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Historia corta

Los Axiomata

Por Daniel Couts

El río trae las memorias de un mundo muerto. Me pregunto si soy el único capaz de encontrarlas.

Lore

El río trae las memorias de un mundo muerto. Me pregunto si soy el único capaz de encontrarlas.

A través del agua, veo cómo las vides del huerto de mi padre se enredan en un gesto protector alrededor de Ixtal y su gente, los últimos de Runaterra. Las hojas y las ramas cuelgan de aros hechos jirones por arriba y abajo de la corriente, para después desaparecer en la tiniebla que sucede al alcance del amanecer. Con cada visita, me pregunto si la oscuridad esconde serpientes o jaguares, o algún otro peligro. Mi madre caza esas bestias; con ello, provee de carne y protección a nuestra aldea en Semchul. Mis padres esperaban que yo siguiera sus pasos. Querían que, al crecer, me convirtiera en Aliay el jardinero, o Aliay el cazador.

No escogí ninguna de las dos opciones, pero ambos aprendizajes definieron mi camino.

Me quito mi túnica y envuelvo la trenza de seda traslúcida de mi cuerdaviento alrededor de cada mano. Los veintitrés años de estudio que he dedicado a los Axiomata se han quedado marcados en mi mente: con la cuerda como mi punto focal, hago uso de los elementos que describen. Mis estudios me han dado control, entendimiento y sabiduría. No obstante, sin la cuerda no poseo mayor maestría que la de cualquier otro ixtali.

Entro al río, mis pies descalzos chapotean en el lodo, hasta que el agua llega a mi cintura descubierta. Con mi pie busco las raíces sumergidas del árbol que me ayudan a capturar a mi presa. Cuando las encuentro, comienzo a trabajar con la cuerda.

Alzo mis manos y trazo de memoria las líneas del quinto axioma: azoto la cuerda como si fuera un pincel atravesando un lienzo. Por su parte, el agua se agita mientras una burbuja de aire se expande lentamente a mi alrededor, desde la superficie del río hasta su lecho. El agua acelera su paso y choca contra mis corrientes fabricadas; forcejea con estos desplazamientos antinaturales, pero mi trabajo resiste. El lecho del río deja al descubierto lodo, piedras y raíces retorcidas. Los escombros se quedan atrapados en la maraña, son objetos provenientes de algún lugar más allá de Ixtal. Estos antiguos recordatorios son lo único que queda de aquel mundo perdido.

Estas civilizaciones debieron haber sido sobresalientes, puesto que sus artesanías permanecen intactas a pesar del tiempo y el cambio en la marea. Ese es el caso el día de hoy: algo brillante y plateado es tocado por un leve rayo de sol. Mi disciplinada concentración se alegra al avistarlo. Sonrío y me sumerjo directamente en el lodo, con las piernas cruzadas en las raíces. Cavo y desentierro un hacha de mango corto hecha de un solo pedazo de acero. Es hermosa.

Puedo imaginarme la batalla, milenios atrás: un valiente guerrero que se enfrenta a los monstruos que consumieron a Runaterra. Me siento agradecido por tener la oportunidad de conmemorar aquel noble y condenado encuentro. Avanzo rápidamente y entierro mis dedos en el lodo, en busca de mi caja de tesoros impermeable.

La encuentro y toco el cerrojo, el cual requiere de un dominio axiomático específico para abrirse: una pequeña precaución en caso de que alguien me descubra. Está repleta de todas aquellas cosas que consideré que valía la pena guardar y esconder a lo largo de los años. Cuando sea Yun Tal, traeré todos estos tesoros conmigo a Ixaocan, los registraré con nuestros historiadores y los compartiré con otros eruditos. Mivasim, mi querida mentora y una de las mejores elementalistas naturales de Ixtal, suele reprenderme por mi interés en torno al Nasiana, el mundo del más allá, así es que, por el momento, prefiero guardar mis secretos. Coloco el hacha junto a un casco de bronce y cierro la caja con un movimiento de muñeca.

Es ahí cuando siento un nudo en la garganta.

Mi cuerdaviento No está.

Nunca imaginé que eso pudiera pasar. Sin pensarlo, cierro de nueva cuenta el cerrojo. Solo los Yun Tal son capaces, dignos, de ejecutar esa acción. Busco entre el lodo, pero no logro encontrarla por ningún lado. El pánico, la felicidad y el miedo libran una batalla en mi interior. Después, me percato de que el río sigue dividido. Yo tengo el control.

Giro hacia el muro de enredaderas, la frontera de Ixtal, y cruza por mi mente un pensamiento maníaco: en él, aparezco yo, envuelto en un capullo de corrientes protectoras que yo mismo controlo, deambulando a través de un paisaje vacío de vida, pero lleno de respuestas.

Después de dar dos pasos hacia delante, siento cómo una ráfaga de agua golpea el aire y llena el espacio que había a mi alrededor con un estruendo. Mis ojos se mueven a toda velocidad por instinto, en busca de amenazas. Espero encontrarme con las ondas producidas por unas fauces en el agua, o con un halcón sobrevolando la zona, cuando veo una figura imponente a la orilla del río. Es Mivasim, mi mentora. Su túnica Yun Tal es aún más oscura a la sombra, mientras que su postura no se ve afectada por la edad. Sus ojos brillan como un relámpago sobre el jade y mi burbuja de aire se encoge. El agua ruge mientras Mivasim, con un ademán, acelera el flujo del río, el cual cambia de un borboteo a un aluvión. Yo pensé que era astuto, que había encontrado un lugar secreto para mí. ¿Acaso ella lo había sabido desde siempre?

El agua se precipita mientras las corrientes que me protegen se debilitan y se encogen. Muy pronto seré arrastrado por las aguas. Pero no siento su furia. Ella tiende su palma estirada hacia mí, un gesto con el cual estoy familiarizado. Tal vez logre evitar el castigo si me defiendo con un argumento lo suficientemente inteligente.

El viento y la brisa me golpean, pero veo el patrón. Ha trazado las líneas de una extrapolación axiomática en el aire que nos separa.

No hay ningún castigo. Es un examen. Un acertijo a resolver para el cual me he preparado durante años. Me imagino a mí mismo caminando en un circuito alrededor del modesto ateneo de Semchul, dispuesto a trabajar contra mi mentora.

Una vez que llego a su lado, mi espíritu encuentra aliento en su sonrisa triunfante, pero mi cuerpo está hecho añicos. Abre los brazos justo a tiempo para atrapar mi silueta que se desploma.

—Llegó el momento, discípulo mío—, me susurra mientras mi consciencia se desvanece. —En Ixaocan, te defenderás bajo el Vidalion y juzgaremos si eres digno de convertirte en Yun Tal—.

Tras una semana de camino, llegamos al interior de Ixtal, el cual está mucho más lejos de lo que yo jamás haya estado antes; sin embargo, las aldeas en las que nos detenemos a descansar parecen ser más provincianas que la mía.

—¿De verdad tienen tanto que temer?—, le pregunto a Mivasim, después de que nos despedimos de nuestros amables anfitriones en Peslan. —Mi padre cultiva las mismísimas fronteras y no le tiene miedo a nada—.

—El cazador no le teme al ataque del jaguar—, me responde, mientras sube y baja distraídamente el paquete que flota a su lado al caminar —pero un rugido a la distancia hace huir al herrero más audaz—.

Avistamos a unos chicos más adelante en el camino, quienes se apresuran para regresar a la aldea. —Quiero pensar que es porque le temen a lo desconocido. La posibilidad del cambio—.

Podía percibir cómo mi maestra batallaba con algo. Hice a un lado las hojas anchas y cerosas que colgaban sobre nuestras cabezas. —Nuestra situación es única en toda la historia—, suspiró. —Dime una vez más cómo describe tu padre el valor de su trabajo—.

Los rostros de mi familia aparecen en mi mente, avivándose con el fuego de mi memoria. Sus historias estimularon el propósito de mi vida. Mi tono de voz se asemeja al de un narrador: —Los años posteriores a la Guerra Final fueron caóticos. El mundo estaba plagado de monstruos y muerte—.

Dejé que la última frase se prolongara en el tiempo, pero Mivasim no mostró emoción alguna. Continué.

—Fuimos orillados casi a la extinción, hasta que el más sabio entre nosotros, el primero de los Yun, convirtió a los Axiomata de Ixaocan en un arma, reprimiendo a todos los enemigos y bloqueando nuestras fronteras. De esa forma, este fue el único territorio que sobrevivió a aquellos días del cataclismo—.

—El mundo que quedó está envenenado. Las frondosas copas de vegetación de Ixtal nos protegen de la condena que consumió todo lo demás—. Sonrío y golpeo la parte baja de mi caja torácica con mi puño. —¡Es así como los grandes jardineros de Semchul son quienes protegen a Ixtal de ese mismo destino sombrío!—.

La sonrisa de Mivasim hace que se plieguen las suaves líneas de expresión que tanto yo como sus otros alumnos ayudamos a surcar con el paso del tiempo. —Y para esos jardineros, las temidas máquinas que penetran nuestras selvas son una extensión de ese veneno, ¿cierto? Un miasma con piernas metálicas—.

El camino ante nosotros da la vuelta y se abre: la pálida luz solar brilla sin filtros y calienta mi rostro. —Supongo que sí—, le respondo —aunque los Yun Tal se encuentran mucho mejor equipados para combatirlos—.

—Aun así, al problema práctico hay que darle una solución práctica—.

—Así es—.

—¿Y tú eres un erudito, entrenado para discutir desde una perspectiva que no es la tuya, para entender aquello que puede serte ajeno?—.

Resplandezco. —Sí—.

—Así es que un aldeano, tal vez un comerciante, que no cuenta ni con el orgullo ni con la experiencia de un jardinero fronterizo...—.

—Vería el problema como algo abstracto, cuya reacción estaría enraizada en lo emocional—.

—Estás en lo correcto—.

—A menos que...—, digo, mientras gesticulo con mis manos. —A menos que le podamos describir la situación de tal forma que erradique su ignorancia—.

Mivasim niega con la cabeza. —El comerciante tiene energía suficiente para comerciar. Tal vez un poco para entretenerse y el resto para su familia. Todo lo demás es mera distracción—. La ironía se hace presente en su voz y con ello marca el retorno a una conversación más amigable. —No tienen la ventaja de haber estado durante décadas al servicio de una maestra sabia e ingeniosa—.

No cuento con palabras ni sabiduría suficientes para rebatir. —Ni el consuelo que trae la experiencia. Ahora entiendo. Gracias, Mivasim—.

Nos quedamos un momento en silencio. —Ixtal es mejor por esa diferencia. Me alegra mucho que no seas un cazador, mi querido sumqa—.

Mi sonrisa se equipara con el sol.

Ixaocan es una región vasta. Pareciera que se expande hasta el horizonte bañado por el sol, con altas arcologías, pulidas y angulares, esculpidas sobre los árboles. Cada paso hacia la gran capital de Ixtal revela nuevas vistas panorámicas, nuevas formas.

Y mientras la arcología cardinal se yergue desde la distancia, resulta abrumadora en persona.

A tan solo minutos de marcha a través de sus dignas puertas del norte, nos vemos asaltados por colores y sonidos. Los chicos avanzan a prisa de un lado a otro, perseguidos por sus cuidadores, quienes a su vez son acechados por vendedores ambulantes, esteticistas, adivinos y artesanos. Las botas negras de Mivasim resuenan contra el camino de piedra; son mucho más imponentes aquí que cuando andábamos por la selva. La muchedumbre se muestra sumisa ante los vívidos tonos de negro y violeta del tejido Yun Tal de Mivasim. A pesar de todas las diferencias que pueda haber entre Ixaocan y Semchul, hay una constante: el respeto absoluto hacia los Yun Tal.

—¿Miv? ¡Miv!—, resuena una voz a la distancia.

—Oh, pin'kan—, murmura mi maestra y con ese mismo aliento retoma su civilizada actitud. Frente a nosotros hay un cruce de caminos cobijado por un dosel de copas de árboles junto a un puente entrecruzado en donde los comensales se relajan en sillas elegantes. Un hombre mayor y corpulento la saluda con euforia. Ojos verdes, calvo y negras túnicas de Yun Tal. —¡Queridísimo Chiuq!—, le dice Mivasim. —¡Llegaste antes de la hora acordada!—.

Chiuq, a quien no me dirijo hasta no conocer su nombre completo, se mueve con pesadez hacia nosotros, seguido por una decena de aspirantes de ojos brillosos, con vestimentas de estudiantes como la mía. —¡Ajá! Tal y como siempre lo he hecho, ¿no es así? Taarqen no está ni la mitad de lejos que Semchul—.

Se acerca para darle un abrazo, el cual ella devuelve con una elegancia practicada.

—Ah, Miv. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vimos. Has estado entrenando...—. Su entusiasmo comienza a menguar mientras busca con avidez a la horda de estudiantes de Mivasim. Sus ojos tardan en posarse en mí. —¿Has estado, eh, entrenando, entonces?—.

—Y también abocada a los cultivos en Semchul, sí—. Mivasim da un paso hacia atrás casi imperceptible, un gesto que Chiuq imita casi sin percatarse de ello. —En las aldeas los estudiantes tienen menos tiempo para dedicarse de lleno a ello y pronto desertan para volcarse a búsquedas más alcanzables—.

—Ah, si me hubieran educado en las tierras salvajes, ¡habría sido el mejor cazador!—. Él extiende su gran brazo hacia la manada de estudiantes detrás suyo. —Pero creo que he sido un buen maestro, aunque sea yo quien lo diga—.

Mivasim los observa mientras Chiuq ríe y ellos, aduladores, se ríen al unísono. —El Vidalion dirá lo mismo, estoy segura de ello—, le responde ella con tranquilidad.

Un aspirante más bien pequeño con una cabellera roja falsa le da un golpecito a su foco elemental al tropezarse con sus túnicas demasiado largas. Se enciende una llama e incendia los plumeros de un pobre mercader. El comerciante aúlla y batalla por canalizar su propia magia con una jarra de agua decorativa. Las llamas responden con un chasquido.

—¡Chiuqeslan!—, grita con firmeza Mivasim. Un elegante ademán de su mano apaga la llama.

El comerciante se acerca con sus manos juntas. —Yo... Oh, cielos. Luminosos, mil perdones. Disculpen el desorden de mis productos; es que, digo...—.

—Paz—, dice Mivasim, mientras Chiuqeslan ruge —¡Ja!—, y le da una palmada en la espalda a su estudiante.

—¡Mi muchacho tiene talento! ¡Miren qué rápido se consumieron estas cosas por las llamas!—. Chiuqeslan escolta de vuelta a sus estudiantes hacia la ciudad. Mirando sobre su hombro, me grita. —¡Buena suerte, estudiante de Miv!—.

El comerciante mira con terror a Mivasim. —Disculpe usted, honorable comerciante—, dice ella, y saca de sus vestimentas un par de papayas dulces que le regalaron en la aldea anterior. Se las entrega y después me acerca a su costado.

—Ese hombre, ese Chiuqeslan...—, comienzo a decirle, antes de que las palabras de Mivasim me interrumpan.

—Es un Yun Tal, sin importar qué otra cosa sea. Has conocido solo a unos cuantos a lo largo de tu vida, sumqa—. Avanzamos con prisa por la abarrotada rambla. —Él es una lección cruel, una que aprenderás dentro de poco. No dejes que él, ni Ixaocan, te distraigan de tu tarea—.

El estudiante de Chiuqeslan que comenzó el incendio acaba de fracasar. La tradición dicta que deberá abandonar Ixaocan en silencio.

Le había dedicado su vida al estudio. Tal vez ahora se convierta en comerciante, sastre o cuentacuentos. Espero que llegue a ser feliz, pero nunca será un Yun Tal. Sus compañeros están desolados, con la mirada baja, sus corazones desgarrados. El ejemplo de ese chico solo sirve para apagar el espíritu de los demás, mientras que fortalece mi determinación.

Con el paso de los días soy capaz de distinguir qué estudiantes aprobarán, quienes fracasarán, cuáles se quebrarán. Saberlo me hace sentir tristeza por ellos.

Pero solo pienso en la prueba que me espera.

El estudiante de Chiuqeslan que comenzó el incendio acaba de fracasar. La tradición dicta que deberá abandonar Ixaocan en silencio.

Le había dedicado su vida al estudio. Tal vez ahora se convierta en comerciante, sastre o cuentacuentos. Espero que llegue a ser feliz, pero nunca será un Yun Tal. Sus compañeros están desolados, con la mirada baja, sus corazones desgarrados. El ejemplo de ese chico solo sirve para apagar el espíritu de los demás, mientras que fortalece mi determinación.

Con el paso de los días soy capaz de distinguir qué estudiantes aprobarán, quienes fracasarán, cuáles se quebrarán. Saberlo me hace sentir tristeza por ellos.

Pero solo pienso en la prueba que me esperaPor fin, el momento llega. Entro al corazón de Ixaocan y veo que el suelo está grabado con mil líneas curvas. En esta intrincada geometría está escondido el lenguaje de los elementos. Siento cómo me pierdo en ella, apenas reconozco uno que otro axioma.

Ten cuidado.

Tomo las riendas de mis pensamientos. Los Yun Tal se encuentran de pie, arriba mío, en la galería que circunda este espacio inmenso; los colores de sus túnicas forman un abanico con todos los tonos y características de la noche. Cada uno de ellos es un filósofo perfecto. Cada uno es un maestro en su disciplina elemental.

La cámara central de la arcología parece dividirse en dos. Abajo está la arena en la que me defenderé. Arriba, un ancho anillo hecho de la piedra más pesada: su carga sostenida más por la taumaturgia que por la ingeniería. Justo en donde se divide la cámara da vueltas un gran anillo de magia. No puedo ver qué tan profundo es, qué tan enterrado está.

Sobre el círculo se encuentra suspendido el Vidalion, el gran telar, rodeado por un halo compuesto por una banda de una aleación dorada, con sus hilos girando incesantemente. Me defenderé bajo su trama y urdimbre. Si triunfo, me tejerá un par de túnicas para señalarme como Yun Tal.

Hoy dominaré las corrientes. Doy un paso hacia el centro del patrón.

Estoy cegado por el aluvión de poder, la auténtica fuerza elemental concentrada por los Axiomata en un solo punto. Es abrumador. Soy un colibrí sorteando una tormenta. Parpadeo y la cámara vuelve.

Mivasim está de pie, en algún sitio allá arriba. No logro mirarla; mi mente es un cable tenso. Todos los ojos están fijos en mí. Son los Yun Tal, los más sabios.

—Aliay Qunlan—. Mi nombre resuena por toda la cámara, y tal vez por todo Ixtal. —Estás aquí en el corazón de todas las cosas. Eres observado a través de los ojos de toda la gente. Defiéndete—.

El Vidalion da vueltas y suelta zarcillos de tela. Me estiro y dejo que un hilo de la medianoche caiga a mi alcance.

—Cortaste esa secante—: una voz firme y de desaprobación flota en mi conciencia, mientras que una sección del hilo se ilumina. —Ahora afectará la temperatura, mas no la presión—.

Ignoro la voz y me concentro en mi deseo de recibir más hilo para dirigirlo a la siguiente línea. Después de unos segundos de intensa concentración, escucho mi respuesta. —La presión y la temperatura son hermanas. Mientras yo controle el espacio, el efecto será mucho más poderoso—. Alzo la luz fantasmal con la que los Yun Tal alumbraron mi acierto y continúo con mi trabajo. En un plano distante, estoy horrorizado por la facilidad con la que desecho una crítica de mis superiores.

En el plano presente, me deshago de ese sentimiento.

Otra voz. —Cuento once tangentes en tu Axiomata. La práctica aceptada consiste en darle a cada una de las tangentes una paralela. Al no hacerlo, corres el riesgo de permitir un desequilibrio cuando los patrones no secuenciales se unan—.

Pienso en Mivasim. Esta fue una invención suya, la cual descubrió con la ayuda de mi rebeldía juvenil.

—La práctica aceptada no es maestría, sino retórica—, respondo. —Esta conexión complementa el tercer axioma y fortalece al quinto. Juntos, anulan el desequilibrio—.

El silencio es la única respuesta que recibo, pero un vestido a mi derecha me llama la atención. Una mujer, con túnicas de humo y jade, y ojos de acero ardiente. Es una de las Yunalai, la venerada nueva generación. Su sonrisa solidaria me toca en el corazón.

Continúo.

Los Axiomata presentes están completos, y resisten. Mis ansiedades y miedos iniciales se vuelven ecos lejanos en mi mente al tiempo que me transformo en algo que excede por mucho los límites de mi silueta. Yo soy Ixaocan mismo y ostento más poder en este momento del que jamás pude haber imaginado que existiera en todo el mundo. Sigo la forma de mi diseño, buscando la próxima pista.

Un ruido sordo.

Me detengo. Un latido, un tartamudeo en el tiempo. Elevo mi mirada hacia el remolino místico en la pared externa de la cámara. Se enreda como los hilos de un tapiz loco.

En la maraña abstracta, algo me llama.

Sin pensar, salgo a buscarlo.

No estoy en la arcología cardinal. Me elevo a través de la selva, a través de Ixtal.

Miro hacia abajo y veo los Axiomata. No un patrón concentrado en una sola arcología, ni en muchas: es un patrón que abarca el mundo entero. Voy sobre una de las líneas que circundan a Ixaocan y me lleva a casa, a Semchul, en un instante. Sonrío al ver sus arcos familiares, los rincones donde me tomé alguna siesta.

Semchul está detrás de mí. Algo anda mal.

Mis ojos se agrandan, los talones se posan sobre la nada y caigo en la red de cuidadas vides que separan la vida de la muerte. Me preparo para mi destrucción, entrecierro los ojos para no ver mi final. Sin embargo, atravieso sobrevolando el follaje frondoso. Unas criaturas se corcovean y corren a lo largo de un campo muy abierto. Vuelo sobre un río tan amplio como la propia Ixtal.

Estoy loco, seguramente. ¿Son estos los revueltos pensamientos propios de los instantes finales de una mente?

¿Fallé la prueba?

Veo montañas, valles, gente. Veo gente. Yo...

Me detengo en un lugar frío. Blanco. Enceguecedor, en medio de una tormenta de nieve.

Tras ella, hay poder. Los Axiomata atraviesan el lugar. Eso no debería ser así.

Un grupo de hombres y mujeres cubiertos con pieles y huesos en un combate de entrenamiento. No, una guerra de verdad. Un garrote parte un cráneo. Me acerco. Nubes de polvo se arremolinan y huyen del fenómeno: huyen de mí. Uno de ellos, más alto que los demás, me mira a los ojos. Siento cómo gira, buscándome. Confecciona una lanza con la escarcha.

Este bruto no es de Ixtal. ¿Cómo es que usa los Axiomata?

Su magia es diferente. Viene de otro lado y no me toca. Pero allí donde la lanza erra al blanco, su ser me golpea. Su misma existencia está mal.

No hay nada más allá de Ixtal. No hay nad...

La escena se desvanece en un instante y deja un vacío en mi interior. La tormenta de sangre en mis venas se apresura a llenarlo, un gemido de dolor atraviesa mis oídos mientras mi mente une cabos tan rápido que no puedo seguirle el paso.

Por supuesto. Por supuesto que el mundo no está muerto. Por supuesto que Ixtal no se libró sola del apocalipsis con un delgado e ilusorio velo de vides. Por supuesto que yo no iba a ser un aventurero solitario que recorriera el mundo en un capullo de aire. Qué tontería. Pienso en mi padre, en los jardineros, siempre orgullosos del trabajo que llevan a cabo. Tan ignorantes de su verdadero propósito.

Siento cómo mis ojos palpitan dentro de mi cráneo. Los escalofríos recorren mi piel: hay una parte de mí que se deleita ante este nuevo descubrimiento, a pesar de que el resto está asqueado. Es muy posible que los Yun Tal puedan escuchar mi corazón: sus palpitaciones interpretan un staccato trémulo. Pero ellos permanecen inmóviles.

Un repentino recuerdo infantil se roba los restos de mi mente. En él, le presento con respeto a Mivasim el primer objeto que descubrí en el río. Recuerdo su duda; pensé que estaba sorprendida por mi curiosidad implacable. Ese día, me aceptó como su estudiante. Deseaba tanto poder compartir mis pequeñas teorías, estaba tan emocionado por convertirme en un Yun Tal y descubrir lo ignoto con alguien tan sabia como Mivasim.

Seguro que quedé como un tonto.

El poder de Ixaocan detiene el temblor de mi cuerpo. Los escalofríos cesan, mi pulso se ralentiza. Pero el enojo se estrella en el espacio vacío y ni siquiera Ixaocan puede detenerlo. Es un río que me inunda de traición, vergüenza y pena.

Algo horrible se apodera de mí. En mis puños temblorosos esgrimo la grandeza de Ixaocan. Destruiré esta cámara y nos atraparé a todos como insectos en ámbar. Enredada en el antiguo centro de poder de Ixtal, esa fantasía suena como la cosa más sencilla del mundo.

Décadas de debate retórico y filosófico me salvan. Un reflejo simple y práctico ante un llamado emocional: ¿cuál es la verdad detrás de esa emoción? Debo darle el crédito correspondiente a Mivasim por la velocidad con la que me retiré del borde de la locura para adentrarme en la única conclusión posible.

Esta es la prueba.

Los Yun Tal han sostenido esta ilusión por generaciones. El mundo no se puede explicar o describir de manera simple: uno debe verlo por su cuenta, ser lo suficientemente sabio como para ir más allá de la reacción y alcanzar el entendimiento. Logro contener una risa impotente al darme cuenta del objetivo de que haya tantos Yun Tal reunidos. Es claro que, al estar juntos, encontrarían mundano el destruir o confundir a alguien que haya llegado hasta aquí y cayera preso de sus emociones, e incluso afirmando que el poder de Ixaocan es, en realidad, el suyo.

Mi rabia se enfría hasta transformarse en determinación. Reviso la sala, miro a los ojos a cada uno de los sabios que está arriba mío. Mi mirada les dice: He pasado su prueba, el resto es solo un ritual..

No me destruirá esta realidad. Regreso al patrón, a la extrusión inacabada.

Los Yun Tal permanecen en silencio mientras trabajo.

Se terminó. Los Axiomata marcan mi comprensión y control absolutos sobre el aire, el agua y todas las formas en que se pueden combinar. Pienso en la humanidad, en el mundo del más allá. Sobre mí, los Yun Tal examinan los hilos de mi trabajo, en busca de algún error. No van a encontrar ni uno solo.

Algo cambia en el aire en el momento en que toman la decisión. Me levanto, giro lenta y absurdamente, liberado de la gravedad de la tierra. Miro nuevamente a mi mentora a los ojos. Espero ver vergüenza, culpa o lástima por las décadas de mentiras. Pero en su mirada solo hay orgullo.

Me rio. No puedo evitarlo, incluso a pesar de que el Vidalion gira cada vez más rápido y los hilos que deposité sobre el suelo grabado me atrapan como si fuera una víctima en la cruel tela de una araña.

El dolor se apodera de mí mientras la magia sangra por mi cuerpo. Los Yun Tal cantan al unísono. No entiendo sus palabras, pero los hilos de luz se arrastran y me envuelven, mientras que arcoíris resplandecientes descienden girando sobre mis brazos y piernas.

Floto, atrapado entre el Vidalion y la tela naciente. Siento cómo el poder regresa a mí, como cuando la vitalidad regresa a una extremidad adormecida.

Mientras los hilos crean el tejido, lo siento. Soy Yun Tal.

Su canto se hace más fuerte mientras me elevo del suelo. Sus rostros imperturbables se quiebran para permitir que en ellos se dibujen sonrisas jubilosas, pero no puedo sentir ninguna especie de calidez de su parte.

Sueño con mi caja de los tesoros, con objetos antiguos.

Mi ingenua pasión. Pasé décadas imaginando el mundo del más allá, ansioso por compartir con los Yun Tal las cosas que creía saber. Pienso en el joven e ingenuo Aliay, ansioso por descubrir. La venganza no es el nombre correcto de lo que le deseo, pero se acerca a ello.

—Estás despierto—, me dice una voz familiar, proveniente de algún lugar fuera del tiempo. No siento que haya despertado del todo, pero hay una cama cómoda, un brasero caliente y una mentora preocupada. Quiero preguntarle tantas cosas, pero temo que ya conozco las respuestas.

—Estoy despierto, Mivasim—. Mi voz es mucho más suave de lo que pensé, sin el nudo de lágrimas ni la aspereza de la furia.

—Miv—, me responde. —Somos compañeros—.

Silencio. Tantos años juntos y justamente hoy ella no encuentra las palabras.

Por fin, habla. —Yo estaba furiosa con mi propio maestro, ¿sabes? No nos hablamos en días. Yo... solo quería asegurarme de que estuvieras cómodo, pero puedo dejarte descansar—.

No quiero descansar. Quiero acción.

Pero, por fuera, estoy tranquilo. —Me preparaste bien—.

—¿Sí? Por favor, compárteme tus pensamientos—. Esta es una pregunta que escuché cuando estudiaba, pero que ahora suena extraña al estar despojada de la expectativa. Después de todo, ahora somos compañeros.

No tuve tiempo para practicar el engaño de la misma manera en la que lo han hecho los otros Yun Tal, pero no lo necesito. Comprendo la gran mentira de la que ahora soy parte. Puedo bosquejarla y tanto el alivio como el orgullo de Mivasim completarán los detalles lo suficientemente bien como para terminar con esta conversación.

—Los Yun Tal preservan Ixtal—, afirmo. —Cada ixtali comprende la finalidad de sus decisiones, una vez que las han tomado—.

Me siento mucho más yo mientras hablo. La familiaridad de la retórica es reconfortante.

Aun así, me pesa el sentimiento. Solo un poco.

—Un millón de pequeños hilos conforman cada decisión, a la cual se llegó a través del razonamiento, del descubrimiento y de nuevas perspectivas. Si uno logra entender los hilos, se tomará la decisión perfecta—.

Me es difícil no buscar la aprobación de Mivasim, que me indique que estoy en lo correcto, así es que prefiero mirar el brasero aun si mis ojos comienzan a arder. —De tal forma que los Yun Tal llevan a cuestas la carga de la decisión. Para los ixtali, e incluso para mí mismo hasta hace muy poco, nuestra tierra es un reino cerrado. Les revelamos solo los hilos que son capaces de procesar, tal y como discutimos en el camino. Y...—.

Por fin, volteo a verla, en busca de un gesto breve pero firme de asentimiento, el cual corrobore que mi pensamiento es correcto. —Los primeros Yun se enfrentaron a este dilema inimaginable. Cómo proteger mejor a los suyos del mundo de afuera. Eligieron enclaustrarnos. Cualquiera sin la sabiduría suficiente tal vez hubiera dado un paso en falso y llevado a Ixtal a su fin. Por lo tanto, hay una diferencia: el rigor del estudio distingue a los Yun Tal—.

Es un argumento justificable. Aun así, lo detesto.

Concluyo. —Lo cual debe significar que los Yun Tal han discutido entre sí durante incontables siglos y ni uno solo de ellos ha propuesto algo nuevo que revierta esa elección—.

Un estado de paz, a la espera de que una mente aún más brillante pueda aseverar que el siguiente paso es el correcto. Esto está mal, más allá de su engaño cruel.

Supongo que tendré toda mi vida para poner en palabras lo que está mal. Para hacer que la norma se convierta en mi enemigo.

Mivasim inclina su cabeza hacía mí en un gesto de respeto. —A mí me llevó más tiempo llegar a esa misma conclusión después de enfrentarme al Vidalion—. Se pone de pie y me tiende su mano. La tomo y cojeo para incorporarme. —Ven. Come. Nosotros los mayores debemos celebrar con aquellos que pueden soportar el mirarnos a los ojos—.

Pienso de nueva cuenta en mi antigua caja de tesoros.

Me imagino levantando la tapa, metiendo mi enojo y sellándola.

Una sonrisa cansada se dibuja en mi rostro. —Vamos—.

Desde el entresuelo veo cómo el ruido llena el salón. Las mesas repletas de comida se alternan entre los grupos pequeños que se entretienen en discusiones, relatos y bailes. Algunos otros iniciados también se ven igual de enojados que yo, pero su frustración se suaviza gracias a la camaradería y a la seguridad de saber que esta indignación no es nada nuevo. En ningún otro sitio de Ixtal están los elementos bajo tan férreo control, y la mayoría de ellos parece aceptar la opulencia de sus nuevas vidas.

Idolatramos a los Yun Tal. Alguna vez los llamé filósofos perfectos. Buscadores de la verdad. Recolectaba cacharros, ansioso por compartirlos para el estudio y exploración de otro mundo. Estudiaba con la esperanza de convertirme en alguien digno de discutir con las mentes más brillantes de Runaterra.

Ahora, cuando los miro, todos ellos me parecen... frágiles.

—Pah, tienes razón al estar distante—. Escucho el sonido del metal mientras sus muñecas cubiertas con brazaletes golpean la balaustrada. —He visto mejores celebraciones por el nacimiento de alguna mula—.

Es la Yunalai de mi prueba. Su presencia abarca el espacio estrecho, a pesar de su corta estatura, y su tono imperioso exige un respeto que no sé cómo darle.

Opto por hacer una simple reverencia. —Soy más feliz escuchando desde acá, honorable Yunalai—.

Su risa termina en un pequeño bufido. —No es mi familia quien me honra—. Me mira por un momento y, cuando no le respondo, me dice: —No me importa decir que me consterna que no sepas quién soy. Soy Qiyana Qiyana—.

Qiyana. Pronuncia su propio nombre con una reverencia áspera, mientras que mi rostro hierve en vergüenza. —Discúlpeme. Vivo lejos de Ixaocan—.

—Sí, bueno. Ahora ya lo sabes. Ven. ¿Puedo llamarte Aya?—.

No era una pregunta. La seguí hasta las puertas abiertas de su balcón y después salimos a la oscuridad. Incluso a estas horas Ixaocan brilla por su actividad y por la luz de sus fogatas.

—Durante mi prueba, Aya, vi la cosa más resplandeciente. Casi una cosa primigenia, que ansiaba tocar los cielos, ¡con un poder que solo había visto en las arcologías! Está tan lejos de nosotros y mucha gente ha peleado por controlarla—.

—Vi algo similar—, le respondo, mientras ella asiente con entusiasmo.

—¡Sí! Solo podía pensar: '¡Esto no debería ser así!'. ¿Que exista un lugar así afuera de Ixtal, sin que los Yun Tal sean sus pastores? Aya, fue horrible—.

Sus palabras resuenan en mí.

Aquí hay una enemiga de la norma.

—Los Yun Tal somos respetados por dominar este mundo. Aya, ¡cuánto hay de mundo, más allá de Ixtal! Guiamos, mas no actuamos. Tal vez hay algunos lo suficientemente sabios como para aceptar que no pueden tomar esa decisión por su cuenta. ¿Acaso los otros tendrán miedo?—.

La escucho y sé que Qiyana no tiene miedo. Lo que sea que aliente su paso firme, aquello que alimenta su confianza inquebrantable, es único entre los ixtali.

—No debería ser así—, susurro. Las palabras tienen peso, son significativas.

Me mira, la luz de Ixaocan se refleja en sus ojos. —Muy bien. Tú y yo, Aya, seremos los encargados de cambiarlo—.

Mis túnicas se sienten distintas por primera vez desde que me las puse, hace un año. Tal vez sean los otros Yun Tal. Tal vez es la cámara. Esta es la primera vez que regreso desde mi prueba.

La magia aún gira a lo largo del anillo que corre por las paredes y en sus profundidades veo lo que ahora sé que nuestras historias más antiguas llaman el Freljord Crest icon.png Fréljord. Caminaré por sus senderos montañosos en persona algún día.

Una estudiante entra por las puertas. Su sonrisa certera me recuerda a mi madre, quien estaba muy orgullosa de su hijo Yun Tal hace tantos meses.

Quiero llorar por ella.

Los Yun Tal ahí reunidos comparten afirmaciones silenciosas. Mivasim, quien se encuentra adelante y a mi izquierda, asiente al verme, con el orgullo aún centelleando en su mirada. Le devuelvo el gesto y miro a Qiyana. Su rostro no muestra emoción alguna, pero su presencia es un alivio. No soy el único que reconoce los fracasos de aquellos aquí reunidos.

Gracias, Mivasim, por tus lecciones. Las usaré para corregir nuestros errores. Junto con Qiyana, construiremos el argumento perfecto, uno que honre incluso la frustración de tus primeros días entre los Yun Tal.

Espero que cuando llegue el momento estés preparada para escucharlo.

La estudiante da un paso hacia delante. La cámara aguarda.

Referencias

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