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Maokai
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"Me rodean carcasas vacías, sin alma e impasibles... pero yo haré que teman."
- Maokai Maokai

Maokai es un imponente y feroz treant que lucha contra los horrores antinaturales de las Islas de la Sombra. Las ansias de venganza lo inundaron después de que un cataclismo mágico cataclismo mágico destruyera su hogar y sobrevive a la podredumbre únicamente gracias las aguas de vida imbuidas en su duramen. Maokai, antaño un pacífico espíritu de la naturaleza, lucha ahora con fiereza para desterrar la plaga de no-vida de las Islas de la Sombra y restituir la anterior belleza de su hogar.

Treant Retorcido

En tiempos inmemoriales, una cadena de islas emergió de las profundidades del océano como tejas negras de roca y arcilla. Con su creación, nació el espíritu de la naturaleza Maokai. Adoptó forma de treant, con un prominente cuerpo cubierto de corteza y largas extremidades como ramas. Maokai sintió la soledad profunda de la tierra y su potencial de exuberancia. Vagó de isla en isla en busca de señales de vida, cada vez más abandonado en su soledad.

En una isla montañosa, cubierta por un suelo mullido y rico, Maokai percibió una energía ilimitada que emanaba desde las profundidades de la tierra. Hincó sus grandes raíces hasta que alcanzaron unas aguas mágicas que otorgaban vida y bebió desmesuradamente. Tras beber el potente líquido, surgieron de él cientos de brotes brotes que plantó por todas las islas.

Pronto, la tierra estuvo cubierta con un manto de bosques verdes, arboledas de elevados pinos y enredadas espesuras, todo impregnado de una magia maravillosa. Los árboles alcanzaban el cielo con sus densos follajes, con gruesas y sinuosas raíces que cubrían las islas de una exuberante frondosidad. Los espíritus de la naturaleza se sentían atraídos por tan abundante vegetación y los animales disfrutaban en el fértil verdor.

Cuando los humanos llegaron finalmente a las islas, también prosperaron en la abundancia de la tierra y formaron una sociedad cultivada de eruditos entregados al estudio de los misterios del mundo. Aunque Maokai era consciente de su presencia, comprobó que respetaban la espiritualidad de la tierra. Los humanos se dieron cuenta de la profunda magia que albergaba el bosque, por lo que construyeron sus casas en zonas poco frondosas para evitar molestar a los espíritus de la naturaleza. Maokai se manifestó directamente ante aquellos en los que confiaba y los bendijo con el conocimiento acerca de las frondosas islas, incluido su mayor don, el manantial subterráneo que podía curar heridas mortales.

Pasaron los siglos, y Maokai vivió inmerso en una alegría idílica hasta que una flota de soldados encalló en las costas de la isla. Maokai notó que sucedía algo terrible. Su rey rey, enloquecido por la pena, cargaba con el cadáver de su reina y, con la esperanza de revivirla, bañó su carne putrefacta en las aguas sanadoras. La reina, reanimada como un cadáver en descomposición, pidió volver a la muerte. El rey trató de deshacer el proceso, pero lo que logró fue lanzar inconscientemente una terrible maldición sobre la tierra.

A leguas de distancia, Maokai percibió las primeras ondas del desastre que pronto devastaría las islas. Sintió que una fuerza espeluznante se congregaba bajo el suelo y un amargo escalofrío lo recorrió de arriba abajo.

La devastación seguía propagándose, así que Maokai hincó las raíces desesperadamente en las profundidades para beber del agua sanadora, empapando cada fibra de su ser de magia. Antes de que le alcanzaran las aguas malditas, Maokai retiró las raíces, cortando toda conexión con el manantial. Aulló de rabia por la total corrupción de la reserva sagrada que había confiado a los hombres. Se crearon remolinos bajo el agua que se revolvieron hasta que no quedó nada puro.

Unos momentos después, la niebla que rodeaba las islas se ennegreció y se extendió por toda la tierra, atrapando a todos los seres vivos en un estado antinatural entre la vida y la muerte. Maokai observó impotente cómo todo lo que conocía (plantas, espíritus de la naturaleza, animales y humanos) se convertía en sombras miserables. Su furia aumentó: la gran belleza que había cultivado con sus pequeños brotes se había arruinado en un instante en las despreocupadas manos de los humanos.

La bruma enervante envolvió a Maokai, quien lloró hasta que las brillantes flores que adornaban sus hombros se marchitaron y se deshicieron. Su cuerpo se estremeció y se contorsionó hasta convertirse en una masa de raíces retorcidas y ramas enredadas, y la Niebla intentó succionarle la vida. Pero el duramen de Maokai estaba empapado con las preciosas aguas de la vida, y eso lo salvó del terrible destino de la no muerte.

Al tiempo que la tierra se plagaba de espectros grotescos y abominaciones horribles, una horda de hombres sin vida apareció frente a Maokai. Golpeó a los espíritus con sus extremidades extremidades en forma de rama con una violencia desatada, y se dio cuenta de que la fuerza de sus golpes podía convertirlos en polvo. El pensamiento le estremeció: nunca antes había matado. Se revolvió frenéticamente contra las formas sin aliento, pero vinieron cientos más a por él y, al final, tuvo que retroceder.

Con su hogar diezmado y sus compañeros convertidos en horrores inmortales, Maokai sintió la tentación de escapar de la pesadilla de las islas. Pero desde lo más profundo de su cuerpo retorcido, percibió la vida que le proporcionaban las aguas sagradas. Había sobrevivido a la Ruina por portar el mismo corazón de las islas en su interior y ahora no abandonaría su hogar. Como primer espíritu de la naturaleza de las Islas Bendecidas, se quedaría y lucharía por el alma de su tierra.

Aun rodeado de hordas infinitas de enemigos maliciosos y de una niebla ensombrecedora, Maokai lucha para conquistar el mal que infesta las islas arrastrado por un ardiente sentimiento de venganza. Su único placer procede de la salvaje violencia que inflige a los espectros sin alma que merodean por su tierra.

Maokai combate la Niebla y los espectros inmortales, acabando con su dominio en alguna arboleda o matorral. Aunque lleva una era sin surgir nueva vida en este suelo maldito, Maokai se esfuerza por crear pequeños refugios, aunque sean temporales, pero libres de lamento y putrefacción.

Mientras Maokai siga luchando, habrá esperanza, pues su duramen está empapado de las aguas incorruptas de la vida, la última oportunidad que queda para que la isla se recupere. Si la tierra vuelve a su estado de júbilo, Maokai dejará de estar retorcido. El espíritu de la naturaleza trajo la vida a estas islas ya hace mucho tiempo, y no pretende descansar hasta que vuelva a florecer.

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