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Senna The Voices of the Dead
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Historia corta

Las Voces de los Muertos

Por David Slagle

Hay un dicho en mi isla. “Solo robando nuestro aliento puede hablar el viento.” ¿Quieres que te describa la Niebla Negra que me recibió cuando llegué por primera vez a la aldea jonia, con la capucha puesta y el cañón reliquia a mi espalda?

Lore

Hay un dicho en mi isla. "Solo robando nuestro aliento puede hablar el viento". ¿Quieres que te describa la Niebla Negra que me recibió cuando llegué por primera vez a la aldea jonia, con la capucha puesta y el cañón reliquia a mi espalda?

La Niebla también se roba las palabras, los gritos de aquellos que mueren ahí adentro.

En alguna ocasión, esos fueron mis gritos, pero ahora estoy viva.

Sentí el calor en donde Lucian OriginalSquare Lucian había tocado mi hombro con su mano mientras descendíamos del bote y pisábamos tierras jonias, traspasaba mis barreras de alguna forma como solo él sabe hacerlo. Es el único tonto lo suficientemente necio como para intentarlo.

Lo único que atraviesa mi armadura, y todo aquello que está debajo de ella, es el amor.

—¿Tú vas por arriba y yo hacia las tierras bajas?—, le pregunté, mientras sentía cómo su calidez se tornaba fría mientras lo pensaba. Por un momento, no me veía a mí parada frente a él. Solo veía a la mujer a la que trató de salvar, condenada, siempre huyendo. Veía la Flay guadaña moviéndose hacia ella... La miró fijamente a los ojos, incluso cuando estaba viéndome a mí.

—Yo bajaré—, dijo, mientras condenaba al silencio otras cosas por decir. Y ahora sus manos estaban sobre sus pistolas. —Senna...—. Su voz se quebró con el peso de la memoria.

—Está bien—, le dije con suavidad. Yo también recordaba a esa mujer.

En el horizonte, la oscuridad se arremolinaba y recubría con sombras aún más oscuras la aldea tallada en piedra, asolada por un diluvio y cosas peores. En algún lugar de esa oscuridad había luz. Otro Centinela que nos había llamado para venir aquí.

Tengo que luchar para llegar allá.

El camino, ascendiendo por la montaña, hacia la aldea estaba casi desgastado en su totalidad por los siglos de tormentas, las cuales se llevaban a su paso todo, salvo los peñascos más duros... si es que esa es la palabra correcta. Podía sentir el viento contra mi capucha, la brisa del océano azotándose contra mi piel, como si el mundo me estuviera empujando hacia atrás, advirtiéndome de la oscuridad que se avecinaba. Pero nada de eso se compara con el aullido creciente que me golpeó, rugía a lo largo de la aldea...

Era mi Senna Senna. La Niebla sabía que yo estaba aquí. Vendría por mí antes de ir por cualquier otro.

—Llegó la hora de mi emboscada diaria—, mascullé, indiferente. Desde el horizonte negro con la muerte, las almas emergieron. Su atracción hacia mí es tan natural como respirar.

Desenfundé mi arma.

Las piedras reliquia de los Centinelas caídos se movían como una sola, cada una de ellas sostenida por muchas manos antes que la mía. Hombres y mujeres, padres, hermanas... todos perdidos en la oscuridad. Pero cuando sostuve mi arma, pude tener su luz, resplandecía en sus dos cañones.

Una enredadera de la Niebla me golpeó mientras el espectro que llevaba dentro se formaba. Aturdida por el golpe, me tambaleé hacia atrás. Recuperé mi equilibrio justo antes de caer hacia las rocas que estaban abajo. Los truenos retumbaron y los gritos de las almas se unieron al ruido de la lluvia y al estallido de las olas que rodeaban la isla. Pero el siguiente destello de luz no fue un relámpago.

Fue mi cañón reliquia, cuyo tiro abrasó al espectro hasta convertirlo en sombra.

Requería control. Requería concentración. Tenía que luchar contra la Niebla con cada fibra de mi ser. Y nunca podría detenerme. Ni por un solo instante de mi vida.

Con cada disparo que incineraba a un espectro, aparecía otro más. Estaba muy cerca de la aldea. Podía ver cómo emergían nuevos espectros, abalanzándose en espiral hacia mí.

Hacia la luz bendecida.

—Anabal, ¿estás ahí?—, pregunté. Solo lo había visto en una ocasión, cuando Urias me llevó a una reunión de los Centinelas. Era poco común que los Centinelas se reunieran, pero algo había atemorizado lo suficiente a Urias como para convocarlos a todos. Nunca me dijo qué había sido, pero yo lo sabía por la forma en que los otros me miraban...

Era más doloroso cuando no lo sabían. Cuando trataban de atravesar mi coraza y se encontraban con la razón por la que eso estaba ahí.

Sin dejar de disparar, me adentré más en la aldea. Los espectros se movían rápidamente, se colaban en algunas construcciones casi tan antiguas como la isla misma, talladas con la misma piedra, pero había un orden en medio del caos. Los espectros daban vueltas en círculos por arriba. Querían algo. No solo vida. No solo almas. No solo a mí.

—¡Anabal!—. Volví a llamar, casi si escuchar mi propia voz.

—¡Por aquí! ¡Rápido!—, respondió una voz aterrorizada. Era la voz de una niña. Su luz se unió a la mía en la oscuridad.

Era Daowan, la aprendiz de Anabal.

Estaba de pie sobre un cuerpo desplomado, eran dos figuras en la oscuridad. La luz de la guja reliquia de piedra de Anabal brillaba pálidamente sobre su rostro, la concentración se notaba en su ceño, tras haber defendido a su mentor caído.

Significaba que era la nueva sucesora, su reliquia de piedra no se había perdido.

—Tenemos que salir de aquí—, dijo la chica con un escalofrío. —Debemos sacar de aquí a los aldeanos. Aún puedo escucharlos. Deben ser ellos...—. Hizo una pausa y miró la forma que yacía a sus pies, envuelta en una agonía confusa. —Aún puedo escucharlo—.

Mientras los nudillos de Daowan se tornaban blancos debido a la fuerza con la que apretaba la empuñadura de su guja, yo coloqué mi cañón reliquia en mi espalda. Me acerqué cuidadosamente y la tomé por el hombro.

—Vamos a superar esto—, le dije. Detrás de ella, pude ver la entrada a las catacumbas de la aldea. Repleta de espectros. —Todos nosotros—, añadí con suavidad.

Lo que sea que buscaba la Niebla, estaba ahí.

Las catacumbas se habían formado producto de incontables inundaciones. Mientras dejábamos la aldea atrás y nos dirigíamos hacia los caminos subterráneos, la tormenta se hizo presente: el agua corría por los muros que nos rodeaban. Pero si nos íbamos a ahogar en las profundidades, no sería por el ascenso de la marea o por la borrasca.

Sería por la Niebla Negra, la cual emergió como una ola para encontrarse con nosotras para devorar nuestra luz en un rugido líquido.

Podía escuchar los gritos de la gente de mi aldea, desgarrados cuando yo apenas era una niña y vi la muerte por primera vez. Podía escuchar los ecos de los míos y ver la mirada en el rostro de Lucian, cuando la muerte me miró por primera vez. La rabia y el miedo de las personas que estaban muriendo arriba me golpeó. Sus llantos estaban en un idioma que no conseguía entender, pero el dolor era algo que conocía demasiado bien.

Los espectros se elevaron a través de las catacumbas, atrapados en el rictus de la agonía que buscaban infligir. Pero, sin importar qué tan fuertes fueran los gritos de los vivos, el sonido nunca podría ahogar los suyos. Y, sin importar qué tan brillante ardiera mi luz, jamás podría lastimarlos más que como lo haría la oscuridad cuando regresara.

Así es que, en cambio, los abracé antes de que la muerte pudiera hacerlo.

Mi llamado era irresistible. Podía Absolution atraer a la Niebla hacia mí, lejos de los demás. Sentí cómo se apresuraba la muerte e hice a un lado la mentira de mi cuerpo. Mientras la Niebla se aferraba a mí, dejó que las almas se marcharan, una por una. Todos aquellos que habían sido arrastrados hasta aquí. Todos aquellos que habían muerto arriba. Por un momento, pensé haber visto a Anabal...

Solo quedó una forma difusa, con una voluntad despertando lentamente. Flotó por un momento antes de girar hacia mí, la rabia ardía en su rostro sin ojos.

—No—, susurré a través del sudario de muerte que me había transformado en espectro. —Tú no vas a hablar. Vas a escuchar—.

Tras llenar mi arma de Niebla, disparé todo el dolor y el miedo que había reunido de vuelta a su origen, donde era merecido. Mientras la oscuridad chocaba contra más oscuridad, la luz dentro de mí resplandecía. La vida no me dejaría ir. Sentí cómo regresaba mi cuerpo mientras los últimos rastros de la Niebla me abandonaban. Peleando por recuperar el aliento, caí sobre mis rodillas.

—¿De qué me perdí?—, me preguntó una voz proveniente de las profundidades de los túneles.

—Ya sabes. Lo de siempre—, le dije con tranquilidad, a pesar de que aún estaba recobrando mi aliento.

—El Rey Arruinado, tomando por asalto las catacumbas, ¿en busca de qué?—, preguntó Lucian.

—Algo así—, contesté. Miré a Daowan; el entendimiento de la situación comenzaba a dibujarse en su rostro. Su guja seguía apuntada hacia mí.

Hay un dicho en mi isla. "Solo robándonos nuestro aliento puede hablar el viento".

En medio del clamor de la Niebla Negra, yo escucho las palabras de los muertos.

Y estoy aquí para devolverles sus voces.

Referencias

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