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Historia corta • Lectura de 51 minutos

La Sombra y la Fortuna: Capítulo Tres

Por Graham McNeill

El Purificador, Ciudad de los Muertos, Santuario

Un terror paralizante invadió a la compañía de Miss Fortune con la sola mención de esta pesadilla eterna de ira asesina y furia sin fin.

La Sombra de la Guerra.

En tiempos remotos, su nombre había sido Hecarim, pero nadie sabía con certeza si aquello era cierto o el invento de un antiguo cuentista. Solo los tontos se atrevían a contar su leyenda macabra alrededor del fuego, y no sin antes haber bebido el suficiente ron como para hundir un buque de guerra noxiano.

A medida que la Sombra de la Guerra emergía de la niebla, Miss Fortune comenzaba a percatarse de que no era un jinete común y corriente. Un temor frío cayó sobre sus hombros, como un velo ante la visión de una criatura monstruosa.

Quizás Hecarim fue alguna vez un caballero, un hombre y un caballo por separado, pero ahora eran uno solo, un gigante imponente cuyo propósito era destruirlo todo a su paso.

—Nos tienen rodeados —dijo una voz.

Miss Fortune se arriesgó a despegar la vista del centauro blindado para ver a un ejército completo de caballeros; sus siluetas centelleaban una radiante transparencia verdosa. Apuntaban con lanzas o espadas de fulgor oscuro. Hecarim desenfundó una guja enorme y puntiaguda cuyo filo emanaba fuego verde.

—¿Conoces algún corredor secreto para salir de aquí? —preguntó Rafen.

—No —respondió Miss Fortune—, quiero enfrentarme a ese bastardo.

—¿Quieres enfrentarte a la Sombra de la Guerra?

Antes de que Miss Fortune pudiera contestar, una figura encapuchada saltó desde la terraza de una tienda de granos para descender sobre la plaza. Aterrizó con estilo; una gabardina de cuero gastado se extendió detrás de él. Cargaba dos pistolas, pero no eran como ninguna que Miss Fortune hubiera visto antes en la mesa de armas de su madre. Eran una artesanía de metal, hechas de bronce, reforzadas con trozos de lo que parecía ser piedra tallada.

La luz se impuso en la plaza gracias a los rayos ardientes que soltaban cada una de sus pistolas, cuya descarga dejaba en ridículo la destrucción del Masacre. El hombre giró en espiral, al tiempo que marcaba objetivos y los mataba, uno por uno, con una velocidad asombrosa. La neblina ardía donde caían sus rayos, y los espectros chillaban mientras eran consumidos por la luz.

La neblina se retiró de la Plaza Robacarteras, llevándose a Hecarim y a los caballeros de la muerte con ella. Algo le decía a Miss Fortune que esto era apenas un respiro momentáneo.

El hombre enfundó sus pistolas y se dio vuelta para ver a Miss Fortune. Se retiró la capucha y reveló unos rasgos apuestos y oscuros, y unos ojos atormentados.

—Es lo que sucede con las sombras —dijo—. Un poco de luz y desaparecen.

Olaf no estaba contento con esta perdición.

Esperaba que los hombres hablaran de su batalla épica con el krakensierpe, y no de esta innoble caída hacia su muerte.

Albergaba la esperanza de que alguien lo hubiera visto cargar contra la bestia marina.

Rezaba para que al menos una persona lo hubiera visto atrapado en el abrazo del tentáculo espectral, siendo sacudido en lo alto del cielo, para luego huir antes de ver cómo lo lanzaba como a un trozo indigno.

Olaf se estrelló y atravesó el techo de un edifico atornillado al costado del acantilado. ¿O quizás era el casco de un barco? Cayó demasiado rápido como para ver lo que era. Vigas estropeadas y cerámicas lo acompañaron en su estrepitosa caída a través del edificio. Pudo ver rostros asombrados que gritaban durante su viaje al abismo.

Olaf atravesó un piso. Una vigueta lo impulsaba contra el viento mientras se precipitaba por los acantilados de Aguasturbias. Rebotó en un afloramiento de rocas y se estrelló de cabeza contra una ventana para luego atravesar otro piso más.

Maldiciones violentas lo seguían en su descenso.

Terminó dando trompos en un bosque colgante de sogas y poleas, banderas y gallardetes. La caída le dio una buena paliza, y su arma y extremidades quedaron colgando. El destino se burlaba de él; en lugar de un sudario rojo, lo envolvía un capullo de lona doblada.

—¡Así no, maldición! —gruñó—. ¡Así no!

—¿Quién eres y dónde puedo conseguir unas pistolas como las tuyas? —preguntó Miss Fortune, mientras le ofrecía la mano al recién llegado.

—Mi nombre es Lucian —respondió, tomando su mano con cautela.

—Es un verdadero placer conocerte, amigo —exclamó Rafen, luego de darle una palmada en la espalda como si fueran viejos camaradas. Miss Fortune vio que la confianza de Rafen incomodaba a Lucian, como si hubiera olvidado cómo comportarse ante otros.

Sus ojos inspeccionaron los bordes de la plaza; sus dedos jugueteaban con la empuñadura de sus pistolas.

—Eres más que bienvenido —dijo Miss Fortune.

—Debemos movernos —dijo Lucian—. La Sombra de la Guerra regresará pronto.

—Tiene razón —dijo Rafen, implorando la aprobación de su capitana—. Es hora de volver y cerrar todas las escotillas

—No. Estamos aquí para luchar.

—Mira, Sarah. Lo entiendo. Ganamos Aguasturbias y quieres pelear por ella, para demostrarles a todos que eres mejor que Gangplank. Pues bien, está hecho. Nos adentramos en la Niebla Negra y luchamos contra los muertos. Es mucho más de lo que él jamás hizo. Cualquiera que se atreva a espiar por esas ventanas lo sabe. Rayos, hasta los que no tienen las agallas de mirar seguramente se van a enterar. ¿Qué más quieres?

—Luchar por Aguasturbias.

—Hay una diferencia entre luchar y morir por Aguasturbias —refutó Rafen—. La primera opción me sienta mejor que la segunda. Estos hombres y mujeres te siguieron hasta el infierno, pero es hora de regresar.

Miss Fortune enfrentó a su compañía de guerreros, a cada uno de esos andrajosos y despiadados revoltosos. Todos parecían capaces de vender a su madre por una baratija brillante, pero le dieron todo y mucho más de lo que pudo esperar. Aventurarse en la Niebla Negra fue la acción más valiente que cualquiera de ellos había realizado, y no podía recompensarlos guiándolos directo hacia la muerte solo por su sed de venganza.

—Tienes razón —dijo al fin, mientras tomaba un respiro—. Ya no hay nada que hacer aquí.

—Entonces que la fortuna los acompañe —dijo Lucian, mientras se alejaba y volvía a desenfundar sus pistolas.

—Espera —dijo Miss Fortune—. Ven con nosotros.

Lucian sacudió su cabeza. —No, hay un espectro de neblina al que tengo que destruir. Lo llaman Thresh, el Carcelero Implacable. Le debo una muerte.

Miss Fortune notó como se profundizaban las líneas alrededor de sus ojos y reconoció la expresión que ella misma llevaba desde que asesinaron a su madre.

—Te arrebató a alguien, ¿no? —interrogó.

Lucian asintió lentamente sin decir palabra, pero el silencio pesaba más que cualquier sonido de su voz.

—Claramente esta no es la primera vez que te ves las caras con los muertos —agregó—, pero no llegarás al amanecer si te quedas aquí solo. Quizás eso no signifique nada para ti, pero quien sea que este Thresh te haya arrebatado, no le gustaría que murieras en este lugar.

Lucian bajó la vista, y Miss Fortune notó el relicario que colgaba de su cuello. ¿Acaso era su imaginación o algún truco de la neblina que lo hacía radiar a la luz de la luna?

—Ven con nosotros —dijo Miss Fortune—. Busquemos un sitio seguro hasta mañana y vivirás para hacerlo de nuevo.

—¿Seguro? ¿Qué sitio es seguro en esta ciudad? —ironizó Rafen.

—Creo que conozco un lugar —contestó Miss Fortune.

Abandonaron la Plaza Robacarteras y se dirigieron al oeste, hasta el Puente de la Serpiente donde encontraron al freljordiano. Colgaba de un palo torcido como si fuera un cadáver envuelto en una horca. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los cuerpos sin vida, este se revolcaba como pez fuera del agua.

Una pila de escombros astillados lo rodeaba. Miss Fortune alzó la mirada para ver la distancia de su caída y cuántas viviendas del acantilado había atravesado.

La respuesta era un largo camino, y el hecho de que siguiera con vida era prácticamente un milagro.

Lucian apuntó sus pistolas, pero ella sacudió la cabeza en negación.

—No, este de aquí está del lado correcto de la tumba.

Se escuchaban gritos ahogados dentro del envoltorio; podían percibirse maldiciones dignas de una paliza en cualquier lugar del mundo, proferidas en un marcado acento freljordiano.

Miss Fortune colocó la punta de su espada sobre la lona y comenzó a cortarla de arriba hacia abajo. Un hombre barbudo cayó sobre los cantos como un ballenato recién expulsado de un saco amniótico rasgado. Lo abrazaba el hedor a tripas de pescado y vísceras.

Logró ponerse de pie a duras penas para luego blandir un hacha con una hoja que parecía un fragmento de diamante de hielo.

—¿Cómo llego a los Muelles del Matadero? —preguntó, tambaleándose como si estuviera borracho. Miró a su alrededor, confundido; su cabeza era una masa de chichones y moretones.

—Siempre recomiendo guiarse por la nariz —respondió Miss Fortune—, pero a ti no creo que pueda serte de mucha ayuda.

—Mataré al krakensierpe diez veces si es necesario —declaró el hombre—. Le debo una muerte.

—Parece que muchos tienen la misma deuda —contestó Miss Fortune.

El freljordiano se presentó como Olaf, guerrero de la verdadera dama del hielo, y, luego de recuperarse de su conmoción, declaró su intención de unírseles hasta que pudiera luchar contra el espíritu más peligroso que encontraran dentro de la Niebla Negra.

—¿Desea morir? —preguntó Lucian.

—Por supuesto —respondió Olaf, como si la pregunta fuera el epítome de la estupidez—. Busco un final digno de una leyenda.

Miss Fortune dejó al hombre con sus sueños de muerte heroica. Mientras blandiera su hacha en la dirección correcta, sería bienvenido al grupo y avanzaría con ellos.

La niebla los asedió en tres ocasiones, y en cada oportunidad tomó la vida de un desafortunado de la compañía. Una risa maliciosa se hacía eco desde los costados de los edificios. Era como el sonido de un molejón afilando acero oxidado. Filas de aves carroñeras graznaban en las terrazas, anticipándose a un banquete de carne a la luz de la luna. Luces de bienvenida danzaban en la oscuridad de la neblina, como velas cadavéricas seductoras sobre un pantano que todo lo traga.

—No las miren —advirtió Lucian.

Su advertencia no llegó a tiempo a los oídos de un hombre y su esposa. Miss Fortune ignoraba sus nombres, pero sabía que habían perdido a su hijo a causa de una fiebre marina hacía un año. Cayeron por el acantilado al seguir una visión en las luces que solo ellos podían ver.

Otro hombre se cortó la garganta con su propio garfio antes de que sus amigos pudieran detenerlo. Otro más desapareció en la niebla sin que nadie lo notara.

Para cuando llegaron al Puente de la Serpiente, su compañía se había reducido a menos de una docena de individuos. Miss Fortune No podía sentirse mal por ellos. Les había advertido que no la acompañaran. Si lo que querían era una vida eterna, se hubieran refugiado detrás de puertas cerradas y tallas protectoras, aferrados a talismanes con espirales de la Gran Barbuda, rezando a lo que fuera que les otorgara consuelo.

Pero en contra del Harrowing ni eso podía garantizar su seguridad.

Pasaron junto a incontables casas destruidas; sus puertas y persianas colgaban muertas de bisagras de cuero. Miss Fortune tenía la vista fijada hacia adelante, pero era imposible evitar sentir las miradas acusadoras de los rostros congelados y sentir el terror de sus últimos momentos.

—Hay que darle algo de crédito a la Niebla Negra —dijo Rafen mientras pasaban por otro osario con familias frías y muertas en el interior.

Quería sentirse enfadada con él por aceptar semejante horror, ¿pero de qué serviría? Después de todo, tenía razón.

En lugar de eso, se concentró en la silueta de la estructura envuelta en la niebla que estaba del otro lado del puente. Se encontraba en el centro de un cráter excavado del acantilado, como si una poderosa criatura marina hubiera arrancado un gran pedazo de la roca de un mordisco. Estaba construida con los restos que arrastra el océano, como la mayoría de los sitios en Aguasturbias. Sus muros estaban compuestos por maderas arrastradas por el mar y ramas de tierras muy lejanas, y sus ventanas las constituían los restos saqueados de los barcos que salían a flote del fondo del mar. La construcción tenía la característica peculiar de no poseer ni una sola línea recta en toda su estructura. Sus singulares ángulos daban la sensación de que se movía, como si algún día pudiera irse a plantar raíces temporales a otro lugar.

Su aguja estaba igual de torcida, estriada como el cuerno de un narval y coronada con el mismo símbolo en espiral que colgaba del cuello de Miss Fortune. Una luz reluciente envolvía al emblema, y donde brillara, la oscuridad cedía.

—¿Qué es ese lugar? —preguntó Lucian.

—El templo de la Gran Barbuda —respondió Miss Fortune—. La casa de Nagakabouros.

—¿Es un sitio seguro?

—Es mejor que quedarse aquí afuera.

Lucian asintió y todos iniciaron el cruce del sinuoso trecho del puente. Así como la figura del templo, el puente era bastante inconsistente; sus cables ondulaban, como si estuvieran vivos.

Rafen se detuvo en el parapeto derruido y miró hacia abajo.

—Sube más cada año —dijo.

De mala gana, Miss Fortune fue junto a él y miró sobre el borde.

Los muelles y el Pueblo Rata estaban sumidos en la Niebla Negra; la red de góndolas apenas podía divisarse. Aguasturbias se ahogaba en la neblina, atrapada en su agarre letal; sus zarcillos se filtraban aún más en lo profundo de la ciudad. Se escuchaban gritos de terror en la distancia. Cada uno representaba el fin de una vida y la adición de un alma fresca a la legión de los muertos.

Rafen se encogió de hombros. —Unos años más y ningún lugar en Aguasturbias estará fuera de su alcance.

—Muchas cosas pueden pasar en unos años —dijo Miss Fortune.

—¿Esto sucede todos los años? —preguntó Olaf, con un pie posado en el parapeto, ignorando la caída vertiginosa, sin temor alguno.

Miss Fortune asintió.

—Excelente —dijo el freljordiano—. Si mi destino no es morir aquí esta noche, regresaré cuando la Niebla Negra se vuelva a hacer presente.

—Como digas —contestó Rafen.

—Gracias —dijo Olaf, y le dio una palmada en la espalda tan fuerte que casi lo tira del puente. Los ojos del freljordiano se ensancharon cuando vio que una multitud de tentáculos emergía de la neblina y se desenroscaban para aplastar las viviendas del Pueblo Rata.

—¡La bestia! —exclamó.

Y antes de que alguien pudiera detenerlo, se subió al parapeto y se lanzó desde el borde.

—Maldito loco —dijo Rafen mientras la figura de Olaf desaparecía en la neblina debajo de ellos.

—Todo aquel que blande hielo está mal de la cabeza —dijo Miss Fortune—. Pero este tipo es el más loco que haya conocido.

—Que todos entren —imploró Lucian.

Miss Fortune sintió la urgencia que transmitía su voz, y al dar media vuelta lo vio enfrentado a una figura encumbrada cubierta por una túnica oscura y unas cadenas con ganchos. Una luz verde clara envolvía al espectro, que con una de sus pálidas manos alzaba una linterna oscilante. El miedo invadió a Miss Fortune, un miedo que nunca había sentido, jamás desde que vio morir a su madre, y miró fijamente el cañón del arma del asesino.

Lucian desenfundó sus pistolas. —Thresh es mío.

—Todo tuyo —le dijo ella, y se fue.

Miss Fortune dirigió su mirada hacia arriba donde unas sombras cercaban el templo. Su respiración se detuvo unos instantes cuando vio a Hecarim y a sus caballeros de la muerte en la cresta del cráter.

La Sombra de la Guerra erigió su ardiente guja y los jinetes espectrales instaron a sus corceles infernales a descender. Ningún jinete mortal podría descender tan fácilmente de ese lugar, pero estos jinetes estaban muertos.

—¡Corran! —gritó Miss Fortune.

Referencias

 v · e
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