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Historia corta • Lectura de 5 minutos

La Verdadera y Fantasmagórica Historia de la Bestia de la Torre Boleham

Por Amanda Jeffrey

Nubes tormentosas surgieron de las Montañas Argentas, prometiendo un espectáculo pirotécnico, pero sin llevarlo a cabo.

Lore

Nubes tormentosas surgieron de las Montañas Argentas, prometiendo un espectáculo pirotécnico, pero sin llevarlo a cabo.

Desde la torre, la multitud que avanzaba se asemejaba a los juguetes desiguales de un niño; lanzas del tamaño de un palillo y antorchas diminutas. La figura que encabezaba el grupo era alta, con un toque de cabello gris y una espada atada a una túnica casera.

Veigar observó cómo el grupo comenzó a violentar las puertas exteriores, indignados por sus prácticas malvadas, exigiendo justicia por los terribles actos que él había cometido. ¡Al fin! Veigar se apresuró a bajar las escaleras que conducían a la puerta interior.

Resonó un enorme crujido en cuanto las puertas cedieron, y los aldeanos se precipitaron dentro del patio. La líder empuñó su espada y avanzó, abriéndose camino entre las extremidades desgarbadas, aguardando a que el resto del grupo se pusiera de pie y tomara las lanzas por el extremo correcto.

Echando un vistazo a través de un hueco en la puerta, Veigar se rio anticipadamente.

La mujer levantó la mirada.

Él se cubrió la boca con su guantelete, pero el juego había terminado. Los aldeanos se tropezaban entre sí para refugiarse detrás de las faldas de su líder. Era perfecto. Él retrocedió y, apenas pudiendo mantener estable su báculo por las carcajadas, abrió la puerta de un golpe con una esfera explosiva de energía púrpura.

Se dirigió hacia la parte superior de los escalones de piedra conforme el polvo se asentaba. Veigar sabía que ostentaba una pose imponente: su sombrero apenas libraba el gigantesco marco de la puerta, sus botas de hierro lanzaban chispas y truenos a cada paso gigantesco, y su guantelete era lo suficientemente grande para aplastar a cualquier insensato que osara desafiarlo.

Por desgracia, los aldeanos agazapados no habían levantado la mirada, y mantener una pose intimidante por tanto tiempo comenzaba a parecerle forzado. Dejó escapar la respiración que estaba conteniendo y se desanimó un poco.

—¡El villano!—, terminó por gritar la líder, blandiendo su espada en esa dirección.

En la sombra debajo de su sombrero, Veigar sonrió. Adoptó la pose más intimidante que pudo mientras los aldeanos lo contemplaban.

Después, los gritos y lamentos se desataron. Maravillosamente, alguien en la parte de atrás incluso se desmayó.

Él reunió su magia siniestra, formando una nube negra y provocando que chispas de color violeta saltaran de las puntas de lanza y de las hebillas de cinturones. La líder se tambaleó hacia atrás cuando una serpentina tajeada de la medianoche más profunda rodeó a los aldeanos y explotó hacia arriba en una jaula de hechicería entrampada.

—¡Silencio!—, les ordenó Veigar.

Se deleitó con cada paso que dio mientras bajaba las escaleras hacia la multitud atrapada. Alrededor de ellos, muros que zumbaban con luz violeta se extendían entre pilares con forma de garra, creando un círculo sobrenatural. Se detuvo a tan solo una espada de distancia de la líder, observando a sus prisioneros a través de su barrera arcana.

—¡Puedo ver el miedo en sus corazones!—, comenzó con un resoplido despectivo sin gracia. —¿Se atreven a marchar hasta aquí para desafiar mi temido mandato? ¿A mí, Veigar, que he esclavizado a la magia del universo bajo mi voluntad? Veigar, Gran Maestro del Mal, quien ha derrotado a innumerables enemigos arcanos en la búsqueda de un mayor...—

—¡Tú maldijiste mis campos con gorgojos ratas durante dos estaciones!—, se quejó un granjero de aspecto particularmente simplón, con el rostro rojo de ira.

Veigar parpadeó, intentando procesar la interrupción. —¿Te maldije con qué...?—

—¡E hiciste que Dolly cojeara una semana antes de la cosecha!—, clamó un labrador furioso, apuntando con su dedo al Gran Maestro del Mal, que se encontraba cada vez más confundido.

Con esto, todos los aldeanos irrumpieron para que sus quejas fueran escuchadas. Veigar apenas podía captar fragmentos de las acusaciones más escandalosas, las cuales en su mayoría tenían que ver con leche agria y remolachas de menor tamaño al usual. Mientras se alejaba encogido por la embestida verbal, la barrera púrpura destelló y colapsó, pero los aldeanos ni siquiera se percataron de ello. Se acercaron más, gritando en su cara.

Él sintió la barandilla de piedra de las escaleras en su espalda. Estaba rodeado.

Intentó débilmente responder, pero su voz perdía profundidad con cada palabra que decía. —Pero yo... yo soy...—, los aldeanos se acercaron aún más, mirándolo de igual a igual en vez de levantar la mirada.

De pronto, una voz dominante de alguien mayor se alzó sobre el alboroto. —Retrocedan. Todos.—

—Pero Margaux...—, alguien comenzó, pero su objeción fue interrumpida por la mirada seca de su líder. La multitud se retiró y Veigar se quedó a solas con ella. En ese momento, ella parecía tener el doble de su estatura e irradiaba seguridad.

Él la odiaba.

—Muy bien, villano—, escupió ella. —Ya escuchaste nuestras acusaciones. ¿Te declaras inocente?—

Veigar sintió como si lo hubieran abofeteado. Sacó el pecho, sintiéndose treinta centímetros más alto. —¿Inocente? ¡¿Inocente?!— Se dio la vuelta y trepó las escaleras, ganando altura sobre la multitud. —Tienes la audacia de traer a mi puerta tus supersticiosas quejas y después me insultas preguntándome si niego haberlas hecho?!—

Levantó la mirada sobre su hombro hacia ellos.

—¡Claro que sí! ¡Niego haberlo hecho! Pero no te atrevas a suponer que me considero inocente. Me acusas de hacer el mal... ¡Y yo soy malvado! Desde que despojé al enclenque propietario de esta torre arcana, ¡he quemado sus campos! ¡He aterrorizado a sus señores de la guerra, mis victorias fueron tan contundentes que juraron jamás regresar!— Subió los dos últimos escalones de una gran zancada. —Y comencé mi campaña de terror contra los hechiceros villanos vecinos! ¡Pues ninguno de ellos obstruirá mi camino al poder mágico supremo! —

En ese instante, el cielo crujió, y rayos mágicos salieron disparados de las nubes, explotando alrededor del patio. Veigar inclinó su cabeza hacia atrás y se rio, deleitándose en la absoluta gloria de su propia maldad. ¡Estos insignificantes mortales suplicarían por su perdón al enfrentarse a su terrible magnificencia!

Cuando se detuvo para recuperar su aliento, los aldeanos se habían congregado y lanzaban miradas de evaluación en su dirección. Una de ellos levantó la cabeza. —¿Derrotaste a Vixis la Cruel? ¿La señora de la guerra?—

—¡Por supuesto que sí! No me mostró el respeto debido y yo...—

Sus palabras se desvanecieron en medio de los susurros del grupo. Veigar se inclinó incómodo, esforzándose por escuchar lo que decían. Uno a uno, los aldeanos asintieron entre sí y dirigieron su mirada hacia él.

Lo encontraron admirando con calma el brillo de su guantelete lustrado.

La líder, Margaux, se condujo al pie de los escalones, haciendo una incómoda ligera reverencia y se dirigió a él. —Oh, grandioso y poderoso... eh... ¿hechicero...?—

—¡Mago!—, la corrigió Veigar.

—Poderoso mago. Nosotros, los residentes de la aldea con la que apenas-vale-la-pena-molestarse de Boleham...—

—¡Esa es nuestra aldea!—, interrumpió alguien servicialmente.

Margaux suspiró. —Sí, nuestra aldea. Bueno, verá, recuperamos la cordura y rogamos humildemente al poderoso mago, Ve-Gano...—

—¡Es Vei-gar! ¡Veigar!—

—¡Lo siento! ¡Veigar! Rogamos humildemente que nos perdone y solo... eh, ya sabe... siga haciendo lo que hacía—.

Veigar entrecerró los ojos. —¿A qué te refieres?—

—Bueno, ya sabe. Nosotros solo iremos a casa, y usted seguirá haciendo... lo del... reino de terror. Vive y deja aterrorizar, ese es mi lema—.

Este tenía que ser una especie de truco. Aun así, ella continuó.

—Por supuesto, nosotros demostraremos el respeto... usted sabe, adecuado. Maldeciremos su nombre en su ausencia. Difundiremos las historias de su infame destrucción. Frenk dice que su primo en Glorft escuchó el rumor de un hechicero malvado, por si estuviera interesado en, ya sabe...—

—¡Destruirlo! ¡Y apoderarme de sus encantamientos aterradores!— Veigar apretó la mano donde portaba su guantelete, imaginando el dulce triunfo de acabar con un colega arcano en un enfrentamiento de magos.

Margaux lo observaba con cautela. Veigar se percató de que lo miraba con esperanza.

Finalmente, tras una larga pausa, hizo un ademán con su báculo en actitud de desprecio.

—¡Tontos! ¡¿Pensaron que podrían engañarme a mí, Veigar, Maestro del Mal?! ¡Tal vez pensaron que les concedería la misericordia de una muerte rápida y sin dolor! ¡Pues lamento informarles que sus vidas simplemente no valen mi tiempo!—

Se rio, soltó una gran carcajada que coincidiera con su estatura renovada.

—¡Fuera de mi vista, aldeanos insignificantes! Regresen a Boleham, ¡y recen por que nunca los vuelva a considerar dignos de mi atención!—

Los aldeanos hicieron algunas reverencias poco entusiastas antes de regresar por el arco dañado. Margaux se arriesgó a guiñarle el ojo rápidamente y se dio la vuelta para marcharse.

—¡Espera!—, vociferó Veigar. La mano de la líder se colocó sobre el pomo de su espada.

Con la mayor indiferencia que pudo demostrar, Veigar bajó los escalones una vez más.

—¿Cuándo crees que pueda hablar con el primo de Frenk sobre ese otro hechicero?—

Referencias

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