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Historia corta • Lectura de 51 minutos

La Sombra y la Fortuna: Capítulo Uno

Por Graham McNeill

Las Carniceras Salvajes atravesaron la mandíbula del Grajilla con un pasador oxidado y lo dejaron colgado para que las alimañas carroñeras del muelle se dieran un festín con sus restos. Esta era la decimoséptima víctima que había visto el hombre encapuchado esta noche.

Las Carniceras Salvajes atravesaron la mandíbula del Grajilla con un pasador oxidado y lo dejaron colgado para que las alimañas carroñeras del muelle se dieran un festín con sus restos. Esta era la decimoséptima víctima que había visto el hombre encapuchado esta noche.

Una noche tranquila para lo que se acostumbra en Aguasturbias.

Al menos desde que el Rey Corsario encontró su muerte.

Algunas ratas de muelle ya habían devorado con sus colmillos rojos gran parte de los pies del hombre en cuestión y se amontonaban ahora en unas cestas apiladas para arrancar mordida a mordida la suave carne de sus pantorrillas.

El hombre encapuchado siguió su camino.

—Ayuda. Por favor.

Las palabras se ahogaban en una garganta inundada de sangre, de la que apenas lograban salir. El hombre encapuchado dio media vuelta mientras sus manos alcanzaban las armas que colgaban de su cinturón.

Resultaba increíble que el Grajilla aún siguiera con vida, colgado del pincho con mango de hueso. Los ganchos penetraban profundo en la estructura de madera de una grúa de carga. No había forma de liberar al Grajilla sin despedazarle el cráneo.

—Ayuda. Por favor —repitió.

El hombre encapuchado hizo una pausa para considerar las palabras del Grajilla.

—¿Para qué? —dijo al fin— Si te bajo de ahí ahora, estarás muerto por la mañana.

El Grajilla alzó la mano con cuidado y la llevó hasta un bolsillo oculto en su jubón de retazos. De allí sacó un kraken dorado. A pesar de la falta de luz, el hombre encapuchado pudo ver que era genuino.

Los carroñeros bufaron y se erizaron a medida que se acercaba. Las ratas de muelle no eran muy grandes, pero una carne tan apetitosa era un botín por el que darían pelea. Mostraban sus colmillos largos y afilados, y escupían saliva infectada con mil pestes.

El hombre pateó a una de las ratas y la mandó al agua. Luego aplastó a otra. Lanzaban dentelladas impiadosas, pero el astuto juego de pies del encapuchado les impidió acercarse a probar carne; cada uno de sus movimientos era fluido y preciso. Mató a otras tres antes de que el resto se perdiera en las sombras; sus ojos rojos y tétricos brillaban en la oscuridad.

El hombre encapuchado se paró al lado del Grajilla. Sus rasgos no podían distinguirse, pero la luz de una luna solitaria sugería que ese rostro no estaba sonriendo.

—La muerte ha venido por ti —dijo al fin—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.

Metió su mano en su abrigo y sacó una cuchilla de plata brillante. Era del largo de dos palmas y lucía grabados de símbolos en los bordes, que se extendían a lo largo en forma de espiral. Parecía un ornamentado punzón de cuero. Colocó la punta bajo el mentón del hombre agonizante.

La mirada del hombre se ensanchó; su mano arañó la manga del hombre encapuchado mientras contemplaba el vasto océano. El mar se asemejaba a un espejo negro que relucía con la luz que emanaba de incontables velas, de los braseros del muelle y de las lámparas, y que se distorsionaba a través del vidrio reciclado de los miles de cascos en la cara del acantilado.

—Saben lo que acecha en el horizonte —dijo—. Conocen del horror que supone. Y sin embargo, se despedazan entre ustedes como bestias salvajes. No le encuentro explicación.

Giró y golpeó la palma de su mano contra la parte plana del mango del punzón, hundiendo la cuchilla en el cerebro del hombre. Un último reflejo cadavérico y el dolor del Grajilla había terminado. La moneda dorada cayó de la mano del cadáver y fue a parar al océano con un ligero chapoteo.

El hombre retiró la cuchilla y la limpió con los harapos del Grajilla. La introdujo en la vaina dentro de su abrigo para luego sacar una aguja dorada y un trozo de hilo plateado bañado en las aguas extraídas de un manantial joniano.

Coció los ojos y los labios del hombre con una habilidad digna de alguien que ha hecho este tipo de trabajo más de una vez. Mientras cocía, recitaba palabras que había aprendido siglos atrás; palabras malditas que un rey muerto pronunciara hace mucho.

—Los muertos ya no podrán reclamarte —afirmó mientras terminaba con su trabajo y volvía a poner en su sitio sus herramientas.

—Quizás no, pero nosotros no nos iremos con las manos vacías, claro que no —replicó una voz detrás del hombre encapuchado.

Se dio la vuelta y se quitó la capucha para revelar un rostro con el color y la textura de una caoba avejentada, y pómulos que lucían angulares y patricios. Su largo cabello oscuro estaba atado al centro dejando ver los costados descubiertos de su cráneo, mientras sus ojos, que parecían haber sido testigos de un horror inefable, examinaban a los recién llegados.

Eran seis hombres, llevaban delantales de cuero manchados de sangre y cortados de forma tal que mostraban sus musculosas extremidades envueltas en tatuajes de espinas. Cada uno llevaba un gancho dentado y portaban cinturones de los que colgaban una variedad de cuchillos de carnicero. Matones de poca monta embravecidos por la caída del tirano que gobernó Aguasturbias con mano de hierro. Con su ausencia, las pandillas rivales buscaban apoderarse de territorios nuevos, y así la ciudad se volvió un caos.

El sigilo no fue su estrategia para esta situación. Las botas con clavos, el hedor a vísceras y el farfullo de maldiciones varias anunciaron su presencia mucho antes que ellos.

—No me importa que una moneda vaya a parar con la Gran Barbuda, claro que no —dijo el más grande de los carniceros, un hombre con una barriga tan prodigiosa que parecía un milagro que pudiera acercarse lo suficiente a un cadáver como para destriparlo—. Pero uno de los nuestros mató al viejo John ahí, con todas las de la ley, verdad. Así que esa serpiente dorada nos pertenecía.

—¿Quieren morir aquí? —preguntó el hombre.

El hombre gordo se echó a reír.

—¿Tienes idea de con quién estás hablando?

—No. ¿Y tú?

—Dime, entonces, así podré grabar tu nombre en la roca que usaré para hundir tus huesos.

—Mi nombre es Lucian —respondió, mientras abría su larga gabardina y sacaba un par de pistolas forjadas con piedras talladas y metales lustrados desconocidos hasta para el alquimista más intrépido de Zaun. Un rayo de luz fulgente derribó al carnicero gordo, dejándole de paso un agujero abrasador donde solía estar su corazón grotescamente hinchado.

La segunda pistola de Lucian era más chica, con una elegancia más vistosa, y disparaba una línea ardiente de fuego amarillo, el cual partió por la mitad a otro de los carniceros, desde la clavícula hasta la ingle.

Los demás quisieron huir como ratas de muelle, pero Lucian se encargó de ellos uno a uno. Cada ráfaga de luz representaba un disparo mortal, y en un abrir y cerrar de ojos, los seis carniceros yacían muertos.

Guardó sus pistolas y volvió a cubrirse con su gabardina. Otros se verían atraídos por el ruido y la furia de su trabajo, y él no tenía tiempo para salvar a estos hombres de lo que venía.

Lucian suspiró. Fue un error detener su marcha por el Grajilla ese; pero quizás aún quede un ápice del hombre que alguna vez fue. Pudo sentir un recuerdo amenazando con resurgir; sacudió su cabeza para evitarlo.

—No puedo volver a ser el hombre que fui —se lamentó Lucian.

No es tan fuerte como para asesinar al Carcelero Implacable.

La cota de malla de Olaf estaba bañada en sangre y vísceras; gruñía mientras usaba su hacha con una mano. Del arma brotaban huesos esquilados y músculos desgarrados; su filo había sido templado en una cama de Hielo Puro en lo más profundo del Fréljord.

Antorcha en mano, atravesaba las entrañas empapadas del krakensierpe; con cada hachazo, más profundo avanzaba. Le tomó tres horas llegar tan lejos. Atravesar sus enormes órganos brillantes y huesos gruesos no era una tarea fácil.

Es cierto, la bestia ya estaba muerta: la ensartó hacía una semana, luego de una larga cacería que comenzó en el norte y duró un mes. Brazos fuertes y espaldas anchas habían lanzado más de treinta arpones desde la cubierta del Beso del Invierno hasta perforar su piel escamada, pero había sido la lanza de Olaf la que ultimó a la bestia.

Matar a aquel animal en el corazón de una tormenta agitada a las afueras de Aguasturbias había sido estimulante, y por un momento, mientas la nave se escoraba y casi lo lanza a las fauces de la bestia, pensó que este sería el momento en que por fin conseguiría la muerte gloriosa que tanto anhelaba.

Pero en ese instante, el timonel Svarfell, maldito sea su poderoso hombro, centró el timón para enderezar la nave.

Y Olaf vivió. Una pena. Un día más cerca del terror de morir pacíficamente durante su sueño, ya anciano y con canas.

Atracaron en Aguasturbias con la esperanza de vender el cadáver y seccionarlo en trofeos de batalla: dientes enormes, sangre negra que arde como petróleo y un costillar tan grande que podría cubrir el salón de su madre.

Los otros miembros de la tribu, exhaustos por la cacería, dormían abordo del Beso del Invierno, pero Olaf, siempre impaciente, no podía descansar. En lugar de eso, tomó su hacha brillante y comenzó a desmembrar al colosal monstruo.

Al fin pudo divisar el interior de las fauces de la bestia: un esófago acanalado tan grande que podría tragarse un clan entero o aplastar a un navío saqueador de treinta remos de un solo mordisco. Sus dientes eran colmillos esculpidos que parecían rocas obsidianas.

Olaf asintió con la cabeza. —Sí. Justo como para rodear un corazón circular de los trotavientos y los leedores de huesos y cenizas.

Clavó la base punzante de la antorcha en la carne del krakensierpe y se puso a trabajar; dio hachazos a la mandíbula hasta que se aflojó un diente. Luego de enganchar el hacha a su cinturón, Olaf alzó el diente sobre su hombro mientras gruñía debido al tremendo esfuerzo.

—Es como si fuera un trol de escarcha juntando hielo para llevarlo a la guarida —se quejó, mientras se abría paso por las entrañas de la bestia, caminando entre sangre y jugos digestivos cáusticos que le llegaban hasta las rodillas.

Al cabo de un rato, pudo salir a través de la gigante herida posterior del krakensierpe y tomó una gran bocanada de aire un poco más fresco. Incluso después de haber estado dentro de las tripas de la bestia, Aguasturbias seguía siendo una sopa nauseabunda de humo y sudor y cosas muertas. El aire tenía la pesadez propia del hedor de mucha gente viviendo hacinada, como cerdos en un lodazal.

Dio un escupitajo nauseabundo y exclamó:

El aire en el Fréljord era tan lacerante que podía cortarte hasta el hueso. Cada bocanada de este aire sabía a leche rancia y carne podrida.

—¡Oye! —gritó una voz desde el agua.

Olaf examinó la oscuridad y divisó a un pescador solitario, remando hacia el mar más allá de una línea de boyas adornadas con pájaros muertos y campanas.

—¿Acaso esta bestia te acaba de cagar? —gritó el pescador.

—No tenía oro para pagar el pasaje en barco, así que dejé que me tragara en el Fréljord y me trajera hasta el sur —asintió Olaf.

—¡Esa es una historia que sin duda me sentaría a escuchar! —dijo dl pescador, y sonrió y bebió de una botella rota de vidrio azul.

—Ven al Beso del Invierno y pregunta por Olaf —gritó—. Compartiremos un barril de Gravöl y honraremos a la bestia con canciones de perdición.

El aire que rodea al Muelle Blanco suele oler a excrementos de gaviota y pescado podrido. Pero hoy no: tenía gusto a carne chamuscada y humo, un sabor al que Miss Fortune ya se estaba acostumbrando. Las cenizas oscurecían el cielo y gases hediondos provenían desde el oeste de contenedores encendidos con grasa de leviatán derretida en los Muelles del Matadero. Miss Fortune tenía una sensación grasosa en la boca; escupió en las vigas torcidas del muelle. El agua de allí debajo tenía una capa de residuos que expulsaban los miles de cuerpos que se fueron hundiendo con el pasar de los años.

—Vaya que tuvieron una noche agitada —dijo, señalando el humo que emergía de los acantilados del oeste.

—Así es —respondió Rafen—. Los cuerpos de muchos hombres de Gangplank se hundirán esta noche.

—¿A cuántos más atraparon? —preguntó Miss Fortune.

—Otros diez más de los Cangrejos —dijo Rafen—. Y los Gamberros del Cementerio ya no nos darán más problemas.

Miss Fortune asintió con la cabeza y se volteó a mirar el cañón de bronce ornamentado junto al muelle.

Corvo Navajas yacía dentro del tonel, muerto por el escopetazo que recibió el día en que todo cambió, el día en que la Masacre estalló ante los ojos de Aguasturbias.

Un escopetazo reservado para ella.

Era el momento de Corvo de hundirse con los muertos y ella se lo debía; le debía estar allí y presenciar cómo se perdía en las profundidades. Se habían acercado cerca de doscientos hombres y mujeres para mostrar sus respetos: los tenientes de ella, los antiguos miembros de la pandilla de Corvo y extraños que, pensaba Miss Fortune, eran antiguos camaradas del difunto, o quizás simplemente curiosos que se arrimaron con la esperanza de ver a la mujer que acabó con Gangplank.

Corvo le había contado que una vez fue capitán de su propia nave, un bergantín de dos mástiles que fue el terror de la costa noxiana, pero la única prueba de ello era su palabra. Quizás era cierto, quizás no, pero en Aguasturbias, muchas veces la verdad era mucho más extraña que cualquier historia que pudiera escucharse en los muchos tugurios de la ciudad.

—Veo que también los tienes peleándose en los Muelles del Matadero —dijo Miss Fortune mientras se sacudía partículas de cenizas de las solapas. Una larga cabellera pelirroja caía desde su tricornio y se posaba sobre las hombreras de su levita formal.

—Sí, no fue difícil poner a los Perros del Pueblo Rata en contra de los Reyes del Pantalán —contestó Rafen—. El tal Ven Gallar siempre quiso ese parche. Los muchachos de Travyn dicen que se lo quitaron a su padre hace más de una década.

—¿Será cierto?

—Quién sabe —respondió Rafen—. No importa si pasó ni cómo. Gallar es capaz de salir con cualquier disparate para apoderarse de esa parte de los muelles.

—No queda mucho que controlar por aquí.

—No —asintió Rafen con una sonrisa—. Se han estado matando entre todos. No creo que vayamos a tener problemas con ninguna de las pandillas.

—Otra semana como esta y no quedará vivo ningún hombre de Gangplank.

Rafen le lanzó una mirada de extrañeza, pero Miss Fortune fingió no darse cuenta.

—Vamos, hundamos a Corvo de una vez —dijo Miss Fortune.

Caminaron hasta el cañón, listos para arrojarlo al mar. Un bosque de boyas de madera flotaba en la superficie del agua, desde simples discos de palo seco hasta esculturas elaboradas de sierpes marinas.

—¿Alguien quiere decir algo? —preguntó Miss Fortune.

Nadie dijo nada. Dio la orden a Rafen, pero antes de que pudieran empujar el cañón al agua, una voz resonante hizo eco en todo el muelle.

—Tengo unas palabras para él.

Miss Fortune se dio vuelta para ver a una mujer enorme vestida de túnicas coloridas y acres de tela, que avanzaba a pasos largos por el muelle hacia ellos. Una banda de nativos tatuados la acompañaba: era una docena de jóvenes armados con lanzas hechas de dientes afilados, pistolas anchas y garrotes con ganchos. Se pavoneaban como los pandilleros arrogantes que eran, siempre junto a su sacerdotisa, como si fueran los dueños del pantalán.

—Con mil demonios, ¿qué hace ella aquí?

—¿Illaoi conocía a Corvo? —inquirió Rafen.

—No. Me conoce a mí —dijo Miss Fortune. Escuché que ella y Gangplank... ¿me entiendes?

—¿En serio?

—Es lo que dicen.

—Por la Gran Barbuda, no me sorprende que la gente de Okao nos haya hecho la vida imposible estas últimas semanas.

Illaoi cargaba una piedra enorme y esférica que parecía ser tan pesada como el ancla de la Sirena. La altísima sacerdotisa la llevaba a todas partes, y Miss Fortune suponía que se trataba de una especie de tótem de la religión de los indígenas. A lo que todos llamaban la Gran Barbuda, ellos lo conocían con un nombre impronunciable.

Illaoi sacó un mango pelado de la nada y le pegó un mordisco. Masticó la fruta con la boca abierta y se asomó al interior del barril del cañón.

—Un hombre de Aguasturbias merece la bendición de Nagakabouros, ¿no es cierto?

—¿Por qué no? —dijo Miss Fortune. Después de todo, se encontrará con la diosa en el fondo.

—Nagakabouros no vive en las profundidades —aseveró Illaoi. Solo los tontos paylangi creen eso. Nagakabouros está en todo lo que hacemos, es lo que nos hace avanzar por nuestro camino.

—Sí, qué estúpido de mi parte —dijo Miss Fortune.

Illaoi escupió el hueso fibroso del mango en el agua y revoleó al ídolo de piedra como si fuera una bola de cañón gigante para luego sostenerla justo enfrente de Miss Fortune.

—No eres estúpida, Sarah —dijo Illaoi, riéndose—. Pero ni siquiera sabes quién eres, qué hiciste.

—¿Por qué estás aquí, Illaoi? ¿Acaso es por él?

—¡Ja! Para nada —exclamó la sacerdotisa—. Soy devota de Nagakabouros. ¿Un dios, un hombre? ¿Qué clase de elección es esa?

—Ninguna — dijo Miss Fortune—. Mala suerte para Gangplank.

Illaoi sonrió, dejando a la vista una boca llena de pulpa de mango.

—No estás equivocada —dijo asintiendo lentamente—, pero no me estás escuchando. Permitiste que una anguila filosa se escapara del anzuelo y ahora debes pisotearla y marcharte antes de que te hunda los colmillos. No tardarás en dejar de moverte para siempre.

—¿Qué quieres decir?

—Ven a verme cuando lo entiendas —dijo Illaoi mientras extendía su mano. En su palma se encontraba un pendiente de coral rosado, adornado con una serie de curvas que radiaban con un foco central, como un ojo solitario que no pestañeaba.

—Tómalo —dijo Illaoi.

—¿Qué es eso?

—Una moneda de Nagakabouros para guiarte cuando estés perdida.

—Dime la verdad, ¿qué es?

—No es más que lo que te digo.

Miss Fortune dudó, pero había demasiada gente como para ofender a una sacerdotisa de la Gran Barbuda al rechazar su regalo. Tomó el pendiente y se quitó el tricornio para colocarse la correa de cuero alrededor del cuello.

Illaoi se acercó para susurrarle algo.

—No creo que seas estúpida —le dijo—. Demuéstrame que no me equivoco.

—¿Por qué debería importarme lo que tú pienses? —dijo Miss Fortune.

—Porque se avecina una tormenta —respondió Illaoi, al tiempo que le indicaba algo por sobre sus hombros con la cabeza—. Ya sabes cuál, así que más vale que estés lista para virar la proa hacia las olas.

Se dio la vuelta y pateó hacia las aguas el cañón donde yacía Corvo. Salpicó con mucha fuerza y se hundió entre una espuma de burbujas antes de que volviera a tomar forma la superficie de residuos; quedó solo su cruz, que subía y bajaba para indicar quién estaba debajo.

La sacerdotisa de la Gran Barbuda se marchó por donde había venido, hacia su templo en el acantilado, y Miss Fortune volvió su vista al mar.

Se estaba formando una tormenta en altamar, pero no era allí a donde Illaoi había señalado.

Se refería a las Islas de la Sombra.

Nadie pescaba de noche en la Bahía de Aguasturbias.

Piet, por supuesto, sabía por qué; conocía esas aguas desde que nació. Las corrientes eran traicioneras, las rocas rompecascos estaban al acecho, a escasos metros de la superficie, y el fondo del mar estaba repleto de barcos naufragados cuyos capitanes no le rindieron al mar el respeto que se merecía. Pero aún más importante: todos sabían que los espíritus de aquellos que se ahogaron en el mar se sentían solitarios y querían que otros los acompañaran.

Piet sabía todo esto, pero, así y todo, debía alimentar a su familia.

Debido a que el barco del capitán Jerimíad había quedado reducido a cenizas al verse atrapado en el fuego cruzado entre Gangplank y Miss Fortune, Piet estaba sin trabajo y sin un centavo para comprar comida.

Se bebió la mitad de una botella de Sidra Escurridiza para juntar el coraje y decidirse a empujar su bote al agua en medio de la noche. La posibilidad de compartir luego un trago con el gigante freljordiano lo ayudó también a calmar los nervios.

Piet bebió otro trago de la botella, se acomodó la barba que le incomodaba el mentón y vertió un sorbo del líquido al agua para honrar a la Gran Barbuda.

Caluroso y entumecido por el licor, el pescador remó más allá de las boyas de advertencia y sus pájaros muertos, hasta llegar a un estrecho del océano cerca de donde había tenido algo de suerte la noche anterior. Jerimíad siempre decía que tenía buen olfato para saber dónde estarían los peces, y algo le decía que los encontraría donde fueron a parar los restos del Masacre.

Piet sacó los remos del agua y los guardó antes de terminarse la Sidra. Luego de asegurarse de dejar un último trago en la botella, la lanzó al mar. Sus dedos cansados y confundidos por la bebida pusieron como carnada en los anzuelos unas larvas que encontró en el ojo de un hombre muerto y después ató sus sedales a las mordazas de la borda.

Cerró los ojos, se inclinó hacia un extremo del bote y colocó ambas manos en el agua.

—Nagakabouros —dijo, con la esperanza de que el utilizar el nombre que los nativos usaban para la Gran Barbuda le diera algo de suerte—, no te pido demasiado. Por favor, ayuda a este pobre pescador y convídale algunos bocados de tu alacena. Cuídame y mantenme a salvo. Y si muero en tu abrazo, deja que me quede en el fondo con el resto de los hombres muertos.

Piet abrió los ojos.

Un rostro pálido lo miraba fijamente, algo turbio, a escasos centímetros de la superficie. Resplandecía con una luz helada, sin vida.

Piet gritó y retrocedió en pánico mientras sus sedales, uno a uno, comenzaron a tensarse. Hicieron girar al bote al tiempo que unos ralos espirales de neblina se levantaban desde el agua. La neblina fue volviéndose espesa y la luz de los acantilados de Aguasturbias desaparecía pronto en la oscuridad a medida que una niebla oscura como el carbón se avecinaba desde el mar.

Los pájaros que debían estar muertos en las boyas comenzaron a chirriar, luego se escuchó el clamor de las campanas mientras sus cuerpos convulsionados balanceaban las boyas de un lado a otro.

La niebla negra...

Piet manoteó buscando los remos; el terror no le permitía colocarlos en los escálamos. La niebla era tan helada que entumecía y unas líneas de negro necrótico le perforaban la piel al simple contacto. Lloraba al sentir cómo un escalofrío de ultratumba le congelaba la espina dorsal.

—Gran Barbuda, Madre de las Profundidades, Nagakabouros —sollozó—. Guíame hacia mi hogar, por favor. Te lo ruego, por fa...

Piet ni siquiera pudo terminar su plegaria.

Un par de cadenas con ganchos puntiagudos atravesaron su pecho; pequeñas gotas de sangre carmesí caían desde sus puntas. Un tercer gancho atravesó su estómago, otro su garganta. Otros dos atravesaron sus palmas y lo jalaron hacia abajo con fuerza, para sujetar a Piet a su bote.

La agonía arrebataba su ser y gritaba ante la presencia de una figura de maldad pura que emergía de la oscura neblina. Un fuego verdoso envolvía su cornuda calavera, y unas cuencas excavadas por espíritus vengadores ardían llameantes regodeándose en su dolor.

El espíritu de ultratumba vestía una túnica oscura y antigua, con unas llaves oxidadas que colgaban a su costado. Una linterna cadavérica envuelta en cadenas gemía y se mecía con un apetito monstruoso en uno de sus puños cerrados.

El cristal de la linterna infernal se abrió para recibirlo y Piet sintió cómo su espíritu era arrancado del calor de su cuerpo mientras. Los llantos de innumerables almas torturadas chillaban desde lo más profundo, encolerizadas en su eterno purgatorio. Piet luchó para que su espíritu no abandonara su cuerpo, pero con un guadañazo espectral, su tiempo en el mundo de los vivos llegó a su fin, y el cristal de la linterna terminó de cerrarse.

—Un alma desgraciada, eso eres tú —dijo con una voz de ultratumba la parca que le había arrebatado la vida—. Pero apenas eres el primero que reclama Thresh esta noche.

La niebla negra comenzó a propagarse. Las siluetas de los espíritus maléficos, espectros aulladores y jinetes fantasmales se multiplicaban en su neblinoso interior.

La oscuridad cubrió todo el mar y llegó hasta tierra firme.

Y las luces de Aguasturbias se comenzaron a apagar.

Referencias

 v · e
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