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Historia corta • Lectura de 3 minutos

Marfil, Ébano, Jaspe

Por Rayla Heide

La plaga que se acerca es una sentencia de muerte para una pequeña aldea… a menos que Jarvan ofrezca su vida.

Lore

El General Miesar deslizó un cono de marfil sobre el mapa. Jarvan Jarvan estaba asombrado por la simplicidad de la pieza blanca. Sin cabeza, sin rasgos que denotaran un rostro. Solo una simple forma redonda, neutra y lisa, sin semejanza alguna con los cientos de soldados demacianos que representaba.

—Si guiamos a nuestros caballeros hacia el sur ahora mismo, podemos atacar a los argoth de frente antes de que lleguen al Erial—, dijo la General Ibell, una mujer corpulenta, con ojos autoritarios.

—Los argoth son más feroces en manada—, dijo el General Miesar mientras caminaba por la tienda. —Confían en su superioridad numérica para derrotar ataques directos. Si no podemos dividirlos, nos aniquilarán mucho antes de que podamos llegar a su reina—.

Jarvan caminó con pasos largos hasta el borde de la tienda, la abrió y observó el valle. Podría haber disfrutado de la vista: la luz de día hacía que el frondoso paisaje brillara con rocío y la aldea del Erial se veía serena a la distancia. Pero una siniestra forma gris cubría el horizonte mientras la horda retumbaba en la distancia.

Los argoth no eran criaturas enormes, pelear contra uno solo sería muy sencillo, pero en grandes grupos eran súbditos de la voluntad de una reina, capaces de moverse y pelear como una unidad despiadada. La manada era más grande que cualquiera que Jarvan hubiera visto antes.

Miesar se secó el sudor de la frente. —¿Estarán aquí esta tarde?—.

—Antes—, contestó Ibell. —Tenemos una hora, dos si tenemos suerte, antes de que los argoth invadan el Erial—.

Jarvan regresó hacia el mapa. Diez conos de ébano representando a los argoth se encontraban afuera de los límites del Erial, eclipsando al cono demaciano. La reina estaba marcada con una figura más pequeña de jaspe rojo, justo en el corazón de la aglomeración de ébano.

—Cualquier carga tendría que pelear a través de cientos de argoth para acercarse a ella—, dijo Jarvan, señalando la piedra roja. —¿Qué es lo que propone?—.

Miesar dejó de caminar. —Me temo que no le gustará esto, mi señor, pero podríamos retirarnos. Entregar el Erial. Regresar mañana con tropas lo suficientemente fuertes para atravesar la horda y asesinar a la reina—.

—¿Dejar el Erial a los argoth?—, preguntó Ibell. —Esa es una sentencia de muerte para esta gente. Los invadirán en cuestión de horas—.

Jarvan observó fijamente el ébano y el marfil hasta que se fusionaron en el ojo de su mente. Lo único que veía era a la reina roja.

Ibell alzó las cejas. —¿Ve algo?—

—Un plan desesperado—, contestó Jarvan —pero es todo lo que tenemos. Encubrimos a nuestros mejores guerreros dentro del Erial y tendemos una emboscada. Con un grupo tan reducido, no anticiparán nuestro ataque. Entonces, cuando la reina esté al alcance, atacamos con dureza y rapidez. En el momento que ella muera, la unidad de la manada se perderá—.

—¿Al interior de los argoth, mi señor?—, preguntó Miesar. —Eso también puede ser una sentencia de muerte—.

—Pero le damos al Erial una oportunidad de sobrevivir al ataque—, dijo Ibell.

—Todo plan conlleva riesgos—, afirmó Jarvan. —Guiaré solo a los que deseen unirse a mí y no atacaré hasta que nuestra esperanza de victoria sea la mejor. Esperaremos hasta que el ojo del huracán esté sobre nosotros y entonces atacaremos desde adentro. Cuando la reina haya caído, será una simple cuestión de pelear para salir—.

Ibell colocó un solo cono de marfil sobre la aldea en el mapa, después movió el círculo de piezas de ébano hacia adelante hasta que se superponían por completo con el Erial. La reina de jaspe permaneció al centro. Con un movimiento de su dedo, derribó la piedra roja. Después, colocó dos conos blancos más para unirse a la pelea.

—Este es nuestro plan—, dijo Jarvan. —Ibell y Miesar, ustedes y sus tropas liderarán la segunda ola—.

—Sí—, dijo Miesar.

—¿Y usted, mi señor?—, preguntó Ibell. —¿En dónde estará?—

—Tengo una reina que matar—, contestó Jarvan.

Referencias

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