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Historia corta

Los Ecos que Quedaron Atras

Por Anthony Reynolds Lenné

La sangre se acumulaba debajo de él, era carmesí brillante contra la impoluta piedra blanca. Su espada yacía a un costado, con el filo roto. Sus asesinos estaban de pie a su alrededor, había sombras en la periferia, pero él solo podía verla a ella.

Lore

La sangre se acumulaba debajo de él, era carmesí brillante contra la impoluta piedra blanca. Su espada yacía a un costado, con el filo roto. Sus asesinos estaban de pie a su alrededor, había sombras en la periferia, pero él solo podía verla a ella.

Sus ojos lo miraban sin verlo. Su rostro salpicado de sangre se reflejaba en su mirada. Estaba tirado sobre su costado. Su respiración era superficial y débil.

La mano inerte de ella estaba fría, pero él no sentía nada. La calma descendió sobre él como un sudario. No había dolor, no había miedo, no había duda. Ya no más.

Sus dedos acorazados apretaron la mano de ella. No pudo estar con ella en vida, pero lo estaría en la muerte.

Por primera vez en lo que parecía ser una eternidad, se sintió en paz.

—Hola, LoR Non-Champion Non-Spell Indicator.png9 Ledros—, dijo una voz que no tenía por qué estar ahí.

Ledros... Su nombre.

Era una risa malévola y burlona, junto con el tintineo de unas cadenas.

—No sé por qué te haces esto, pero disfruté verte sufrir—.

La realidad le cayó encima como un maremoto, amenazando con arrastrarlo.

La sangre que estaba debajo suyo tenía siglos ahí, descascarillada y marrón. La piedra no era blanca, sino negra y agrietada. El cielo estaba lleno de nubes turbulentas y negras que se alumbraban con los relámpagos.

Y, por todas partes, se enroscaba la Niebla Negra.

Ella siguió ahí por un momento y él, incapaz de dejarla ir, se aferró a ella.

—Mi amor—, suspiró, pero ella se desvaneció, como la ceniza en el viento, y quedó prendado a la nada.

Él estaba muerto.

Y estaba atrapado aquí, en este intermedio perpetuo.

Ledros se levantó y recogió el resto destruido de su espada.

Dirigió el filo fantasmal hacia aquel que había hecho trizas la ilusión de su recuerdo. El espíritu rencoroso merodeaba en la oscuridad mirándolo con malicia, sus ojos ardían con una llama helada. Su linterna maldita estaba sobre un derruido pedazo de mampostería, irradiando rayos de luz muerta, sus almas prisioneras retorciéndose de dolor.

El Carcelero Implacable. Thresh Thresh.

Cómo lo odiaba.

El espíritu maldito lo había acechado durante lo que parecían ser siglos, insultándolo y burlándose de él. ¿Ahora había logrado encontrarlo aquí? Este era su santuario, el único lugar en el que podía experimentar un breve momento de paz antes de que el horror de la realidad volviera a imponerse.

—¿Por qué estás aquí?— reclamó Ledros. Su voz sonaba opaca y hueca, como si estuviera hablando desde un espacio o un tiempo muy lejanos.

—Esta vez te perdiste por un buen tiempo—, dijo Thresh. —Meses. Tal vez años. Ya perdí la cuenta—.

Ledros bajó su espada y observó con atención sus alrededores.

Recordaba este lugar tal y como había sido antes: la piedra blanca y el oro reluciente bañados por la luz del sol. La niebla blanca protectora coronaba las islas, manteniendo fuera a los intrusos. Cuando arribaron por primera vez, parecía ser un territorio amado por los dioses: un lugar de riqueza, sabiduría y maravillas, sin las huellas del hambre o de la guerra. Eso lo había hecho más fácil. Hubo poca resistencia.

Ya no había sol. Todo era oscuridad. Los restos quebrados de la biblioteca sobresalían, como si fuera un gran cadáver disecado. Había trozos de mampostería suspendidos en el aire, paralizados en medio de una explosión. Fue un tonto al pensar que los dioses amaban este lugar, ya que era claro que lo habían abandonado.

Cada vez que volvía a emerger de la locura amorfa de la Niebla Negra para obtener de nuevo una figura, arribaba ahí, al sitio en el que su cuerpo mortal había caído, hacía ya tanto tiempo. Siempre era lo mismo. Nada cambiaba.

Sin embargo, quien lo esperaba era alguien más, alguien nuevo. No era un cambio que agradecía.

Por inercia, tomó el dije que siempre usaba en el cuello... pero no estaba ahí.

—No...—. El resplandor de la luz cadavérica que brillaba dentro de él estalló en pánico creciente.

—Una hermosa baratija—, dijo Thresh.

Ledros giró la cabeza, sus ojos ardían. Thresh sostenía una cadena corta de la cual pendía un fino dije de plata con dos rosas grabadas; sus hojas y tallos se entrelazaban como el abrazo de dos amantes.

Ardiente y repentina, la furia creció en Ledros; su espada brilló al dar un paso hacia Thresh. Había sido un hombre corpulento en vida, iracundo y violento, nada menos que el campeón del rey. Se irguió sobre Thresh.

—Eso... es... mío—, siseó.

El Carcelero Implacable no huyó ante su presencia, como lo hubieran hecho los espíritus de menor grado. La mueca de muerte que conformaba su rostro era difícil de interpretar, pero sus ojos denotaban un cruel regocijo.

—Eres una aberración, Ledros—, le dijo, balanceando el dije frente a él. —Algunos dirían que todos lo somos, pero tú eres diferente. Tú sobresales. Aquí, tú eres la verdadera anormalidad—.

—Dámelo—, gruñó Ledros, su espada estaba lista. —Te haré pedazos—.

—Puedes intentarlo—, dijo Thresh. Hablaba con amabilidad, pero sus ojos ardían, deseosos de violencia. Suspiró. —Pero esto no nos llevará a ningún lado. Ten. Tómalo. No significa nada para mí—.

Lo lanzó con un movimiento despectivo. Ledros lo atrapó en uno de sus guanteletes negros, su brazo se movió con una rapidez contradictoria a su tamaño. Abrió su inmenso puño para inspeccionar el dije. Estaba intacto.

Ledros enfundó su espada y se quitó el casco de púas. Su rostro era vacuo, un eco fantasmagórico de lo que había sido en vida. Un viento frío azotó el paisaje maldito, pero él no lo sintió.

Se colgó su preciado dije y se puso de nuevo su casco.

—¿Acaso no desearías ver el final de esta existencia vil, Carcelero Implacable?— dijo Ledros. —¿Para finalmente estar en paz?—.

Thresh negó con la cabeza, riéndose. —Tenemos aquello que los mortales han deseado desde tiempos inmemoriales: vida eterna—.

—Nos vuelve prisioneros—.

Thresh sonrió con satisfacción y se dio la vuelta, las cadenas y los ganchos que colgaban de su cinturón repiquetearon. Su linterna iba a un costado suyo, aunque no la estuviese cargando.

—Te aferras desesperadamente al pasado, a pesar de que se escurre entre tus dedos, como la arena de un reloj—, dijo Thresh —y permaneces ciego ante la maravilla que nos otorgaron. Nos ha convertido en dioses—.

—Es una maldición—, masculló Ledros.

—Vete, campeón de la espada—, dijo Thresh, con un ademán desdeñoso para que Ledros se marchara. —Ve, encuentra a tu amante. Quizás esta vez incluso te recuerde...—.

Ledros permaneció muy quieto, sus ojos se entrecerraron.

—Dime algo—, dijo Thresh. —Buscas salvarla, ¿pero de qué? Ella no parece estar atormentada. Tú, por el contrario...—.

—Mide tus palabras, carcelero—, gruñó Ledros.

—¿Haces esto por su bien? ¿O por el tuyo?—.

Thresh ya había hablado con esa intención anteriormente. Estaba empeñado en burlarse de los esfuerzos de Ledros.

—Yo no soy uno de tus juguetes, carcelero—, dijo Ledros. —No cometas el error de pensar en que puedes jugar conmigo—.

Thresh sonrió, mostrando unos dientes de depredador, parecidos a los de un tiburón.

—Por supuesto que no—, dijo.

Con un ademán, Thresh llamó a su linterna. Esta se acercó velozmente, para colocarse justo debajo de las garras de su mano estirada. Ledros pudo ver en la brillante luz muerta de la linterna rostros de angustia, presionados contra aquello que los encerraba, antes de desvanecerse para ser reemplazados por otros: un desfile terrorífico de almas atormentadas. Thresh sonrió al saborear su dolor.

—Yo no necesito torturarte—, dijo. —Eso ya lo haces tú solo—.

El Carcelero Implacable se sumergió en la oscuridad, dejando a Ledros completamente solo.

Un viento hueco surcó la ciudad destruida, pero él no lo sintió.

Solo podía sentirla a ella.

Ella estaba cazando.

Ledros entró en la niebla, dejando que fluyera a su alrededor. Después, se desplazó a través de ella.

La Niebla Negra se retorció alrededor suyo, llena de odio, ira y miedo, pero él permaneció impávido, preservando su noción de identidad. Fue atraído hacia ella como una polilla hacia la luz, ignorando el peligro. Deambuló a lo largo de lo que alguna vez fueron las Islas Bendecidas, pasó por páramos divididos por las revueltas aguas de los estrechos. Él podía ir a cualquier sitio al que fuera la Niebla Negra, extendiéndose ciegamente, buscando, siempre en la búsqueda. Esta era su sombría prisión.

Su ardiente presencia en la oscuridad lo atraía. Ella estaba cerca. Al sentir su presencia, descendió de nueva cuenta de la niebla.

Estaba de pie en medio de un bosque ennegrecido, sus árboles marchitos y muertos, sus ramas secas y rotas. Los ecos de las hojas, antaño caídas, reverberaban en la memoria de una brisa mucho más gentil que el vendaval frío que ahora aullaba a través del bosque muerto.

Percibió movimiento entre los árboles. Sus pesadas botas resonaban en la tierra ennegrecida mientras él comenzaba el acecho.

Su escudo de hierro estaba atado a su brazo izquierdo, a pesar de que no recordaba haberlo sujetado allí. Desenfundó su espada. El cuero envuelto alrededor de su empuñadura se había podrido hacía ya mucho tiempo y, aunque la espada estaba rota, a una distancia significativa del agarre, el contorno fantasmal de su longitud original podía vislumbrarse como un resplandor tenue. Fracturada y corroída por los embates del tiempo, era una sombra de su antigua majestuosidad. El rey se la había obsequiado, durante esos tiempos en los que el monarca era un hombre admirable y querido.

La superficie de la tierra descendía de forma pronunciada, pero él se mantenía en los terrenos elevados, siguiendo una cresta señalizada con piedras sobresalientes y raíces retorcidas. Ahora podía verlos: espíritus sombríos sobre corceles espectrales, galopando a través de la cañada que estaba debajo. Se movían velozmente, zigzagueando entre los árboles, dirigiéndose hacia el este, hacia un sol que nunca más saldría por esas costas.

Se movían al unísono, como un grupo de caza; sin embargo, ellos eran la presa.

Ledros emprendió la carrera, siguiendo su ritmo.

Una voz retumbó entre los árboles.

—Vamos por ustedes, traidores...—.

No hablaba como una voz individual, sino como veinte o más, superpuestas y traslapadas, una legión de almas hablando como una sola. La más fuerte de ellas era una que él conocía muy bien.

Ledros apretó el paso, corriendo rápido y bajo. Los jinetes que estaban debajo se vieron forzados a zigzaguear entre formaciones rocosas gigantescas y troncos disecados de árboles ancestrales. Esto los ralentizaba, mientras que la cumbre por la que él andaba era recta. Los rebasó con rapidez y se adelantó a los espíritus perseguidos.

Ledros giró abruptamente, cruzando la orilla de un acantilado escarpado. Aterrizó en cuclillas en la base, unos diez metros más abajo, con la tierra crujiendo bajo sus pies.

Permaneció de pie en medio de un desfiladero estrecho en donde los contornos naturales del terreno habían creado un embudo. Los jinetes tendrían que atravesarlo.

Esperó con la espada desenfundada.

El primero de los jinetes apareció galopando, un ser compuesto de espíritu y metal torcido, una burla infame de lo que habían sido alguna vez los orgullosos jinetes de la Orden de Hierro. Ya no representaban nada para él, solo eran fragmentos llenos de odio de los hombres que alguna vez fueron.

El caballero sujetaba con arrojo una lanza oscura con una punta dentada y torcida, y de su casco salían grandes cuernos enroscados. Al avistar a Ledros, tironeó violentamente a su montura hacia un costado, provocando que esta gruñera y escupiera. Parecía que sus pezuñas, envueltas en sombras, no tocaban el suelo.

¿Acaso Ledros ya había matado a este caballero anteriormente? ¿O había sido uno de los sobrevivientes de su devastación, uno de sus asesinos?

Los demás jinetes aparecieron, frenando a sus corceles.

—Apártate, espadachín—, siseó uno de ellos.

—Nuestra pelea no es contigo—, dijo otro.

—Nuestra riña durará hasta el fin de los tiempos—, gruñó Ledros.

—Que así sea—, rugió otro de los caballeros letales. —¡Aplástenlo!—.

—No debieron detenerse—, dijo Ledros, con una sonrisa malévola en su rostro. —Craso error—.

Uno de los caballeros salió despedido de su montura, empalado por una lanza brillante. Su corcel se convirtió en humo en cuanto golpeó el suelo. El caballero gritó mientras también se desvanecía, condenado a unirse a la Niebla Negra una vez más. Ningún espíritu retornaba a la oscuridad por voluntad propia.

—¡Ella está aquí!—, gritó el jinete líder, haciendo girar a su montura para enfrentar la nueva amenaza.

Los demás estaban confundidos, atrapados entre el deseo de girar y pelear o de huir aterrorizados.

Hubieran corrido con mejor suerte si lo hubieran arrollado. Al menos algunos habrían escapado. Cuando se trataba de ella, todo volvería a la niebla.

Otro caballero fue arrancado de su montura cuando una lanza arrojada desde la niebla le dio en el pecho.

Entonces, ella apareció, serpenteando entre la penumbra como una leona cazadora, sus ojos brillando con una luz depredadora.

Kalista Kalista.

La mirada de Ledros se concentró de inmediato en las puntas de lanza etéreas que sobresalían de su espalda; al hacerlo, sintió una punzada en el centro de su ser, tan aguda como las cuchillas que le habían puesto fin a su propia vida.

Kalista caminó hacia delante con parsimonia, sostenía en una mano una lanza espectral. Un caballero arremetió contra ella, empuñando una lanza con forma de gancho, pero ella la esquivó con ligereza. Arrodillándose, arrojó su lanza y atravesó al caballero en pleno galope. Incluso durante el lanzamiento, ya estaba preparándose para enfrentar al siguiente enemigo.

Flexionó su mano y una nueva arma se materializó en su puño.

Una espada se dirigió hacia ella, pero Kalista la eludió con maestría, derribándola con el mango de su lanza, antes de balancearse fuera del alcance de las pezuñas del corcel del caballero. Tras saltar desde una roca ennegrecida, dio una vuelta en el aire y dirigió su lanza hacia el pecho del jinete, desvaneciéndolo en la oscuridad. Aterrizó en perfecto equilibrio, sus ojos fijos en su siguiente víctima.

En vida, Ledros nunca había conocido a una mujer tan fuerte como Kalista. En la muerte, ella era imparable.

Mientras los otros se concentraban en ella, dos de los caballeros arremetieron contra Ledros, tratando de escapar tardíamente de la meticulosa masacre de Kalista. Al hacerse a un lado en el último momento, Ledros golpeó con su pesado escudo al corcel del primer caballero, derribando a la bestia espectral, con sus patas dando coces y enviando por los aires a su jinete.

La lanza del segundo jinete hirió a Ledros en un costado, perforando su armadura y penetrando hasta la mitad de su tamaño. Sin embargo, Ledros se mantuvo firme y logró girar, golpeándolo con su espada. Picó al corcel en el cuello, un impacto que hubiera decapitado a la bestia si esta hubiera sido de carne y hueso. En cambio, explotó hacia la nada en un grito agudo. Su jinete se estrelló contra el suelo.

Mientras se levantaba, Ledros remató al guerrero fantasma con un pesado golpe de su escudo, lanzándolo hacia la punta de la lanza de Kalista. Su cacería, su víctima.

Ledros enfundó su espada y observó cómo ella destruía al último de los espíritus.

Alta y esbelta, Kalista no dejaba de moverse. Sus enemigos habían sido templarios marciales cuya destreza con las armas era legendaria; no obstante, ella se movía entre ellos sin esfuerzo, esquivaba estocadas de lanza y golpes de espada, elimininó a cada uno de ellos sucesivamente.

Cuando terminó, los únicos que quedaban de pie eran Kalista y Ledros.

—¿Kalista?—, dijo él.

Ella lo observó, pero no había ni una pizca de reconocimiento en su mirada. Su expresión era severa, como nunca lo fue en vida. Lo miró con frialdad, sin parpadear.

—Somos la Lanza de la Venganza—, respondió con una voz que no era solo suya.

—Tú eres Kalista, la Lanza del Trono Argento—, dijo Ledros.

Él conocía de antemano las palabras que ella pronunciaría, incluso antes de abrir su boca. Siempre era lo mismo.

—Somos el castigo—, dijo Kalista. —Pronuncia tu juramento o vete—.

—Tú eras la sobrina del rey a quien yo juré lealtad en vida—, dijo Ledros. —Nosotros... nos conocemos—.

Kalista lo miró por un momento, para después darse la vuelta y alejarse.

—Nuestra misión está incompleta—, dijo ella, sin mirar atrás. —Los traidores sufrirán nuestra ira—.

—Tu misión nunca podrá completarse—, dijo Ledros, apresurándose para alcanzarla. —¡Estás atrapada en una espiral interminable! Yo estoy aquí para ayudarte—.

—Los culpables serán castigados—, dijo Kalista, sin detener su marcha de vuelta hacia los árboles.

—Recuerdas esto, ¿no es así?—, dijo Ledros, mostrándole el dije que colgaba de su cuello. Ella hizo una pausa, como siempre. Era la única cosa que Ledros conocía que podía detener su retirada, aunque fuera solo por un instante. Lo que necesitaba era averiguar cómo podía prolongar ese momento.

Kalista se detuvo abruptamente, ladeando su cabeza hacia un costado mientras observaba el elegante dije. Trató de alcanzarlo, pero desistió antes de tocarlo.

—Traté de dártelo en una ocasión—, dijo Ledros. —Tú te negaste a aceptarlo—.

La incertidumbre rozaba sus ojos.

—Nosotros... yo... recuerdo—, dijo ella.

Lo miró, en verdad lo miró.

—Ledros—, dijo ella. Ahora, su voz era la suya, y por un momento ella fue la mujer a quien él recordaba. La mujer a la que había amado. Sus facciones se suavizaron, aunque fuera un poco. —Nunca hubiera podido darte lo que tú querías—.

—Ahora lo entiendo—, respondió Ledros —aunque en ese momento no pude hacerlo—.

Kalista miró a su alrededor, como si apenas ahora fuera consciente del lugar que la rodeaba. Miró sus manos, brillando desde dentro, etéreas como el humo. Ledros vio cómo la confusión de su rostro se tornaba en angustia. Después, sus facciones se endurecieron.

—Nunca debí haberlo traído aquí—, dijo Kalista. —Todo esto pudo haberse evitado—.

—No fue tu culpa—, dijo Ledros. —Sabía que la locura lo había poseído. Pude haber acabado con él antes de llegar a esto. Nadie habría cuestionado su muerte. Nadie la habría lamentado—.

—Él no siempre fue así—, dijo Kalista.

—No, pero el hombre a quien conocimos murió mucho antes de todo esto—, dijo Ledros, gesticulando a su alrededor.

—Tenemos una misión que cumplir—.

La esperanza se agitó dentro de él. Era un sentimiento poco conocido.

—Cualquiera que sea esa misión, la completaremos juntos, tal y como...—, dijo, pero sus palabras se esfumaron al darse cuenta de su error.

La máscara fría se posó de nueva cuenta sobre las facciones de ella; luego, se dio la vuelta y se alejó. La desolación se aferró a Ledros.

Había fracasado de nuevo, tal y como había sucedido en todas las ocasiones anteriores.

Se vio a sí mismo durante los primeros años tras la Ruina, persiguiendo a los espíritus de aquellos que la habían asesinado en vida, convencido de que si los destruía, ella sería libre. Pero no fue así. Había pasado incontables años obstinado en alcanzar ese objetivo, todo para nada.

Se vio a sí mismo cortando la cabeza del arrogante capitán de la caballería, Hecarim Hecarim, arrancándola de sus hombros y entregándosela a la niebla. Él había asestado el golpe final a Kalista; por mucho tiempo se había esforzado para terminar con él. Se enfrentaron una y otra vez, mientras los años, las décadas y los siglos pasaban, y las estrellas invisibles daban la vuelta. Pero la voluntad de Hecarim era férrea, por lo que él regresaba de la Niebla Negra, cada vez un poco más monstruoso que la anterior.

De cualquier manera, esto no cambiaba nada. Kalista se perdía cada vez más conforme absorbía los espíritus vengativos de los mortales que le juraban lealtad, buscando su ayuda contra sus propios traidores.

En una ocasión, reunió frente a frente a Kalista con Hecarim, una hazaña que le costó decenas de muertes. Él creyó que esa era la clave para liberarla finalmente y se regocijó al ver a la ahora monstruosa criatura que era Hecarim atravesada por una docena de lanzas que perforaban su imponente complexión... pero desterrarlo a la oscuridad no sirvió de nada. Solo fue un momento de satisfacción pasajera.

Nada cambió.

Tan solo era otro fracaso que se sumaba a su marcador creciente.

En algún momento, la desesperación lo orilló a la autodestrucción. La pureza del único amanecer que había visto desde que la sangre había dejado de correr por sus venas lo quemaba, su cuerpo intangible se disipaba como el vapor. La culpa de dejar atrás a Kalista lo desgarraba, pero se regocijaba en esa agonía, atreviéndose a pensar que por fin había sido liberado.

No obstante, fracasó en su búsqueda de la destrucción total, por lo que fue condenado de nueva cuenta a la locura de la Niebla Negra.

Todos los momentos precedentes a su destierro se tornaban difusos y se mezclaban en un desfile interminable de horror y derrota.

Rugió cuando un hechicero de piel púrpura hechicero de piel púrpura lo arrojó de nuevo hacia la oscuridad, haciéndolo añicos con magia rúnica. La satisfacción salvaje que había sentido cuando se unió a la carnicería en las calles de una putrefacta ciudad portuaria invadida por la Niebla Negra, le abrió paso al dolor repentino cuando lo lanzaron a la nada mediante la fe de brujas indígenas.

Se rio cuando una espada lo atravesó por completo, pero su diversión se convirtió en agonía cuando la espada estalló en luz abrasadora, quemándolo con la intensidad del sol.

Una y otra y otra vez, había sido condenado a la tortura de la Niebla Negra, pero él siempre regresaba. En cada ocasión, volvía a una tierra suspendida en estasis, despertando en el mismo sitio, de la misma manera.

Un ser con menos voluntad habría sucumbido a la locura hace mucho tiempo, como le sucedió a gran parte de los espíritus. Pero él no sucumbiría. El fracaso se aferraba a él, pero su voluntad era de hierro. Lo motivaba su determinación tenaz por liberarla. Eso era lo que aseguraba su retorno, una y otra vez.

De vuelta al presente, Ledros vio cómo Kalista se alejaba de él, enfocada en su misión interminable.

Una melancolía reptante se instaló dentro de él. ¿Había sido todo en vano?

¿Acaso Thresh tenía razón? ¿Era egoísta su intento por liberarla del camino del castigo?

Ella caminaba como sonámbula dentro de esta pesadilla, inconsciente de sus verdaderos horrores. Si lograba despertarla, ¿se lo agradecería? Tal vez lo despreciaría, deseando que la hubiera dejado ser.

Ledros sacudió su cabeza, tratando de quitarse esa idea insidiosa; sin embargo, una visión de Thresh, con una sonrisa rapaz, apareció en su mente.

—Sal de mi mente—, gruñó, maldiciendo a Thresh.

De pronto, se le ocurrió una nueva idea que disipó sus dudas y miedos. Aún había algo que no había intentado, algo que no había considerado hasta ahora.

—¡Kalista!—, la llamó.

Ella no le hizo caso y siguió su camino, andando a un paso implacable.

Aflojó el cinturón de su espada y tiró su filo enfundado al suelo. Ya no lo necesitaría.

—¡Yo te traicioné!—, gritó.

Ella se detuvo, giró su cabeza y sus ojos imperturbables se fijaron en él.

—Debí haber intervenido tan pronto como se dio la orden—, continuó Ledros. —Sabía que Hecarim estaba buscando cualquier excusa para deshacerse de ti. Siempre fuiste la favorita del rey. Todo sucedió tan rápido, pero yo debí ser más rápido. Pudimos haberlos enfrentado juntos, codo a codo. Pudimos haberlos derrotado y ser libres, ¡juntos! Te traicioné mediante mi falta de acción, Kalista. Te fallé—.

Los ojos de Kalista se estrecharon.

—Traidor—, musitó.

Una lanza etérea se materializó en su mano y comenzó a avanzar hacia él.

Ledros desató su escudo y lo lanzó a un lado cuando ella emprendió el trote en su dirección. Extendió sus brazos bien abiertos, dándole la bienvenida a lo que estaba por llegar.

La primera lanza lo hizo retroceder cuando lo atravesó.

La suya había sido la traición verdadera. Él la amaba, a pesar de que solo había pronunciado esas palabras en voz alta en soledad, en medio de la oscuridad de la noche.

Arrojada con una fuerza inconmensurable, una segunda lanza lo perforó. Se tambaleó, pero permaneció de pie tenazmente.

No se interpuso para evitar que la asesinaran. Él era el traidor verdadero.

La tercera lanza se clavó en él, haciéndolo caer sobre sus rodillas. Sonrió, a pesar de que su fuerza lo estaba abandonando.

Sí, eso era. Esto era lo que finalmente la liberaría de esa espiral terrible e interminable. Estaba seguro de ello.

—Termina con esto—, le dijo, mirándola. —Termina con esto y sé libre—.

Se miraron por un momento, un par de espíritus eternos cuyas formas insustanciales ondeaban con energía inmortal. En ese instante, Ledros solo pudo sentir amor. En el ojo de su mente, pudo ver cómo había sido ella en vida: majestuosa, hermosa, fuerte.

—Muerte a todos los traidores—, dijo al traspasarlo.

La visión de Ledros flaqueó cuando su forma comenzó a desgajarse, pero alcanzó a ver cómo cambiaba la expresión de Kalista, su máscara impasible desvaneciéndose para dar paso a un horror naciente.

—¿Ledros?—, dijo ella, con su propia voz.

Sus ojos, muy abiertos, parecían llenarse de lágrimas relucientes. Corrió para estar a su lado mientras él se desplomaba.

—¿Qué hice?—, jadeaba.

Él buscaba consolarla, pero las palabras se rehusaban a salir.

Lo hice por ti.

La oscuridad irrumpió y sus enredaderas de niebla lo reclamaron.

Kalista se estiró para consolarlo, pero sus dedos atravesaron la forma que se disipaba. Su boca se movió, pero no pudo escucharla por culpa del rugido de la locura de la Niebla Negra.

Su armadura cayó al suelo y se convirtió en polvo, junto con su espada. El terror ciego lo envolvía y él fue gustoso hacia su alcance.

Muy tenuemente pudo vislumbrar el pálido espectro de Thresh, mirándolo desde las sombras con su voraz y permanente sonrisa. Pero ni la presencia indeseable del Carcelero Implacable podía opacar el momento de victoria de Ledros.

Lo había logrado. La había liberado.

Todo había terminado.

Un terror ciego e insaciable.

Una rabia incandescente e incontrolable.

Un horror claustrofóbico, empalagoso y asfixiante.

Y detrás de todo eso, un hambre voraz, el anhelo de alimentarse del calor y de la vida, de arrastrar más almas a la oscuridad.

La cacofonía era ensordecedora: un millón de almas torturadas gritando, retorciéndose de dolor en su tormento compartido.

Esa era la Niebla Negra.

Y solo las almas más fuertes podían escapar de su alcance. Solo aquellas con asuntos pendientes.

La sangre se acumulaba debajo de él, carmesí brillante contra la impoluta piedra blanca. Su espada yacía a un costado, con el filo roto. Sus asesinos estaban de pie a su alrededor, había sombras en la periferia, pero él solo podía verla a ella.

Sus ojos lo miraban, sin verlo. Su rostro salpicado de sangre se reflejaba en su mirada. Estaba tirado sobre su costado. Su respiración era superficial y débil.

La mano inerte de ella estaba fría, pero él no sentía nada. La calma descendió sobre él como un sudario. No había dolor, no había miedo, no había duda. Ya no más.

Sus dedos acorazados apretaron la mano de ella. No pudo estar con ella en vida, pero lo estaría en la muerte.

Por primera vez en lo que parecía ser una eternidad, se sintió en paz...

No. Algo no estaba bien.

La realidad irrumpió.

Nada de esto era real. Esto era un eco que había quedado rezagado, el dolor residual de su muerte, cientos de vidas antes.

Por suerte, el Carcelero Implacable no estaba aquí para burlarse de él.

¿Cuánto tiempo había transcurrido esta vez? No había manera de saberlo. Décadas, o tal vez unos pocos minutos... pudo haber sido cualquiera de las dos opciones pero, en realidad, no tenía importancia alguna. Nada cambiaba en este reino vil de estasis.

Luego, pudo recordar, y la esperanza resurgió en él. No era una sensación a la que estuviera acostumbrado, pero floreció como el primer brote de un árbol aparentemente muerto tras la lluvia.

Se dio la vuelta y ahí estaba ella; por un momento, supo lo que era la felicidad, la felicidad verdadera. Había vuelto a ser ella misma, ¡y había regresado a él!

Después, él vio su expresión. La máscara fría y seria, la falta de reconocimiento en sus ojos. La esperanza dentro de él se marchitó y murió.

Kalista miró a través de él, su cabeza ladeada, como si estuviera escuchando algo que solo ella podía oír.

—Aceptamos tu compromiso—, dijo, antes de dar la vuelta y perderse en la niebla.

Se había ido.

Tratando de comunicarse con su voluntad, Ledros sintió que ella ya estaba lejos. Alguien la había llamado, desde un continente distante al noroeste. Alguien más que había intercambiado su alma por una promesa de venganza en contra de quienquiera que le hubiera hecho daño. No sabía el horror que le esperaba.

La amargura se apoderó de Ledros. Se maldijo a sí mismo, virando su odio hacia dentro.

No había esperanza. Ahora lo sabía. Había sido un tonto por pensar lo contrario.

Ella estaba atrapada por toda la eternidad, como todos los demás. Solo el orgullo y la terquedad lo habían hecho pensar que él podía resolverlo, como un acertijo, durante tantos años.

El orgullo y la terquedad, características que, al parecer, eran su cruz en la muerte tanto como lo fueron a lo largo de su vida.

El maldito Carcelero Implacable tenía razón. Ahora sabía que querer liberarla era un deseo egoísta. Tal vez Kalista no fuera ella misma, pero al menos no estaba atormentada como él. Por lo menos ella tenía un objetivo.

Ledros se arrancó el dije del cuello, rompiendo los eslabones de su delgada cadena. Lo lanzó hacia la niebla.

Esperar cualquier otra cosa era una tontería. Nunca habría paz, a menos que se deshiciera la maldición que mantenía a las islas en su fétido control.

—Por lo tanto, yo debo terminar con esto—, dijo Ledros.

El olvido llamaba.

Thresh emergió de la oscuridad. Miró a su alrededor, cerciorándose de estar solo. Después, se arrodilló y levantó el dije plateado desechado.

Ese tonto había estado tan cerca. Estuvo a punto de traerla de vuelta, y ahora, tras incontables siglos de intentarlo, había abandonado la tarea, en el preciso momento de la victoria.

Thresh sonrió con crueldad. Le gustaba ver cómo la esperanza se marchitaba y moría, como una fruta echada a perder en la vid. Lo que pudo ser dulce convertido en veneno. Lo deleitaba.

Abrió su linterna y lanzó el dije dentro de ella. Después, volvió a la oscuridad y desapareció de la vista.

Tras un momento, el repiqueteo de sus cadenas se desvaneció: se había marchado.

Referencias

 v · e
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