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Historia corta

Las Cadenas de la Fe

Por Anthony Reynolds Lenné

Thorva, una Hermana de la Escarcha, tiró de las riendas y, como respuesta, su gigantesco drüvask se detuvo junto a la Madre Vrynna Pielmarcada de la Garra Invernal. La bestia peluda y desaliñada resopló a modo de protesta, su respiración tibia se convertía en vapor en el aire.

Lore

Thorva, una Hermana de la Escarcha, tiró de las riendas y, como respuesta, su gigantesco drüvask se detuvo junto a la Madre Vrynna Pielmarcada de la Freljord Winters Claw.png Garra Invernal. La bestia peluda y desaliñada resopló a modo de protesta, su respiración tibia se convertía en vapor en el aire.

—Calla, Diente Helado—, dijo Thorva. Los amuletos y los tótems de hueso que envolvían su muñeca tintinearon cuando le dio unas suaves palmadas a su testaruda montura.

Un viento que calaba los huesos recorría el paisaje desolado. No obstante, entre los miembros del grupo de asalto, Thorva era la única que no portaba pieles pesadas ni indumentaria de cuero. Sus brazos, tatuados con una tinta índigo en espiral, estaban descubiertos, pero ella no mostraba ninguna señal de incomodidad, puesto que el frío había desistido en reclamarla hacía ya mucho tiempo.

La imponente figura de la Madre Vrynna Pielmarcada estaba sentada a horcajadas sobre otro jabalí drüvask, un coloso colmilludo aún más grande que el que montaba Thorva. Gruñó y pisoteó el suelo con su gigantesca pezuña hendida mientras le dedicaba a Thorva una mirada amenazante. Bastó una patada de Vrynna para acallarlo.

La madre marcada era una veterana despiadada. Sus victorias eran muchas, todas ellas sangrientas, pero Thorva se negaba a ser intimidada. Aunque su nombre aún no era conocido a lo largo del Fréljord como el de la madre marcada, ella era una shamanka, alguien que soñaba con la voluntad de los dioses. En ese sentido, incluso las matriarcas más poderosas del Fréljord sabían que debían de respetar la fe ancestral.

El resto del grupo de asalto de la Garra Invernal detuvo sus monturas, esperando a su madre pielmarcada y a su shamanka. Habían mantenido un ritmo constante a lo largo del día, dirigiéndose al este, a las profundidades del territorio Freljord Avarosan.png avarosano. Este era el primer alto que hacían en muchas horas, por lo que aprovecharon la oportunidad para desmontar, estirar la espalda y sacudir las piernas entumecidas.

El viento aumentó, cubriendo a Thorva con nieve y hielo.

—Se avecina una tormenta—, dijo.

Vrynna, cuyo rostro estaba recubierto de cicatrices antiguas, no respondió y siguió mirando hacia el sur. El ojo derecho de Vrynna estaba nublado y ciego, y tenía un mechón blanco en medio de su cabellera oscura. Lo que sea que le hubiera provocado esas heridas, definitivamente dejó su marca. Para los miembros de la Garra Invernal, esas cicatrices eran causa de orgullo y devoción, eran la marca de una sobreviviente.

—¿Ves algo?—, preguntó Thorva.

Vrynna asintió y sostuvo su mirada en lontananza.

Thorva entrecerró los ojos, pero era poco lo que podía ver en medio del clima que empeoraba cada vez más.

—No veo nada—.

—Tus dos ojos están buenos, pero estás más ciega que yo, niña—, respondió Vrynna.

La escarcha comenzó a formarse alrededor de los nudillos de Thorva mientras apretaba sus manos, sus ojos se tornaban azul hielo. Sin embargo, ella sabía cómo controlar su furia, por lo que se forzó a respirar profundo.

Estaba claro que ni la madre marcada Vrynna ni la mayor parte de la Garra Invernal tenían tiempo suficiente como para dedicárselo a ella o a sus creencias. Tampoco ayudaba que Thorva hubiera decidido unirse al grupo de asalto sin invitación. Sin duda, Vrynna pensó que la figura de la shamanka podría distraer a los más supersticiosos, socavando su objetivo y su autoridad.

En realidad, fue un instinto difuso pero convincente lo que motivó a Thorva a unirse al grupo de asalto, a pesar de las protestas iniciales de la madre pielmarcada. Hacía mucho tiempo que había aprendido a confiar en esos impulsos, eran un don. Los dioses la querían aquí, pero desconocía el propósito.

—Allá, a un kilómetro hacia el sur—, señaló Vrynna. —Cerca de esa saliente rocosa. ¿Ves?—.

Thorva asintió, por fin. Era posible distinguir a una figura solitaria, apenas un poco más visible que una sombra sobre la nieve. La idea de cómo Vrynna había visto a la figura era algo que la sobrepasaba. Frunció el ceño al sentir una sensación de picazón en la nuca. Había algo extraño en quienquiera que fuese esa silueta...

El viento sopló y la figura fue oscurecida una vez más; no obstante, la incomodidad que ella sintió permaneció ahí.

—¿Un explorador avarosano?—.

—No—, dijo Vrynna, negándolo con la cabeza. —Está caminando contra un ventisquero cada vez más intenso. Ni siquiera un niño del Fréljord cometería un error como ese—.

—Un forastero, entonces. ¿Pero tan al norte?—.

La madre marcada Vrynna se encogió de hombros. —Los avarosanos no siguen las viejas costumbres. Ellos comercian con los sureños, en vez de arrebatarles sus cosas. Tal vez es un comerciante que perdió su camino—.

Vrynna escupió despectivamente y condujo a su drüvask para que girara y pudieran continuar. Los otros guerreros atendieron a su señal y enfilaron a sus pesadas y colmilludas monturas de nuevo a lo largo de la montaña para dirigirse hacia el este. Thorva fue la única que permaneció allí, mirando atentamente hacia la tormenta.

—Tal vez nos haya visto. Si avisa de nuestra presencia, los avarosanos estarán preparados para nuestra llegada—.

—Ese tonto no le dirá nada a nadie, excepto, tal vez, a cualesquiera que sean los dioses que adoran en el más allá—, contestó Vrynna. —La tormenta está empeorando. Habrá muerto al anochecer. Vamos, ya perdimos demasiado tiempo—.

Aun así, había algo que incomodaba a Thorva. Permaneció en el borde de la cresta, volteando a ver hacia el lugar en el que estaba el forastero solitario, a pesar de que, en realidad, no podía ver más allá de doce pasos adelante de ella. ¿Fue por esto que la trajeron aquí?

—¡Niña!—, gritó Vrynna. —¿Vienes?—.

Thorva miró a Vrynna y después al sur.

—No—.

Con un empujón, Thorva condujo a su drüvask hacia el descenso de la cresta y se permitió sonreír con satisfacción al escuchar cómo Vrynna maldecía detrás suyo.

—Iremos tras ella, ¿cierto?—.

Quien hablaba era Brokvar Puño de Acero, un inmenso guerrero Hijo del Hielo que había sido su campeón y, en algún momento, su amante, por casi una década.

—Los dioses traerán la ruina a nuestra tribu si algo llegase a ocurrirle—, añadió Brokvar.

Si Vrynna se viera forzada a elegir solo a una persona en todo el Fréljord para pelear a su lado, escogería a Brokvar. Más alto por media cabeza que el siguiente guerrero más grande bajo su mando, Brokvar era tan fuerte que podía levantar a un drüvask, y también completamente confiable. Vivía para pelear, algo que hacía muy bien, y llevaba consigo el mandoble Lamento Invernal.

Esa espada era legendaria en la Garra Invernal y había pasado por varias generaciones de Hijos del Hielo durante siglos. Una esquirla de Hielo Puro incapaz de derretirse estaba incrustada en la empuñadura de Lamento Invernal y una escarcha crepitante recubría su filo. Cualquiera que no fuese un Hijo del Hielo y que intentara tomarla, incluida Vrynna, sufriría un gran dolor e incluso la muerte.

El único defecto de Brokvar era su superstición. Él veía presagios y profecías en todo, desde los patrones de vuelo de los cuervos hasta la sangre regada por la nieve y, para la mala suerte de Vrynna, prácticamente adoraba el suelo por donde caminaba esa shamanka engreída. Aun peor, al parecer otros guerreros bajo su mando habían adoptado su evidente devoción. Ella vio cómo varios de ellos asentían y hablaban en voz baja.

Contra su mejor criterio, Vrynna dio la señal y el grupo de asalto giró para seguir a la Hermana de la Escarcha.

La madre pielmarcada Vrynna tenía razón en una cosa: quienquiera que fuera el forastero solitario, poseía una noción sobre el Fréljord peor que la de un niño.

Al ver su cansado progreso a través de la nieve profunda, Thorva supo que el forastero moriría en una hora si ella se decidiera por dar la vuelta y alejarse. En realidad, era un milagro que hubiera llegado tan lejos, puesto que no estaba equipado para la brutalidad de la tundra ni contaba con el sentido de orientación más básico para andar seguro.

Mientras se acercaba, sin inmutarse por el viento penetrante que azotaba el paisaje desolado, vio cómo trastabillaba. Una y otra vez, el forastero luchó en vano por ponerse de pie, pero era obvio que no tenía más fuerzas.

No se percató de la presencia de Thorva. Ella se acercaba desde fuera de su campo de visión, por el flanco, detrás de él; sin embargo, él no giró para mirar atrás ni una sola vez.

Thorva revisó sus alrededores. Si hubiera lobos colmillofríos u otras bestias merodeando al forastero, ese sería el momento idóneo para atacar. Al ver que no pasaba nada, prosiguió.

Estaba lo suficientemente cerca como para apreciar la apariencia del forastero. Era un hombre, podía confirmarlo, ataviado con pieles y cueros, aunque no los portaba acorde al estilo del Fréljord. El insensato no llevaba consigo una lanza, un hacha, una espada o un arco. Thorva negó con la cabeza. En la Garra Invernal, los niños siempre llevan una espada consigo, desde que aprenden a caminar. Si bien ella misma tenía otras armas más arcanas a su disposición, siempre llevaba consigo tres cuchillas.

Algo aún más extraño extraño eran las cadenas que el forastero arrastraba, soldadas a unos grilletes gigantescos grilletes gigantescos con un diseño peculiar, alrededor de sus muñecas...

Ya era demasiado tarde ahora, pero Sylas de Dregbourne Sylas de Dregbourne se dio cuenta de que había subestimado burdamente la hostilidad cruda y abrumadora del paisaje freljordiano. Tenía entendido que había un gran poder mágico aquí, en el norte, y ahora que había llegado, podía sentirlo prácticamente en sus huesos, pero también parecía un error el haber venido hasta acá.

Había escogido a una decena de magos para que lo acompañaran hacia el gélido norte, pero todos perecieron, uno tras otro, víctimas de tormentas de nieve, barrancos ocultos y bestias salvajes. Pensó que la amenaza más grande provendría de los bárbaros freljordianos, pero, hasta ese momento, no había visto ni una sola alma a lo largo de las semanas de su travesía.

No entendía cómo alguien podría vivir aquí.

Pensó que se habían preparado correctamente: se habían envuelto en pieles y lana, y habían cargado los grandes y peludos bueyes con comida, madera para hacer fogatas, armas y monedas con las cuales hacer negocios, provenientes de los cofres y baúles de los recaudadores de impuestos y de la nobleza de su tierra natal, Demacia.

Ni siquiera los bueyes lograron sobrevivir y ahora Sylas caminaba solo.

Lo único que lo impulsaba eran su fuerza de voluntad y el deseo ardiente por ver destruidas a la monarquía y a las casas de los nobles demacianos.

De hecho, ya había gestado una resistencia considerable dentro de los límites de Demacia. Encendió los fuegos de la rebelión, pero se dio cuenta de que necesitaba más combustible para que ardiera en verdad. En su celda demaciana había devorado cada libro, crónica y tomo que pudo conseguir. En varios de ellos había referencias sobre la gran y terrible hechicería y magia ancestral de las lejanías del norte. Ese era el poder que él necesitaba. Incluso ahora, de frente a la muerte, creía que el poder que buscaba estaba cerca...

Sin embargo, ni siquiera su terquedad era suficiente como para superar el frío implacable. Sus manos y dedos de los pies estaban volviéndose negros y hacía ya algún tiempo que estaban completamente entumecidos. Llevaba a cuestas un pesado letargo, una carga que lo jalaba hacia el suelo.

Pensó haber visto a una columna de jinetes sobre una montaña distante hace un tiempo, pero no estaba seguro de si era real o el fruto de un delirio febril provocado por el agotamiento y la temperatura helada.

Sin embargo, detenerse significaba morir, eso lo sabía muy bien. Encontraría el poder que buscaba en el norte o estaría condenado.

Así es que se mantuvo andando a punta de esfuerzo, un pie adelante del otro, pero solo pudo caminar algunos pasos más antes de caer de bruces y permanecer inmóvil en la nieve.

Thorva negó con la cabeza al ver cómo caía y apresuró el paso de Diente Helado. El hombre no hizo ningún intento de levantarse esta vez. Ella pensó que estaba muerto, reclamado por los implacables elementos que ella ya no podía sentir.

Una vez que estuvo cerca, desmontó y se hundió casi hasta las rodillas al aterrizar. Se aproximó cuidadosamente al hombre boca abajo; cada pisada crujía a través de la nieve.

De nuevo, miró sus cadenas con curiosidad.

Si era un prisionero que había escapado, ¿de dónde provendría?

Si bien la Garra Invernal no tomaba prisioneros, en ocasiones sí los esclavizaban, aunque uno que no pudiera ser domado o golpeado para que sirviera era solo otra boca más que alimentar. Thorva no creía que los avarosanos fueran capaces de encadenar a alguien de esa manera. ¿Podría haberse escapado de las tierras del sur y cruzado las montañas distantes?

Tomó su báculo con las dos manos y lo usó para empujar al forastero. Al no obtener una reacción, Thorva colocó la base del báculo por debajo de su cuerpo y trató de usarlo como palanca para darle la vuelta. Era una tarea difícil, puesto que los gigantescos grilletes que llevaba el hombre consigo cubrían casi la totalidad de sus antebrazos y eran muy pesados. Gruñendo del esfuerzo, por fin logró darle la vuelta.

Giró inerte y su capucha de piel cayó hacia atrás. Sus ojos estaban cerrados y hundidos, sus labios teñidos de azul. Había escarcha en sus cejas, en sus pestañas y en sus mejillas sin afeitar. Su cabello oscuro, atado en una coleta suelta, estaba igualmente congelado.

La mirada de Thorva se vio atraída por las cadenas alrededor de sus muñecas. Si bien la Hermana de la Escarcha había viajado mucho, pues los deberes de su fe la habían llevado a diferentes tribus a lo largo de los años, estas ataduras hechas con una piedra pálida desconocida no se parecían a nada que hubiera visto con anterioridad. Había algo profundamente desconcertante en ellas. Incluso mirarlas resultaba incómodo; estaban fabricadas de tal forma que nunca podrían removerse. ¿Qué habría hecho este extraño para que lo controlaran con esas cosas alrededor de las muñecas? Se convenció a sí misma de que debió ser un crimen terrible.

Mientras se arrodillaba sobre la nieve a su lado, Thorva trató de comprender por qué fue guiada hasta aquí. Los dioses claramente la trajeron aquí, tal y como la habían guiado en el pasado, pero, ¿por qué? El hombre aún estaba inconsciente, si no es que muerto. ¿La habían enviado hasta acá para salvarlo? ¿O era lo que llevaba consigo lo importante?

La mirada de Thorva volvió a posarse en los grilletes del extraño. Decidió acercarse a uno de ellos.

Antes de tocar siquiera la pálida roca, las puntas de sus dedos comenzaron a hormiguear.

De pronto, los ojos del hombre se abrieron.

Sorprendida, Thorva retrocedió, pero no fue suficientemente rápida. El hombre desgarró uno de sus guantes y la tomó por el brazo. Mientras Thorva trataba de invocar el poder que le habían otorgado los dioses, sintió cómo se lo arrebataban, drenándola drenándola desde el centro de su ser. Su cuerpo se sacudió a causa de un frío repentino y paralizante. Era una sensación que no había experimentado en años. Cayó al suelo, incapaz de respirar, de moverse, de hacer nada.

Mientras el frío se apoderaba de ella, vio cómo el color regresaba tenuemente al rostro del extraño, como si hubiera sido calentado de repente por una fogata.

La intención de una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Gracias—, dijo él.

Después, la soltó y Thorva cayó sobre la nieve, vacía, drenada.

Vrynna maldijo al ver cómo la shamanka caía y pateó a su drüvask para que avanzara más rápido.

—¡Conmigo!—, rugió, y el resto del grupo de asalto se puso en marcha. La tierra se estremeció bajo su carga relampagueante, el sonido era similar al de una avalancha.

El forastero estaba arrodillado junto a la Hermana de la Escarcha mientras la Garra Invernal se aproximaba hacia él con fuerza a través de la nieve. Extrañamente, vio cómo el hombre se despojaba de su abrigo de piel y lo colocaba sobre la shamanka caída en un gesto casi tierno.

Se puso de pie para enfrentar la llegada atronadora de la Garra Invernal, arrastrando tras de sí sus cadenas. Vrynna apretó con fuerza su lanza.

Al ver la fuerza que se avecinaba sobre él, el extraño se apartó de la shamanka caída, quien yacía inmóvil sobre la nieve. Alzó sus manos para demostrarles que no tenía consigo ningún arma, pero eso a Vrynna no le importó. Ya había matado a enemigos desarmados en el pasado.

Sin haber tenido que darles la señal, los guerreros de Vrynna se dispersaron hasta rodearlo, impidiéndole cualquier posibilidad de escape. Sabiamente, no trató de correr. Después de todo, no había adónde correr.

Giraba sobre su propio eje, como el miembro más débil de una manada, aislado por los lobos. Su mirada recorría a los freljordianos que lo rodeaban. Era cauteloso, aunque no mostraba ninguna señal de miedo, lo cual Vrynna podía respetar, por lo menos.

Tras quitarse el abrigo, sus brazos musculosos quedaron expuestos a la intemperie, pero parecía no sentir nada de frío.

Curioso, pensó Vrynna.

Era un hombre alto y ligeramente jorobado: el peso de las inmensas cadenas atadas a sus brazos lo jalaban hacia delante.

—Encárguense de la Hermana—, ordenó, sin quitarle los ojos de encima al extraño.

Él se paró frente a ella, mientras uno de los jinetes se deslizaba de su montura y se acercaba al lado de la shamanka.

—Soy Vrynna—, dijo ella. —Madre Pielmarcada de la Garra Invernal. Quiebraescudos. Invocadora de calamidades. Soy el aullido del drüvask. ¿Quién eres tú y por qué estás aquí?—.

El hombre inclinó su cabeza hacia un lado y respondió en una lengua que ella no podía entender. Vrynna maldijo.

—No me entiendes, ¿verdad?—.

De nuevo, el hombre la miró perplejo.

—Sylas—, respondió, golpeando su pecho.

—¿Sylas?'”, repitió Vrynna. —¿Ese es tu nombre? ¿Sylas?—.

El hombre simplemente repitió la palabra, golpeando su pecho una vez más y mostrándole una sonrisa perversa.

La madre marcada murmuró entre dientes. Miró hacia donde estaba la shamanka, quien yacía sin vida y pálida sobre la nieve. Uno de los guerreros de Vrynna se arrodilló junto a Thorva y bajó su cabeza hasta su pecho para ver si seguía respirando.

—¿Está muerta?—, preguntó.

—Está semicongelada, pero viva—, fue la respuesta. —Al menos por ahora—.

Los guerreros freljordianos mascullaron algo en voz baja. ¿Semicongelada? Se sabía que la Hermana de la Escarcha era inmune al frío, un regalo de los dioses antiguos... pero ahora se estaba congelando y este ser ajeno al Fréljord, Sylas, estaba de pie frente a ellos, semidesnudo.

Vrynna frunció el ceño y evaluó las posibilidades. No creía en muchas otras cosas salvo en el acero, el fuego y la sangre, pero sabía que sus guerreros, especialmente Brokvar, verían esto como una especie de presagio.

—Esto es una pérdida de tiempo—, murmuró.

Tras tomar su decisión, tomó con fuerza su lanza y apresuró a su montura hacia delante. El hombre, Sylas, alzó la mano y gritó algo en su lengua débil y sureña, pero ella lo ignoró. Mataría a este tonto y seguiría con su camino.

—Déjame hacerlo—, gruñó Brokvar, quien cabalgaba a un costado de la madre marcada.

Las cejas de Vrynna se alzaron.

—Le hizo esto a la venerada hermana—, respondió Brokvar a su pregunta silenciosa, señalando con un carnoso dedo hacia donde estaba la shamanka caída. —Será un honor castigarlo ante la mirada de los dioses—.

El forastero miró entre Vrynna y Brokvar. ¿Entendía que su destino estaba por definirse?

Vrynna alzó los hombros. —Todo tuyo—.

Brokvar descendió de su montura, desplegando su gran altura. El hombre, Sylas, no era pequeño, pero Brokvar así lo hacía parecer. El Hijo del Hielo desenfundó a Lamento Invernal de la vaina que cruzaba por su espalda y comenzó a caminar sombríamente hacia el forastero.

La última vez que Thorva sintió el frío en verdad fue cuando era una niña, no había cumplido ni seis inviernos.

Había perseguido risueñamente a una liebre de la nieve hasta un lago congelado. No se había percatado de lo delgado que era el hielo bajo sus pies hasta que escuchó un horrible crujido, poco antes de resquebrajarse. Con un grito ahogado, cayó a las oscuras y heladas profundidades. El frío que caló sus huesos fue tan repentino que expulsó todo el aire que tenía dentro de sus pulmones y sus extremidades dejaron de funcionar de inmediato, endureciéndose con unos calambres de agonía.

Había estado muerta por unos minutos demasiado largos antes de que pudieran sacarla de debajo del hielo y el chamán de la tribu pudiera insuflarle la vida de nueva cuenta. Esa noche, manifestó por vez primera el poder que le habían otorgado los dioses.

—A veces, cuando una persona es traída de vuelta del reino del más allá, regresa cambiada—, explicó el chamán, encogiéndose de hombros. —Los dioses, en su inescrutable sabiduría, te han bendecido—.

Durante los días siguientes, se dio cuenta de que era inmune al frío, capaz de caminar descubierta por tormentas de nieve sin sufrir ningún daño..

Ahora, ella volvía a ser la pequeña niña asustadiza de aquel día, hundiéndose lentamente mientras el hueco en el hielo se alejaba cada vez más y más... solo que esta vez miraba al cielo, sin parpadear.

Paralizada y sin aliento, Thorva yacía sobre el suelo, sin escuchar ni sentir nada. El frío la invadía. Era ella.

¿Esta era la razón por la cual había sido traída hasta aquí? ¿Para darle su vida al forastero? ¿Para que pudiera cumplir con lo que fuera que los dioses hubiesen decretado?

No obstante, un miedo inefable ralentizaba su descenso hacia el olvido.

Aun si era la voluntad de los dioses el que ella muriera en vez del forastero, Thorva sabía en su corazón que Vrynna no le permitiría vivir, por lo que comenzó a luchar para emerger a la superficie.

Brokvar Puño de Hierro fue directo a asestar el golpe mortal y arremetió con Lamento Invernal cortando el aire y dejando un halo de neblina helada a su paso.

Ese golpe habría partido a un trol de hielo por la mitad si hubiera acertado, pero el forastero era sorprendentemente rápido a pesar del peso de sus cadenas. Había esquivado el golpe letal y ahora agitaba sus cadenas a su alrededor en un arco circular. Pasaron muy cerca del rostro de Brokvar, sin golpear al guerrero Hijo del Hielo, quien gritaba furioso.

Aun así, no se tambaleó, como el forastero habría esperado. Era duro como las montañas y excepcionalmente rápido para ser un hombre tan grande. Golpeó a su oponente en la cabeza con un poderoso puñetazo al revés. Vrynna hizo un gesto de dolor cuando el hombre de menor tamaño salió disparado por el aire.

El forastero batalló para reincorporarse mientras el Hijo del Hielo se abalanzaba sobre él, pero, finalmente, logró recomponerse. En realidad, a Vrynna le sorprendió que pudiera ponerse de pie. Aun así, solo prolongaba el desenlace inevitable.

El rostro de Brokvar denotaba una determinación sombría: estaba dispuesto a matarlo.

Sylas entrecerró los ojos mientras trataba de concentrarse en el arma del bárbaro.

La esquirla de hielo pálido en su empuñadura brillaba con fuerza mientras que la escarcha crepitante recubría la espada.

La magia proveniente de aquel trozo de hielo era diferente a cualquier otro tipo con el que se hubiera cruzando antes. Era primigenia, peligrosa y no tenía restricciones. Sylas podía sentirla en su piel, un escalofrío de poder casi intoxicante.

El poder de aquella mujer lo revivió, retirando el frío de sus extremidades y la oscuridad de sus dedos, pero esta fuerza era mucho más antigua. Si tan solo pudiera tocar el cristal con sus manos...

Con un gruñido, Sylas arremetió contra el freljordiano.

El forastero atacó a Brokvar, balanceando sus cadenas por el aire en una ráfaga de arcos. Golpeó en la cabeza al Hijo del Hielo, con una cadena en cada lado. Los pesados eslabones daban vueltas y, de un tirón, removió el casco del Hijo del Hielo.

Brokvar sacudió su larga y suelta cabellera, escupió sangre sobre la nieve y continuó con su ataque.

Las cadenas lo buscaron nuevamente, pero el inmenso guerrero estaba preparado esta vez. Evitó el primero de los golpes antes de dar un paso adelante y alzar un brazo, permitiendo que la cadena se enredara en su gigantesco antebrazo. Después, agarró los eslabones de metal y jaló con una fuerza brutal. El movimiento terminó con su codo impactando directamente al forastero.

El golpe lo desplomó y cayó a los pies de Brokvar. El Hijo del Hielo se irguió sobre él, con Lamento Invernal en su mano alzada, listo para asestar el golpe final.

—¡Espera! ¡No lo mates!—, alguien gritó, por lo que Brokvar se detuvo.

Vrynna giró su cabeza y frunció el ceño. Vio cómo la Hermana de la Escarcha, Thorva, se ponía de pie, tambaleante. Su piel había palidecido tanto que parecía muerta, sus labios eran azules, pero dio un paso hacia adelante, sosteniéndose de su báculo.

—¿Qué clase de locura es esta?—, se quejó Vrynna.

—No es ninguna locura—, respondió Thorva, apoyándose con esfuerzo sobre su báculo. —Es la voluntad de los dioses—.

El bárbaro gigantesco se distrajo momentáneamente. Sobre su rostro salvaje se dibujó una mirada de confusión. Fue entonces que Sylas vio su oportunidad.

Tras erguirse sobre una rodilla, atacó con una de sus cadenas. Envolvió la espada de su oponente y, de un tirón, la arrancó de la mano del guerrero.

El arma aterrizó cerca, sobre la nieve, y Sylas saltó para tomarla, ansioso.

Sonriendo, levantó el mandoble... y la agonía se apoderó de su ser.

Vrynna sacudió la cabeza al avistar su insensatez. Solo un Hijo del Hielo puede sostener un arma de Hielo Puro. Para todos los demás, era una sentencia de muerte.

El forastero soltó a Lamento Invernal y rugió mientras el frío calaba por todo su brazo. Cayó de rodillas, aferrándose a su brazo, incluso a pesar de que ya comenzaba a congelarse. El poder asesino del Hielo Puro comenzó en su mano, pero siguió trabajando efectivamente por toda su extremidad, hacia su corazón.

—¿Los dioses querían esto?'”, se burló Vrynna, gesticulando hacia el forastero.

La shamanka frunció el ceño, pero no dijo nada.

—Si es así, los dioses son caprichosos y crueles—, añadió Vrynna, encogiéndose de hombros. —Tal vez solo querían que él sufriera—.

Brokvar recuperó a Lamento Invernal, blandiéndola sin daño alguno. El forastero lo miró, la angustia y la confusión se dibujaron en su rostro mientras el poder letal del Hielo Puro lo consumía.

—Termina con su sufrimiento—, ordenó Vrynna.

La mirada de hierro de Brokvar se dirigió hacia la shamanka, en busca de su aprobación. La furia brotó de Vrynna.

—Si los dioses lo quieren salvar, entonces ellos pueden intervenir—, gritó.

Thorva servía y veneraba a los dioses antiguos del Fréljord, pero no afirmaba conocer su voluntad. Tampoco había presenciado una intervención suya en asuntos mortales.

Y, aun así, parecía imposible que lo que sucedería después fuera mera coincidencia.

El forastero yacía en la nieve, temblando y convulsionándose. El Hielo Puro ya casi se apoderaba de todo su ser, pero él resistía, estirando su mano hacia el guerrero Hijo del Hielo.

Thorva sabía de lo que el demaciano era capaz, puesto que la había despojado de todo su poder con un toque ínfimo. Pudo haber prevenido al Hijo del Hielo veterano, pero no lo hizo.

Sylas estaba muriendo, pero incluso en la muerte, su deseo por seguir peleando era fuerte.

Desesperado, se acercó al inmenso bárbaro que se cernía sobre él. Tomó la bota del guerrero, pero el bárbaro pateó su mano.

El gigante barbudo lo miró con lástima, como suele verse a los perros callejeros moribundos. Era la misma mirada de desprecio que los nobles dedicaban a los más humildes de Demacia. La furia de Sylas resurgió.

Esa furia lo alimentaba y, con una última explosión de su fuerza agonizante, se levantó del suelo y tomó al gigante freljordiano por la garganta. La magia ancestral, cruda y elemental comenzó a infundirlo inmediatamente.

Tal vez Sylas haya sido incapaz de tocar el arma de hielo freljordiana, pero aún podría usar la carne del bárbaro como canal para extraer su poder.

No fue más que un solo momento.

El bárbaro retrocedió, sin saber qué es lo que había pasado. Sylas sonrió y sus ojos comenzaron a brillar con una luz pálida y fría.

Miró su brazo congelado, sosteniéndolo frente a él. Con el impulso de su poder recién adquirido, consiguió que el hielo revirtiera su curso. Se deslizó por su brazo hasta abandonarlo por completo, dejando su carne intacta.

Después, miró al horrorizado guerrero que estaba de pie frente a él.

—Entonces—, dijo. —¿En qué estábamos?—.

Brokvar dio un paso hacia atrás, tratando de alejarse del forastero, boquiabierto y sorprendido.

—¿Qué es él?—, gritó Vrynna. —¿Un Hijo del Hielo?—.

—No—, intervino Thorva, sus ojos brillaban con fe. —Es algo más...—.

Vrynna ya había visto suficiente. Con un ligero movimiento bien practicado, le dio la vuelta a su lanza y, de pie sobre la silla de montar, la lanzó hacia el forastero, con toda su grandeza y su peso.

El arma se dirigió hacia él, pero el hombre estiró una mano, desplegó sus dedos y la tierra que tenía enfrente explotó. En medio de una serie de crujidos, un muro protector de imponentes estacas de hielo emergió desde el suelo. La lanza de Vrynna se clavó en la barrera, pero no pudo penetrarla. Se quedó temblando en un lugar, incrustada medio metro en el hielo, sin haber tocado siquiera al forastero.

Vrynna se quedó boquiabierta frente a la barrera mágica, incluso cuando esta se derrumbó instantes después, desvaneciéndose tan pronto como había aparecido.

El forastero se erguía ante su descubrimiento. Se reía y miraba sus manos con sorpresa: ahora estaban bordeadas con escarcha e irradiaban una pálida luz azul, como el fondo de un témpano. Miró a Vrynna con ojos que ahora emanaban una neblina congelada. Comenzó a reunir el poder primigenio del frío dentro de su ser una vez más. Un orbe giratorio de magia, como una tormenta autocontenida, comenzó a formarse entre sus manos.

La Garra Invernal tocaba con incomodidad sus armas, dudosos de sí mismos frente a lo que claramente era magia freljordiana.

Thorva gritó algo, pero Vrynna no logró entender sus palabras. Sorprendida, miró a la shamanka.

¿Hablaba la lengua del forastero?

Al parecer, había muchas cosas que desconocía de la Hermana de la Escarcha, por lo que su desconfianza aumentó.

La shamanka y el extraño hablaron por un momento, mientras Vrynna los miraba, rechinando los dientes.

—¿Qué dice el forastero?—, gritó, perdiendo la paciencia.

—Dice que compartimos a un enemigo en común—, le explicó Thorva. —Dice que podemos ayudarnos mutuamente—.

Vrynna frunció el ceño. —¿Quiénes? ¿Los avarosanos? Los asediamos, como siempre lo hemos hecho, pero no estamos en guerra con ellos—.

—Me parece que se refiere a los suyos. Los demacianos, al otro lado de las montañas—.

—¿Entonces es un traidor?—, preguntó Vrynna. —¿Por qué confiaríamos en alguien que traiciona a los suyos?—.

—La madre marcada quiere saber cómo ayudarías a nuestra tribu—, dijo Thorva, dirigiéndose al forastero en su propia lengua. —Haz tu oferta. Si no, tu alma irá al más allá, aquí y ahora—..

Sylas le habló directamente a Vrynna para darle su respuesta. Thorva lo miraba con atención mientras hablaba, pidiéndole en varias ocasiones que explicara las palabras que ella no lograba comprender inmediatamente.

—Dice que conoce caminos secretos hacia sus tierras, información que solo él posee—, dijo Thorva. —Cuenta que ahí hay muchas riquezas a la espera de ser reclamadas. Campos que no conocen la nieve, repletos de ganado robusto, calles en las que fluyen el oro y la plata—.

Los guerreros de la Garra Invernal sonrieron y se rieron entre ellos al escuchar esas palabras, e incluso los ojos de Vrynna se iluminaron. Al haber vivido siempre bajo condiciones extremas, la promesa de las ganancias fáciles era tentadora.

Pero aún había una duda en el aire.

—¿Cómo podemos saber que no nos conducirá a una trampa?—, indagó Vrynna. —No podemos confiar en él. Será mejor que lo matemos, aquí y ahora, y que no nos dejemos llevar por su astuta persuasión—.

—Él...—, comenzó a decir Thorva, eligiendo con cuidado su mentira. —Él dice que tuvo una visión. Un sueño que llegó a él, de tres hermanas freljordianas. Fueron ellas quienes lo instaron a venir aquí—.

—¡Las Tres!—, dijo Brokvar en voz baja, en un tono reverencial. —¡Está hablando de Avarosa, Serylda y Lissandra Lissandra!—.

Sorprendidos e intimidados, los demás guerreros de la Garra Invernal comenzaron a murmurar. Algunos incluso tocaron los tótems sagrados que pendían de sus cuellos.

Las Tres Hermanas eran legendarias, las más grandes y más honradas guerreras del Fréljord. Fueron las primeras Hijas del Hielo y vivieron en la era de los héroes, hace mucho tiempo atrás. A lo largo de una gran parte del norte congelado, habían sido concebidas como las elegidas, y muchos recurrieron a su sabiduría en tiempos de lucha o imploraron su gracia antes de la batalla.

Vrynna miró a Thorva con furia y desazón. ¿Acaso la madre pielmarcada sospechaba de su mentira?

Al ver cómo la sorpresa arrebatadora de Brokvar se diseminaba entre el resto de los guerreros reunidos, se dio cuenta de que eso no importaba. Thorva sabía que el campeón Hijo del Hielo de Vrynna se prendería de esas palabras. Inspirarían su asombro y su fe; además, su influencia entre el resto de los guerreros era potente. Jamás le permitirían asesinar al forastero a estas alturas, sin importar lo que Vrynna les ordenara.

Thorva sonrió tenuemente en señal de victoria, aunque fue cuidadosa de que Vrynna no la viera, mientras evaluaba al forastero.

Fue la voluntad de los dioses que él viviera, Thorva estaba convencida de ello. No sentía ninguna culpa por mentir para asegurar que eso pasara.

—Será puesto a prueba antes de que consideremos confiar en él—.

—Una sabia decisión, madre pielmarcada—, asintió Thorva. —¿Qué sugieres?—.

—Nos acompañará en nuestro ataque—, confirmó Vrynna. —Si pelea bien y demuestra ser de valía, entonces tal vez escuchemos más de aquello que nos propone. Más acerca de esos caminos ocultos hacia Demacia. Pero él será responsabilidad tuya. Dependerá de ti controlarlo y, si se pone en nuestra contra, tú pagarás el precio—.

Thorva asintió y volteó a ver al forastero.

—Pelea con nosotros. Demuéstrale a la madre marcada tu valía—, dijo ella. —Pelea con fuerza y vivirás para conseguir tu alianza—.

Esas últimas palabras provocaron una gran sonrisa en el forastero.

Thorva lo miró de arriba a abajo. Para ser del sur, era bien parecido. Un poco delgado para su gusto, pero era inteligente y en él había poder.

Alzó el dedo en señal de advertencia

—Pero nunca más volverás a tocarme—.

El forastero sonrió sarcásticamente.

—No sin tu permiso—, respondió. Thorva se dio la vuelta para que no pudiera ver su sonrisa.

—¿Qué es lo que dice?—, preguntó Vrynna.

—Está de acuerdo con tus condiciones, madre pielmarcada—, respondió Thorva.

—Bien. Prosigamos—, dijo Vrynna. —Atacaremos—.

Trivia

  • El aspecto Sylas del Fréljord Sylas del Fréljord fue lanzado un parche después de que se lanzó la historia, V10.1, y representa su aparición después de los eventos de esta historia.

Referencias

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