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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Monstruos (Historia Corta)

Por Graham McNeill

Para Vayne, la venganza es un plato que se sirve mejor con proyectiles brutales, sangrientos y perforantes.

Lore

Vayne Vayne solo tenía una flecha más en su ballesta. Sangraba de tres heridas diferentes. La bestia antes humana, a la que había pasado toda la noche cazando, la había derribado al suelo y estaba a punto de arrancarle la cabeza de una mordida.

Las cosas iban mejor de lo esperado.

De las fauces del metamorfo caía baba en anticipación a su matanza. Vayne escaneó la oscuridad con sus lentes lentes rastreadores nocturnos, pero no encontró ni armas ni refugio cercanos. Había seguido a la bestia hasta esa zona despejada de la pradera específicamente para que no pudiera refugiarse detrás de los bosques de aliso de Demacia Crest icon.png Demacia, pero esa decisión la había dejado a ella expuesta.

Pero no importaba. Después de todo, una muerte fácil no era divertida.

La bestia tomó a Vayne por los hombros, abriendo las mandíbulas para revelar hileras de dientes serrados. Si las mandíbulas no la mataban, su aliento fétido podría terminar el trabajo.

Vayne analizó velozmente sus opciones. Podía intentar esquivar la mordida de la bestia, pero esa sería una solución a corto plazo. Podía patear a la criatura en su absurdo número de dientes e intentar clavarle en la frente su último proyectil, pero no podía confiar en que la flecha encontraría su objetivo a través del rechinante bosque de colmillos. O podía intentar algo vistoso, violento y un poco estúpido.

Vayne escogió esto último.

Metió el brazo entero en la boca abierta del monstruo. Los dientes afilados de la criatura le arrancaron pedazos de piel de los nudillos y el brazo, pero Vayne sonrió, tenía a la bestia justo donde la quería. Sintió que apretaba la mandíbula, lista para morderla y arrancarle la extremidad. No le dio oportunidad.

Vayne giró el brazo, llevando la ballesta al interior de la boca de la criatura, hasta que la punta plateada punta plateada de su último proyectil quedó apuntado directamente al paladar de la bestia. Con un giro rápido de su muñeca, la flecha atravesó el cráneo del monstruo y trituró su cerebro.

Los chillidos se detuvieron tan repentinamente como empezaron, el cuerpo sin vida de la criatura colapsó en el terreno cubierto de hierba. Vayne se arrastró para sacárselo de encima e intentó quitar el brazo del cráneo sin cortarse más de lo que ya se había cortado, solo para encontrar que su puño estaba atascado dentro de la cabeza de la criatura.

Podía seguir intentando sacar la mano de la boca del metamorfo, y perder un dedo o dos en el proceso, o podía empujar aún más su brazo para perforar por la parte de arriba de la cabeza y quebrar su mandíbula como una espoleta.

Como siempre, Vayne escogió la última opción.

La parte difícil no fue matar a la maldita cosa. La parte difícil era llevarla de regreso con su novia.

Bueno, viuda.

La viuda Selina era incomparablemente hermosa, con un cabello que atrapaba la luz del sol incluso en la oscuridad de su cabaña iluminada por el fuego. Los profundos rasguños en su rostro e incluso las lágrimas que caían por sus mejillas no conseguían disminuir su belleza.

Vayne colocó el cadáver a los pies de la mujer tan cuidadosamente como pudo. Su carne estaba transformada y destruida con heridas tanto autoinfligidas y del otro tipo; se veía más como una colección de extremidades y carne que como una persona.

—¿Fue rápido?—, preguntó entre sollozos la viuda.

No había sido rápido. Vayne había rastreado al metamorfo hasta su guarida en los bosques fuera del este de Demacia. Se las había arreglado para interrumpirlo durante la transformación: sus ojos se habían multiplicado y expandido, en su boca habían crecido mandíbulas, su brazo izquierdo se había convertido en una tenaza afilada y puntiaguda, y estaba enojado.

Vayne apartó una bola de cerebro de su brazalete, un residuo pegajoso que había quedado al atravesar el cráneo de la criatura.

—Ehm—, balbuceó Vayne.

—Oh, amor mío—, dijo Selina, arrodillándose y abrazando al cuerpo mutado. —¿Qué pudo haber causado tal tragedia?—

Vayne se arrodilló al lado de la pareja, mientras la viuda acercaba lo que quedó de la cabeza del hombre hacia su pecho, sin notar o sin importarle que la sangre manchara su vestido.

—Algunas personas se transforman a sí mismas en bestias. Pero también hay quien se transforma contra su propia voluntad—, dijo Vayne.

Tomó la hinchada mano del cadáver y la examinó. —Él pertenecía al segundo grupo—.

Los ojos de la viuda se tornaron furiosos.

—¿Alguien le hizo esto? ¿Quién lo haría... por qué...—

La viuda se colapsó sobre el cuerpo, derramando lágrimas, incapaz de encontrar las palabras.

—A veces, los therianos, metamorfos, quieren compañía. A veces son solo salvajes: atacan y muerden a alguien por confusión o enojo. Algunos otros solo están aburridos. Creen que es divertido—, explicó Vayne, acariciando la cabeza de la mujer. —Pero algunos... algunos solo necesitan comer—.

La viuda levantó la mirada y se limpió las lágrimas.

—No... no entiendo.—

Vayne mostró una sonrisa lastimosa.

—Quieren comerse a alguien, pero a veces ese alguien escapa. Y el bicho que intentó comérselos accidentalmente contagia su virus. Y la víctima se convierte en metamorfo también—.

La viuda fulminó a Vayne con la mirada. La ballesta en el brazo de Vayne tintineó mientras retiraba el cabello de la mujer de sus ojos llenos de lágrimas.

—El último theriano al que maté me dijo que sus víctimas sabían mejor si lo amaban. Algo sobre el sabor jugoso que adquirían cuando sus mejillas adquirían cierto rubor. No puedo ni imaginarme a qué saben cuando están de luna de miel, ¿eh?—, reflexionó Vayne.

La viuda dejó de llorar. Sus ojos se abrieron.

—Él te amaba, ¿sabes?—

La viuda intentó levantarse, pero Vayne tomó un puñado del cabello de la mujer y apretó con fuerza.

—Debió haber quedado impactado después de que lo mordiste. La gente es impredecible cuando tiene miedo. Y no hay nada más atemorizante que ser traicionado por la persona que amas—.

Vayne giró la muñeca y preparó otra flecha en la ballesta.

—Así que, ¿quién te convirtió?—

La mujer la miró con odio, sus ojos lentamente se oscurecieron hasta alcanzar un rojo profundo.

—Nadie—, dijo ella en una voz que sonaba como cuchillos rasgando una roca. —Soy mi propia creación—.

Vayne sonrió.

—¿Cómo supiste?—, preguntó la viuda, deslizando su mano detrás de la espalda.

—Las marcas de mordida al frente de su cuello, en lugar de atrás, combinado con la falta de heridas en algún otro lugar de su cuerpo, me indicaron que había sido atacado por alguien en quien confiaba. Hazlo. Inténtalo—.

La viuda hizo una pausa.

—¿Intentar qué?—

—La tenaza que estás formando detrás de tu espalda. Córtame. Veamos si puedes alcanzar mi mano antes de que yo atraviese tu frente con una flecha—, dijo Vayne.

La viuda retrajo su tenaza de detrás de la espalda, abatida. El juego había terminado.

—¿Por qué?—, preguntó la viuda.

—Por qué, ¿qué?—, replicó Vayne inexpresivamente.

—¿Por qué no solo entrar y matarme? ¿Por qué toda esta ...presentación?—

Vayne sonrió. Una sonrisa maliciosa y llena de odio.

—Porque quería asegurarme de tener razón. Porque quería que sintieras el pánico y el miedo que sintió él. Pero sobre todo...—

Vayne tensó la muñeca. Con una vibración metálica, un frío proyectil de plata de seis pulgadas perforó el cerebro de la metamorfo. Los ojos de la viuda se pusieron en blanco. Se colapsó en el suelo como una bolsa de piedras.

—Porque es divertido—.

Referencias

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