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Historia corta

Mareas de Fuego: Segundo Acto

Por Scott Hawkes, George Krstić, Anthony Reynolds Lenné, John O'Bryan

Lore

Lucha en los muelles, el Puente del Carnicero, una ráfaga

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Narrado por Graves Graves.

Estoy tosiendo negro. El humo del incendio de la bodega me carcome los pulmones, pero no tengo tiempo para recobrar el aliento. Fate se escapa. Preferiría morir antes que pasar otra eternidad acechándolo por toda Runaterra. Es tiempo de ponerle punto final.

El bastardo me ve venir. Empuja a un par de estibadores para sacarlos de su camino y corre a lo largo del muelle. Está tratando de trazar su vía de escape, pero le estoy pisando los talones; así le será imposible concentrarse.

Hay más Ganchos pululando en el perímetro, como moscas en una letrina. Antes de que puedan interponerse en su camino, Fate lanza un par de sus cartas explosivas y acaba con los matones. Un par de Ganchos no son nada para él. Pero yo sí. Lo voy a hacer pagar y Fate lo sabe. Se escabulle por el muelle tan rápido como puede.

Su riña con los matones del embarcadero me da el tiempo suficiente para alcanzarlo. Cuando me ve, se lanza tras una enorme pila de vértebras de ballena. Con un disparo de mi arma acabo con su escondite al tiempo que una multitud de huesos vuela por los aires.

Me responde tratando de arrancarme la cabeza, pero logro dispararle a su carta en pleno vuelo. Explota como si fuera una bomba y nos envía de rodillas al suelo. Se pone de pie rápidamente y huye. Le disparo con Destino a todo lo que da.

Algunos Ganchos se nos acercan con cadenas y sables. Doy un giro violento y les vuelo las entrañas hasta que se les salen por las espaldas. Echo a correr antes de poder escuchar el golpe húmedo de sus tripas estrellándose contra el embarcadero. Pongo la mira en Fate, pero me interrumpe el disparo de una pistola. Se aproximan más Ganchos, mejor armados.

Me escondo tras el casco de un viejo arrastrero para regresarles el fuego. Mi gatillo suena sin más. Tengo que recargar. Inserto munición nueva en el cilindro, escupo mi enfado en el piso y me sumerjo de nuevo en el caos.

A mi alrededor veo cajas de madera en pedazos, reventadas a punta de disparos y explosiones. Un disparo me arranca una buena parte de la oreja. Me armo de valor y empiezo a abrirme camino con el dedo en el gatillo. Destino acaba con quien se le ponga al frente. Un Gancho Dentado pierde la mandíbula. Otro sale volando en dirección a la bahía. Un tercero queda reducido a un puñado de tendones y músculos.

En medio del caos, diviso a Fate escapando hacia los rincones más lejanos de los muelles del matadero. Paso corriendo por el lado de un pescadero colgando anguilas de caza. Acaban de despellejar a una; sus tripas seguían desparramándose por el muelle. El hombre se voltea hacia mí empuñando su gancho de carnicero.

BAM.

Le vuelo una pierna.

BAM.

Continúo con un tiro en la cabeza.

Aparto el cadáver pestilente de un pez navaja de mi camino y sigo avanzando. La sangre acumulada de los peces y los Ganchos que derribamos me llega hasta los tobillos. Suficiente para que a un tipo elegante como Fate le dé un ataque. Incluso conmigo detrás de él, desacelera el paso para no mancharse las faldas.

Antes de que pueda alcanzarlo, Fate se echa a correr. Siento que me quedo sin aliento.

—¡Date la vuelta y enfréntame! —le grito.

¿Qué clase de hombre no se hace cargo de sus problemas?

Un ruido a mi derecha reclama mi atención hacia un balcón con dos Ganchos más. Le disparo, se derrumba y cae en pedazos hacia el muelle.

El humo de la pistola y los escombros es muy denso. No puedo ver un demonio. Corro hacia el sonido de sus delicadas botas que retumban contra las tablas de madera. Se está haciendo camino hacia el Puente del Carnicero, al borde de los muelles del matadero. La única salida de la isla. Por nada del mundo dejaré que se me escape de nuevo.

Al llegar al puente, Fate se detiene en seco a medio correr. Al principio pienso que se va rendir. Luego me doy cuenta de por qué se detuvo: En el otro extremo, una masa de bastardos con espadas se interpone en su camino. Pero yo no pienso detenerme.

Fate voltea para evitar el filo de las espadas, pero solo se topa conmigo. Soy su pared. Está atrapado. Mira a un costado del puente, en dirección al agua. Está pensando en saltar, pero sé que no lo hará.

Ya no le queda alternativa. Comienza a caminar en dirección a mí.

—Mira, Malcolm. Ninguno de los dos tiene que morir aquí. Tan pronto como salgamos de esta…

—Te vas a largar corriendo de nuevo. Como siempre lo has hecho.

No me responde nada. De pronto ya no le preocupo demasiado. Me doy vuelta para ver a qué le presta tanta atención.

Detrás de mí, veo cómo todas las escorias capaces de cargar una pistola o una espada invaden los muelles. Gangplank debe haber llamado a sus muchachos de todas partes de la ciudad. Seguir avanzando solo firmaría nuestra sentencia de muerte.

Por otro lado, morir no es mi mayor preocupación el día de hoy.

Se acercan, sobre el abismo, dar el salto

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Narrado por Twisted Fate Twisted Fate.

Los Ganchos no tienen motivo para apresurarse. Ya no. Saben que nos tienen atrapados. Detrás de ellos, parece que todos los asesinos y sabandijas despiadados en Aguasturbias estuvieran diciendo presente. No hay vuelta atrás.

En el extremo más lejano del puente, bloqueando mi ruta de escape hasta el laberinto de las barriadas de Aguasturbias, aparece ni más ni menos que toda la banda de los Sombreros Rojos. Ellos dominan el lado este de la ribera. Sirven a Gangplank, al igual que los Ganchos Dentados y casi toda la maldita ciudad.

Graves está a mis espaldas, acercándose más con cada pisada. Al obstinado hijo de perra no le interesa el desastre en el que nos vinimos a meter. Realmente me cuesta creerlo. Aquí estamos otra vez, como hace tantos años. Hasta las rodillas de problemas y no logro que me escuche.

Me gustaría poder contarle qué fue lo que ocurrió realmente aquel día, pero no tendría sentido. No me creería ni por un segundo. Una vez que se le aloja un pensamiento en el cráneo, extirpárselo toma su tiempo. Claramente, el tiempo es algo que no nos sobra.

Me retiro hacia un costado del puente. Cerca del riel veo malacates y poleas suspendidos debajo de mí, a muchos metros sobre el océano. Mi cabeza da vueltas y mi estómago se me cae hasta las botas. Cuando vuelvo al centro del puente, me doy cuenta de la encrucijada en la que me he metido.

A la distancia puedo ver el barco de velas negras de Gangplank. Desde ahí se nos aproxima ni más ni menos que una armada de botes a toda marcha. Al parecer todos sus hombres vienen en camino.

No puedo escapar ni de los Ganchos, ni de los Sombreros, ni del cabeza dura de Graves.

Solo me queda una salida.

Pongo un pie sobre la verja del puente. No me había percatado de la altura. El viento azota mi abrigo y hace que se agite como vela al viento. Jamás debí volver a Aguasturbias.

—Sal de ahí ahora mismo —dice Graves. Estoy seguro de haber notado una cuota de desesperación en su voz. Quedaría destrozado si muriera antes de obtener la confesión que tanto ha buscado.

Respiro profundo. La caída sí que es larga.

—Tobías —dice Malcolm—. Retrocede.

Me detengo. Hacía mucho que no escuchaba ese nombre.

Un momento después, doy el salto.

El espectáculo, un observador, cae la noche

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La Hidra Descarada era una de las pocas tabernas de Aguasturbias que no tenía aserrín en el piso. No era frecuente que un trago terminara en el suelo; para que hablar de un charco de sangre. Pero esta noche, el bullicio se escuchaba hasta allá por el Risco del Saltador.

Hombres de relativa reputación y mejores recursos echaban sapos y culebras cantando melodías fantásticas sobre las peores fechorías que habían cometido.

Y ahí, en medio del tumulto, una persona conducía el jolgorio de la noche.

Se contoneaba brindando a la salud del capitán del puerto y todos sus serenos. Su brillante cabello rojo se movía con soltura y cautivaba la mirada de todos los hombres presentes, quienes de todas formas no habían puesto los ojos en nada que no fuera ella.

Aunque la sirena de cabello carmesí se había asegurado de que ninguna copa quedara vacía esta noche, los hombres no se sentían atraídos hacia ella por la mera alegría de estar borrachos. Lo que anhelaban era la gloria de contemplar su siguiente sonrisa.

Con la taberna todavía rebosando de júbilo, se abrió la puerta principal, desde donde apareció un hombre vestido de manera sobria. Pasando tan desapercibido como solo es posible tras años de práctica, caminó hacia la barra y pidió un trago.

La joven mujer tomó un vaso recién servido de cerveza ambarina de entre un mostrador destartalado.

—Amigos míos, me temo que debo retirarme —dijo la dama con un gesto dramático.

Los hombres del puerto le respondieron con sendos alaridos de protesta.

—Bueno, bueno. Ya la pasamos bien —dijo en tono de tierno reproche—. Pero tengo una noche ajetreada por delante y ustedes ya van tarde si pretenden llegar a sus puestos.

Sin bacilar, se subió a una mesa, pero antes miró a todo el mundo a su alrededor con un dejo de regocijo y triunfo.

—¡Que la Serpiente Madre tenga piedad por nuestros pecados!

Les concedió la más cautivante de sus sonrisas, se llevó la jarra a los labios y bebió la cebada de un solo trago.

—¡En especial los más grandes! —dijo golpeando el vaso contra la mesa.

Se limpió la cerveza de la boca entre un estruendo apoteósico de aprobación y le lanzó un beso a la multitud.

Enseguida todo el mundo se retiró, como súbditos tras su reina.

El amable capitán del puerto le sostuvo la puerta a la dama. Esperaba conseguir una última mirada de aprobación, pero ella ya caminaba por las calles antes de que pudiera fijarse en su cortés y tambaleante reverencia.

Fuera de la taberna, la luna se había ocultado tras el Nidal del Manumiso y las penumbras de la noche parecían extenderse hasta alcanzar a la mujer. Cada paso que la alejaba de la taberna era más resoluto y seguro que el anterior. Su fachada despreocupada se había disuelto para revelar su verdadero ser.

Ya no quedaba un ápice de lo que hace unos segundos inspiraba alegría y entusiasmo. Miró con desaliento, no hacia las calles ni a los callejones alrededor suyo, sino a lo lejos, pensando en las miles de posibilidades que traía consigo esta noche.

Detrás de ella, el hombre de atuendo sencillo de la taberna le seguía el paso. Su pisada era silenciosa, pero desconcertantemente veloz.

En el lapso de un latido, sincronizó sus pasos a la perfección con los de ella, a unos centímetros de su hombro, justo fuera de su campo visual.

—¿Está todo en orden, Rafen? —preguntó ella.

Después de todos estos años, aún no podía creer que todavía no fuera capaz de sorprenderla.

—Sí, Capitana —dijo.

—¿No te detectaron?

—No —contestó resentido, luego de controlar su disgusto por la pregunta—. El capitán del puerto no tenía a nadie vigilando y en el barco no había ni una mosca.

—¿Y el chico?

—Hizo su parte.

—Muy bien. Nos vemos en el Sirena.

Luego de recibir su orden, Rafen se alejó y desapareció entre la oscuridad.

Ella siguió adelante mientras la noche la envolvía. Todo estaba puesto en marcha. Solo faltaba que los actores empezaran con el espectáculo.

El salto, unas botas finísimas, naranjas

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Narrado por Twisted Fate Twisted Fate.

Escucho rugir a Graves mientras me zambullo. Todo lo que alcanzo a ver es la cuerda debajo de mí. No es tiempo de pensar en la caída o en las desconocidas y tétricas profundidades.

Todo se vuelve una mezcla borrosa de vientos huracanados.

Casi grito de alegría cuando alcanzo la cuerda, pero me quema la mano como un fierro al rojo vivo. Mi caída se detiene súbitamente cuando llego al punto de amarre.

Me quedo ahí por un momento, maldiciendo.

Había escuchado que caer al agua de una altura como esta no bastaba para matar a un hombre, pero prefiero correr el riesgo de lanzarme hacia el muelle de carga de piedra del que me separan al menos unos quince metros. Moriré, pero prefiero mil veces eso que ahogarme.

Entre donde estoy y la plataforma de piedra hay un par de cables de trabajo pesado que se extienden de aquí al continente, uno de ida y el otro de vuelta. Los impulsan unos mecanismos ruidosos y rudimentarios. Se utilizan para transportar partes faenadas de las bestias marinas a los mercados de todo Aguasturbias.

Los cables vibran mientras un balde pesado y oxidado, tan grande como una casa, surca su camino hacia mí.

Dejo que una sonrisa se dibuje en mi cara por un segundo. Al menos hasta que veo lo que está en el interior del carro. Estoy a punto de caer con los pies por delante a una cuba humeante de órganos de pescado.

Tardé meses en ganarme la moneda que pagué por estas botas. Flexibles como la gasa y fuertes como el acero templado, son una obra artesanal fabricada con la piel de un dragón marino abisal. Hay menos de cuatro pares en todo el mundo.

Demonios.

Coordino mi salto con precisión y aterrizo justo en medio del balde de bocado. El cebo frío se cuela por todas las fibras cosidas a mano de mis preciadas botas. Por lo menos mi sombrero sigue limpio.

De pronto escucho el ladrido de la maldita escopeta una vez más.

La línea de amarre explota.

El carro emite un chillido al liberarse de los cables. Me quedo sin aire cuando el balde se estrella contra la plataforma de piedra. Siento que los cimientos del muelle tiemblan antes de volcarse hacia un lado.

Todo cae sobre mi cabeza, incluida una tonelada de vísceras de pescado.

Lucho por mantenerme de pie mientras busco otra salida. Siento que los barcos de Gangplank se aproximan. Ya casi están aquí.

Me arrastro mareado hacia un bote pequeño atracado en el muelle de carga. No alcanzo a llegar a la mitad del tramo cuando un escopetazo le abre el casco de par en par hasta echarlo a pique.

Viendo cómo el bote se hunde, caigo al suelo de rodillas, muerto de cansancio. Trato de recuperar un poco el aliento soportando mi propio hedor. Malcolm está de pie junto a mí. De algún modo consiguió llegar hasta aquí también. Claro que pudo lograrlo.

—Ya no te ves tan elegante, ¿eh? —Graves sonríe y me mira de arriba abajo.

—¿Cuándo vas a aprender? —digo, poniéndome de pie—. Cada vez que intento ayudarte, me...

Graves le dispara al suelo en frente de mí. Estoy seguro de que algo me golpeó la espinilla. —Si solo me escucha...

—Ya te escuché lo suficiente, amigo mío —me interrumpe, mascullando cada palabra—. Era el atraco más grande de nuestras vidas y tú te escapas antes de que pudiera darme cuenta.

—¿Antes de qué? Te lo dije...

Le sigue otro disparo y otra lluvia de piedras, pero ya me tiene sin cuidado.

—Traté de que saliéramos de ahí. Todos los demás nos dimos cuenta de que nada estaba saliendo como esperábamos —le dije—. Pero tú no querías ceder. Como siempre —la carta está en mi mano antes de siquiera darme cuenta.

—Te lo dije entonces, todo lo que debías hacer era apoyarme. Habríamos salido de ahí, felices y forrados. Pero tú optaste por correr —me dice, dando un paso adelante. El hombre que solía conocer parece haberse perdido tras una capa de odio acumulada durante años.

No intento decir otra palabra. Ahora lo veo en sus ojos. Algo dentro de él se quebrantó.

Por sobre su hombro veo un resplandor; es un mosquete de chispa. La vanguardia de la tropa de Gangplank viene hacia nosotros.

Lanzo una carta sin pensarlo. Atraviesa el aire justo en dirección hacia Graves.

Su arma da un tronido.

Mi carta acaba con uno de los hombres de Gangplank. Su pistola estaba apuntando a la altura de la espalda de Malcolm.

Detrás de mí, otro miembro de su banda cae al suelo empuñando un cuchillo. Si Graves no le hubiera disparado, podría haber acabado conmigo sin más.

Ambos nos miramos. No perdimos el hábito.

Los hombres de Gangplank ahora nos rodean por todas partes, acercándose cada vez más entre aullidos y abucheos. No podemos luchar contra tantos.

A Graves eso no lo detiene. Levanta su arma y se da cuenta de que no le quedan balas.

No saco ninguna carta. No tiene sentido.

Malcolm da un rugido y se abalanza contra ellos. Esa es su forma de hacer las cosas. Con la culata de la pistola, le quiebra la nariz a un bastardo, pero la turba le da una paliza.

Siento que unas manos me agarran y me contienen los brazos. Levantan a Malcolm del suelo. Cae sangre de su rostro.

De pronto dejo de oír los gritos y aullidos de la turba. Siento escalofríos.

La muralla de matones se retira para darle paso a una silueta, un hombre con un abrigo rojo que se dirige a nosotros.

Es Gangplank.

De cerca es mucho más grande de lo que imaginaba. Y más viejo. Las líneas de su cara son profundas y definidas.

Con una mano sostiene una naranja mientras le quita la cáscara con una navaja para tallar. Lo hace lentamente, concentrándose en cada corte.

—Cuéntenme, camaradas —dice. Su voz es un gruñido ronco y profundo—. ¿Les gustan los tallados en hueso?

Referencias

 v · e
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