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Historia corta

Mareas de Fuego: Tercer Acto

Por Scott Hawkes, George Krstić, Anthony Reynolds Lenné, John O'Bryan

Lore

Sangre, verdad, La Hija de la Muerte

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Narrado por Graves Graves.

El puño choca contra mi cara otra vez. Me desplomo de golpe contra la cubierta del barco de Gangplank. Un par de esposas hechas de arrabio se me clavan en las muñecas.

Me ponen de pie con dificultad y me obligan a arrodillarme junto a Fate. Lo cierto es que no podría haberme puesto de pie si esta manada de matones virolentos no me hubiese obligado a hacerlo.

El enorme y musculoso imbécil que me golpeó entra y sale de mi vista.

—Vamos, hijo —le digo—. Lo estás haciendo mal.

No veo venir el siguiente golpe. Siento una explosión de dolor y mi cara vuelve a la cubierta. Vuelven a levantarme y a ponerme de rodillas. Escupo sangre y algunos dientes. Luego sonrío.

—Hijo, mi abuelita pega más fuerte que tú y eso que la enterramos hace ya cinco años.

Se acerca para golpearme otra vez, pero una palabra de Gangplank hace que se detenga enseguida.

—Es suficiente —dijo el capitán.

Bamboleando un poco, intento concentrarme en la borrosa silueta de Gangplank. Mi vista se aclara lentamente. Veo que lleva colgado en su cinturón la maldita daga que Fate intentó robarse.

—Twisted Fate, ¿no? Me dijeron que eras bueno. Y yo no soy de aquellos que menosprecian la obra de un gran ladrón —dice Gangplank. Da un paso adelante y se queda mirando a Fate—. Pero un buen ladrón sabría que es mejor evitar robarme a mí. —Se agacha y me mira fijamente a los ojos.

—Y tú... Si fueras un poco más listo, sabrías que lo mejor habría sido poner tu arma a mi servicio. Pero ya no importa.

Gangplank se levanta y nos da la espalda.

—No soy un hombre poco razonable —continúa—. No le pido a la gente que se arrodille ante mí. Todo lo que pido es un mínimo de respeto... algo sobre lo que ustedes escupieron encima. Y eso no puede quedar impune.

Su tripulación empieza a acercarse, como perros esperando la orden para despedazarnos. De cualquier manera, no me siento nervioso. No pienso darles esa satisfacción.

—Hazme un favor —le digo, apuntando hacia Fate con la cabeza—. Mátalo a él primero.

Gangplank suelta una risita.

Le hace un gesto a un hombre de su tripulación, quien comienza a hacer sonar la campana del barco. En respuesta, suenan una docena más en toda la ciudad puerto. Borrachos, marineros y tenderos empiezan a brotar de las calles, atraídos por el alboroto. El maldito quiere hacerlo público.

—Aguasturbias nos mira, muchachos —dice Gangplank—. Es tiempo de darles un espectáculo. ¡Traigan a la Hija de la Muerte!

Escucho un vitoreo mientras la cubierta retumba con el clamor de pisotones en el suelo. Traen un viejo cañón. Puede que esté oxidado y verde de lo viejo que es, pero sigue siendo una belleza.

Doy un vistazo hacia donde está Fate. Tiene la cabeza gacha y no dice una palabra. Le quitaron sus cartas... una vez que acabaron de encontrarlas. Ni siquiera le permitieron que se quedara con su estúpido sombrero de dandi; ahora veo a un pequeño malnacido usándolo entre la multitud.

De todos los años que conozco a Fate, siempre había sido capaz de hallar una salida. Ahora que está acorralado, puedo ver la derrota en su cara.

Bien.

—Es lo que te merecías, maldito infeliz —le gruño.

Él me devuelve la mirada. Todavía hay fuego en sus ojos.

—No me enorgullece la manera en que se dieron las cosas...

—¡Dejaste que me pudriera ahí adentro! —lo interrumpo.

—Yo y el resto de la tripulación intentamos sacarte de ahí. ¡Y eso les costó la vida! —responde furioso—. Perdimos a Kolt, a Wallach, al Ladrillo... a todos ellos. Y todo por tratar de salvar tu obstinado pellejo.

—Pero tú saliste sano y salvo —contesto—. ¿Sabes por qué? Porque no eres más que un cobarde. Y nada de lo que puedas decir va a cambiar eso.

Mis palabras lo hieren como puñetazos. No intenta responder. La última chispa de lucha en sus ojos se esfuma al tiempo que sus hombros se desploman. Todo terminó para él.

Ni siquiera Fate podría ser tan buen actor. Mi ira se disipa.

De pronto me siento cansado. Cansado y viejo.

—Todo se fue al diablo y supongo que ambos tenemos la culpa —dice—. Pero no te estaba mintiendo. De verdad tratamos de sacarte. Ya no importa. Solo vas a creer lo que quieras de todos modos.

Me toma un momento digerir sus palabras; me toma un poco más darme cuenta de que le creo.

Demonios, tiene razón.

Hago las cosas a mi modo. Siempre lo hice. Cada vez que me pasaba de la raya, él estaba ahí, apoyándome. Era él el que siempre hallaba una salida.

Pero no le puse atención ese día, ni lo hice desde entonces.

Por eso terminé haciendo que nos maten a ambos.

De pronto nos levantan de un tirón y nos arrastran hacia el cañón. Gangplank lo acaricia como si fuera su mascota.

—La Hija de la Muerte me ha servido bien —dice—. Hace tiempo que buscaba la oportunidad de despedirla como se merece.

Un grupo de marineros arrastra una gruesa cadena y comienza a enrollarla alrededor del cañón. Ahora me doy cuenta de lo que pretenden hacer.

Nos ponen espalda con espalda, y la misma cadena nos recorre las piernas y las esposas. Un cerrojo se cierra de golpe, atándonos a la cadena.

Una compuerta de embarque se abre en la borda del barco, hasta donde llevan al cañón a ocupar su lugar. Los mirones repletan los pantalanes y los muelles de Aguasturbias, dispuestos a presenciar el espectáculo.

Gangplank apoya el tacón de su bota en el cañón.

—Bueno, no pude librarnos de esta —dice Fate por encima del hombro—. Siempre supe que algún día serías mi ruina.

Dejo escapar una risa cuando lo dice. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me reí.

Nos arrastran hasta la orilla del barco cual ganado al matadero.

Supongo que este será mi final. Tuve una buena vida mientras pude. Pero la suerte no es eterna para nadie.

Es justo ahí que me doy cuenta de lo que tengo que hacer.

Con mucho cuidado y haciendo presión contra mis esposas, logro meter una mano en el bolsillo de atrás. Sigue ahí; es la carta de Fate que encontré en la bodega. Tenía planeado usarla para metérsela en su condenada garganta.

Los matones revisaron a Fate de arriba abajo para ver si tenía cartas, pero no a mí.

Le doy un empujón. Gracias a que estamos encadenados juntos, es fácil darle la carta a Fate sin que lo noten. Puedo sentirlo titubear cuando se la entrego.

—Como tributo son insignificantes, pero al menos me servirán —dice Gangplank—. Denle mis saludos a la Gran Barbuda.

Mientras saluda a la multitud, Gangplank empuja al cañón por la borda con una patada. El armatoste cae a las aguas oscuras de un chapuzón y empieza a hundirse rápidamente. La cadena sobre el muelle cae con él un momento después.

Ahora que se acerca nuestro fin, le creo a Fate. Sé que lo intentó todo con tal de sacarme, al igual que todas las veces que trabajamos juntos. Pero en esta ocasión, y por primera vez, yo soy el que tiene la solución. Al menos puedo compensarlo con eso.

—Lárgate de aquí.

Fate empieza a hacer sus movimientos y gira la carta entre los dedos. A medida que empieza a acumular poder, siento una presión incómoda en la nuca. Siempre odié estar cerca suyo cuando hacía este truco.

De pronto, se esfuma.

Las cadenas que ataban a Fate caen al muelle estruendosamente, lo que saca algunos gritos entre la multitud. Mis cadenas siguen estando bien apretadas. Aunque no salga de esta, solo ver la expresión en la cara de Gangplank ya hace que valga la pena.

La cadena del cañón me hace caer. Me doy de bruces contra el muelle y gruño de dolor. Un instante después caigo del bote.

El agua fría me golpea y me deja sin aliento.

Estoy sumergido. Me hundo con rapidez. La oscuridad me arrastra.

La zambullida, una lucha con la oscuridad, paz

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Narrado por Twisted Fate Twisted Fate.

La carta que Malcolm puso en mi mano podría llevarme fácilmente hasta el muelle. Estoy tan cerca de la costa; desde ahí, desaparecer entre la multitud sería facilísimo. Podría escapar de este chiquero de isla en menos de una hora. Esta vez nadie me encontraría.

Un momento después, todo lo que veo es su cara enfurecida a medida que desaparece en las profundidades.

Maldito sea.

No puedo abandonarlo. No después de lo que pasó la última vez. Escapar no es una opción. Sé a dónde tengo que ir.

Siento que la presión se acumula y luego desaparezco.

En un instante estoy justo detrás de Gangplank, listo para hacer lo mío.

Un miembro de su tripulación me detecta sin tener explicación para cómo llegué aquí. Mientras piensa sobre el asunto, le doy un puñetazo justo en la cara. Su cuerpo cae sobre un montón de grumetes perplejos. Todos voltean a mirarme, los sables listos en sus manos. Gangplank lidera el ataque y trata de cortarme justo a la altura de la garganta.

Pero soy más rápido que él. En un único y sutil movimiento, me deslizo por debajo del acero arqueado y despojo a Gangplank de la adorada daga de plata guardada en su cinturón. Detrás de mí, escucho maldiciones que podrían quebrar el mástil en dos.

Salto hasta la cubierta y me guardo la daga en los pantalones mientras el extremo de la cadena se rompe contra la orilla del barco. Me estiro y agarro el último eslabón de acero antes de que desaparezca por la borda.

Al romperse, la cadena me tira hacia un costado y ahí es donde me doy cuenta de lo que acabo de hacer.

El agua viene hacia mí rápidamente. En ese instante eterno, cada parte de mi cuerpo quiere soltar la cadena. El hecho de ser un hombre de agua dulce que no sabe nadar me ha perseguido toda la vida. Y ahora me condenará a la muerte.

Respiro una última bocanada de aire. De pronto, el disparo de un mosquetón me perfora el hombro. Doy un grito de dolor y dejo ir mi último suspiro justo antes de que el mar me arrastre.

El agua congelada me golpea el rostro a medida que me hundo en su sofocante eternidad azul.

Es mi peor pesadilla.

Siento cómo se acumula el pánico. Trato de contenerlo. Casi me supera. Más disparos atraviesan el agua sobre mi cabeza.

Veo tiburones y mantas cerca. Pueden saborear la sangre. Me siguen mientras caigo en el abismo. Sigo hundiéndome.

Solo vive en mí el terror, de dolor no hay nada. Siento el latido de mi corazón en los oídos. Mi pecho arde. Debo evitar tragar agua. La oscuridad se retuerce en torno a mí. Es demasiada profundidad. No hay vuelta atrás. Ya lo tengo claro.

Pero todavía puedo salvar a Malcolm.

Escucho un ruido sordo bajo mis pies. Entonces, la cadena queda floja. Es el cañón, que acaba de chocar contra el suelo marino.

Uso la cadena para arrastrarme hacia las sombras. Veo una silueta más abajo. Creo que es Graves. Me arrastro con desesperación hacia él.

De pronto veo que está frente a mí, aunque a duras penas distingo el contorno de su cara. Creo que agita la cabeza para mostrar su furia porque regresé.

Voy a desmayarme. Mi brazo está entumecido y siento que me aplastan el cráneo.

Suelto la cadena para sacar la daga del pantalón. Mi mano tiembla.

Busco a ciegas en la oscuridad. Por obra de algún milagro, encuentro la cerradura de las esposas de Graves. Inserto la daga para tratar de forzarla, tal como lo hice con otras miles de cerraduras. Pero mis manos no dejan de temblar.

Incluso Graves debe estar aterrorizado. A estas alturas, sus pulmones deberían haberse rendido. La cerradura no cede.

¿Qué haría Malcolm en mi lugar?

Giro la daga. Adiós a la delicadeza. No queda más que recurrir a la fuerza bruta.

Siento que algo cede. Creo que me corté la mano. La daga cae. En dirección al abismo. Y sigue su curso... ¿Qué es ese brillo?

Justo sobre mí, percibo un rojo intenso. Rojo y naranja. Está en todas partes. Es hermoso… Así que esto es morir.

Me río.

Empiezo a tragar agua.

Es agradable.

Fuego y ruina, una conclusión, la peor parte

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Miss Fortune Miss Fortune mira hacia la bahía desde la cubierta de su barco, el Sirena. Las llamas se reflejaban en sus ojos mientras trataba de asimilar el nivel de destrucción que había causado.

Lo único que quedaba del barco de Gangplank eran escombros en llamas. La tripulación había muerto en la explosión, ahogada entre todo el caos o devorada por una colonia de peces navaja.

Había sido un momento apoteósico. Una descomunal bola de fuego rodante había iluminado la noche como un nuevo sol.

La mitad de la ciudad lo había presenciado; Gangplank se había asegurado de que así fuera, tal como ella lo esperaba. Tuvo que humillar a Twisted Fate y a Graves en frente de todo Aguasturbias. Tuvo que recordarle a todo el mundo por qué es mejor no cruzarse con él. Para Gangplank, las personas solo son herramientas que puedes usar para mantener el control. Esta fue la carta que ella utilizó para matarlo.

Los gritos y las campanadas hacían eco por toda la ciudad portuaria. La noticia se propagaría como reguero de pólvora.

Gangplank está muerto.

Las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa.

Esta noche solo era el fruto de todos sus esfuerzos: contratar a Fate, avisarle a Graves, todo solo para distraer a Gangplank. Cobrar su venganza le había tomado años.

La sonrisa de Miss Fortune se esfumó.

Desde el momento en que él irrumpió en el taller de su familia a rostro cubierto con una pañoleta roja, ella se había estado preparando para este momento.

Sarah perdió a sus padres ese día. Aunque ella era tan solo una niña, él de todos modos fue capaz de dispararle mientras veía cómo sus padres se desangraban en el piso.

Gangplank le había enseñado una dura lección: sin importar cuán seguro puedas sentirte, todos tus logros, tus metas, tus seres queridos... en fin, tu mundo, puede derrumbarse en un abrir y cerrar de ojos.

El único error que había cometido Gangplank fue no haberse asegurado de que ella muriera. Su ira y su odio le habían permitido soportar esa dura y fría noche, y así todas las noches después de esa.

Durante quince años se dedicó a reunir todo lo que necesitaba, esperando hasta que Gangplank la olvidara, bajara la guardia y se encontrara cómodo en la vida que había construido. Solo entonces podría realmente perderlo todo. Solo entonces sabría cómo se siente perder tu hogar, perder tu mundo.

Debería sentirse dichosa, pero solo se sentía vacía.

Rafen se une a ella en la borda e interrumpe su ensimismamiento.

—Ya está —dice—. Se acabó.

—No —responde Miss Fortune—. Aún no.

Dejó de ver hacía la bahía para poner la mirada en Aguasturbias. Sarah esperaba que terminando con él acabaría con su odio. Sin embargo, lo único que logró fue desatarlo. Por primera vez desde ese día, se sentía realmente poderosa.

—Esto apenas empieza —dice—. Quiero que me traigan a todos los que hayan jurado lealtad ante él. Quiero las cabezas de sus lugartenientes colgadas en mi pared. Quema cada burdel, taberna o bodega que lleve su marca. Y quiero su cadáver.

Rafen se estremeció. Había escuchado palabras como esas alguna vez, pero nunca de su boca.

Cielo rojo, carnada para tiburones, reconciliación

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Narrado por Graves Graves.

Pensé mucho acerca de la forma en que me gustaría abandonar este mundo. ¿Encadenado como un perro en el fondo del mar? Esa no se me había ocurrido. Por fortuna, Fate logra abrir el candado de mis grilletes justo antes de dejar caer la daga.

Me desenredo de las cadenas, sediento de aire. Me doy vuelta hacia donde está Fate. El pobre no mueve un músculo. Pongo mi mano alrededor de su cuello y empiezo a patalear hacia la superficie.

A medida que subimos, todo se ilumina con un tono rojizo.

Una onda expansiva me tumba hasta que ni siquiera sé dónde está la superficie. Caen trozos de hierro. Un cañón se sumerge a unos metros, seguido de un pedazo de timón chamuscado. También hay cuerpos. Una cara cubierta de tatuajes me mira conmocionada. La cabeza cercenada luego desaparece lentamente en la oscuridad bajo nuestros pies.

Nado más rápido, con los pulmones a punto de reventar.

Una eternidad después alcanzo la superficie, tosiendo agua salada y jadeando en busca de aire. El problema es que arriba es casi irrespirable. El humo me ahoga y se me clava en los ojos. Vi muchas cosas arder en mi vida, pero jamás algo así; parece que hubieran incendiado el mundo entero.

—Maldito sea... —me escucho murmurar.

El barco de Gangplank ya no está. Hay trozos de escombros echando humo repartidos por toda la bahía. Los islotes de madera al rojo vivo colapsan por todas partes y emiten un silbido a medida que se hunden. Una vela ardiendo cae justo en frente de nosotros y casi nos arrastra a Fate y a mí por última vez. Los hombres en llamas saltan desesperados de entre los restos chamuscados al agua para acallar sus gritos. El olor se parece al apocalipsis; es una mezcla de sulfuro, ceniza y muerte, entre cabellos quemados y piel derretida.

Me fijo en Fate para ver cómo está. Me cuesta mantenerlo a flote. El desgraciado es más pesado de lo que parece y no ayuda en nada que yo tenga las costillas rotas. Encuentro un trozo humeante de casco flotando cerca de mí. Parece ser lo suficientemente sólido. Nos echo a ambos encima. No es precisamente una embarcación, pero nos servirá de todos modos.

Por primera vez puedo observar a Fate con detención. Veo que no respira. Presiono su pecho con mis puños. Justo cuando empiezo a preocuparme de dónde van a terminar sus costillas, Fate tose un montón de agua salada. Me desplomo y agito la cabeza una vez más cuando empieza a recuperar la conciencia.

—¡Maldito estúpido! ¿Para qué regresaste?

Responderme le toma un minuto.

—Pensé que podía intentar hacerlo a tu manera —murmura arrastrando las palabras—. Quería saber qué se sentía ser un cabeza dura. —Sigue tosiendo más agua—. Se siente horrible.

Los peces navaja y otras criaturas marinas incluso más viles empiezan a rodearnos. No pienso ser carnada para nadie. Aparto mis pies de la orilla.

Un tripulante mutilado aparece en la superficie y se sostiene de nuestra balsa. Le pongo la bota en la cara y lo saco flotando de mi vista. Un grueso tentáculo le recorre el cuello y lo arrastra de vuelta a lo profundo. Ahora los peces tienen algo más para distraerse.

Antes de que se queden sin carne fresca, tomo una tabla de nuestra balsa y la uso para remar lejos de la carnicería.

Empujo contra el agua por lo que parece una eternidad. Mis brazos se sienten pesados y adoloridos, pero sé muy bien que no puedo detenerme. Cuando logro alejarme un poco de la masacre, me tumbo boca arriba.

Estoy agotado como un cartucho de escopeta mientras miro hacia la bahía. Está teñida de rojo con la sangre de Gangplank y su tripulación. No hay sobrevivientes a la vista.

¿Cómo es que todavía respiro? Tal vez sea el hombre con mejor suerte de Runaterra. O tal vez la buena fortuna de Fate alcanza para ambos.

Veo un cuerpo flotando cerca con un objeto que me parece familiar. Es el pequeño malnacido que estaba con Gangplank, con el sombrero de Fate entre las manos. Se lo quito y lo lanzo hacia Fate. No veo un gesto de sorpresa en su cara, como si siempre hubiera sabido que lo iba a recuperar.

—Ahora solo falta encontrar tu arma —dice.

—¿En serio piensas ir allá abajo otra vez? —le respondo, apuntando hacia el fondo.

La tez de Fate toma un particular tono verde.

—No tenemos tiempo. Quien quiera que haya hecho esto dejó a Aguasturbias sin jefe —digo—. Esto va a ponerse feo en cualquier momento.

—¿Me estás diciendo que puedes vivir sin tu escopeta? —me pregunta.

—Tal vez no —respondo—. Pero conozco a un buen armero en Piltóver.

—Piltóver... —dice, perdido entre sus pensamientos.

—Hay mucho dinero circulando ahí en estos momentos —digo.

Fate se concentra por un momento.

—Hmm. No estoy seguro de si me gustaría que fuéramos socios de nuevo... eres más estúpido de lo que ya solías ser —dice finalmente.

—Está bien. No sé si me gustaría tener un socio que se llame Twisted Fate. ¿A quién demonios se le ocurrió ese nombrecito?

—Bueno, es mil veces mejor que mi verdadero nombre —dice Fate entre risas.

—Tienes razón —admito.

Sonrío. Se siente como en los viejos tiempos. Enseguida borro toda expresión de mi rostro y lo miro directamente a los ojos.

—Solo tengo una condición: si se te ocurre dejarme a mí otra vez cargando la bolsa, te vuelo la condenada cabeza. Y sin derecho a réplica.

Fate acalla su risa y me devuelve la mirada por un momento. Luego de un rato, sonríe.

—Es un trato.

Referencias

 v · e
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