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Historia corta

Las Espinas de la Rosa Negra

Por Laurie Goulding

—No entiendo —murmura el General Granth, tratando nerviosamente de apagar la luz de su lámpara. —Aquí no hay nada, es un callejón sin salida.

Lore

—No entiendo—, murmura el General Granth, tratando nerviosamente de apagar la luz de su lámpara. —Aquí no hay nada, es un callejón sin salida—.

Se encuentra de pie en el umbral, enmarcado por la mampostería oscura, que destaca frente a la oscuridad aún más profunda que va más allá. No ve el portal abierto frente a él, ni las inscripciones angulares Ochnun que lo rodean. No ve los fragmentos de hueso que ensucian las baldosas bajo sus botas.

Sonrío, actúo el papel que me corresponde. —Es de lo más sencillo—, le digo —esconderse a simple vista—.

El general se da la vuelta; en su rostro se dibujan con claridad la confusión y la frustración. —¡No juegues conmigo, primo! ¿Tienes alguna idea de lo que estoy arriesgando al estar aquí abajo? ¿O de lo que ocurriría si nos descubren? Estos son los distritos prohibidos por orden del consejo... ¡hay patrullas de la Legión por todas partes!—.

Al menos eso sí es cierto. Desde que el usurpador Swain Swain tomó el control, ha mantenido el Bastión Inmortal en estado de sitio. Según el discurso oficial, esto sucede para proteger a la Trifarix de las represalias de las casas nobles que se opusieron a su creación.

De manera extraoficial, está desafiando a hombres como Brannin Granth para que se muestren como sus enemigos.

—Pero ellos jamás dudarían de tu lealtad—, le aseguro. —Un héroe de las Puertas del Duelo, nada menos. Serás honrado por órdenes directas del propio Gran General. ¿Qué podrían decir al respecto? Si nos descubrieran, ni siquiera tendrías la necesidad de correr—.

Su expresión se ensombrece. —Oh, de la Legión Trifariana no se huye...—.

No tengo tiempo para escuchar esta propaganda mal disimulada de nuevo. En poco más de un año, Swain ha construido una mística particular alrededor de sí mismo y de la Mano de Noxus, así como de aquellos que le sirven a ambos. Es un plan brillante, aunque admitirlo llena mi corazón de odio.

Aun así, le permito a Granth que disfrute su momento. Es por esta razón que estamos aquí.

Baja la mirada. —No ganamos las Puertas del Duelo... fue la Legión. Es por ello que Swain no asistirá al triunfo. Ese maldito sabe que no teníamos que estar ahí. ¡Nos insulta con esta pomposa ceremonia, frente a todo Noxus!—.

Asiento y coloco mi mano sobre el hombro de Granth. —Y es por ello que haremos que pague por todo lo que ha hecho. Eres un noxiano verdadero, nadie puede negarlo. Le hablé a los otros sobre ti, quieren conocerte. Ella desea conocerte—.

—No podré encontrarme con nadie, primo, si no podemos entrar—. Él mira a sus alrededores. —No se supone que la Rosa Ne...—.

Me detengo. —No uses ese nombre. Te hace sonar como... bueno, como dijiste. Como si no entendieras—.

Haciéndolo a un lado, avanzo hacia el portal, que parece una boca bostezando. Al ver por primera vez la entrada, por fin, casi deja caer la linterna de la sorpresa. Trastabillando detrás de mí, Granth se cerciora de que no nos estén siguiendo, para después mirar de reojo las sombras del callejón.

—¿Es cierto?—, dice entre dientes. —¿Es cierto lo que dicen sobre ella?—.

No aminoro mi marcha. —Vamos. Averígualo por ti mismo—.

Contrario a la creencia de la mayoría de los noxianos, el Bastión Inmortal no es un monumento. Tampoco es simplemente una fortaleza, en el sentido en el que las tribus antiguas lo concebían.

La piedra a nuestro alrededor casi vibra de poder, aunque Granth no se da cuenta de ello. Lo he visto en incontables ocasiones a través de los siglos. Él sabe que algo no está bien, pero solo lo percibe como el arrastre letárgico de sus extremidades y una comezón susurrante en la nuca. Muy pocos mortales logran mantenerse vivos cuando están así de cerca de la fuente. En su defensa, aún cuenta con suficientemente agudeza como para sacar su daga cuando una figura encapuchada emerge de la penumbra.

...Paso a los dos, viniendo desde la otra dirección. Mi cansancio es evidente.

No importa. Esto terminará muy pronto.

Granth me mira con sospecha hasta que desaparezco de su vista; después, anda sin prisa hasta llegar al lado de aquella persona a la que llama primo.

—Hadrion, ¿quiénes son estas personas?—, pregunta Granth, mientras más figuras anónimas vienen y van. —No reconozco a ninguna. ¿Son los aliados de los que hablaste, los de las demás casas?—.

Suspiro. Es decepcionante presenciar que ni siquiera las mejores mentes militares puedan ver lo que está justo frente a sus narices. —Simpatizan con las dificultades de nuestra familia—, respondo, tratando de ocultar el desdén en mi voz. —Nosotros, todos nosotros, estamos comprometidos con la caída del usurpador y la restauración del trono. Lo mejor será que no conozcas sus nombres ni mires sus rostros—.

Se ríe, burlonamente. —Pero cómo podremos trabajar juntos si nosotros...—.

Las palabras se apagan entre sus labios mientras giramos en la última esquina.

Estamos de pie frente al borde del gran pozo de las almas, que se sumerge hacia los cimientos de Noxus, mucho más allá de las dimensiones físicas que el Bastión debería permitir. Un miasma agitado de azules fríos y verdes celosos se arremolina a la distancia, debajo de nosotros, alumbrando por los tres puentes que abarcan la brecha.

Ahí, entre ellos, suspendida contra la locura, hay una silueta enorme y aterradora que todo noxiano conoce demasiado bien. La cáscara de una armadura inerte cáscara de una armadura inerte representada en cada libro de historia, y mil estatuas arruinadas y desperdigadas a lo largo de la antigua ciudad.

Granth da medio paso hacia atrás. —No puede ser...—, murmura. —No... no puede...—.

Su voz se quiebra. Sus ojos brillan con lágrimas. Me acerco a su hombro y le susurro al oído:

—¿Ahora puedes ver la verdad? ¿La verdad detrás del gran imperio de Noxus? Así ha sido durante siglos, desde los días de los primeros reyes: ningún gran general, emperador o tirano puede mantener su posición a menos que la señora del Bastión Inmortal lo permita. Son muchos quienes le servirían, pero pocos demuestran ser dignos de ella—.

Sutilmente, desprendo la linterna de sus dedos temblorosos y lo aparto del paisaje que lo paralizó, para llevarlo hacia los rincones velados que se alinean a ambos lados del pasaje.

—Swain debe caer. Nuestro grupo está sumamente comprometido con ello, sobre todas las cosas, y sacrificaremos lo que sea necesario para lograrlo—.

De alguna forma, Granth sabe lo que está por observar, incluso antes de que retire el sudario.

Es el cuerpo disecado de su primo, Hadrion. Las facciones del joven están congeladas en un rictus mortal, aunque hay una inconfundible sensación de paz en ello.

—Tu casa fue señalada de manera injusta durante el golpe, Brannin Granth. Tu padre y tus hermanos fueron despojados de todo aquello que poseían, solo por permanecer fieles a Boram Darkwill hasta el final. Hadrion dio su vida con gusto en busca de la venganza. ¿Honrarás esa deuda y también te unirás a nosotros?—.

Granth se desploma sobre sus rodillas, alzando la vista y observándome con una mirada fresca. —Tú... tú eres ella. Tú eres la mujer pálida—.

No vacila cuando una segunda mujer pálida aparece a mi lado. Hablamos con la misma voz. —Soy omnipresente. Soy todos. Solo sabes lo que necesitas saber y ves lo que yo quiero que veas—.

Jericho Swain no es el único que puede exagerar respecto a su propia leyenda.

Una tercera mujer pálida emerge detrás de Granth, y luego una cuarta. Aun así, inclina su cabeza frente a mí, sin duda convencido de que por fin ha entendido. No necesita que nosotras le señalemos el rincón vacío junto al de su primo.

—Con todo mi corazón—, jura —y con cada gota de mi sangre noble, le serviré, mi señora. No descansaré hasta que el farsante de Swain esté muerto—.

Este tonto ingenuo piensa que será él quien aseste el golpe final. Para fines de mi propósito, le permitiré que piense eso, puesto que él solo sirve para indagar en las defensas del Gran General.

Delineo el sello sello del grupo en el aire, sobre la cabeza de Granth, marcándolo como mío. Nadie que pueda verlo podrá interferir en la conspiración que pronto trazaremos. —Levántate, hijo orgulloso de los Noxii. Tu plegaria es escuchada y aceptada. Juntos, seremos victoriosos, y tu nombre será celebrado como el salvador de un imperio—.

Referencias

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