tiempo estarán aquí.

Salto a un corral de animales y el ganado entra en pánico cuando detectan mi aroma.

Los habitantes del asentamiento no se dan cuenta de mi presencia en un principio. Pero después escucho cómo se propagan los gritos de alarma al ver mi forma blindada en su terreno. Me dirijo hacia el atamán; puedo sentir cómo la furia corre por mis venas.

¡Yo se lo mostré! ¿Por qué no me escuchó? Lo llevé a ver los horrores subterráneos. Quería que sintiera el terror de su existencia y que lo compartiera con su gente.

Pero lo único que logré fue fortalecer su resolución de pelear.

Cada persona que muera aquí habrá sido mi culpa. Su sangre estará en mis manos.

Yo quería prevenir esto, pero conseguí que sus muertes sean inevitables.

Al verme, hombres y mujeres se dispersan, atemorizados a pesar de portar armas. El rostro del atamán se endurece. La última vez que lo vi, estaba aterrorizado, pero su miedo se había transformado en odio.

Sus ojos me dicen que él piensa que yo estoy aquí para asesinarlo, tal vez así sea.

Mi máscara se abre cuando me paro frente a él.

—¿Por qué sigues aquí?— grito, probando el aire caliente del desierto. Debajo de los olores del asentamiento, percibo la presencia creciente del Vacío. Es como morder una moneda de cobre. —¡Vete!—.

—¡Atrás, demonio!—, gruñe. —¡Eres un heraldo de las bestias!—.

No logro entender qué es lo que quiere decirme con eso. Pero después comprendo.

—¿Tú crees que yo traigo los monstruos...?—.

—Te conozco—, espeta, acercándose hacia mí. —Eres la hija del Vacío. Adonde sea que camines, los monstruos te seguirán—.

Niego con mi cabeza, lista para refutar esa acusación...

Después, me cuestiono si tiene razón.

Yo lucho contra los nacidos del Vacío cada vez que puedo, en todos los lugares en que los encuentro.

Alzo mi mano para mirarla de frente y observo con atención los delgados hilos de luz violeta que brillan en las placas amoldadas de mi armadura. Hasta ahora, siempre había pensado que era parte de mí, que yo controlaba eso, pero ¿era posible que mi control no fuera tan férreo como suponía? Corroboro mi intuición y las venas de luz se desvanecen.

¿Es acaso posible? ¿Que atraiga a las criaturas del Vacío?

No, lo sabría. Yo sabría si las estuviera llevando, de alguna manera, a las profundidades del mundo.

Mi duda se convierte en enojo y las cuchillas de luz resplandecen alrededor de mis manos.

—Yo escapé de ti en una ocasión—, dijo el atamán, alzando su espada. —Y pelearemos contra las bestias que lideras—.

—¿Tú escapaste de mí?— digo con incredulidad. —¿Eso es lo que piensas que pasó?—.

Él blande su espada, pero yo la bloqueo con facilidad. No tiene mucha experiencia utilizándola, motivo por el cual esquivo sus ataques sin mayor esfuerzo. Lo rodeo mientras balancea su espada una y otra vez. Los aldeanos me rodean, gritándole a su líder para que aseste el golpe mortal. Mi armadura contesta cada ataque y se estimula con las agresiones que recibo, inundando mi cuerpo con ansias de pelear, de matar.

Ellos ven la segunda piel que me recubre, pero no se dan cuenta del peligro al cual están expuestos en este momento.

No me refiero al Vacío. Sino a mí.

No pueden ver a la chica que está debajo. No quieren verla.

Es más sencillo para ellos pensar que soy un monstruo.

Siento cómo la furia y la traición endurecen mi corazón hacia ellos. ¿Por qué debería pelear para salvarlos? ¿Por qué peleo para aferrarme a mi humanidad, cuando me duele tanto recordar todo lo que perdí?

¿Por qué no mejor me convierto en el monstruo que ellos creen que soy?

¿No sería más fácil eso?

Pero en ese momento logro ver más allá de la cara iracunda del atamán y me percato de los abuelos que me observan desde las puertas de sus casas, aquellas moradas que construyeron con sus propias manos. Observo a las madres jóvenes que sujetan a los recién nacidos contra su regazo. Puedo mirar incluso más allá de ellos y me encuentro con las miles de demostraciones de amor cotidianas y los pequeños actos de bondad que pasan desapercibidos todos los días en el mundo.

Es por eso que peleo contra los monstruos.

Defiendo a aquellos que no pueden hacerlo, puesto que no hay nadie que luche como yo.

Porque si yo no los defiendo, ¿quién lo hará?

¿Y qué quedará de la chica que regresó si no lo hago?

Pero toda guerra exige un sacrificio. Ya he hecho tantos, pero en este preciso momento sé que tengo que llevar a cabo otro más. Esta vez no seré yo quien pague con sangre, pero el peso caerá sobre mí de todos modos.

Doy una vuelta completa. Todos observan al atamán. Él representa su fuerza, el único motivo por el cual aún siguen aquí. Él llenó sus corazones con valentía y voluntad para enfrentarse a un enemigo que no puede ser combatido, sin posibilidades de negociar, el cual solo se fortalece con cada vida que consume.

Solo hay una forma de terminar con esto sin que todos mueran.

Bloqueo otro movimiento torpe y, cuando su espada se desvía, penetro su defensa y golpeo su pecho con las cuchillas luminosas de mis puños.

La energía abrasadora se vierte sobre él, llenando su cuerpo de luz. Cada vena, cada terminación nerviosa y cada hueso arden con un brillo punzante por un instante antes de que su cuerpo explote.

Es horrible, pero ya no hay vuelta atrás. Siento la cercanía del Vacío como un dolor terrible y retorcido en mis entrañas. La textura del aire cambia abruptamente y sé que el Vacío ha llegado al mundo de arriba.

Está sobre la superficie y viene en camino ahora mismo.

Me alejo de los restos derretidos y desintegrados del atamán mientras su cuerpo cae sobre la arena, un despojo apenas reconocible como algo que alguna vez fue un humano. La gente corre despavorida mientras las cápsulas de mis hombros se deslizan hacia arriba y se llenan de luz asesina. Siento la presión feroz dentro de mí, desesperada por ser liberada.

Desato un bombardeo de espirales de luz bombardeo de espirales de luz, haciendo explotar una tienda de granos abandonada y reduciéndola a escombros centelleantes. Semillas ardiendo y canastas se desparraman entre las ruinas. Destruyo el mercado por completo con más ráfagas resplandecientes y sus toldos de seda se elevan como velas ardientes de un barco de arena mientras se encienden.

Un fuego violáceo y blanquecino arrasa con el asentamiento y explota con una fuerza devastadora. La gente corre gritando mientras destruyo sus hogares. Piensan que estoy tratando de matarlos, que estoy haciendo esto porque me convertí en algo monstruoso, pero eso es falso.

Solo destruyo las construcciones que mi yelmo me indica que están vacías.

Derribo muros y barricadas sin población, cualquier cosa que pueda darles algún tipo de esperanza de que tienen una oportunidad si enfrentan al Vacío.

No estoy tratando de matarlos. Solo quiero que huyan.

La noche cae mientras observo desde la aguja de roca el asentamiento en llamas, con un pie sobre el cráneo que dejé como marca de advertencia. La horda de los nacidos del Vacío asciende hacia mí en una avalancha de colmillos que chasquean, extremidades deformes y formas inhumanas.

Suena como un enjambre de insectos voraces devorando los cultivos de una cosecha.

Son demasiados para poder contarlos, no hay forma de determinar dónde termina una bestia y dónde comienza la otra. Es solo un amasijo de dientes y garras. La forma que adquiere la destrucción desbocada.

Perciben mi presencia aquí y no hago ningún intento por correr.

Si vienen por mí, no irán por los habitantes del asentamiento.

El horizonte arde con una luz enfermiza que no pertenece a este mundo y las tracerías bifurcadas de un vívido relámpago morado alumbran desde la tierra desgarrada en las profundidades del desierto.

Los habitantes del asentamiento huyeron hace mucho tiempo, guiando a sus animales detrás de carretas coloridas, llevando a cuestas las posesiones que no soportarían abandonar. Ya se encuentran a muchos kilómetros hacia el oeste, moviéndose en una larga columna como los jinetes dormun de antaño.

Seguirán los caminos de arena hacia nuevas aguas corrientes, avanzando hasta que puedan comenzar de nuevo.

Ese es el punto. Para comenzar de nuevo, necesitan estar vivos.

Recuerdo la expresión en sus caras al mirar sus casas destruidas. Me señalaron en las alturas de la aguja y me juzgaron. Aún me duele el recuerdo de sus rostros. Llenos de miedo y odio.

Llevarán ese odio consigo, contando historias sobre la niña desamparada que dejó de ser una niña. Narrarán cómo mató a su heroico líder antes de destruir sus hogares. El relato crecerá cada vez que se cuente, un rasgo habitual de las historias shurimanas, hasta ser conocida como una asesina despiadada, homicida de mujeres y niños.

El caparazón se desliza de nuevo sobre mi rostro mientras el primero de los monstruos se aproxima a la cornisa. El fuego violeta enfunda mis manos. Siento la familiar avalancha de emoción mientras mi cuerpo se calienta.

Si esto es lo que necesito ser para mantener vivos a los míos, que así sea.

Esa es una carga que estoy dispuesta a soportar.

Yo seré su monstruo.

Trivia

  • La historia de "Monstruosa" fue cargada accidentalmente en el sitio del Universo por Riot Games el 22 de octubre de 2019 antes de su fecha de lanzamiento prevista el 2 de junio de 2020.

Referencias

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